Todos son mis hermanos
Publicado: Viernes, 03 Julio 2020 13:15
Todos son mis hermanos

Por Alfredo Grande Dedicado a Alberto Santillán. (APe).- Arthur Miller escribió Todos eran mis hijos después del fracaso de su primera obra de teatro. La obra se basa en una historia real, que la entonces suegra de Arthur Miller había reseñado en un periódico de New York, sobre una mujer que denunció a su padre por haber vendido piezas defectuosas al ejército de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. La muerte nada accidental de varios soldados, descubiertas años después, precipita el suicidio del protagonista. La culpabilidad no pudo ser negada, reprimida, escondida, encubierta. La metáfora de la obra de Miller es potente. El que a hierro mata, a hierro muere. Sin embargo, la cultura represora decretó el tabú de la venganza y de la justicia por mano propia. Sólo admite la lenta, muy lenta, onerosamente lenta justicia por mano ajena. Lo que se llama habitualmente “la justicia”, que poco tiene que ver, más bien es lo opuesto, de lo que denominamos “lo justo”. Y hace especial énfasis en las diferentes formas de impunidad. Especialmente la política. La culpabilidad de varios funcionarios en la masacre del Puente Pueyrredón, ha tenido el indulto masivo que sólo los votos pueden dar. Hoy el Frente de Todos, incluidos todos esos funcionarios masacradores, es la cara de ese indulto político. Para ellos, nunca fueron todos sus hijos. Ampliaron el mantra de Raúl Alfonsín, y dejaron marcado a fuego que con la democracia también se mata. Hoy el gatillo demasiado fácil y las causas armadas, son la continuación de esa matanza por otros medios. La fraternidad es un sustantivo femenino. Este vocabulario hace referencia a una amistad, vínculo, afecto, lazo, solidaridad o compañerismo entre hermanos o las personas que se tratan como tales y que promueve los buenos valores como la honestidad, adhesión, respaldo y cooperativismo entre ellos. Desde mi implicación de género, sostengo la fraternidad atravesada sin duda por la determinación de clase. Obviamente, es uno de los tantos resabios de la cultura patriarcal. A mi criterio, el menos relevante. Unamuno en 1921 inventó la palabra “sororidad”. Hermanos y hermanas no necesariamente son categorías incompatibles. Más bien son complementarias, al menos en una cultura no represora. Se puede cacarear con la fraternidad, mientras se sostienen conductas no fraternas. Es lo habitual y un psicoanalista diría que se trata de desmentida y anulación retroactiva. Lo importante es que una de las tantas instituciones del modo de producción capitalista, las diferentes formas de comunismo de estado, todas las variantes del fascismo, arrasan con todas las formas de la fraternidad. La fraternidad y la sororidad son el fundamento colectivo de todas las luchas contra los poderes opresores. Para que el pueblo unido no sea vencido los vínculos fraternales deben ser creados, cuidados, amplificados, defendidos. Sin embargo, la cultura represora también captura la fraternidad. Muy especialmente la fraternidad. A pesar de su jaula clasista, la revolución francesa al sostener el trípode de la libertad, la igualdad y la fraternidad conmovieron hasta el fundamento, la divinidad de los reyes. Es análogo al pasaje del cristianismo del amor, a la cristiandad del terror. Y nuevamente fue el aparato del estado, Constantino mediante, que adoptó la religión del amor para triturarla en los sótanos de la inquisición. Los rebeldes, los combatientes, los revolucionarios, seguirán dinamitando los sótanos de la cultura represora, para que los fundantes originarios tengan vida eterna. Parafraseando una vez más a Rosa Luxemburgo, para que “la libertad, la igualdad y la fraternidad de los demás, prolongue la mía hasta el infinito”. Pasaje del individuo abstracto al sujeto concreto materializado en colectivos revolucionarios. Lo revolucionario no es la revolución. Pero es la única forma de propiciar los acontecimientos, los analizadores, los dispositivos, para que el horizonte de la revolución se acerque. En el marco del trabajo explotado, de la apropiación permanente de plusvalía directa o indirecta, la autogestión es revolucionaria. Como con lucidez implacable escribe Laura Taffetani: “Había un proyecto de país que se iba desplegando firme a cada paso y la clase obrera se organizaba para alcanzar su legítimo derecho de disfrutar los beneficios de lo que sus propias manos producían.Época también, en la que nadie dudaba que quien verdaderamente genera riqueza del país es la clase trabajadora y no el capital, como hoy se gusta decir para legitimar los privilegios de los más poderosos”. La época a la que Laura hace referencia es la década del 60/70. Cuando muchos Prometeos volvieron a arrebatar el fuego a los dioses para entregarlo a los humanos. Uno de los logros del capitalismo es poner en primer plano al capital, ocultando en forma canalla que ese capital es trabajo acumulado y robado. Con razón los anarquistas decían “la propiedad privada es un robo”. Por eso considero, siento, pienso, sueño, deseo que todos y todas que se siguen peleando, enojando, embroncando, con todas las formas de la cultura son mis hermanos y mis hermanas. Maximiliano Kosteki y Darío Santillán son mis hermanos. Fueron asesinados en forma cruel y cobarde. Muy cruel y muy cobarde. Fueron condenados a la pena de muerte por sostener la solidaridad, la fraternidad, la cooperación, el amor entre los luchadores. El amor amplificado es revolucionario. La cultura represora lo sabe. Y dedica fortunas a impedirlo, pervertirlo, infiltrarlo. Por eso la memoria histórica que nunca será neutral, es la forma de sostener la vida y la rebeldía eterna. Hace 10 años escribí para APE “Fueron como el Che”. Diez años después, sigo recordando y no sólo con memoria, sino con actos, a mis hermanos. Por eso quiero entregarles un párrafo del trabajo escrito el 1 de julio de 2010. Si con Amanda aprendimos que la vida es eterna en 5 minutos, puedo sostener que la vida es eterna en diez años y más también. “Si el Ideal es lo contrario a la Idealización, siempre pensé que la consigna “sean como el Che” no era un mandato, sino la síntesis de una aspiración fundante. Y que en este caso al menos, el ser y el hacer no estaban disociados. Sean es la mezcla maravillosa del ser y el hacer. Resonancia con un acto, con una propuesta vital, y, en su extremo límite, con una estrategia revolucionaria”. Por esto, y por mucho más, sigo sintiendo que todos son mis hermanos. Edición: 4037

