Perros rabiosos en la masacre de Monte
Publicado: Jueves, 23 Mayo 2019 15:33
Perros rabiosos en la masacre de Monte

Por Claudia Rafael (APe).- Los perros rabiosos siguen en la calle. Prepean. Huelen enemigos. En los pibes con gorrita, en los luchadores sociales, en las chicas y chicos que van cantando a bordo de un Fiat 147 en un pueblo de algo más de 20.000 habitantes. Disparan. Persiguen. Empujan al fuego de la inmolación. Desde los tiempos de la maldita policía hubo infinitas historias individuales y colectivas que dejaron expuesta a la secta del gatillo alegre pero también logia de los dedos en la lata. Pero pocas han estallado en la cara misma del poder político y su brazo policial como la que generó una masacre de la infancia esta semana, en San Miguel del Monte. Y que vuelven a depositar los ojos –con toda la desconfianza imprescindible y la certeza acuciante- sobre las prácticas represivas. Aquellas destinadas a frenar luchas y rebeldías sociales pero también –como ocurrió en Monte- en una movida de dominó nacida en la violencia como “emergente de la promoción estatal”. Tal como definió la Comisión por la Memoria. Una masacre que cayó como un meteorito y estalló en los rostros mismos de la sociedad de un pequeño pueblo asentado a la vera de la ruta 3 y de una laguna. Uno de esos lugares donde cada quien se conoce porque apenas supera los 20.000 habitantes. Un capitán y un oficial (no dos perejiles circunstanciales) a bordo de un patrullero persiguieron, dispararon con balas de plomo (y hasta el propio procurador Conte Grand salió a confirmarlo), buscaron desviar la atención (junto al subcomisario ahora en la mira) y utilizaron –con algunas de las familias- el clásico para qué tenés tantos hijos si no sabés cuidar a uno solo. En una persecución que terminó hundiendo a un manojo de infancia, con los nombres de Danilo Sansone, Camila López y Gonzalo Domínguez, de 13 y 14 años, y de Aníbal Suárez, de 22, en un camión estacionado y en los brazos oscuros de la muerte. Y tiene a Rocío Guagliarello, también de 13, pugnando por vivir. Cinco nombres que quedan grabados como el dedo acusador hacia una rutina de fuego de los robocops estatales, como vehículos obedientes de las rutinas sociales asignadas, pero que dejan al desnudo al poder político en sus prácticas más ancestrales. Que se remontan a la misma creación de las estructuras securitarias. Esa maldita policía expuesta y denostada de los tiempos de Duhalde sigue en pie: a veces con más furor mediático; otras, más opacada por la pertenencia social de las víctimas. Como en las masacres de comisarías o en los “alto o disparo”. En los años transcurridos hubo otras infinitas historias que también –como ahora en la voz de Cristian Ritondo- fueron definidas como aquellas en las que se “caerá con todo el peso de la ley” o “se irá hasta las últimas consecuencias”. Pero en estos años con un agravante. Y es que hace rato ya que las fuerzas de seguridad vienen siendo la única salida laboral posible para muchos pibes de los márgenes. Pibes talados de futuro que encuentran un camino directo al trabajo seguro, con obra social y beneficios previsionales. Pibes con promesa de formación rápida y un arma en la mano en pocos meses. Con un poder político que incita, que bendice, que abona y protege. Y que suelta a perros rabiosos a las calles que, como en Monte, se devoraron definitivamente las vidas de un grupo de chicas y chicos. Para entronizar el dolor. Para espejar las llamas del martirio que no cesa. Edición: 3881  

Otra vez estalla el miedo
Publicado: Martes, 21 Mayo 2019 12:48
Otra vez estalla el miedo

