Alen, sangre y luto
Publicado: Lunes, 30 Marzo 2020 13:28
Alen, sangre y luto

Por Carlos Del Frade     (APe).- Lo que es adentro, es afuera. Los días lunes 23 y martes 24 de marzo de 2020, cinco personas murieron en medio de levantamientos de presos en los penales de Coronda y Las Flores, en la provincia de Santa Fe. En medio de la pandemia del coronavirus, los presos, hacinados y mal alimentados, no tienen acceso al agua y están lejos de poder cumplir con el aislamiento obligatorio, preventivo y social. La mayoría de la población carcelaria, en Santa Fe y la Argentina en general, proviene de los sectores históricamente saqueados.Desde esos lugares en los mapas donde es difícil conseguir agua. Por algo hay un millón doscientos mil personas que no tienen acceso al agua en sus casas. Una de las cinco personas asesinadas era Alen Matías Miguel Montenegro, de solamente veintitrés años, barrabrava de Colón. Lo mataron de un tiro. Alguien le apuntó porque así le dijeron que lo hiciera. Ser de Colón es formar parte de una identidad colectiva que no hace mucho conmovió a todo el país futbolero con una movilización de cuarenta mil personas hasta el Paraguay para disputar la final de la Copa Sudamericana.Ser de Colón es tener conciencia de un pueblo sufrido, sabalero y que vibra al ritmo de “Los Palmeras”, cuando cantan “aé, aé, yo soy sabalero”. Alen, entonces, llegó a ser, con solamente veintitrés años, uno de los posibles líderes de la barra brava de ese sentimiento colectivo.Decían que Alen sería el sucesor del jefe de la barra, Juan Abel “Quique” Leiva, condenado a 30 años por el asesinato de Walter Montaner.Porque detrás del sentimiento hay enormes negocios que continúan en cualquier lugar. Lo que es adentro es afuera. El reclamo de los presos era claro: salud, cuidados, comida y mejor trato. Cuando les dijeron que había destinado dos pabellones para atender a los que pudieran ser infectados por el coronavirus, muchos sintieron que se convertirían en depósitos de muertos. Las visitas se habían cortado y tampoco ingresaban las drogas que consumen desde hace años. Días después de los cinco muertos, la Dirección de Sanidad del Servicio Penitenciario de la provincia de Santa Fe admitió que “la merma del ingreso de drogas a las cárceles alimenta la violencia interna”. Hay mil personas más en los penales santafesinos, dicen las voces oficiales. El hacinamiento es tan palpable como la falta de cuidados mínimos. El caso de Alen, en medio de esa protesta por mejores condiciones de detención, sin embargo, muestra otra arista de la vida de miles de pibas y pibes en la provincia de Santa Fe y la Argentina. La pelea por los territorios y el poder sobre los mismos, se da en las calles santafesinas y también sus cárceles. Una de las ideas que fluyeron en forma paralela a videos de terror es que detrás del legítimo reclamo por atención sanitaria, comida y excarcelaciones, existió un plan para dejar de lado a los opositores a la conducción histórica de la barra sabalera. Y una línea aún más rebuscada pero que llegó a muchas personas es que también hubo un grupo de personas que intentaron llegar al pabellón de los presos de mayor peligrosidad donde están los líderes de la banda de Los Monos, entre otros.Alen, en todo caso, vivió y murió muy rápido. Su pasión por los colores rojinegros lo llevó a acercarse al seductor show de la tribuna donde “Los de siempre”, como se autodenomina la barra. Después apareció el segundo plano. La vida cotidiana de los que conforman esas barras. La necesidad de vivir seis días cuando no hay fútbol. Ahí, en la cancha grande de la realidad santafesina, Alen encontró otros valores, otros códigos y la vida se le piantó muy antes de tiempo, como tantas pibas, como tantos pibes. Porque después del fuego y las cinco muertes, tanto en Coronda como en Las Flores, queda claro que lo pasa adentro, pasa afuera. Edición: 3967  

44 años después
Publicado: Martes, 24 Marzo 2020 14:08
44 años después

Por Carlos Del Frade (APe).- En días de cuarentenas, pandemia y aislamiento social, preventivo y obligatorio, el almanaque insiste en gritar la llegada del 24 de marzo y la necesidad de pensar qué cosas de aquel genocidio merecen estudiarse y debatirse en torno al presente tan particular que vive la Argentina y, en general, la cápsula espacial llamada planeta Tierra. Uno de los hechos sobre los cuales todavía no hubo justicia ni verdad es con respecto al destino de las chicas y los chicos nacidos en cautiverio o secuestrados de sus familias. Cuando la década del noventa daba su curva final, la entonces Directora de Asuntos Internos de la Policía de Santa Fe, la doctora Leyla Perazzo, quien estuvo a cargo de la policía de menores de Rosario durante los tiempos del terrorismo de estado, sostuvo que llegaron a alojar alrededor de 60 menores de edad como consecuencia de la desaparición de sus madres y padres. Perazzo defendió a las celadoras de la policía de menores durante la dictadura porque “hicieron un trabajo como seres humanos más allá del oficial, asumieron roles...”. “Yo estuve en la peor época... dos o tres años. En general las chicas (por las celadoras) salían a pedir ropa para los pibes. Los llevaban al médico. Hasta una persona como Feced (jefe de la policía rosarina durante la dictadura y trístemente célebre por su ferocidad y perversión), en una cuestión como la de los chicos, no se metió, dejó que los resolviera la justicia”, indicó. La policía “recibía un chico del comando y lo anotaba. Ese era un aspecto. Después estaban los grupos de tareas”, diferenció la abogada. “Llegamos a tener como sesenta, me acuerdo”, confesó la funcionaria. La pregunta que nos hicimos en el año 2000 cuando publicamos el libro “El Rosario de Galtieri y de Feced”, todavía sigue sin respuesta: ¿quiénes eran esos sesenta chicos que ingresaron en la policía de menores de Rosario durante la dictadura? Cuarenta y cuatro años atrás, aquellas pibas y pibes revolucionarios se convirtieron en madres y padres combativos. Uno de los imprescindibles recuerdos para estos días quizás sea la historia de Marta y Alejandra. Marta Bertolino ya sabía que su compañero Oscar Mansur había muerto en la tortura en el Servicio de Informaciones, en la esquina de Moreno y San Lorenzo, donde funcionaba la Jefatura de Policía de Rosario. Era septiembre de 1976. La noche carnívora, el estado terrorista ya tenía, oficialmente, seis meses de vigencia o iba camino a cumplirlos. Marta fue llevada a parir al segundo piso de la Maternidad Martin, en Moreno y Rioja, cerca del Auschwitz rosarino. La esposaron a la camilla y la vigilaban, desde afuera, hombres armados con fusiles y pistolas. La historia de Marta es una gran gambeta del amor al odio, de la memoria al olvido, de la porfiada insistencia de la vida a la muerte impuesta por decreto. Dijo Marta y es maravilloso que su testimonio haya quedado registrado para este año 44 después del golpe genocida en días de coronavirus. Dijo Marta: “Yo estaba en una habitación de la Maternidad Martin, creo que en el segundo piso. Esposada a una cama, el único movimiento que podía hacer era mover la cabeza. A dos metros dormía en una cuna, arrimada contra la pared de enfrente, una beba recién nacida, dormía agotadísima, era mi hija... “Yo no podía tocarla. Menos aún podía amamantarla. Tampoco me habían dejado darle un nombre. Recuerdo que habían cerrado la puerta de la habitación. Estaba celosamente custodiada por fuera por varios hombres armados. La única ventana había sido clausurada por un candado. “De repente una oblicua luminosa viene y se instala ahí. Sólida, finita,increíble, delante de mis ojos... Recuerdo que me hizo reir la ocurrencia del sol, su desparpajo, su modo silencioso de colarse. El gesto fulgurante de ese instante ganado a las tinieblas. Eso es lo que retuve de esos momentos. “Años después tematicé esto escrito con aspirinas a falta de tizas en un calabozo de Villa Devoto, sobre una de las paredes de ese encierro. “Poca cosa había en el cuarto, apenas una cama, vos dormida y yo mirándote en silencio. Nadie ahí para contarle que existías y existías en un buitre acechándote furioso, en un aletear de pájaro, en una bata. Nadie para contárselo. De un domingo extrañamente ajeno transcurría la tarde y aquel rayo de luz abrió un atajo por donde se coló la risa”, contó Marta, psicóloga, docente, militante y poeta. Su hija Alejandra estudió música, canta, sueña y pelea contra todas las formas de desprecio. Estas historias, 44 años después del golpe, forman parte de otro tipo de consagración de la salud colectiva porque tienen como principales insumos la dignidad, la memoria, la alegría y el amor. Fuente: Entrevistas del autor. “El Rosario de Galtieri y de Feced”, Rosario, año 2000, también del autor de esta nota. Edición: 3964              