Hermano
Publicado: Viernes, 26 Junio 2020 17:39
Hermano

Por Claudia Rafael (APe).- 18 años. La masacre ya obtuvo su mayoría de edad. 18 años después se siguen viendo sobre el puente que atraviesa la ex avenida Pavón, a la altura de la estación Darío y Maxi, en Avellaneda, las mismas dos figuras entrelazadas y la misma y exacta frase que marcó la historia. Sean capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia. Darío frenando con su diestra a los monstruos uniformados, de carne y hueso, que galopan hacia sus humanidades jóvenes armados de crueldad. Darío con su mano izquierda que pugna por sostener los últimos respiros de Maxi. 18 años de esa escena que perdura congelada para siempre. En un tiempo que no conocía de esta pandemia pero sí de tantas otras. En un tiempo que los vio morir a ambos por los plomos de esa otra pandemia sistémica que históricamente buscó curar con balas y golpes la peste del hambre que no cesa. Darío y Maxi, 18 años después, como símbolo de lo más bello de la condición humana aún en las circunstancias y los contextos más perversos. El abrazo, el que hoy está vedado. La ternura, ésa que jamás hay que perder –decía el Che- a pesar de endurecerse en los caminos de la necesaria transformación. 18 años después, con una mayoría de edad que amenaza con alcanzarlos a los dos, a Darío y a Maxi y dejarlos niños. Llegará un día, después de todo, en que la masacre sea mayor que sus dos íconos. ****** No vi las predicciones del espantoQue le arrancaba al sueño mi palabra.En este invierno que pega tan duroEstá lejos tu boca que me amaY se me desdibuja en el futuro,Y junio me arde rojo aquí en la espalda. ****** Darío era un constructor. Construyó con barro. Con ladrillos. Construyó con una carretilla y con sus cuadernos plagados de apuntes. Darío construyó empatías y construyó ese instante congelado en el que pugnó por arrancar a Maxi del plomo de los despiadados. Construyó a tantos y puso en pie a su hermano Leo y a su padre y a sus otros hermanos. Y construyó sueños colectivos diseminando semillas en la barriada. Dice Leo. “La masacre me hizo entender muchas cosas que él decía, me permitió entender aquella famosa frase del Che “sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo”. Que es algo que Darío transcribía muy seguido en sus apuntes de las reuniones que se vivían por aquellos años de militancia barrial desde el MTD (Movimiento de Trabajadores Desocupados). Y entender que esa frase tenía un sentido y un significado al ver cómo Darío se movió, cómo vivió, cuando resistió primero contra la policía tirando piedras, enfrentándose cara a cara y casi cuerpo a cuerpo contra ellos. Pero que una vez iniciada la represión él también ayudó a compañeros a replegarse, a compañeros heridos, a uno de los heridos de bala de plomo y calmó a otros. Hay audios en los que se escucha su voz calmando compañeros y manejando la retirada. Replegando ante el avance de la represión y él con esa actitud. “Darío había pasado de largo ese 26 la estación. Sin embargo, volvió. Cuando entré y una vez que me pude pasar limón en los ojos y ver un poco más, vi a Darío socorriendo a Maxi. Y diciéndonos que nos fuéramos. Pero él se quedó, con una persona que no conocía poniendo en práctica la frase del Che…” Salí con las razones de la fiebreY una tristeza absurda como el hambre,Y cuando en el corazón la sangre hierveEs de esperar que se derrame sangre. Dice Leo. “Me permitió rearmar tantas cosas en mi cabeza encontrar su cuaderno de apuntes y ver que esa frase del Che tenía un significado concreto. ´Contra cualquiera´, dice la frase. Y él se quedó hasta el final. La noche del 25 de junio, en la reunión de seguridad, él ya había dicho que iban a empezar a matar compañeros. Y aun así, sabiendo todo esto, cuando ve la represión vuelve y lo socorre a Maxi y nos alienta a todos a que nos fuéramos. Y me hizo entender que frases que parecen cosas sueltas no lo son. Entonces fue empezar a indagar sobre otras cosas. Esta necesidad de acompañar al que sufre. A mí me tocó perder a mi hermano y fue muy duro. Yo tenía 17 años cuando lo mataron. Me costó mucho porque me venía sobreponiendo de la muerte de mi vieja. Y estando con él era diferente. Yo andaba como bola sin manija por la vida y él me hizo bien”. Hermano en la delgada línea rojaque te me fuiste dos minutos antescon la indiscreta muerte que en tu bocaentraba en cada casa con tu imagen.Yo estaba junto a vos sobre tu gritobesándote feroz la indigna muertemientras te ibas volando al infinitofulgor de la mañana indiferente... Dice Leo. “La masacre, la muerte de mi hermano, nos movió a apoyar a tanta gente que sufre, que es víctima de causas armadas, de gatillo fácil. Todo esto nos cuesta mucho y nos llevó por años a guardarnos tantas cosas emocionales y mantener la coraza. Yo tengo 36 años y de repente me encuentro tratando de usted a tanta gente más chica que yo y tal vez sea porque en algún lugar de mí mismo siento que sigo teniendo aquellos 17 años porque me quedé como ahí, cuando mataron a mi hermano. Y quizás tiene que ver con ese modelo patriarcal que nos obliga a mantenernos duros y firmes, con fortaleza permanente. “Que mi hermano me haya querido tanto, que me haya querido cuidar, que me haya enseñado que la vida tenía otro sentido que el de estar haciendo nada en una esquina y compartí momentos con él y conocí la militancia, lo que es luchar y tener la oportunidad de ser mejor persona de lo que fui”. Mi extenso corazón es una ofrendaque pierde sangre en esta calle cruda.Yo tengo un nombre rojo de piquetey un apellido muerto de veinte años,y encima las miradas insolentesde los perros oscuros del cadalso. ****** 18 años después. 26 de junio. Ya padre, él es una de las semillas regadas por su propio hermano. Dice Leo: “Es muy raro este junio. La pandemia, el trabajo que hacemos con los vecinos que están restringidos de salir a trabajar y llevar el mango a su casa. Como en cada momento de crisis que sufrimos desde que existimos. Tenemos 20 años como organización. Y una vez más estamos luchando contra la crisis económica y la crisis humana que genera la pandemia. Y si bien hay que preservarse no podemos permitirnos olvidarnos de las otras, de los otros. “Pero vuelve también a ser otro junio cargado de impunidad porque vuelven a estar en el poder varios de los responsables. Aníbal Fernández, como interventor de los yacimientos de Río Turbio; Felipe Solá, como canciller; Duhalde, como asesor del gobierno… Y es indignante ver que quien fue gobernador durante la masacre de 2002, cuando Nora Cortiñas lo llamó para saber qué había pasado él le contestó que se quedara tranquila que era una guerra de pobres contra pobres”. Aunque me arrastren rojo en las veredascon una flor abierta a sangre fría.Hoy necesito un canto piqueteroque me devuelva la voz silenciada,que me abra por la noche algún senderopa' que vuelva mi vida enamorada... (*) (*) Extractos de Junio el poema (hecho canción) de Jorge Fandermole. Clickear acá para escucharla. Edición: 4033