Por Claudia Rafael   (APe).- Hace nueve meses, explotó la escuela 49 de Moreno. Hace 10 días, irrumpió el olor a gas en la escuela 38, del mismo partido del Oeste bonaerense. Ayer, explotó una estufa en la escuela 27, de ese territorio. Tres historias repetidas. Tres fantasmas recurrentes que reptan amenazantes por las escuelas que, hasta ahora, perdonaron las vidas de las y los alumnos pero que talaron las de un auxiliar y una vicedirectora. En un camino que impone el miedo por sobre la esperanza. Que pisotea los sueños para frenarlos de prepo y que no haya tiempo más que para ocuparse de estructuras olvidadas y edificios anquilosados. Que posterga las utopías para imponer la lucha por una llave de gas que no pierda. Hay poco menos de un centenar de escuelas sin gas en Moreno. Ahora que se acerca el frío. Y todo se vuelve como una ruleta rusa: el invierno que duele o el gas que acorrala con ese olor que aterra. Y que todos reconocen como el cómplice de un chispazo que puede vestir de muerte en tan sólo un manojo de instantes. Hace menos de una semana en esta agencia se escribía que “después de las muertes, de varios meses sin clases en toda la ciudad, de mezquindades y falacias, de las miradas de reojo desde el estado, de obras y desobras, de conexiones y desconexiones, de acusaciones partidarias. Después de que la verdad más tajante fueran los cuerpos de Rubén y Sandra. Después de aquel agosto, se sintió olor a gas en la Escuela 38”. Una estufa nueva con una instalación también nueva fueron la noticia de ayer. Y el Estado que se pregunta si el problema fue de la estufa o del famoso “error humano” a la hora del encendido para tener un hilo frágil y delgado para tajear a tiempo. La lucha es mínima. No ya por una educación liberadora. Ni por un sueño colectivo del que las aulas serán parte enseñando que la transformación será entre todos o no será. La lucha es por una estufa que no escupa gas para chocar de lleno con una breve llamita que convoque a explosiones imparables. La lucha es por una garrafa que no pierda. Por un caño bien sellado. O una llave de paso que cumpla con las normas básicas para el cuidado de la vida. Hace nueve meses, en la escuela 49. Hace diez días, en la 38. Ayer, en la 27. Las tres en el mismo partido del conurbano. Donde pibes y maestras fatigan una vida que demasiadas veces duele. Donde el gas es el pasaporte para el plato de comida calentito. Para las horas de aprendizaje con una tibieza que abrigue y amigue con los aciagos días en que la humedad y el frío empiezan a tramar una asociación ilícita que golpea duro. Entrar con miedo al salón de clases no es una señal esperanzadora para imaginar un futuro amable. En el sentido de amar. De construir con amor. Con utopía. Con la primavera entre los dedos. Aunque el invierno tenga la terca prepotencia de imponerse a fuego y derrumbe. Edición: 3879

Los empiojados
Publicado: Lunes, 20 Mayo 2019 13:06
Los empiojados

Por Carlos Del Frade (APe).- Doscientos nueve años han pasado de aquellos días, de aquellas noches. Antonio Berutti va y viene a la casa de los Rodríguez Peña. Sueña con la revolución. No tiene idea qué es eso que puede darle contenido a la palabra país o nación. Apenas conoce personas a las que nombra y tilda de pueblo. Pero no sabe de la dimensión de esas pampas ni tiene demasiado conocimiento sobre los ríos enormes, las montañas misteriosas que arañan el cielo ni tampoco imagina desiertos, bellezas o riquezas inconmensurables. Berutti quiere hacer una revolución. Es partidario de ese muchacho picado de viruela y mirada penetrante, Mariano Moreno, que dice que no hay forma de construir la felicidad de los que son más si no se descontentan a los propietarios de las grandes riquezas. Reparte armas cortas el 22 de mayo de 1810, vota contra la monarquía y funda el regimiento América. En el café de Marcos organizará, meses después, la interna contra Cornelio Saavedra. Berutti tiene casi 38 años, Moreno, 32 años. El teniente coronel Domingo French, en tanto, tiene casi 36 años. Luchó contra los invasores ingleses y como consecuencia de aquella sangre derramada le otorgan la conducción de un regimiento. Cuando se encuentra con Berutti inventan a los chisperos, seiscientos muchachos decididos que se autoproclaman los verdaderos. El 25 de mayo rodean al Cabildo. Están armados con cuchillos y pistolas e imponen los integrantes de la Primera Junta de aquel gobierno que también deberá inventar el país en el cual están haciendo una revolución de resultados inimaginables. Entre ellos anda Pedro José Agrelo, casi 34 años, en ese mayo de 1810. Juan José Castelli, el orador de la revolución que morirá como consecuencia de un cáncer en la lengua, escribió estas líneas sobre Agrelo: “Pero usted se topó, también, con Agrelo, que no pacta con nadie: ni consigo mismo, ni con el agua ni con el aceite. Es