Dimensión viral (II)
Publicado: Miércoles, 18 Marzo 2020 15:47
Dimensión viral (II)

Por Alfredo Grande(APe).- De mis lejanos recuerdos, ha visitado mi memoria la epidemia de poliomielitis. A comienzos de 1956, nuestro país sufrió una importante epidemia de poliomielitis, que afectó a alrededor de 6.500 personas, y que la histeria desatada llevó a la gente a pintar todo con cal, usar lavandina para la higiene, mientras una vacuna recién terminaba de desarrollarse. Puede parecer inverosímil, pero algunas madres lo hicieron. Envolvían a sus bebés en una suerte de sábana o manta, dejándole sólo libre la cabeza. El resto, cuerpo y extremidades, quedaban inexorablemente apretujados simulando una momia. De esta costumbre, que es difícil identificar su origen, el saber popular decía que servía para proteger de la implacable poliomielitis a los bebés, que eran sus víctimas preferidas. Esto ocurría ya a fines de 1955, cuando habían comenzado a aparecer, en la Argentina, un número elevado de casos de esta enfermedad. Y las cifras fueron en aumento, hecho que el gobierno de facto de Pedro Aramburu en un primer momento pretendió ignorar, a pesar de que diarios insistían en informar lo contrario. También recuerdo que una de las leyendas urbanas de la época es que la epidemia era un castigo por el derrocamiento de Perón. A ese tipo de construcción colectiva la he denominado alucinatorio político social. Es una compleja trama de ideas delirantes. Lo que no implica psicosis, pero sí derrapa locura. La diferencia no es menor. La locura es un sin sentido del sentido común. Quizá uno de los mejores retratos de la locura haya sido “Las Brujas de Salem” de Arthur Miller y también “El pan de la Locura” de Carlos Gorostiza. La cuestión fundante es entender el núcleo de verdad de la locura. En este caso, el núcleo de verdad es la existencia del coronavirus. El virus existe y como todo virus, tiene sus mutaciones. Si entre los virólogos hay desacuerdos, no pretendo dar pautas de prevención viral. Pero sí puedo y quiero señalar que enfrentar esta epidemia (y no digo pandemia) con los mandatos de la cultura represora tiene inesperados riesgos. El discurso presidencial incluyó palabras a mi criterio inquietantes: ejército, enemigo invisible y otros sumaron guerra. O sea: de la lógica sanitaria y de salud pública a la lógica bélica. También se habla de guerras comerciales, y desde ya, la batalla cultural. Y a eso quiero referirme. Las medidas sanitarias están siendo sacralizadas en detrimento del impacto subjetivo del aislamiento. Y peor aún: tomando una severa restricción a la humana sociabilidad como una virtud. “La vuelta a las reuniones familiares”, “Inventar nuevos juegos”, “Querer es aislarse y asilarse”. Si la cuarentena es necesaria entonces que no sea sin relevamiento de los daños y perjuicios que toda situación de aislamiento genera. La subjetividad humana se construye desde matrices vinculares, como hace décadas enseñara Enrique Pichon Riviere. Que muches se ocupen del virus, pero que otres muches se ocupen del impacto vincular de la epidemia. Porque quizá la cuarentena sirva para impedir el contagio, pero la cuarentena producirá fracturas vinculares que tendrán también un efecto negativo incluso en la capacidad inmunológica. Lo que más me preocupa es que dentro del rango de evaluar riesgos, el impacto psicosocial del aislamiento no está en la agenda. Para nosotros debe incluirse y es prioritario. Pasamos de “la casa al trabajo y del trabajo a casa” a “de casa a la casa”. Pensamos en los cientos miles de hogares que ya no son hace años “hogar dulce hogar”. Siempre supimos que el lugar de más riesgo para la mujer y para les niñes era el ámbito familiar. Ahora pasa a ser el mejor bunker para enfrentar los virus. ¿Cuál es la ganancia de los pescadores represores? Si este nivel no se empieza a pensar y a intervenir, la epidemia pasará pero los daños vinculares, de los que nadie querrá hablar, serán inevitables. Con el agravante que también soldaremos que no es necesario tanta gente para trabajar, que el santo grial de la población excedentaria puede ser alcanzado. En otros términos: en el mundo sobra gente. Diría en el mundo marginal, precario, de las personas en situación y padecimiento de calle. Poder trabajar desde el domicilio te ubica en clase media y media alta profesional, comercial e industrial. Obviamente, los que levantan las banderas de “cuidarse” tendrían que agregar “cuidar los privilegios de clase”. Pero no pidamos sinceridad a la cultura represora, ya que su cría más preciada es la hipocresía. ¿Cómo hace un albañil, un artesano, un carnicero, un artesano, para trabajar desde la casa? En el transporte público sólo se puede viajar sentado. ¿Qué distancia hay entre asientos? ¿Y en los asientos frente a frente hay dos metros? El mito reaccionario de la “población sobrante” encuentra su núcleo de verdad en el coronavirus. Pero ahí no termina el problema. Recién empieza. Veremos cuándo empieza a resucitar la teoría del “país para pocos”. Porque tenemos epidemias como el hambre, el dengue, el mal de chagas, la hepatitis, etc, que nunca motivó un discurso en cadena del presidente (ningún presidente) con laderos oficialistas y opositores. Y mucho menos que la devolución de las obscenas dietas de las eminencias legislativas. El vellocino de oro de la UNIDAD crecerá desde la destrucción del enemigo invisible. Vayamos a García Márquez gracias al oportuno recuerdo de Guillermo Robledo: “Cuando José Arcadio Buendía se dio cuenta de que la peste había invadido el pueblo, reunió a los jefes de familia para explicarles lo que sabía de la enfermedad del insomnio, y se acordaron medidas para impedir que el flagelo se propagara a otras poblaciones de la ciénaga. Fue así como les quitaron a los chivos las campanitas que los árabes cambiaban por guacamayas, y se pusieron a la entrada del pueblo a disposición de quienes desatendían los consejos y súplicas de los centinelas e insistían en visitar la población. Todos los forasteros que por aquel tiempo recorrían las calles de Macondo tenían que hacer sonar su campanita para que los enfermos supieran que estaban sanos. No se les permitía comer ni beber nada durante su estancia, pues no había duda de que la enfermedad sólo se transmitía por la boca, y todas las cosas de comer y de beber estaban contaminadas por el insomnio. En esa forma se mantuvo la peste circunscrita al perímetro de la población. Tan eficaz fue la cuarentena, que llegó el día en que la situación de emergencia se tuvo por cosa natural, y se organizó la vida de tal modo que el trabajo recobró su ritmo y nadie volvió a preocuparse por la inútil costumbre de dormir” (Cien años de Soledad) Trabajar lo vincular es la vacuna para que la cuarentena no nos condene a cien años de soledad.   Edición: 3961      