Morir en cuarentena
Publicado: Viernes, 26 Junio 2020 13:08
Morir en cuarentena

Por Alfredo Grande   Dedicado a Silvia Bleichmar, mi amiga personal y en la tarea que me ayudó a creer un poco más en mí. (APe).- En uno de sus libros más implicados, Silvia Bleichmar reflexiona: “en la recuperación del ´valor esperanza´, que el cuerpo agobiado de la sociedad civil encuentre un alivio, una brecha (...) la política ha dejado de entusiasmarnos, aunque algo perdura como una chispa debajo del carbón que ahoga, que la apatía pareciera desplegarse más en aquellos que intentan conservar lo poco que les queda y que las clases medias convalidan la exclusión social y la deshumanización a través de la caridad” (“No me hubiera gustado morirme en los 90”, 2006) La prestigiosa psicoanalista presentó mi primer libro y en el tercero hizo una crítica del segundo. La autorreferencia vale. El psicoanálisis implicado, como fue pensando desde 1993, es definido como “un analizador del fundante represor de la cultura”. La historia podría ser contada como la mutación del fundante. La constante es que el fundante es represor. Desde ya, los analizadores históricos han intentado y pocas veces logrado, clonar el fundante represor en un fundante deseante. Aunque dicho de una forma rebuscada, estoy hablando de lo revolucionario, y en su extremo límite, de la revolución. La cultura represora, que de eso se trata, intenta y casi siempre logra, que su fundante quede oculto. Es una especie de internet profunda que organiza nuestras vidas y nuestras muertes. Ignora que aunque los ojos no ven, el corazón siempre siente. La racionalidad sentida, según palabras de León Rozitchner, tiene razones que la razón no entiende. Y el burrito del teniente, nuestro propio yo atormentado, tiene carga y sí la siente. Ahora todo está en la superficie. Los indicadores de la distancia óptima, el alcohol en gel, la lavandina, el barbijo, son señalizaciones explicitas de que lo demoníaco quiere su lugar en la tierra. Quizá también en el cielo. Ahora queda claro en qué consiste la “nueva normalidad”. Se ha incrustado en la subjetividad un núcleo de certeza: la cercanía mata. Los Quilapayún en su inmoral Cantata Santa Maria de Iquique cantarían: “es peligroso estar cerca amigo”. El semejante tendrá el lugar del rival. Aquel que con sus gotículas puede arrebatarme la vida. Desde el comienzo de la cuarentena, se ha implementado una catequesis ante la cual sólo cabe rezo y obediencia. “El enemigo sin rostro”, “Un ejército invisible”, “La única vacuna es la cuarentena”. Estas analogías militares y sanitaristas delirantes, han contaminado lo que podríamos llamar “la ética combatiente de las masas”. Un alto ladrón de tierras mapuches, jugador de nivel internacional, apela a la resiliencia como motivo de esperanza. Mientras se queda con tierras mapuches, nada le importará diferenciar entre un resiliente y un combatiente. El resiliente tiene la capacidad de no quebrarse y volver a una situación anterior. El combatiente tiene la capacidad de no quebrarse e inventar una situación inédita. Los combatientes son realistas porque piden lo imposible, como enseñara el Mayo Francés. Por eso la “nueva normalidad” será la “vieja anormalidad”, pero ahora aceptada. Podremos jugar en el bosque, mientras el virus no está. Pero podrá volver, y con su capacidad de matar nada marchita. Hay una normalidad perversa, berreta, que es simplemente aceptar la anormalidad como normal. “Así es la Vida”. Pues mal: a ese título encubridor le di respuesta en mi cuarto unipersonal: “Así no es la Vida”. El título de la película que protagonizara Enrique Muiño y Elías Alippi, en versión descubridora, hubiera sido: “Así es la muerte”. Pero la gran industria del entretenimiento empezaba a desplegarse. El fundante represor de la cultura se amplifica en una infinidad de formas de asesinar. En cuotas o al contado. Hoy debería estar incorporado que con “la democracia no se cura, no se come, no se educa”. Pero la gran noticia son las sesiones con zoom. Y la gran ausente en todo ese festival de mensajes es la educación popular. Lo malo y lo bueno vienen en formato obligatorio. Legal. Policial. Sigue vigente que la letra con barbijo e hisopado entra. Imágenes de cadáveres en las calles, cifras de nuevos contagiados, de nuevos fallecidos, ocultamiento de la cifra de curados, es un coctel preparado para generar pánico como nueva normalidad. Aun en democracia, y muy especialmente en democracia porque es el mejor sistema de ocultamiento de los privilegios, sigue uniendo el espanto y no el amor. Los grandes predicadores del amor son los mejores torturadores. La tortura se legitima, incluso se legaliza con: el hambre, el desamparo ante la catástrofe habitacional, las aguas contaminadas y además, canillas que ni siquiera gotean, los materiales pesados en sangre, los asesinatos sistemáticos llamados “gatillo fácil”, el chocobarismo que tiene su continuidad en el Bajo Flores, el exterminio cruel de los originarios y no tanto, y todo estas formas de tortura siguen. Y muchos están pensando en cómo perfeccionarlos. Como todos saben, la tecnología es apenas el mensajero. El mensaje lo escriben los grupos ultra concentrados y supranacionales. Las Naciones Unidas son el arbusto. Es imposible distribuir la riqueza. Es necesario impedir que se concentre. El aporte a las grandes riquezas, ya que uno de los propulsores no quiere llamarlo impuesto, supongo que temiendo un efecto boomerang, sigue esperando su aplicación. Ni hablemos de nacionalización o expropiación. El poder, incluso con su identidad autopercibida democrática, apela a diferentes formas de legalidad, de controles policiales, de detección precoz, etc. La insistencia en sostener el aislamiento por espanto, nunca logrará la respuesta necesaria. El estado paranoico utilizará más recursos en descubrir desertores, transgresores, que en fomentar solidaridades y convicciones. El cuidar cuidarse es una práctica autogestionaria, conocida en todos los colectivos populares. Quedarse en casa en un programa de mínima. Porque reproducir en cada casa el individualismo egoísta y mezquino que hay fuera de la casa, es un maquillaje más. Creo que la batalla cultural es, aunque parezca parte de mi delirio senil, poder amar la cuarentena. Aun en su nombre encubridor: aislamiento social preventivo y obligatorio. Lo obligatorio nace para ser transgredido. Hecha la ley y hecha la obligación, hecha la trampa. ¿Quién cuida a los que dicen que nos cuidan? Si la pandemia nos hace traicionar la política de que el poder fundante es del pueblo, entonces los grandes poderes de la tierra habrán encontrado la solución final. Y los rebeldes, los disconformes, los sublevados, los poetas, los combatientes, seguiremos buscando el problema inicial. El enigma del origen. Cuando Prometeo les roba el fuego a los dioses, se lo entrega a los mortales. Prometeo en una de sus acepciones, es “previsión”. O sea: deberemos prevenirnos de los mortales que decidieron y consiguieron devolverle el fuego a los dioses. Y toleramos que Prometeo siga castigado. No quiero morir en cuarentena porque pretendo volver a arrebatar ese fuego. Y además quiero contarle esa historia para ser escrita, a mis nietos y nietas. Estoy seguro de que mis hijos e hijas van a estar de acuerdo. Edición: 4032