el más desesperado de todos nosotros, los empiojados, y la palabra desesperado no dice nada. Es el más implacable de todos nosotros, los empiojados, y la palabra implacable no dice nada”. Morirá a los 70 años sin un peso. Belgrano redactará los nueve puntos mínimos del programa revolucionario que luego Moreno convertirá en el Plan de Operaciones. Ya no sabrán qué es la tranquilidad para sus vidas jóvenes. El cuerpo del que será el secretario de la Primera Junta será enviado al fondo del mar luego de ser envenenado, anticipando, constituyendo el prólogo de las desapariciones de los años setenta del siglo veinte. Le dirán descamisado, fanático y rencoroso. Lo mismo que apostrofaron, muchos años después, contra Evita. Las mismas palabras. Hasta intentaron despedazar el cuerpo de la abanderada de los humildes para tirar sus restos al fondo del mar. Para que se juntaran con los recuerdos de Moreno. Doscientos nueve años pasaron de aquellos días, aquellas noches interminables, de esas vidas que hoy pueblan el presente convertidas en estatuas, nombres de plazas y calles o equipos de fútbol. Fueron 165 los que votaron contra la monarquía y, por lo tanto, fueron 165 los que iniciaron el camino de este sueño colectivo inconcluso que es la Argentina. Doscientos nueve años después, cuarenta y cuatro millones de personas todavía pelean por vivir con gloria en esa insistencia que se tragó la vida de tipos como French, Berutti, Agrelo, Moreno, Castelli y Belgrano, entre tantas historias desconocidas, sin firmas ni estatuas ni calles. Doscientos nueve años después, la palabra revolución no se usa demasiado, casi nada. Sin embargo está allí. En las miles de necesidades cotidianas que necesitan transformarse en un presente distinto, donde la igualdad, alguna vez, deje de ser una palabra perdida en el desteñido himno nacional y se vuelva una realidad concreta como pedían aquellos “empiojados” de mayo de 1810. Fuentes: “La revolución es un sueño eterno”, de Andrés Rivera, Grupo Editor Latinoamericano, 1987; “Los caminos de Belgrano”, del autor de esta nota, “Último Recurso”, 2012. Edición: 3878

Los Rosariazos
Publicado: Miércoles, 15 Mayo 2019 15:22
Los Rosariazos

Por Carlos del Frade (APe).- En el 69 aparecieron los grandes despidos en la ciudad industrial. 300 personas se quedaron en la calle por decisión de los dueños de la Empresa Cid. En Celulosa se tomaba la fábrica y en PASA, el sindicato surgido de la propia empresa, comenzaba a radicalizarse, de la mano de socialistas, trotskistas y peronistas de base. En mayo del 69, el primer cimbronazo del subsuelo rosarino. En Corrientes, el asesinato del estudiante Juan José Cabral, despertó la solidaridad en las facultades. Por las calles y por los claustros se escuchaba "Cabral y Pampillón, los mártires del camino de la liberación". El 17 de mayo, la movilización de estudiantes llegó hasta los edificios del Banco Transatlántico y la Bolsa de Comercio. Allí fueron reprimidos por la policía provincial. En la galería Melipal, las fuerzas policiales asesinan al estudiante de Ciencias Económicas, Adolfo Bello, de 22 años. "Entraron con pistolas y garrotes, parecían enloquecidos. Uno de ellos disparó a quemarropa a la cabeza de Bello", relató uno de los sobrevivientes. El 21 de mayo se hizo la marcha del silencio. El centro de la ciudad quedó en manos de los manifestantes. Bombas molotov, fogatas, piedras, barricadas. Al querer tomar la emisora LT 8, un grupo de policías los desaloja, asesinando al obrero metalúrgico de quince años, Luis Blanco. Rosario es declarada "zona de emergencia bajo control militar". Durante cinco horas marchó el cortejo que llevaba los restos de Blanco hasta el cementerio La Piedad. 