Condición humana
Publicado: Lunes, 16 Marzo 2020 22:20
Condición humana

Por Silvana Melo(APe).- El individualismo a ultranza, la alimentación ultraproteica del gendarme que opera en cada sujeto social, la salvación personal a costa del naufragio del resto, el asomo de lo peor de todos, como asoman las hormigas cuando huelen la lluvia. Con esas maletas llegó el virus, una probable arma bacteriológica que el capitalismo utiliza para la limpieza de frágiles. A los niños los matan de hambre, de venenos, de gatillo fácil y de paco. A los viejos los dejan morir en el primer mundo sin atenderlos: el virus los arrasa y no vale la pena gastar. Es la clase dominante la que tiene la manija de la supervivencia. La que compra a rabiar, la que viaja, trae el virus y no se pone en cuarentena, total el problema es para los demás. El virus desnuda el capitalismo en su peor revés. En el dorso más cruel. En la nuca de un sistema que suele mostrar el rostro de emoji sonriente para conceder eso del capitalismo de rostro humano. Pero cuando se da vuelta está el leviatán. Y están los dueños del mundo colocando y sacando a gusto y placer para que los desgraciados sean más desgraciados y los propietarios del privilegio lo escrituren para siempre. Capitalismo de desastre, lo llama Naomi Klein. Que es posible porque el basamento humano de ese capitalismo es numeroso. Muy numeroso. Demasiado. Y maneja los medios de producir, de comunicar, de sentir. De amar y de odiar. El resto, consume o resiste. “El hambre incide cada año en la muerte de 2.400.000 niños menores de 5 años. Pero, no siendo contagiosa, las clases medias y altas mundiales de ningún modo sienten que sus vidas estén amenazadas. Por ende ‘el mundo’ sigue su curso y no toma medidas extraordinarias para impedir semejante número anual de muertes evitables”, dice Marcelo Giraud citado por Darío Aranda. El hambre no es contagiosa y la pobreza tampoco. Sin embargo, se escapa de ellas como de las peores pestes. Escapan las clases dominantes y los vecinos de los apestados. De vez en cuando aparecen los virus limpiantes. Los troyanos de las orillas más débiles de la humanidad. A veces son los mosquitos. Y las enfermedades viejas que asoman, felices del regreso en una tierra que cultiva para ellas. Sólo en Misiones hay decenas de miles de infectados de dengue (4.000 oficiales, número al que el propio ministro de Salud provincial le agrega un 0 a partir del notorio subdiagnóstico). Son 65 los infectados de coronavirus. Muchos podrán quedarse en su casa. Otros muchos podrán irse a su casa. Los más de ocho mil que viven en la calle sólo en la ciudad de Buenos Aires, no. Apenas podrán aterrizar con sus huesos en la vereda ocasional. En el hall del banco que pintó esa noche. No hay cuarentena para la infancia que se refugia en Constitución ni para la doña que aguarda que se desocupen las butacas de esperan en Retiro a las dos de la mañana para dormir su sueño de duras penas. Su sueño de madrugada. En catorce días sin clases muchos chicos de inicial, primaria y secundaria estarán de cuarentena con madres y/o padres que pueden irse a casa. Que tienen casa. Que tienen trabajo. Y posibilidad de hacerlo desde casa. Los chicos tendrán conectividad y posibilidad de cubrir on line la ausencia de presencialidad escolar. Otros tienen apenas madre, que no sabe cómo hará para salir a trabajar en negro con los pibes en casa. Porque no puede limpiarle on line la casa a la señora, que le paga por día y si no va no cobra. De conectividad no tiene idea porque en casa no hay wi fi ni ella tiene datos en el celular. Suerte que a las 12 podrán hacer a la cola en la escuela, separados por un metro veinte, distanciados socialmente entre ellos mismos, para llevarse la vianda y comer en casa. Solos y aislados porque las plazas estarán cerradas. Mientras tanto, más olvidados que nunca, siguen muriendo los niños wichí en la Salta de los confines, allí donde se cierran las fronteras, en la Santa Victoria Este donde se muere de hambre y de sed, donde se desmontó la vida y los bordes de la muerte dibujan huesitos como lluvias ajenas. Pero ya nadie los conoce más. Nadie los vuelve a ver. Porque los que sí se ven arrasan con las góndolas de los supermercados y compran lo que no les hace falta, lo que no comerán, el alcohol que no usarán, el papel higiénico con el que no se limpiarán. Sacan su gendarme y denuncian al primero que les estornude cerca. Y cuando llegan a su casa cierran la puerta con llave, prenden el televisor y se abrazan a sus pertenencias. A su comida y a su papel higiénico. Y los niños en la Salta bella y ferozmente injusta se seguirán muriendo. No precisamente de coronavirus. Es el capitalismo del desastre que hace su trabajo en exquisita eficiencia. Corta, separa, desecha. Profundiza la brecha. Anancha el dolor. Desnuda lo más áspero de la condición humana. El virus como causa de esta calamidad es una pobre causa, pensaría Ramón Carrillo. Mientras Cuba produce el interferón beta, un antihéroe que en China y en España ya está poniendo al virus de nalgas al norte. Y unos cuantos pertinaces insisten en creer que la única salida es colectiva. De otra manera, no hay cómo sostener esta obstinación en la esperanza. Edición: 3958  

El virus de la crueldad
Publicado: Jueves, 05 Marzo 2020 16:18
El virus de la crueldad

Por Claudia Rafael (APe).- Cuando en Trelew una nena de once años llegó a la escuela con golosinas y budines para compartir y se los rechazaron otras niñas y niños como ella por la sencilla razón de que sus padres son chinos, se mostraban los efectos de la inoculación de un virus mucho más peligroso y destructor que el corona virus. El origen migrante del sudeste asiático de los padres de la niña los transformaba en portadores y vehículo de contagio. Alguna vez, la expresión mediática de la sociedad y la reacción más cruel de la humanidad, deberán sondear en su propio espejo, desmenuzar una tras otra las arterias del daño feroz que impacta en las entrañas de la infancia y emerger a la vida de nuevo. Alguna vez, cuando los ríos colectivos recuperen la memoria de sus propias luchas, habrá que mirarse a los ojos y barajar de nuevo. Para reescribir la historia con otras palabras, las mismas pero distintas. Ensambladas en una nueva pedagogía no ya de la crueldad o la opresión sino de la ternura redoblada. No es inocente la repetición hasta el hartazgo de “los casos” posibles del corona virus. Un internado. Diez, once o doce sospechados de. Que dónde viajó. Que cuándo vino. Que con quién habló o dejó de hablar. Un internado. Apenas uno. En una tierra asolada por otros monstruos con otras pobres causas que no se miran. Un internado. Contra cientos que asoman a diario a los acantilados de otras muertes mucho más concretas. Más pandémicas. Más asoladoras. La espectacularización de las coberturas mediáticas del corona virus, en una selección perversa del tipo de noticias que se instalan, repite cien, quinientas, mil veces con una descripción en detalle la misma historia. Y, como plantea Rita Segato, se llama al espectador, al lector, al oyente “a mirar la realidad desde ese lente de quien la muestra, se lo está enseñando a tener una mirada despojadora y rapiñadora sobre el mundo y sobre los cuerpos. Y una de las consecuencias de esa pedagogía de la crueldad es la perdida de la empatía de la gente. El público es enseñado a no tener empatía con la víctima”. Una de las claves sociales del capitalismo se centra en la ideación de sujetos carentes de empatía y uno de sus brazos más eficaces y funcionales es el de aceitar la pedagogía de la crueldad. No es gratuito el efecto demoledor que el rechazo lacerante provoca en una nena a la que se le grita y se le niega el ejercicio de la solidaridad por su propia identidad. Por sus ojos rasgados. Por el lugar de nacimiento de sus padres. Porque el simple hecho de “ser” la transforma en temible. Tampoco es inocuo el efecto destructor que ese rechazo genera en las niñas y niños que lo ejercen y que se elevan, en ese diminuto instante en que se grita “no” en los detentores del poder capaz de dominar. Y no lo es siquiera en los otros. Los pibes que fueron testigos. Los que simplemente presenciaron. Los que se atrevieron a decir que ese rechazo era cruel o que se sumieron en el silencio del miedo cómplice. Hay que desatar cada uno de esos efectos. Porque arrasan. Porque esas niñas y niños están inoculados ahora con otro virus. Que tiene una vacuna potente y efectiva que no nace de la medicina. Nace en los vínculos humanos. Allí donde debe amasarse otro modo de ser. De estar en el mundo. De transitar la vida desde la construcción de otras miradas. Que sean capaces de hacerle frente a esa ferocidad funcional a las maquinarias creadas por el capitalismo para el arte de demoler. De despreciar. De convertir a las y los humanos en piezas replicadoras de una violencia parida por el miedo al otro. Edición: 3953