La bala en los 12 años
Publicado: Miércoles, 24 Junio 2020 12:25
La bala en los 12 años

Por Silvana Melo(APe).- Fernando cayó a las diez de la noche del primer día efectivo del invierno. Una bala le atravesó la espalda en una sombría periferia independiente de toda presencia del estado que se estira por el sudeste de la capital de Salta. Barrio 26 de Marzo se llama. Apenas 12 años había vivido Fernando, siempre en una barriada oxidada por el olvido, donde no entra ni la ambulancia ni la policía porque esa tierra es de los que eligen mandar y tienen más fuerza, más pistolas y más cocina para cortar, vender y consumir. Dicen que fue una disputa de barras, pero se vio sólo a los bravos de Juventud Antoniana que viven por las vecindades. Y esa noche salieron a cazar con balas, machetes, cuchillos y el ardor de los que no tienen nada que perder. Ni nada que ganar. Y ahí estaba Fernando, asomado a la jungla, espiando cómo sería la vida si le hubiera tocado crecer y ocupar el huequito que le habría quedado en un mundo tan expulsivo y hostil. La bala le llegó cerca de las diez y no a medianoche como dijo la policía. Le entró por la espalda y no por la panza, como dijo la policía. Y fue una locura marginal que pasó por su esquina y lo dejó exangüe ahí no más de la puerta de su casa. Y no una pelea de barras como dijo la policía. “Que no sabe nada porque acá no entran ni cuando uno los llama”, como dijo la doña hablando al aire como para quien quisiera escucharle tanto desamparo. Y es que en el barrio 26 de marzo no manda nadie tal vez y por eso “venían gritando que acá mandan ellos”. Y en el barrio nadie manda ni cura ni cuida. Por eso los antonianos –que así dicen llamarse- tiraban bala para un lado y otro, buscando un cuerpo que cayera como símbolo de poder. De un poder tan efímero como la vida de Fernando, que apenas duró doce años. Estaba su tía cuando la sangre empezó a brotar como de una canilla, llevándole la vida con una rapidez incontenible. Su prima de 16 años quería detenérsela y los enfrentó. Le pusieron una pistola en el pecho. “Vinieron directamente a matar”, dice la tía a El Tribuno, mientras lo define como un changuito tan lindo. Dicen que la ambulancia no llegó nunca al barrio 26 de Marzo. Alguien puso el auto para que el cuerpito de Fernando conservara dos toques de vida para llegar apenitas al Hospital. En el camino le pidió a su tía “decile a mi mamá que la quiero”. Y no hubo más chances para él. Mamá, palabra escrita en la pared de la casa, tiene 40 años y es vendedora ambulante. Dejó de ser ella cuando supo de la muerte. "La tuvieron que derivar al hospital Ragone porque desvariaba. Está destrozada. Nadie le va a devolver a su changuito". La policía llegó muy tarde. Cuando ya nada. Para redactar partes en jerga uniformada, con datos al azar. Total, no existen oficialmente los vivos y los muertos del barrio 26 de Marzo. Circunvalante de lo que sí se ve y omitido en las agendas oficiales. Un barrio fuera de pandemia, donde la vida pasa sin barbijo y con el distanciamiento social de la selva. A seis habían detenido ayer después de Fernando muerto. Después de que su sangre sigue todavía regando la esquina de la casa. Después de que se hizo visible él, y su casa y su nombre andaban rondando la tapa de los diarios de Salta. Lo vieron después de su sacrificio, como sucede siempre con los niños de los confines. No existen hasta que los matan. Y aparece la foto de cumpleaños , con el pulgar perpendicular al índice para hablar de una mentirosa felicidad trunca. Edición: 4031      

Indignación selectiva
Publicado: Martes, 23 Junio 2020 16:48
Indignación selectiva