100 mil personas estuvieron en las calles aquel 23 de mayo. El niño símbolo “…Desde dentro mismo de una casita de madera –elevada en la misma zona del drama de la inundación- partió lo que sería el cortejo más multitudinario que registra Rosario en su historia. Manos rudas, pero tiernas de trabajadores de todas las esferas del proletariado, conducían el féretro de un niño símbolo...Luis Norberto Blanco… “…sobre el féretro, dos coronas de claveles blancos, síntesis de la pureza…Y tras la caja –que encerraba la quietud del ángel abatido- una legión de coronas…blancas, rojas, de suave amarillo…Y presidiendo el cortejo –que iría a cubrir 87 cuadras- una cruz…llevada a manos cambiantes de cinco niños entre los cuales estaba José Potenza, de 15 años… “A las 11.45 ya con la nave de la iglesia colmada de concurrencia…el rector de la parroquia del Perpetuo Socorro leyó distintos salmos y manifestó la condolencia a los padres, parientes y amigos de este joven que ha perdido la vida en uno de los sucesos más luctuosos, en un momento crucial de Rosario y para el país…Al llegar al portón Nº 1 del Ferrocarril Mitre la columna fue engrosada por una caravana de obreros ferroviarios. En todas las calles se repetían escenas de honda emotividad. “Córdoba –la gran vía- ofreció el espectáculo más impresionante de todo su recorrido. Todo el vecindario se había volcado a la calle. “Vehículos de todas las categorías, bicicletas, motos, motonetas, camiones enracimados de juventud obrera, colegiales, jóvenes obreras, formaban una marcha imponente. “Cada esquina, una pequeña ciudad en el último homenaje al niño inmolado…ofrendas florales en manos de mujeres y niños y una verdadera eclosión obrera…el féretro sobre el cual se encontraba una bandera argentina, gris de tiempo…el clérigo Francisco Parenti dijo una oración fúnebre, que esta sangre vertida, que esta sangre que llegó al cielo no sea en vano…que ella lleve la liberación que todos ansiamos… “Depositado fue el cuerpo y luego el ingreso de la legión del silencio por las calles que vieron el cortejo más impresionante de que tiene memoria Rosario. Mirar hacia atrás, era contemplar algo que nunca pasó en el largo trajín del cronista…87 cuadras, casi cinco horas de marcha”, sostenía la crónica del diario “La Tribuna”, del 23 de mayo de 1969. El título de la nota decía: “Más de 100 mil almas en cortejo”. Fenomenal y profunda postal del primer rosariazo, 45 años atrás. Cien mil personas conmovidas por el asesinato de un chico de quince años. El segundo rosariazo Para Héctor Quagliaro, ex secretario general de la Asociación de Trabajadores del Estado y uno de los principales dirigentes de la resistencia peronista desde la CGT de los Argentinos --"nosotros fuimos la primera delegación del interior que se sumó al conducción de Ongaro"--, "el rosariazo fue un pedazo grande de la historia social. El primero de los rosariazos fue protagonizado por el estudiantado. Hubo lucha popular, teníamos mucha bronca por el asesinato de Bello. Yo vine envuelto en un sobretodo a Rosario, en forma clandestina, junto a Héctor Lescano, el arquitecto Segovia Meyer para la movilización del 21 de mayo. En Maipú y Córdoba hubo una violenta represión". El segundo rosariazo, "en setiembre lo más homogéneo fue el frente sindical. Allí se notaba por qué Rosario era la capital del peronismo", recalcó el colorado. El 8 de setiembre de 1969, se declaró un paro por tiempo indeterminado de los trabajadores afiliados a la Unión Ferroviaria. Los estudiantes, en tanto, se preparaban para el tercer aniversario del asesinato de Pampillón. Hacia el 11 de setiembre, se produjeron actos de sabotaje y descarrilamiento de trenes en la zona de Granadero Baigorria, a menos de quince minutos al norte del centro rosarino, y otro en Pergamino, en la provincia de Buenos Aires. El viernes 12 de setiembre se declara ilegal el paro. La CGT anuncia la huelga general desde el día 16. "A las 9.30 del martes 16 la epidermis urbana de Rosario no presentaba a la vista de cualquier ocasional visitante ninguna alteración, 30 minutos después la imagen quedaba destruida. Veinte focos insurrectos en los accesos periféricos, seis columnas de obreros y estudiantes en el radio céntrico, en total 10 mil personas --según fuentes policiales-- incendiaban en sentido literal y literario la ciudad", describía un cronista de la revista Panorama. A diferencia de los sucesos de mayo, el rosariazo tuvo en los barrios sus principales escenarios. Cuando la policía rosarina fue rebasada, llegaron, desde Corrientes, dos mil efectivos al mando del entonces coronel Leopoldo Galtieri. Los diseñadores del cordón industrial se convertirían, en pocos años, en los desaparecedores y los desocupadores, a partir de la segunda mitad de los años