Enemigos visibles
Publicado: Viernes, 27 Marzo 2020 14:19
Enemigos visibles

Por Alfredo Grande (APe).- De lo poco y mucho que aprendí de León Rozitchner, hay un fundante que me parece importante compartir. Decía que las 4 cuestiones fundantes son: el origen, el destino, el tránsito de uno al otro y el sentido de la historia. Agrego que a estas cuestiones hay multiplicidad de respuestas. Todas marcadas por la implicación teórica, política y ética de quien responde. El sentido común es el más reaccionario de los sentidos. Por la razón, quizá no tan sencilla, de que lo común es aquello que es evidente. Es lo obvio. Lo que está al alcance de la mano y de la mente. Los pensadores que fueron bisagra perforaron el sentido común. Marx, Freud, Spinoza, Einstein, Bertrand Russell, Galileo Galilei, Jesús de Nazaret, Eva Perón, Marie Curie, Juana de Arco, Pasteur. El feminismo aportaría muchos nombres que ignoro. Esta enumeración es groseramente insuficiente. Pero no es un listado, sino apenas para ilustrar. Y el sentido común siempre los combatió, los persiguió y, en muchas ocasiones, los asesinó. En la actualidad del neoliberalismo posmodernista, el sentido común se monta en el fin de la historia. Obviamente, de la historia revolucionaria. Y acertaron. Tanto es así, que el presidente de todos los argentinos, dijo ante un imperturbable Laje, que el tema no es capitalismo versus comunismo. Sino Estado Ético versus Estado Ausente. El sentido común no puede prescindir del Estado. Pero no de cualquier Estado. Muy especialmente de aquel que pueda soldar tres ideas del sentido común: Estado, Nación y Patria. Por eso a las 21 se canta el Himno Nacional. Si fuera tan valiente como ocurrente, pondría a las 21.30 a todo volumen La Internacional. Entre otras cosas, porque la pandemia es otro de los daños colaterales y frontales del modo de producción capitalista. Mega producción y eliminación permanente de mano de obra. O sea: desocupación estructural. La palabra estructural también forma parte del sentido común. Por eso igualar al aislamiento social preventivo y obligatorio como la única vacuna, ponderar las ventajas de la encerrona, que como enseñó Ulloa, siempre es trágica, idealizar las ventajas de las nuevas intimidades y afinidades en la familia, forma parte de la construcción del sentido común de la cuarentena. Aislarse es cuidarse es un reduccionismo letal. La cuarentena es un mandato que tiene un fundamente racional. Pero no deja de ser mandato. O sea: lo más opuesto al deseo. La cultura represora logra que los mandatos sean sentidos como deseos propios. Es lo que denominamos “el deseo del mandato”. Nadie desea la cuarentena. La necesitamos. Pero no la deseamos. Y no recomiendo ser indiferente a esa diferencia. Esa diferencia se llama frustración. Y la frustración genera agresión. Que puede explotar como violentación o implotar, como culpa. La tormenta perfecta. Organizaciones como la Fundación Pelota de Trapo, la cooperativa Ático y tantas otras, han hecho de los vínculos cercanos, presenciales, la razón de la vida digna. Insisto: el aislamiento preventivo para impedir la propagación de la epidemia, es un factor patógeno. O sea: el aislamiento enferma. Y los vínculos virtuales, las redes sociales, las plataformas de chat, son para clase media para arriba. Aunque el covid 19 no lo sepa, (tampoco queda claro si es un organismo vivo o no) la lucha de clases se actualiza entre los que disponemos de la tecnología que permite restituir la dimensión vincular, y entre los que no tienen acceso alguno a esas opciones. Y digo restituir, porque lo virtual es la forma, pero no el fondo. Nadie besa la pantalla de su computadora. Lo virtual, incluso la realidad virtual, puede amplificar lo presencial, pero no reemplazarlo. Cuando eso suceda, el sentido común dirá que la cuarentena, el aislamiento, el encierro, es la mejor vida posible. Incluso la única. Con el reforzamiento de la culpabilización y la estigmatización de algunos individuos. Con una virulencia que en la época de la dictadura cívica militar nunca se expresó. Porque fue la indiferencia de las grandes mayorías que facilitó que las pequeñas minorías masacraran con prisa y sin pausa. Recordemos la “campaña anti argentina en el exterior” y en el cartelito “los argentinos somos derechos y humanos”. Incluyendo el mundial 78 y la guerra de las Malvinas. El sentido común dirá que nada tiene eso que ver, y que el absoluto mal es una tabla de surf o un vecino que va a comprar algo para comer. Pero todo tiene que ver con todo y la peor cuarentena es la mental. Aislarse puede ser cuidarse. Pero pensar es cuidarse mejor. La lógica militar nada tiene que ver con la lógica sanitaria. ¿Ramón Carrillo o Sergio Berni? El sentido común las ha mezclado como en los más importantes cambalaches de la historia. El policía agrediendo a dos jóvenes, con un tono intimidatorio y amenazante, es un carancho que hace invierno. Estemos alertas, aislados pero alertas, de no salir de la cuarentena para encontrarnos con una nueva edad media en la historia. En una cultura no represora no hay antinomia entre economía, política y la vida y la salud. Insisto: el aislamiento necesario tiene efectos devastadores sobre la subjetividad. Individual, vincular, familiar, grupal. La Argentina si está unida, es sólo por el espanto. Los enemigos visibles de ayer, siguen siendo los enemigos visibles de hoy. Y de mañana. El mejor cuidado es no olvidarlo. Pintura: El telón, Salvador Dalí Edición: 3966