Por Claudia Rafael (APe).- La vida entre paréntesis pandémico tiene exactamente el mismo grado de selectividad social que la vida cuando no lo está. La indignación mediática y social funciona de acuerdo a aquel principio histórico plasmado maravillosamente por Orwell en Rebelión en la granja: todos somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros. Esa indignación selectiva se pone en marcha según el tamiz por el que se cuele la propia realidad. Y entonces, con los vericuetos novedosos que regala la pandemia, la vida entre paréntesis ofrece, sin reacción, infinitos alertas aquí y allá, diseminados en los territorios. No asoma por ese tamiz la historia de un niño de apenas 13, detenido en Tigre por un “robo simple”. Ni el rostro bello de sonrisa amplia de Florencia Magalí Morales, una mujer de 39 años, que apareció ahorcada en una celda de San Luis horas después de que la encerraran cuando iba en bicicleta a buscar comida durante la pandemia. Tenía heridas en su cuerpo de autodefensa. Había pedido ayuda por horas a los gritos. Apenas instantes mediáticos se ocuparon de su historia. Quizás algunos segundos más tuvo la imagen de Luis Espinoza tras su crimen en Tucumán por parte de un grupo de policías que se deshicieron de su cuerpo en un acantilado de Catamarca. La indignación se evidencia o no según los protagonistas de cada historia. Porque subyace en los sótanos sociales y mediáticos ante el grito de Eduardo Búfalo, el gerente operativo de Coto Lanús, cuando echó al funcionario municipal que osó decir que llegaba para clausurar el hipermercado por los, al menos, 10 casos de covid entre los trabajadores. “Acá terminamos mal, Tito. Hoy voy en cana. No van a cerrar la sucursal, Tito. No las vas a cerrar como que me llamo Búfalo”, prepeaba a un funcionario que convenientemente era pasible de ser prepeado. Los números, los billetes, las ventas no pueden ser mínimamente afectadas por una nimiedad: a los ojos de las gerencias, de los propietarios del mundo incluido, es una nimiedad que los trabajadores se enfermen y semejante atrevimiento merece ser desoído y ocultado. El termómetro que mide los grados de indignación no funciona en las cárceles a cielo abierto ni en los territorios castigados de los pueblos originarios. ¿Cuánto tiempo real se extendió la viralización del allanamiento a una familia Qom entre torturas, abuso sexual, gritos y balazos? ¿Cuándo ve la luz la genuina reacción social desde las entrañas ante la sistémica vulneración de los olvidados? ¿Cuándo nace la ira visceral ante el cruel ejercicio del poder de los que se creen dueños de la vida? La indignación presume de una selectividad propia del pacto social nacido en la modernidad que ubicó convenientemente a cada quien en su lugar. Y algunos somos más iguales que otros es seguramente el lema de Eduardo Búfalo y de tantos históricos portadores de más o menos cuotas de poder. Y su reacción (que provocó que apenas se clausuraran dos sectores de Coto) no indigna ni a los grandes medios ni a los comunes mortales que adoptan el bozal para esconder su desinterés, su falta de empatía, su indolencia, su ausencia de grito abonado a lo largo de las décadas por los poderes estatales y mediáticos. No indigna tampoco el piberío gatillado en Villa Maciel, en la 1.11.14 o en Berazategui y la condición humana fermenta en su interior la podredumbre de las heridas abiertas por la crueldad. Por ninguno de ellos se marcha en hacinamiento viral y con invocaciones a la patria los sábados. Después de todo y como escribía Galeano el poder no admite más raíces que las que necesita para proporcionar coartadas a sus crímenes; la impunidad exige la desmemoria. Edición: 4030

El poder cobarde que apagó a Luz
Publicado: Jueves, 02 Julio 2020 17:03
El poder cobarde que apagó a Luz

Por Silvana Melo          (APe).- Los cuatro años de Luz Emily se apagaron una madrugada de plenísimo invierno, a las cinco de noche de la mañana. Y ella supo, acaso antes de morir, que los monstruos de los cuentos, que se cuelan por la ventana o aparecen por las cañerías, pueden vivir en casa. Y ser personas de carne y de hueso, con cara de papás a la hora de comer. Luz se apagó junto a su mamá, mientras dormían. El poderío cobarde del hombre que mandaba entre esas paredes las mató durante el sueño. Por estrangulación, dicen los partes policiales. Es propio de la represión patriarca apretar el cuello de sus víctimas. Hacerles saber quién manda ante la insolencia independentista que suelen ejercer las mujeres. Apretar un cuello es impedir hablar, gritar, respirar. Así mata la policía a los negros en Minesota. Así mata la policía a los pobres en Tucumán. Así matan los Jacintos Apodacas a sus parejas y a las niñas de sus parejas para disciplinar. Para dejar en claro quién tiene la escritura de las vidas, quién la propiedad del sol de las mañanas, quién el percutor que enciende la luz de las niñas que se llaman Luz. Jacinto Apodaca se llama el hombre que vivía en la casa con María Magdalena y Luz. Haciendo de novio y sustituto de padre, capataz de los cuerpos y gendarme de las vidas. El sábado a la tarde las encontraron en Moreno, una de las zonas más desventuradas del conurbano. María Magdalena tenía 23 años. Luz, 4. Mamá de nombre bíblico, reivindicada por el cristo menos machirulo del dogma cristiano-patriarcal. Luz, arquetipo del alba. De la aurora irreverente que no le dejaron encender. A principios de abril, cuando la pandemia recién aterrizaba en estas fragilidades Ada, de 7 años, comprendía como Luz que los monstruos de los cuentos en la realidad real son hombres de carne, de hueso y de manos que pueden acariciar y pueden apuñalar. El novio de su madre Cristina, usó un cuchillo para exterminarlas. Y ella no pudo siquiera utilizar la varita mágica con la que consiguen todo las Adas que llevan hache. Abel Romero, en la casa que compartían en Monte Chingolo, protegió su propiedad con el cuchillo. Las apuñaló, las enterró en el patio y luego armó una historia inverosímil que relató sin una sola emoción. Ada tenía apenas siete años. Era una mujer pequeña con nombre de maga y con ojos de nubes claras grises azuladas. Hay virus para los que nunca habrá vacunas. Cazadores de brujas sueltos por las calles y los baldíos, por los cuartos de las casas donde viven las Luces y las Adas, que no caerán bajo una inyección en el brazo una vez por año. Pandemias de la historia que piden a gritos la audacia de las mujeres para bajarlas del cielo. Y enterrarlas en las fosas que los verdugos tienen pensadas para ellas. Edición: 4036