setenta. Un año después, Agustín Feced era nombrado –por primera vez en su vida-, jefe de la Unidad Regional II de la Policía de Santa Fe, con asiento en Rosario. Ya era integrante del Batallón de Inteligencia 601 del Ejército Argentino. Ya trabajaba para el plan estatal y empresarial que tenía como objetivo aniquilar a las nuevas generaciones de revolucionarios. Ese plan que comenzó a implementarse en 1955 y tuvo en los cursos dictados por los oficiales franceses una de sus primeras manifestaciones. Fontanarrosa y el recuerdo de aquella ciudad A principios del tercer milenio, después de diciembre de 2001, Roberto Fontanarosa, el más rosarino de los argentinos y el más argentino de los rosarinos, nos recibió en su estudio muy cerquita de la Plaza Alberdi. Le hicimos una entrevista para un programa de televisión de Santa Fe y le preguntamos por su inicio como dibujante de la tapa de la emblemática revista política periodística de Rosario, “Boom”, cuando le tocó hacer la portada que anunciaba las crónicas de los Rosariazos. -¿Cómo era para vos aquella ciudad de 1969? – le preguntamos. -Es un poco difícil hoy recordar cómo tomaba yo y cómo tomaba la ciudad esa tapa. Lo concreto es que todo ese periodo de la revista Boom para mí fue muy importante tanto a nivel personal como profesional. Personal porque yo venía de no haber terminado la escuela secundaria, después de haber entrado en publicidades, de hacer un trabajo y hasta te diría una vida muy aislada y muy ajena a lo que ocurría alrededor mío. Entonces, significó encontrarme con un grupo de gente que obviamente tenía mucha información, que estaba muy pendiente de esa información, que tenía otro grado de compromiso… Rodolfo Vinacua, “el negro” Ielpi, Juan Carlos Martínez, Esvend Segovia, “el gordo” Ceballos, Carlitos Saldi, etc… que produjeron en mí un cambio que me llevó a darme cuenta que no se reducía todo a dibujar, a una página de historieta, a la publicidad o al fútbol. Aquello fue para mí un descubrimiento, considerando los sucesos que se producen después, como el Rosariazo que obligaba a que uno se pusiera al tanto de lo que pasaba, al menos para saber por qué te iban a romper la cabeza por la calle. Por eso, para mí “Boom” fue desde todo punto de vista fundamental, incluso desde el aspecto técnico, desde el aspecto profesional. Fue como un descubrimiento de todo un entorno y de una profesión íntegramente en un grupo humano que se armó de casualidad pero que a la vista de los acontecimientos y con el tiempo transcurrido creo que hizo una revista que en definitiva quedó como emblemática de Rosario porque no se ha repetido ese fenómeno. Para mí significó advertir que había una posibilidad de actividad fuera de la publicidad que era un rubro que en principio me había sido ajeno, me gustó y me gusta especialmente en el aspecto creativo porque en la publicidad se trabaja con una enorme cantidad de límites que te los da el producto por la necesidad de mostrarlo, de venderlo… En cambio, todo el aspecto editorial, a pesar de que uno tenía ciertas limitaciones que daba la directiva de la revista, encontré que elevaba mucho el techo de las posibilidades y me descubrí que era eso lo que me gustaba. Yo ya había advertido que podía ganarme la vida con el dibujo publicitario, pero esta parte editorial me atrajo y me gustó más. -¿Qué diferencias encontrás entre aquel dibujante de ayer y esa ciudad del 69, con el presente?. -Con respecto al dibujo, aparecieron muchísimas alternativas de cambio porque de chico quería hacer dibujo de historieta de aventura seria, no de humor, y empiezo a incursionar en el humor en publicidad haciendo tarjetas de Navidad o de Fin de año de tinte humorístico, pero no tenía un estilo propio en lo que significaba el dibujo de humor. Tal vez sí para la historieta, porque provenía de la línea de Hugo Pratt y algunos otros, pero en humor no. Leía “Patoruzú” como leíamos todos, me fijaba en Quino, pero no copié a esos dibujantes… Por eso recuerdo que para los primeros dibujos de la revista “Boom” tuve que improvisar un estilo y le saqué un poco a Garaicoechea, le saqué un poco a Bataglia que dibujaba a “Don Pascual” en “Patoruzú” y armé una especie de perfil, que parecía un perfil de alambre, al