Cuarentena wichí
Publicado: Jueves, 26 Marzo 2020 22:21
Cuarentena wichí

Por Silvana MeloFotos: Ronaldo Schemidt - AFP      (APe).- Nosotros vivimos en una bolsa de sufrimiento, dice Rosa Rodríguez, docente bilingüe wichí. Y mira con los niños de Carboncito a la gente vestida de astronauta en los hospitales de Europa, que asoma de las pantallas de los celulares. Ellos, que viven al aire libre, como ella lo define. En una intemperie armada por el agronegocio que les pasó la tala por los montes y los dejó desnudos para el hambre y las pestes del mundo. Les hablan de pandemia y de aislamiento. Ellos se mueren con la constancia de la gota que cae de la canilla. En Santa Victoria Este murió hace dos días el niño número quince, según cuenta a APe el doctor Rodolfo Franco, desde Misión Chaqueña. En las puertas de las comunidades ellos se acantonan para que no entre el virus. Es que tampoco hay árboles que lo atajen. Quieren cerrar los caminos. Pero entonces tampoco entrará el alimento. Y no hay dónde huir, como hacían los antepasados –recuerda Rosa- cuando vino la fiebre amarilla. “Escapaban de la enfermedad en el monte”. Y no los encontraba.  “Nosotros hablamos en la familia, con amigos, en la comunidad… para nosotros la palabra epidemia la tenemos instalada hace mucho tiempo, a nosotros nos mata el hambre, la falta de agua, de recursos económicos”, dice Rosa a esta agencia y su voz mantiene el sosiego provinciano. “Las personas tienen una enfermedad incurable y no tienen medicamentos, tienen cáncer y se mueren por eso; es la pobreza y la vulnerabilidad ante tantas situaciones, dentro o fuera de la comunidad”. “Acá tenemos muchos otros peligros primero. Tenemos el peligro de la desnutrición, la anemia, la tuberculosis, que son más urgentes que el coronavirus. Más de todos los días. Al coronavirus lo vemos como algo lejano que puede ocurrir en Embarcación, a 50 km, que aún no se ha dado y esperemos no se dé. Porque en Embarcación también vive mucha población originaria, muchos wichís, muchos tobas y guaraníes y ojalá no llegue” y mira al cielo por las dudas el doctor Rodolfo Franco desde Misión Chaqueña. Pero tiene bien claro que “haría desastres si apareciera” en las comunidades. “Eso del aislamiento que manda el gobierno para nosotros es sufrir más todavía –dice Rosa- pero la gente en su mayoría es consciente de que no tiene que salir porque ven en la tele que en otros países se están muriendo por esa enfermedad que es el coronavirus”. Entonces “el otro tema que se habla en Carboncito es que hay gente que viene de Orán a traer mercadería y allí se escuchó que hay casos ya”. Orán queda a 70 kilómetros de la comunidad. “Y hay gente que viene a vender. El temor es ése. Hay gente que está pensando en ir y cortar el acceso de vehículos a la comunidad. Y si el virus entra colado en ese vehículo y lo traen para acá…” Entonces “los que se van a morir son los más pobres” y Rosa recuerda a su abuelo relatándole las tragedias de la fiebre amarilla: “cuando había una epidemia la gente dejaba al que le agarraba y huía al monte para escapar de la enfermedad”. Pero ahora “ya no tenemos ni monte. Ya no tenemos refugio. Estamos expuestos al aire libre, no hay nada que nos proteja, no tenemos vivienda. Cuando está fresco el coronavirus viene con el viento y uno piensa se colgó de un árbol y se quedó ahí, pero ahora que no hay árboles, entonces se viene. Estamos asustados, sí, pero acá estamos. Nosotros estamos desarmados, inermes, es como en las películas, vienen con un arma y te apuntan y ahí estás, para recibir eso”. Rodolfo Franco abona la figura de la intemperie con otros aderezos. “Vivimos al aire libre, en contacto con la naturaleza. Entonces resulta natural moverse en el pueblo. El aislamiento nuestro es no ir a la ciudad que tenemos a 50 km. Acá la gente vive aislada una de otra. La idea es no ir a los centros poblados más grandes”. “Acá vivimos en casas en las que hay dos o tres piezas y hay dos o tres familias, amontonadas. Cómo se hace para que una persona ocupe una sola pieza si tienen que dormir todos los demás”, se pregunta el médico. Y describe Rosa: “No tenemos viviendas, no tenemos nada. No tenemos puerta, tenemos plásticos nada más”. Los agujeros “se tapan con chapas, quedan aberturas por donde entra el viento”. Y define: “Nosotros somos un punto blanco que se nota de lejos”. Las comunidades están informadas. “Ven la tele, los noticieros, tienen celulares y están al tanto de todo lo que pasa”, dice Franco. “Los niños ven los videos de lo que está pasando en otros países y preguntan ¿eso es lo que va a venir acá?”, cuenta Rosa. “No hay miedo aunque son respetuosos de la enfermedad. No van a pensar en ir a Embarcación si no es necesario o en salir de noche –relata el médico-. El grueso de la gente está en su casa. Había varias iglesias que hacían cultos de noche y dejaron de hacerlo cuando les dijeron que estaba prohibido”. “Hay gente que viaja porque sus hijos necesitan el alimento, que les traigan algo para la fiebre, yo les digo que no salgan, les digo que yo aunque tuviera que tomar té 15 días no saldría porque estamos exponiendo la vida y la de nuestra familia. Porque se escuchó que en Orán había un caso y la gente viaja lo mismo. Y entran a las comunidades a vender y pueden traer el virus”. A Rosa le queda en claro que si no traen alimento no traen el virus pero les queda el hambre feroz instalado. “Tienen que traernos alimentos de la Municipalidad”, dice. “Por lo menos para dos semanas”. “Estamos pasando por momentos redifíciles. Hay gente que quiere cerrar los accesos, que no salga la gente a la ciudad y no entren tampoco. Nosotros estamos en una bolsa de sufrimiento”. El doctor Franco coloca el número quince al chiquito de un año y seis meses que murió el martes en Santa Victoria Este. “Están muriendo en el norte por desnutrición y tuberculosis. Y el gobierno no se está fijando en eso. Todos ahora están con el coronavirus. Lo del hospital de Embarcación es patético. No atienden casi nada. Prácticamente está clausurado y están esperando que venga el primer caso de coronavirus que por ahí no viene. Ojalá que no venga”. El médico lamenta que “han paralizado todo el sistema de salud para esperar los hipotéticos casos de coronavirus y no hay turno ni para el neurólogo, ni para el ginecólogo ni para el traumatólogo… atienden sólo al que se quebró o al que hay que operar y nada más”. “Y mirá si esto se alarga… -dice Rosa desde Carboncito- la gente qué va a comer… sabemos que se viene el sufrimiento para los chicos, para los más ancianos. La única forma es ésa, no salir. Ojalá que haya personas de buen corazón que nos acerquen algo para que la gente pueda comer por lo menos una semana”. Para ellos, que son el aire libre, donde no quedó un monte donde huir del mal. Que son la intemperie, donde no hay un árbol que detenga al virus. Para ellos, que son un punto blanco que se nota desde lejos. Para ellos, que siguen resistiendo al hambre, al agua mala, a las pestes y a todas las caras de la muerte. Edición: 3965

Aislamiento de los frágiles
Publicado: Lunes, 23 Marzo 2020 23:08
Aislamiento de los frágiles