Los otros Aníbales
Publicado: Martes, 30 Junio 2020 14:48
Los otros Aníbales

Por Laura Taffetani (APe).- Cada época construye sus relatos, los que nacen del poder real y los que subyacen en las sombras de los que no lo tienen. Por eso, en quienes se aprecien de una lectura crítica para la transformación de esas relaciones de poder, es tan importante tender el puente entre la realidad que vivimos y las ideas que la atraviesan. En ese sentido, una de las ideas insigne de esta época en materia de infancia y juventud, la representa -sin lugar a dudas- la percepción reinante sobre el trabajo infantil. En el inicio de la dictadura militar del ‘76, los obreros de la fábrica Vincentín fueron -como la gran mayoría de la clase trabajadora en Argentina- blanco de la represión. Aníbal Gall fue uno de esos dirigentes, quien siendo personal jerárquico de la planta se unió a la lucha obrera, convirtiéndose en poco tiempo en el referente indiscutido del Sindicato de Aceiteros de las tierras santafecinas. Aníbal Gall fue secuestrado el 30 de Enero de 1976 y estuvo detenido ilegalmente hasta el mes de septiembre de ese año, en el que salió en libertad después de haber sufrido torturas que lo dejarán marcado para siempre hasta su muerte. Su hermano Albino Gall, al contar sobre su historia en el diario Página 12 de este domingo, menciona que ingresó a trabajar en esa fábrica cuando cumplió los 13 años. “Tenía que elegir entre trabajar y estudiar” dice en la nota con toda naturalidad. En aquella época, nadie se hubiera escandalizado por la edad de ingreso de Aníbal en el mundo laboral. La juventud que provenía de los sectores más humildes ingresaba a las fábricas en tropel, en esa Argentina prometedora que venía desde la década del 60 ostentando el casi pleno empleo. Un sueño que parecía imposible de alcanzar para otros países de América Latina. Había un proyecto de país que se iba desplegando firme a cada paso y la clase obrera se organizaba para alcanzar su legítimo derecho de disfrutar los beneficios de lo que sus propias manos producían. Época también, en la que nadie dudaba que quien verdaderamente genera riqueza del país es la clase trabajadora y no el capital, como hoy se gusta decir para legitimar los privilegios de los más poderosos. También, en esos tiempos, Argentina enarbolaba la legislación laboral más progresista de América Latina, sancionada en 1974. No es casual que uno de sus redactores, Norberto Centeno, desapareciera posteriormente durante la última dictadura militar. La Ley de Contrato de Trabajo, entre otros derechos conquistados, regulaba el trabajo de los menores de edad, prohibiendo trabajar a los menores de 14 años y a todos los menores de 18 años en general en el trabajo nocturno y aquellos de carácter penoso, peligroso o insalubre. Exigía también que, aquellos que se encontraban comprendidos en la edad escolar, hayan completado su instrucción obligatoria, salvo autorización expresa del ministerio tutelar “cuando el trabajo del menor fuese considerado indispensable para la subsistencia del mismo o de sus familiares directos, siempre que se llene en forma satisfactoria el mínimo de instrucción escolar exigida”. Después aconteció lo que ya todos y todas sabemos: la dictadura militar preparó el camino y los distintos gobiernos democráticos que siguieron fueron consolidando el cambio de modelo económico que empujó a gran parte de la clase obrera a los desiertos áridos de la exclusión. Al compás del masivo cierre de fábricas, los artículos de la Ley de Contrato de Trabajo se fueron desgranando, con las permanentes modificaciones de los dóciles parlamentos, asegurando las condiciones para que los sueños del pasado no pudieran colarse por ninguna hendija que trajera algo de dignidad. De las viejas consignas obreras de lucha por el poder que circulaban en los volantes distribuidos de madrugada en las puertas de fábricas, se pasó a la folletería elegante que luce en las oficinas de la mayoría de los sindicatos con las consignas puntillosamente dictadas por la OIT. Así fue como se pudo pasar, sin pena ni gloria, a cambiar la vieja aspiración de trabajo digno por el trabajo decente. Ya con el aparato productivo destruido, con tres o cuatro generaciones enteras que ya no guardan siquiera en los relatos de sus abuelos y abuelas la noción de trabajo digno, y borrada toda esperanza de un horizonte diferente para sus hijos e hijas, se comenzó a construir el relato necesario para afianzar el crimen. Foucault llamó criterio de verdad, a los parámetros que establecen las redes del poder para imponer el saber en la sociedad necesario para consolidar sus bases. De este modo, sólo por poner un ejemplo, bajo el lema de la resignación del “algo es algo”, llegamos a llamar trabajo a la mísera dádiva que da el Estado en forma de planes y de este modo, medir tranquilamente el índice de desempleo. La suerte no fue distinta para aquellos adolescentes que crecen en nuestros territorios sin perspectiva alguna de alcanzar los sueños fabricados de una sociedad de consumo a la que jamás accederán. El criterio de verdad vino enseguida al salvataje de esta realidad que atraviesa nuestras pupilas y que duele en el alma de un país que les roba día a día su futuro. Subimos la edad para el trabajo que nunca tendrán a los 16 años, sin establecer excepción alguna. Cerramos los centros de formación laboral o los convertimos en simples talleres de pizarras blancas, alejados de cualquier herramienta de trabajo que pueda establecer esa íntima convicción del orgullo que significa el fabricar los bienes de utilidad que la sociedad entera podría disfrutar. Establecimos además el secundario obligatorio para asegurar la ficción, sin otorgar una sola condición que permita evitar que más de la mitad de las y los jóvenes que concurren -casualmente la misma cantidad que se encuentran por debajo de la línea de pobreza- abandonen el camino que para ellos y ellas jamás estuvo señalizado. Es cierto que la prohibición produce una placentera sensación frente a la solución impotente de dar respuesta en un país que no tiene en su horizonte el trabajo digno. Tampoco dejan de ser atractivas las consecuencias, que penden en el aire como espada de Damocles, de la posible penalización cuando se infringe. Está claro que para ello, bastan y sobran las cárceles a cielo abierto que se erigen en sus barrios, en las que sólo cabe asegurar que no crucen sus límites. Este es el país que no le tocó vivir a Aníbal. La fábrica donde trabajaba se enriqueció a expensas de un Estado que resguardó sus intereses impúdicamente, frente a la mirada esquiva de un sindicalismo que se mueve a sus anchas después de la represión sufrida por sus militantes. De hecho, Aníbal nunca podría haber ingresado a trabajar con esa edad y menos aún, convertirse luego en el referente de sus compañeras y compañeros trabajadores. Es cierto que, el universo de los Aníbales, está atado a otros sueños que no caben en los que hoy se promueven como políticamente correctos. Aquellos que provienen de los criterios de verdad generados por las grandes usinas del poder y del saber académico con el fin de regular el destino de aquellos y aquellas que comienzan a transitar una adolescencia excedente. Por eso, el universo de los Aníbales, como los de las compañeras y compañeros que levantaron otras banderas, se encuentra tan celosamente escondido desde hace décadas, lejos de los mercaderes y traficantes que trabajan para la resignación. Sólo están ahí esperándonos, para encender las rebeldías del mañana necesarias. Esa rebeldía que no tienen edad ni fronteras que no sean las de construir esa nueva sociabilidad humana que estará siempre pronta a renacer. Edición: 4035    