punto que no lo firmaba Fontanarrosa porque era tan largo el apellido que gráficamente tenía más peso que el dibujo. Firmaba con mis iniciales R.A.F., después empecé a variar y a incorporar más elementos del dibujo para hacerlo un poco más complejo y de más peso, pero fue toda una época de cambios muy rápidos porque fue una investigación ya que no tenía práctica al respecto. Empecé a hacer la práctica sobre la publicación. En lo que refiere a aquella ciudad, uno tenía una relación en la infancia más barrial, a pesar de haber vivido en el centro toda mi infancia y adolescencia, en el edificio Dominicis, de Catamarca y Corrientes, pero aún así no había tantas medidas de seguridad que tomar… se dejaban las puertas abiertas, no se suponía que era una ciudad peligrosa… Después, la cosa se revierte a puntos de tragedia con la dictadura militar, pero la ciudad y el país eran como más pequeños. No estaba la llegada masiva de los medios que nos conectan con todo el mundo, las noticias inmediatas de los sucesos fuera del país. Era todo más acotado o quizás yo vivía dentro de un mundo más acotado que se circunscribía al fútbol, al trabajo, a comprar revistas de historietas, ir cines cercanos a mi casa como el Imperial, Empire, Urquiza y todos los que estaban por ahí. La sensación era de una ciudad más pequeña y de un país más pequeño – recordaba el inolvidable Fontanarrosa. Rosario, esa ciudad Así se llamaba el libro publicado por la Editorial de la Biblioteca Vigil, el 30 de noviembre de 1970, con textos de Carlos Garramuño, Rafael Ielpi, Juan Carlos Martini, Jorge Riestra y Rodolfo Vinacua y que incluía cien fotografías, en blanco y negro, de Antonio Carrillo, Edgardo Galante, Franciso Gray, Héctor Martinelli, Carlos Milanesi, Juan Naranjo, Rodolfo Quinteros, Carlos Saldi, José María Saldi, Rosa Traversaro, y Daniel Ureta; con la diagramación del inolvidable quijote rosarino, Rubén Naranjo. -Rosario, esa ciudad insólita, como lo es en alguna medida toda tarea de los hombres, no puede ser apresada en cien fotografías. Es posible, por eso, que la frecuentación de estas páginas deje al lector el regusto de la aventura. Tal vez muchos rosarinos no reconozcan aquí a su ciudad; es posible que otros la redescubran con alegría, sólo porque la sientan de la misma manera que sus circunstanciales compiladores, y que otros, por fin, se decidan a conocerla, realmente, más allá de una esquina, una plaza y una calle, más allá del ámbito de voces, sonidos, olores, trajín o calma, prefigurados en la rutina de los días sin nombre…-escribía Vinacua en la presentación de ese libro maravilloso. -Rosario puede ser dura, altiva, fracasada, tierna, comprensiva, acogedora; por eso, tal vez, puede asistir, a veces, a la negación y el exilio de sus propios hijos, como si supiera –progenitora orgullosa y segura- que permanece en ellos, que perdura, irremisiblemente, parte entrañable de sus mejores sueños. Por eso, tal vez, estas imágenes que siguen no sean algunas de las formas de amarla – terminaba aquel prólogo. Seguían imágenes del puerto, bolsas apiladas, pescadores en sus botes, puente sobre los arroyos y pequeños barcos estacionados mientras que en el cielo se recortaban las chimeneas de una fábrica que quizás ya no esté. “Seguramente, si se le pregunta a un rosarino qué es el río para él –qué es ese enorme, interminable, monótono cordón ocre que suele convertirse, a veces, en un insaciable devorador del hombre- no sabría bien qué responder. Hablamos poco, sabemos poco de las cosas que nos pertenecen. Dejamos de verlas, somos prescindentes de ellos”, comenzaba su artículo el Negro Ielpi. “Todo, siempre igual. Todo, detenido para la contemplación de una ciudad que no se defiende ni ataca: continúa. Eso mismo explicará acaso la unión –un maridaje perfecto- entre ella y el río, persistente camino oscuro que no reconoce nadie como suyo, desde un nacimiento caluroso y selvático, pero al que todos quieren, desde la solemnidad de la prescindencia, atrapar para sí, hacerlo suyo, poner el pie sobre el lomo marrón”, concluía el escritor. Las fotos continuaban mostrando observadores del río desde un lugar de la costanera. Se multiplicaban los registros de los camiones, el puerto, los estibadores y las aguas del Paraná. Y el cambio de turno a las puertas de un frigorífico donde los trabajadores cabalgaban en decenas y decenas de bicicletas, tal como recuerdan los vecinos de Ovidio Lagos al 5000 y más allá al sur. Un tren recorriendo el centro de la ciudad, el puente Celedonio Escalada y las pibas y los pibes con delantales blancos en uno de los momentos de la vida colectiva y cotidiana de aquella ciudad que ya no es. “…con sus largas, implacables calles trazadas en damero y sus parques, sus plazas, sus altos eucaliptos -¿magia pura?