Por Claudia Rafael y Silvana Melo(APe).- Entre sus pasillos, sus cumbias y reggetones, sus parrillas callejeras y sus prefectos en danza, las barriadas populares de capital y conurbano quitan el sueño de los gobernantes. Centenares de miles de personas hacinadas puestas a aislarse obligatoriamente para repeler un enemigo que no ven pero que acecha globalmente estragando la Europa soberbia y lejana. Ellos, centenares de miles de vecinos, ciudadanos, mujeres, hombres y niños ninguneados históricamente, pierden la escuela, la changa, el cartón, la basura del super y les viene el hambre como otro virus, pero ése bien palpable. Ellos son los más frágiles de este tiempo. Son los anónimos, los que toman del agua insegura, los que muchas veces no tienen para lavarse las manos, los que perderán el trabajo ocasional, la limpieza por hora, los que no tendrán para darles de comer a las crías. Y el peligro es que ardan. Aunque la frontera de su hambre no los deje ver que lo que puede venir sin ese aislamiento será una catástrofe que atacará de lleno en esa fragilidad. “Hay el doble de gente en el barrio”, dice a APe La Poderosa. “Ahora están los que normalmente van a la escuela, los que normalmente están ganándose el mango pero ahora en su casa y sin el mango. Entonces los comedores están completamente desbordados”. La Zavaleta se infla de población en el fin de semana largo que seguirá oliendo a fin de semana y largo por bastante tiempo. Mientras tanto, el Estado está volcando recursos y esfuerzo para que el alimento llegue directamente a las viandas y a los bolsones. Y las organizaciones sociales refuerzan su trabajo territorial para evitar un incendio en el que siempre pierden los más frágiles. En la 21-24 el padre Toto está en la parroquia de Caacupé como todos sus santos días. Es feriado y muchos servicios de comedores y centros de salud están cerrados. La parroquia es el espacio donde todo confluye. “A la 1 todos los días damos almuerzo y nuestros colegios parroquiales tienen su sistema de entrega de vianda a partir del comedor. Estamos acompañando al barrio. Hay mucha necesidad de alimentos y también de acompañamiento y de orientación en distintas situaciones”, dice Toto y aclara que “todo se agrega a lo que ya pasa en el barrio” porque el coronavirus todavía es un fantasma que anda rondando pero no pateó aún las puertas de la villa. Sin embargo “acá hay familias que tienen gente que se muere por otros problemas, muchos típicos de la exclusión. En el hogar de Cristo salimos a repartir comida a los chicos que están en la calle y en consumo”. Ahora “son momentos de estar en casa y en aquellos casos en que se necesita, poder acudir a la parroquia”. Toto, que mantiene en su estado de whatsapp el deseo “ojalá que en el cielo haya fútbol”, apuesta a que “no hay que perder la calma y la paz”. Villa Itatí Las calles de Villa Itatí están atravesadas por el intenso calor y un sol que parte en dos el mediodía quilmeño. La larga fila de habitantes de la barriada espera la llegada del camión del ejército que arrastra la cocina de campaña. Desde hace un rato los pobladores se encolumnan, uno tras otro en una cola que se extiende más allá de los ojos y a riguroso metro y medio o dos de distancia, sobre la vereda. La camioneta de Defensa Civil precede al camión escoltado por la policía. Es extraño en este país. Todos aplauden la llegada del vehículo verde oliva y al rato se van con el tupper lleno y embolsado. O con una bolsa con pan. Cada camión del ejército cargaba en esos "termocontenedores" de 250 a 300 raciones de comida. A Quilmes llegaron 1000 raciones. Está asentada en una de las llamadas zonas calientes. Allí donde el estado deberá poner todas las herramientas porque el hacinamiento y la desprotección son un combo de riesgo que funcionaría de abono para cualquier estallido sanitario y social. Ya hay enfermedades evitables como sustrato casi permanente. El dengue y la tuberculosis hace rato que irrumpieron para quedarse y están al alcance de la mano. No es sólo el riesgo de vivir sin techo ahí donde el calor y el frío se sienten el doble o el triple en la piel y en las tripas. Es también saber que una casa preparada para sostener a los muchos integrantes de una misma familia tiene hoy por hoy, por responsabilidad y obligación sanitaria, a todos conviviendo todo el tiempo. En familias en las que quien no sale a rebuscárselas un día, no cobra. La Carcova En la otra punta del mapa del conurbano bonaerense se erige Villa La Carcova, en el partido de San Martín. A las espaldas de la villa se eleva la montaña de basura de la Ceamse, el relleno sanitario creado hacia 1977, que acumula los desechos de los porteños y de los habitantes de gran parte del conurbano. De esa montaña viven los recicladores urbanos, individualmente u organizados en cooperativas.Samir Palaia está en los últimos tramos de su carrera universitaria en Trabajo Social. Desde hace unos once años que llegó desde Chaco y varios desde que trabaja codo a codo con el sacerdote Pepe Di Paola en La Carcova. “Una primera foto de estos días es la de los pibes jugando en la calle, a pesar de que hoy hay menos gente que el viernes dando vueltas. La mayoría de las personas acá trabaja en cooperativas de reciclado y cobran un precio por tonelada o van a la montaña cuando entran los camiones. Pero todo esto se cortó desde hace una semana. Se cortaron las clases. Las y los compañeros que van a cartonear a capital ya no encuentran esa base sustancial en la economía de nuestro barrio. Y hoy, que fue el primer día en que entregamos viandas a las familias de nuestros pibes, todo se terminó en diez minutos. Sabemos que va a crecer”, describe a esta agencia. La historia misma de la villa La Carcova, larga en el tiempo, está anclada en violencias y abandonos, en precariedades y destinos inciertos, en hacinamiento y tímidas esperanzas que hay que buscar como a diamantes en la montaña del relleno para que vean la luz. “Estamos al costado de un arroyo, hace mucho calor, mucho frío y las condiciones de vida acarrean enfermedades ya de por sí”. Samir siente que hay que pensar estrategias de cuidado y contención real y viable, más allá del aula virtual o el canal de tv. Para hacerle frente a la vida de chicos que transcurren en los márgenes. “Los pibes son el pararrayos de las decisiones, angustias y violencias del mundo adulto herido que transitan sus padres. Adultos que no pueden generar estrategias de producción económica, estrategias de circulación, de ocio, deportivas, lúdicas. Es muy complicado no imaginar un escenario de violencias porque los pibes están quedando en mucha soledad”. Suma de carencias La mayor parte de los pibes viven con sus abuelas, relata Carla Carreño desde Villa Club, en Hurlingham. Y tal vez por eso “nuestra gente tomó mucha conciencia”. En esas barriadas del olvido, el grueso sobrevive a fuerza de changas o de ferias y “se hace muy difícil el acceso a la comida y a remedios extras. El hacinamiento en el que viven hace que la plaza o la calle sean el patio. Y las escuelas y las organizaciones sociales trabajamos mucho en la prevención así que los pibes la tienen bastante clara”. Hay un piso de servicios deficiente y desde ahí se parte. “Muchas veces los vecinos no tienen luz o no tienen agua. O no tienen ninguno de los dos. Así que los vecinos que tienen, ayudan a cargar tanques con agua y otros llaman a bomberos. Por eso sentimos que la situación es desesperante no tanto por la cuarentena, sino por la suma de todas las carencias”. Desde el Sur profundo, Bondi Sur –una organización social que trabaja con personas que viven en la calle- recorre las arterias de Lanús, Banfield y Lomas de Zamora. “Hay lugares donde sólo permiten ir a tres voluntarios pero acompañados por gente de defensa civil y se reparten viandas”, cuenta Jonathan Zaín. “Muchos de los que van a buscar comida ya ni van. Y no sabemos qué hacen”, agrega.Las calles son duras siempre. Nadie elige ese territorio inhóspito para dormir y para vivir. Pero la calle se torna aún más despiadada cuando ya no hay dónde pedir, ni qué cartonear, ni nadie con quien hablar. La 21-24 Delia fatiga varias organizaciones. “En el barrio es complicado hacer cuarentena porque la gente tiene que ir a los comedores a buscar comida”, dice. Tal vez por eso los ve, “por los pasillos y por la calle grande, yendo y viniendo”. La villa no tiene casi trato con la bonaerense. Es la prefectura la que reina en el territorio. “Andan por las calles diciéndole a la gente que no salga, pero se hace difícil”.“En los comedores comunitarios ya preparan doble ración –dice Delia-. En la parroquia desde el viernes empezaron a hacer viandas para que gente retire con tupper. Antes iban sólo los chicos a comer. Ahora es para toda la familia”. Pero a la hora de la enfermedad, el terror es al mosquito. Porque lo ven. Y hay familias enteras enfermas. “Hay muchas manzanas con dengue. El fin de semana se llamó a la ambulancia por una familia con varios que tenían fiebre y la ambulancia nunca vino. Y como es la villa, cuando alguien tiene fiebre, no entran. Es maltrato, es discriminación y nosotros somos gente laburadora. Por uno o dos pagamos todos. Y no pueden andar los remises. Por miedo a que les saquen los vehículos, no andan. Y no tenemos nada. Nadie nos va a querer llevar”. Es el futuro inmediato que vislumbra Delia para cuando asome el coronavirus. Por eso el aislamiento. Complejo, difícil. Pero imprescindible. “Somos cuatro y la casa es chiquita. Afuera, la mayoría está en la calle –relata Estela-. Veo que mucha gente se sigue sentando en grupos, tomando mate o cerveza en botella compartida. Tal vez no creen que aquí va a llegar el virus. Porque se escucha que es por culpa de los que tienen plata y viajaron”. Delia insiste en que “acá la mayor desesperación es por el dengue; en los comedores, hay alcohol en gel. En la salita también. Pero no hay en las casas. Jabón tienen pero hay problemas de agua. Hay que tener el tacho tapado, cuidado con que en el agua limpia también nacen los bichitos del dengue y está complicado”. Para colmo, “este fin de semana se cortó tres veces la luz a la noche. Y es un problema”. Mientras tanto, dicen, “en el barrio hay gente nueva todos los días. Los alquileres no alcanzan, mucha gente se vuelve de la provincia y se viene a capital. En los comedores hay lista de espera porque no llegan a tener comida para todos en el barrio; en una casa viven 4 ó 5 familias juntas, con chicos. Y mucha gente que viene de afuera, que tenía familia en el barrio y se vinieron. Hay cada vez más población y menos insumos”. A diferencia de la tuberculosis, el Chagas o los males del hambre multiplicada, el coronavirus llegó de la mano de las clases sociales más poderosas. Pero son los desarrapados y los olvidados de la tierra los que pagarán las peores consecuencias si el virus se expande. Si traspasa las fronteras de las villas y barriadas populares hará estragos. Esta vez, para defender la vida no habrá que salir a las calles. Ya llegará ese tiempo nuevamente.   Fotos de  la 21-24: José Luis Morales Edición: 3963  

Fortalezas, debilidades
Publicado: Jueves, 19 Marzo 2020 17:56
Fortalezas, debilidades