Pillín
Publicado: Lunes, 29 Junio 2020 14:02
Pillín

Por Carlos del Frade (APe).- “…Yo soy de Arroyigasito, Central de Rosagasario, de la pasión de los barrios, nacimos entre los obreros, crecimos como atorrantes, por eso yo soy guerrero, guerreros con mucho aguante…”, canta la hinchada de Central en las tribunas del Gigante de Arroyito al ritmo de “Parte de la civilización”, de “Divididos”. Esos versos de inspiración colectiva arrastran una identidad rosarina que ya no es. Pero la historia insiste en las voces de esas pibas y esos pibes que están enamorados de los colores azul y amarillo. Sin embargo, ciertos atorrantes de guante blanco fueron achicando el número de los obreros. Y el viejo ferrocarril que fue la cuna de Central, hoy es una melancólica referencia que apenas funciona para los transportadores de cereal. El jefe de la barrabrava canaya, con la y que le puso Roberto “el Negro” Fontanarrosa, se llama Andrés “Pillín” Bracamonte. Un caso único en la Argentina y en muchas geografías en las que lo que sucede en la cancha chica del fútbol se mueven millones de dólares y también millones de alegrías o tristezas individuales. Durante dos décadas “Pillín” se mantuvo como jefe de una organización que trabaja también en la cancha grande de la realidad. “Empresario” fue la definición que eligió para definirse. También contó que apenas terminó la primaria. Pero no pudo gambetear el embate de un fiscal que ahora lo puso preso por el supuesto delito de lavado de activos agravado. Parece que el “Pillín” perdió. Que el único jefe de una barrabrava importante durante veinte años comienza su viaje final al olvido, a bajarse, definitivamente, del paravalancha de Arroyito. Parece. Lo acusan de tener un patrimonio de por lo menos 38 millones de pesos, muchos departamentos y muchos más automóviles. Allá por el año 2013, fue denunciado como el principal referente de una de las principales cuatro organizaciones dedicadas al narcotráfico que estaban en la ex ciudad obrera: “Los Monos”, en el sur; Alvarado en el centro; Luis Medina en la zona oesta y “Los Pillines”, en el norte. Pero “Pillín” es, hace y deshace porque lo dejaron ser, hacer y deshacer. Su suerte personal no puede tapar tantos años de violencia urbana que se tragó decenas de vidas jóvenes que latían de acuerdo a la suerte canaya. En las audiencias, la fiscalía dijo que el Guille Cantero, sobreviviente líder de “Los Monos”, desde el interior de la cárcel, maneja la barra de Ñuls. La pregunta fundamental, ahora, es qué pasará con “Los Guerreros”, con “Los Pillines”, tanto en la cancha chica del fútbol como en la cancha grande de la realidad. La pibada mientras tanto, entre bombos, bengales y banderas, seguirá cantando la identidad de una ciudad que hace rato no es obrera ni tiene casi contactos con el Che. Es de esperar que esa muchachada tenga una mejor suerte, que no dependa de los negocios presentados por empresarios como “Pillín”. Mientras tanto, en la cancha grande de la realidad, el lavado de dinero se lleva puesto al último máximo referente del poder de las barrabravas. Fuentes: “Central, Ñuls: La ciudad goleada”, tomos 1 y 2, del autor de esta nota. Audiencias del jueves 25 y viernes 26 de junio de 2020, en el Centro de Justicia Penal de Rosario, en las que también participó este cronista. Edición: 4034  

Los textos más tristes
Publicado: Viernes, 19 Junio 2020 14:38
Los textos más tristes