- trizando por fortuna la geometría brutal de las fachadas grises; y trabajando, trabajando siempre, fiel a la tradición que nació con ella, activa, laboriosa desde el alba; pero alternando tráfago con quietud –horas pico y veredas con calma, rápidas avenidas que atraviesan barrios cuya fisonomía permanece inalterada- y bullicio con murmullo –y después el más hondo, concentrado remanso de la noche-; creciendo, absorbiendo, englobando, mas todavía sometida a la tutela de un “centro” monopolizador, antiguo, casi pueblerina en ese aspecto; pero abriéndose, abriéndose inevitablemente, transformándose; viviendo cada día más a fondo aquello que quizás alguien, alguna vez, haya llamado porvenir, ya gran coleóptero de alas extendidas y trompa sumida en las barrosas aguas de su río; sacudiéndose con el estallido de las convulsiones sociales, triunfando y fracasado, volviendo a luchar, rehaciéndose; imitando, reclamando, dependiendo, menospreciándose y negándolo a la vez, indignándose; así de contradictoria pero viva; fervorosa, negligente, revolucionaria, temerosa, pujante, rutinaria, creadora, indiferente, luminosa, gris; un enigma; y huyendo, buscándose: como descuajada de su historia pero intentando parirla, menos aristocrática que nunca. Lo que será se esconde en el corazón de los días.”, narró de manera única, simple y profunda el notable Jorge Riestra. Imágenes de nieblas en el Parque Urquiza, chicas cruzando por una casi desconocida Plaza 25 de Mayo, las palmeras del bulevar, las escaleras cercanas a la vieja Aduana, la visión desde un colectivo, un chiquito de pantalones cortos sobre una casa humilde que se alquila y ofrendas florales ante la imagen garabateada de Evita. Kioskos de revistas en distintos barrios, ofertas varias en almacenes y pintadas en paredes que gritaban el final de la dictadura de Onganía, Lanusse y Levingston. Tres pibes amurados en un viejo banco, con sonrisas desdentadas y ropas casi ausentes. Un perro vagabundo en aguas servidas y ropa tendida mientras purretes miran esperando algo al mismo tiempo que se cuidan entre ellos. El cruce Alberdi, mucho antes de Telecom, un carro de verdulero, la noche, los pasillos y el interior de la Biblioteca Argentina. El monumental edificio de la Vigil coronado por el observatorio astronómico que luego fuera saqueado en 1977 y algunos grandes edificios… -Pero la gente de la ciudad es tozuda. Ejercita el manual de la convivencia y traza el interminable conflicto de la relación otra vez: muchos juraron hoy destrozar el libreto que vivieron hasta ayer, porque también es una vital urgencia la del cambio. Pero el peso es tan grande y la necesidad de convivir tan biológico que el nuevo día torna a amanecer a través de la esperanza. El afán de esta gente también resume el bíblico anatema del trabajo y su imperio engendra la relación de dependencia. De este vínculo emana la pasión, encrucijada entre el amor y el odio que los uncirá al yugo por toda la vida. Pero la gente no tiene otro callejón que el del amor y que por eso cada uno –individualmente- termina desgastándose por el otro…-escribió con inocultable pasión por los laburantes, Carlos Garramuño. El mozo que se asoma mientras apura el pucho y los obreros ríen, el ciruja que avanza hacia algún misterioso destino, una procesión de empleados que caminan sobre un puente, el mercado de productores, jubilados que hablan y miran desde un banco de plaza, la cola de algún sitio y dos mujeres que entre sus compras inventan la ocasión para el diálogo. Y el carrito de la pizza “la popular” debajo de la tribuna, las chicas de minifalda que exhiben la belleza eterna de las rosarinas y el colosal cuerpo colectivo de una hinchada