Por Medardo Avila Vázquez (*), especial para APe(APe).- La pandemia de coronavirus se expande por el mundo generando respuestas de los estados que tratan de minimizar el impacto en sus poblaciones. Argentina observa desde el Sur del mundo el desarrollo de la epidemia iniciada en China y nos preparamos haciendo cálculos de si el impacto del Covid19 nos castigará como a China o como a Italia, Irán o España o lograremos respuestas bastantes eficaces como en Corea del Sur, Japón y Taiwán. Los coronavirus conviven con la especie humana desde hace más de 5000 años; identificamos casi 40 especies de ellos y 7 eran las cepas que nos enfermaban de una manera bastante banal (resfrío común y algo de laringo-bronquitis) aunque también explican un 6% de los hospitalizados de cada invierno en EEUU y han llegado a tener una tasa de letalidad de 8% cuando irrumpen en algún hogar de ancianos. Por su amplia difusión mundial consideramos que todos hemos tenido varias infecciones por coronavirus en nuestras vidas, pero ahora nos encontramos con una especie aparentemente nueva, para la cual no tenemos protección (inmunidad). Muchas dudas surgen sobre su súbita aparición. Es probable que los profundos cambios ecológicos que viene generando nuestro modelo civilizatorio haya puesto al Covid 19 en nuestro camino en este momento. El desmonte masivo, el cambio climático y la industria agropecuaria intensiva de base química parece que pudieron condicionar su mutación y diseminación. Esta irrupción también puede ser consecuencia de una acción deliberada en el marco de la guerra comercial que Trump lleva en contra de China (altos funcionarios chinos dicen que el ejército norteamericano la propagó en Wuhan durante las 7° Olimpíadas Mundiales de Ejércitos que se realizó en esa ciudad en octubre del año pasado). Tal vez nunca sepamos cómo llegó, pero lo cierto es que este virus ya está aquí. Peligrosidad del virus La preocupación y el nerviosismo generalizado se sustenta en que el impacto sanitario de la epidemia china fue muy fuerte y sobre todo muy rápida, en pocas semanas miles de personas se contagiaron y 20% de ellas requirieron cuidados médicos, el 5% cuidados intensivos y el Índice de Letalidad parece alcanzar el 3.8% de los infectados según la OMS. La población más afectada es la de personas mayores donde manifiesta cuadros de neumonía y distress respiratorio que requiere sostén intensivo lo que demanda muchos esfuerzos al sistema de salud (China construyó dos hospitales de alta complejidad para 1000 internados en 10 días). Aun así la mortalidad en el grupo de mayores de 65 años alcanzó al 15%. Personas con factores de riesgo como cardiopatía, neumopatías, convalecientes de otras enfermedades como cánceres, renales, diabetes, inmunodeprimidos, tabaquistas y obesos están en riesgo de hacer formas graves y morir. La experiencia de China muestra que en poco más de mes y medio fallecieron personas de frágil salud que probablemente hubieran muerto en los próximos dos años, seguramente también por la intercurrencia de alguna infección viral menor como influenza, VRS u otro coronavirus. Por suerte los niños y las embarazadas parecen no desarrollar las formas graves, pero sí diseminar la infección. La capacidad de contagio, de diseminación, en una comunidad es muy alta y el invierno boreal parece que la aceleró muchísimo en el hemisferio norte. La gripe común tiene un Indice de Contagio de 1.3 y la gripe A (de 2009) de 1.6, es decir que de cada 100 infectados se contagian 130 y 160 respectivamente. Este coronavirus mostró un Índice de Contagio de 3, de cada 100 infectados se contagiaban 300 personas por contacto directo, persona a persona, por cercanía. Además las personas infectadas contagian a otras antes de presentar los síntomas mínimos de resfrío. Estrategias en esta etapa Tenemos la amenaza de epidemia con un virus de elevado contagio y alta letalidad. Sin vacunas y sin medicamentos para proteger a las comunidades las estrategias actuales tienen dos componentes (a veces superpuestos) la contención y La mitigación. La contención consiste en tratar de evitar la diseminación del virus en la comunidad o al menos tratar de que su ingreso sea paulatino para que la cantidad de enfermos no aumente en pocos días saturando la capacidad de atención del sistema de salud. Las acciones tienen dos sentidos: 1º: Identificar los infectados para aislarlos y cuidarlos y 2º: disminuir la actividad social, aumentar el distanciamiento para enlentecer el proceso de diseminación del virus. La experiencia mundial muestra dos grupos de países con resultados muy diferentes, una bastante buena con muchos casos pero baja mortalidad, como pasa en Taiwán, Corea del Sur y Japón y otros con mala experiencia, muchísimos casos y alta mortalidad como en Irán, Italia, España y EEUU. Los países con malos resultados no consideraron el peligro de la epidemia y sus autoridades minimizaban la amenaza (también aquí el ministro Ginés manifestaba los primeros días de marzo que la epidemia no llegaría). Las medidas de distanciamiento en esos países fueron tardías y la población las acató cuando los muertos se contaban por cientos. Una fortaleza de nuestra estrategia es que aquí las medidas se comenzaron a tomar con pocos casos y se están acentuando en la etapa precoz de la epidemia. Estudios de detección masivos o restringidos Pero los países con mejores resultados tuvieron otra acción decisiva, no sólo rastreaban y buscaban a los sospechosos de infección sino que les hacían las pruebas de infección en forma masiva, algo que los países con malos resultados no hicieron. Por ejemplo, Corea del Sur en la segunda quincena de febrero tenía una red de 96 laboratorios que procesaban los hisopados nasales y orofaríngeos con PCR para identificar el virus. De esta manera identificaron no sólo a casos “sospechosos” y los mandaron a cuarentena, sino que identificaron “infectados” a quienes guardaron en cuarentena y vigilaron su evolución, logrando enlentecer la diseminación y atender mejor a los enfermos. Estos países hoy exitosos (digamos) en la epidemia tuvieron en 2015 una epidemia de MERS con coronavirus y aprendieron de la necesidad de desarrollar estas estrategias. Ese aprendizaje no se socializó. EEUU minimizó la amenaza, inicialmente (febrero 2020) sólo un laboratorio de CDC de Atlanta podía realizar los estudios de identificación y además usaban un kit de reactivos desarrollados por norteamericanos. El kit no funcionó, tenía exceso de falsos negativos y el procedimiento desalentaba realizar pruebas masivas, resultado: Trump creía que no había infección pero la presión de los médicos y los ciudadanos generó que el 26 de febrero se liberara la realización de detecciones a todos los laboratorios estatales y privados con capacidad técnica del país, y posteriormente se decidió que los estudios fueran gratuitos. La mala situación en EEUU hace presumir a algunos epidemiólogos que ese país podría tener hasta un millón de muertos. Una debilidad de nuestra estrategia es que no se testea con amplitud en la población y estamos a ciegas, solo se testea a “sospechosos” que son personas con síntomas y que hayan viajado a países epidémicos. Y lo hace solo un laboratorio (el Malbrán). El pasado lunes 16 la Federación de Profesionales de la Salud (FESPROSA) le exigió al Ministerio de Salud que multiplicaran los estudios por todo el país a través de una red preexistente de 36 laboratorios con capacidad técnica de procesar los kits, pero esto aun no se realiza. Y el personal del Ministerio nos informó confidencialmente que no se iniciaron procedimientos administrativos para importar los reactivos necesarios para realizar los cientos de miles de detecciones de coronavirus que vamos a necesitar. Hay distintas propuestas técnicas, científicos argentinos proponen su desarrollo, japoneses desarrollaron un kit con resultados en 30 minutos, todo es caro, pero más caros son los muertos. Existe una inclinación de los funcionarios políticos de manejar con reservas la información en epidemias, algo que yo presencié durante las epidemias de dengue y Gripe H1N1 de 2009 cuando era Subsecretario de Salud de la Ciudad de Córdoba. Incluso muchos plantean estas situaciones como de “guerra”, guerras en las que todos sabemos que la primera víctima es la “verdad” y la segunda la “trasparencia”. Esto no es una guerra, las epidemias son situaciones críticas y catastróficas que viven las sociedades generadas en su interrelación con la naturaleza de la cual la humanidad forma parte. No es una agresión externa. Y no es aceptable no preservar la verdad y la trasparencia. Todavía estamos a tiempo de testear, porque otra de las fortalezas argentinas es que estamos en el hemisferio Sur y que aun no llegan los días fríos que favorecen notablemente el ingreso del coronavirus al organismo, porque el frío disminuye la reacción de las células de la mucosa de las vías aéreas ante la presencia del virus y estos vencen esa barrera ingresándonos masivamente. Las expectativas es que en nuestro país los casos se multipliquen desde la segunda quincena de abril. Mitigación La mitigación es tratar de disminuir los daños de la epidemia, es decir tratar a los enfermos y esto pasa principalmente por el sistema de Salud. El principal indicador es la tasa de camas de hospital por 1000 habitantes. Los países con más camas son Japón y Corea del Sur, que casualidad que son lo que tienen mejores resultados en esta epidemia. Japón tiene 13 camas/1000 habitantes y Corea del Sur 12. Italia, quien ayer tuvo casi 500 muertos con coronavirus tiene 3,1 camas por 1000, España que va muy mal tiene 2,9 camas /1000 y EEUU que parece caminar al desastre tiene sólo 2.7 camas /1000 habitantes. Una moderada fortaleza argentina es que nosotros tenemos 5 camas por 1000 habitantes, resabio de nuestro estado de bienestar bastante golpeado por los gobiernos neoliberales. Cuba tiene 5, 2 camas por mil y lamentablemente otros países hermanos están más débiles en esto: Chile con 2,2, Uruguay con 2,8, Brasil con 2,2 camas por mil y México solo 1,5 camas por mil. Se siente el paso de las políticas neoliberales en nuestra región, sobre todo desde que la OMS paso a subordinarse al banco Mundial con su documento neoliberal Invertir en Salud de 1998. Desde allí se debilitó notablemente el sistema de salud, su red de hospitales y sobretodo su atención primaria. La inequidad y las dificultades al acceso a la salud ponen condiciones que forman la tasa de letalidad. Italia viene de años de política de destrucción de su sistema de salud público mientras el país se endeudaba e invertía en armamento sofisticado (nuevo superportaviones). China tiene 4,2 camas por 1000 habitantes y como era francamente insuficiente creó en Wuhan dos hospitales de 1000 habitantes en menos de 10 días. En nuestro país las camas se concentran en CABA con 7,1 camas por mil, Córdoba con 5,9 camas por mil Buenos Aires con 5 y santa Fe con 4,5 camas por mil. Aparte de camas la tecnología y el personal son decisivos. Los respiradores de las unidades críticas están todos los años en su límite de utilización, en mi unidad de neonatología y pediatría de mayo a julio casi todo el tiempo se utiliza el 100% de ellos. Seguramente van a faltar este año. No es tan fácil conseguir un equipo nuevo, se debe contar con suministro de oxígeno, aires comprimidos a presión, y humedificadores; no es cuestión de conectar el respirador a un tubo de oxígeno y que ya esté listo. Una debilidad mundial es la fragilidad del equipo de salud. Y una característica en la Argentina es que los médicos son los peores pagos de toda América y más del 50% de los equipos (enfermeros, bioquímicos, técnicos) en todos los niveles y servicios están en situaciones de precariedad laboral, con distintos tipos de contratos e incluso como monotributistas que cobran por horas, este personal tiene que poner el cuerpo a la epidemia. En los últimos años se construyeron hospitales nuevos por todo el país y otros fueron modernizados a instancia de los gobiernos kirchneristas, pero esa inversión en infraestructura no se acompañó de una política de desarrollo y crecimiento del personal del equipo de salud. Muchos hospitales de provincia están sin médicos y enfermeras para atender la demanda espontánea normal. En Córdoba en los últimos 8 años de cada 7 agentes de salud que se jubilaban sólo se reemplazaba a uno. FESPROSA exigió al Ministerio la solución urgente de la precariedad masiva de los equipos de salud en todo el país y ésta es una debilidad argentina. Otra debilidad es que aun hoy, al 20 de marzo no se cuenta con equipos de barrera para proteger al equipo de salud en todo el país y las respuestas administrativas aún son escasas. Parece que se sigue minimizando la amenaza, recordemos que si todo o el 80% del personal de salud se enferma en la primera semana de enfermedades la tasa de letalidad será enorme. En Italia cuentan en más de 2000 los médicos contagiados con coronavirus cuando mueren casi 500 enfermos al día. La situación es grave, estamos con tiempo, la población y las autoridades parece que están asumiendo la seriedad de la amenaza y nos preparamos para un gran desafío para los equipos de salud y la sociedad.- (*) Coordinador de la Red Universitaria de Ambiente y Salud Edición: 3962    