Por Alfredo Grande Dedicado a Silvana Melo y Claudia Rafael. (APe).- Freud diferencia melancolía de tristeza. Lo melancólico tiene como marca indeleble la culpa y el reproche. La tristeza es un desgano del alma, un ahogo penoso, una parálisis del alma. Los textos, como las noches, pueden ser tristes. “No hay tristeza mayor que añorar aquello que jamás sucedió” escribió el cantautor Sabina. Pero quizá haya una tristeza mayor. Y es añorar aquello que alguna vez sucedió. Zitarrosa escribió: “En mi país, qué tristeza, la pobreza y el rencor… Dice mi padre que ya llegará desde el fondo del tiempo otro tiempo… Y me dice que el sol brillará sobre un pueblo que él sueña labrando su verde solar”. En la tristeza, la poesía y la música son la mejor compañía. En algún momento, en un indefinido instante donde la previsible se quiebra para dar paso a la singularidad, la tristeza se hace bronca. Y esa bronca se nutre de muchas broncas, y entonces incontenible el odio al enemigo se hace carne y conciencia. Lo señaló el Che en su conferencia “Uno, dos, tres, muchos Vietnam”. Nos sometimos al mandato de no odiar, nos sometimos al amor por mandato, y la tristeza nos quebrantó el alma. Pero generaciones enteras, durante décadas y décadas, supieron que había un antídoto poderoso contra todas las formas de la tristeza. Un solo antídoto para curar al alma que tanto te han herido. El antídoto para no ser jamás vencido como pueblo. La unión contra todas las formas de la explotación: la represión, la injusticia, los privilegios, las diferentes formas de realeza. Vínculos deseantes, grupos militantes, colectivos combatientes, se nutrían en la profunda convicción de que el único horizonte que se acercaba era el revolucionario. Todavía nos resulta más fácil hablar de traición que poner el nombre a cada uno de los traidores. El horizonte quedó petrificado. No se alejó, lo que hubiera sido grave. Tan solo desapareció, lo que fue siniestro. Entonces fue el dolor, la locura, el terror, el desgarro, la amputación de los cuerpos y de las almas. Y cuando la sangre que llegó al río mostró los cuerpos flotando en las tumbas del océano el pánico, que no es un ataque sino la peor de las defensas, fue amo y señor de las vidas. Cuando el temporal se conformó con ser lluvia y viento, entonces nuevamente fue el momento de las tristezas. La profecía de pisar las calles nuevamente, que nos cantaba Pablo Milanés, comenzó a construirse como un nuevo horizonte de nuevos acontecimientos que propiciaran nuevos horizontes. Y creímos, deseamos creer, que con la democracia se comía, se educaba, se curaba. Pero el virus de las variadas formas del fascismo, virus que he bautizado COVID-1984, se expandió con prisa y sin pausa. Hoy el gatillo fácil, demasiado fácil, las personas que se obstinan en seguir siéndolo a pesar de que la calle nunca será una casa, las mujeres asesinadas con la crueldad de las formas sistemáticas de planificar los sufrimientos, niñas, niños, niñes en los que el hambre cotidiana va moldeando al sujeto del dolor, de la desesperación, de la desolación, de la incomprensión. El virus de las variadas formas de fascismo, cuyo núcleo fundante es la destrucción de las personas y de las cosas, desde los campos de concentración y asesinato masivo, la quema de libros, la diáspora de los emigrados sin tierra, la maceración de los originarios aplanando la dignidad de pretender seguir vivo, la contaminación del aire, la tierra, el agua, la destrucción de glaciares y la creación de nuevos desiertos. Ese virus planetario había sentenciado a muerte lenta, dolorosa, solitaria, a miles de millones. El modo de producción capitalista que en su mímesis permanente se hace llamar estado benefactor, democracia representativa, estado ausente, estado de aterradora presencia, ese modo de producción fue enfrentado por las y los valientes de la historia. La tierra con un bostezo brutal se despertaba con marchas multitudinarias, despertando el espíritu de las revoluciones pasadas. Y acorraló, empujó, enfrentó a todas las injusticias, a todas las formas del privilegio. “Nos encontramos en la calle”, decíamos cuando una marcha finalizaba pero sabiendo cuándo era la próxima. Hoy ya no hay encuentros. La distancia será óptima, pero no es cercanía. El sujeto del deseo, el sujeto de la vida, es sujeto del vínculo. Hoy, y en el mejor de los casos, “nos encontramos en zoom”. Para la mayoría cada vez más silenciosa, el desencuentro llegó para quedarse. No me preocupa en absoluto cuándo termine el aislamiento social, que también es aislamiento político, ni tampoco discutir qué fases de la cuarentena son necesarias. La mayor tristeza es el fundado temor de que las utopías rebeldes, libertarias, revolucionarias, queden esterilizadas en alcohol en gel y lavandina y los barbijos reemplacen a los pasamontañas. Por eso, muy lejos de tu talento, te invoco querido Pablo porque me di cuenta, dolorosamente, de que puedo escribir los textos más tristes esta noche. Yo que escribí acusando al mandato de la felicidad, me encuentro dudando del deseo de la alegría. En nuestras cavernas de 30, 50, 100 metros cuadrados, sepamos que es necesaria la convicción de salir de las cavernas. Nuevamente me acompaña el gran Zitarrosa para decirme “El candombe del olvido, tal vez si yo le pido un recuerdo, me devuelva lo perdido”. Cuando me animo a futurizar, las tristezas pueden ser un poco menos tristes. No mucho menos. Parafraseando al manifiesto liminar de la reforma universitaria, necesaria para conmover a la universidad medieval, “las tristezas que quedan son los alegrías que faltan”. Mi vida actual no es la vida que elegí desde por lo menos 50 años. Los primeros 22 fueron elegidos por una mezcla de azar y tragedia. Y la enorme tristeza de saber que no creo que me devuelvan lo perdido. Por eso leo, aun sabiendo que la tristeza seguirá siendo tristeza, los versos de Pablo Neruda: Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, y éstos sean los últimos versos que yo le escribo. Edición: 4028

Pandemia en Nicaragua
Publicado: Jueves, 18 Junio 2020 21:31
Pandemia en Nicaragua

Por Raúl Zibechi (APe).- Fue comandante guerrillera de la revolución popular sandinista y ministra en el gobierno en la década de 1980. Luego diputada e integrante de la dirección nacional del FSLN. Sin retórica, explica las razones por la que rompió con el actual presidente: “En el 98 me distancié de Daniel Ortega a partir del pacto de prebendas con el presidente Arnoldo Alemán y actualmente trabajo en la Articulación de Movimientos Sociales. Hemos sido víctimas de represión y durante un tiempo pasamos a la clandestinidad, seguimos en la lucha porque Nicaragua está sufriendo una dictadura”.

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Hambre

 Son siete los niños wichí que no llegaron a vivir dos años y que se murieron de hambre y de sed en este enero. 


Natalia Melmann

A 19 años de su secuestro, violación y asesinato, la familia de Natalia Melmann sigue reclamando justicia.


Colombia

Enero de 2020 es, hasta el momento, el mes más violento en contra de líderes sociales, políticos y comunales en los últimos cinco años en Colombia.


Lago Escondido

Comenzó la 5º Marcha por la soberanía del lugar que cercó Joe Lewis.Reclaman la apertura de los caminos que conectan la Ruta Nacional Nº40 con el lago.


Luciano

Se cumplieron 11 años desde el secuestro, desaparición y homicidio de Luciano Arruga. El pibe que le dijo que no a la policía.


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