Males que acechan
Publicado: Martes, 17 Marzo 2020 20:58
Males que acechan

Por Claudia Rafael (APe).- En la cava de Villa Itatí, partido de Quilmes, hay familias enteras con tuberculosis. Pibes consumidos por el paco que brota y serpentea en esos cuerpos que llevan en la frente el tatuaje de la pobreza extrema, el hambre y el hacinamiento. Y que son vehículo de contagio y de propagación. Cuerpos que son presa fácil para otras enfermedades. “El fin de semana supimos de cuatro casos más de dengue en el barrio”, cuenta a APe Itatí Tedeschi, del Centro Cultural y Educativo Juanita Ríos. Juanita era la madre de Itatí, que vivía en la villa cuando el cura tercermundista Giuseppe Tedeschi llegó para quedarse y armaron pareja. Ella fue la hija de ese amor prohibido, nacido en tiempos de revoluciones y luchas populares. En estos días en los que un virus que lleva a las monarquías en sus nombres se expande y repta por el mundo, enfermedades de la pobreza se diseminan, explotan ante los ojos pero a la vez se desatienden. Todas las miradas están en esa nueva peste que hoy estalla en condiciones socioeconómicas y culturales perfectas. El uruguayo Raúl Zibecchi las sintetiza en tres: habla de los últimos 30 años “de neoliberalismo, que ha causado daños ambientales, sanitarios y sociales probablemente irreparables”. Subió estrepitosamente la temperatura (“la evidencia científica vincula la explosión de las enfermedades virales y la deforestación”); la destrucción de los sistemas sanitarios y “la epidemia de individualismo y de desigualdad, cultivadas por los grandes medios que se dedican a meter miedo, informando de forma sesgada”. Villa Itatí es una pintura social. Anclada en una de las barriadas más castigadas de tierras conurbanas también allí asoma desde los televisores y los celulares la nueva peste. Los vecinos miran alrededor y saben que hay otros males que acechan. El hombre parece más viejo de lo que es. Los surcos se le instalaron en la cara de tanto sol y calle acumulados. De empujar el carro y revolver entre la basura. “Si él no sale a cartonear, no entra plata. Tiene infección en los pulmones y ¿cómo se cuida así?”, dice su compañera con la voz gastada y con la huella de enfermedades añejas. “Acá tenemos además una chica de 14 años, embarazada, que también vive de la basura”, agrega la doña, muerta de miedo y de hartazgo. “Pasar por las calles a fumigar sin ingresar a los domicilios básicamente es meter el dengue en las casas”, relata una vecina del barrio Covendiar 2, en Ezpeleta Oeste. Donde la fiebre asoma “no tenemos con qué bajarla. Porque la tableta de paracetamol está a 100 pesos y en las salitas no hay medicación. Anoche llamamos al SAME y tardaron 29 horas en venir”. Se trata de barriadas paridas por la pobreza. Villa Itatí tiene unos 60.000 pobladores, contabilizan los vecinos del lugar. “Tenemos al médico allí pero no hay medicamentos. Y si no, tenemos al hospitalito de Don Bosco pero el médico de guardia es el mismo que después va en la ambulancia. Ahí hay laboratorio pero el equipo de rayos no funciona desde hace 4 años”, aporta Itatí. En el lugar el agua de red despide hedores que descomponen. El Centro de Atención al Vecino cerró el lunes con candados y ya los vecinos no tienen dónde ir. Hay –al menos en tiempo presente- mayores probabilidades de morir de dengue que de coronavirus en esa villa con nombre de mujer. En ese lugar del que muchas mujeres salen a trabajar como domésticas y que cobran por cada hora y día de trabajo. “El hijo de mi patrón llegó de Nueva York. Pero si no voy a trabajar no cobro nada”, detalló la muchacha cuando una compañera le dijo “no vayas, cuidate. Y denuncialo”. Con el temor de subirse a un tren y a un colectivo atestados pero convencida de hacerlo porque hay que parar la olla. En la villa no hay clases ya, como en el resto del territorio argentino. Y en el centro cultural reparten viandas a las familias cuyos chicos asisten al comedor a diario. “Si nosotros le damos de comer a los pibes, usamos 20 paquetes de fideos. Pero si tenemos que hacer viandas, tenemos que usar 40 paquetes. Y ¿si las cosas se agravan?… ¿Van a ser 60? ¿80?”, se pregunta Itatí Tedeschi con ese nudo en la garganta que se parece demasiado a la angustia. Es así en esos días en que ronda por las calles esa peligrosa desazón que hay que vencer a fuerza de convicciones. Para no aportar al pánico global que olvida que en los fondos de cada casa es más probable que otee, listo para el ataque, un mosquito aedes aegypti que esa extraña peste que crece y despliega con maestría y pertinacia el aislamiento social. Fotos: Martín Acosta Edición: 3960  

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Galería fotográfica

 

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Hechos en imágenes

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Hambre

 Son siete los niños wichí que no llegaron a vivir dos años y que se murieron de hambre y de sed en este enero. 


Natalia Melmann

A 19 años de su secuestro, violación y asesinato, la familia de Natalia Melmann sigue reclamando justicia.


Colombia

Enero de 2020 es, hasta el momento, el mes más violento en contra de líderes sociales, políticos y comunales en los últimos cinco años en Colombia.


Lago Escondido

Comenzó la 5º Marcha por la soberanía del lugar que cercó Joe Lewis.Reclaman la apertura de los caminos que conectan la Ruta Nacional Nº40 con el lago.


Luciano

Se cumplieron 11 años desde el secuestro, desaparición y homicidio de Luciano Arruga. El pibe que le dijo que no a la policía.


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