mientras un barrilete quiere escapar del hilo que lo apresa. “Los barrios son testigos de algunos partidos de fútbol improvisados, del fervor masivo con que se colman las canchas de Rosario Central y Newell´s Old Boys, de pizzerías con mesas en las veredas durante el verano donde se consumen interminables porrones de cerveza, de cines con tres películas, patotas en las esquinas, bares donde el truco y la generala han concentrado su reinado ya tambaleante. El lenguaje cosmopolita se practica, sin inconvenientes, en otros lugares. Las familias y parejas convencionales consumen su tiempo libre en grandes restaurantes en cines y teatros céntricos. Un par de confiterías bailables y cabarets albergan a los aventureros de la noche y dos o tres discotecas sofisticadas seducen a los amantes del whisky y de la música beat. Acabado el día y medio que proporciona a los rosarinos una discreta ocasión de actuar en libertad, la ciudad se reincorpora sin embargo –lentamente, con un aliento marchito, somnoliento- y lanza otra vez su vasto cuerpo hacia el futuro, en apariencia inevitable”, apuntó Juan Carlos Martini. Las fotografías muestran la partida de truco en un bar, los botes en el laguito del Parque y las colas en el cine que esperan por la película de Costa Gavras, “Z”; mesas de billares y la vuelta gigante del Parque Diversiones que ya no es. El picado en la calle de un barrio que muestra a fornidos obreros ataviados con gorras que no tienen nada que ver con las actuales, una carrera de ciclistas, un tobogán atiborrado de chicos y gente que pasea camino al futuro de aquella Rosario de 1970. ¿Qué queda de aquella ciudad, de “Rosario, esa ciudad”, tal como era el título del maravilloso libro de la Editorial de la Biblioteca Vigil?. Edición: 3875

Los niños soldados
Publicado: Lunes, 13 Mayo 2019 13:27
Los niños soldados

Por Carlos Del Frade (APe).- Cuenta la leyenda que una chica africana tenía mucha sed y que, por lo tanto, se acercó a un río para beber. Alguien la vio y por una extraña y perversa razón la mató de un golpe en la nuca. En ese momento, el cuerpo de la adolescente adquirió otra forma. Se volvió un instrumento musical, el birimbau. Su cuerpo se transformó en la madera, mientras que sus piernas y brazos comenzaron a verse como la cuerda, por otro lado se encontró su cabeza que pasó a ser solamente la caja de resonancia y por último su alma fue la melodía de sentimiento que se puede lograr tocando el birimbau. El relato termina con una esperanza simple: cada vez que tocan el birimbau, el alma de la joven puede nuevamente sentirse viva a través de sus melodías que se hacen con puro sentimiento de personas que aman la música de su ser. El pasado 10 de mayo de 2019, una noticia venida de Africa, continente de enormes riquezas naturales y, por lo tanto, de dolores y guerras interminables que sufren sus habitantes, decía que liberaron a casi 900 niños soldados en Nigeria. ¿Cómo habrá sido la corta vida de esos niños soldados?. ¿Cuántas formas de muerte tendrán esos cuerpos y esas almas de chicas y chicos esclavizados para combatir por intereses muy lejanos a sus existencias?. ¿Será lícito preguntar estas mismas dudas en torno a los soldaditos que pueblan los arrabales del negocio del narcotráfico en las grandes ciudades de la Argentina?. Quizás por eso el rebote íntimo de la información lleve a la necesidad de contar esta realidad y pensar en el presente y el futuro de chicas y chicos soldados, no solamente en África, sino en cercanías latinoamericanas y argentinas. Lo cierto es que la UNICEF dijo que “un total de 894 niños soldado, que formaban parte de una milicia oficialista que combate a la organización yihadista Boko Haram en el noreste de Nigeria, fueron liberados. Los menores, entre los que se incluyen 106 niñas, integraban las filas de las Fuerzas Conjuntas Civiles (CJTF, por sus siglas en inglés), un grupo armado local de civiles que apoya al Ejército nigeriano en su lucha contra los insurgentes, en Maiduguri (noreste)”, sostenía la información. "Los niños del noreste de Nigeria han sido los más afectados por este conflicto… Han sido utilizados por grupos armados en roles de combatientes y no combatientes y han sido testigos de muertes, asesinatos y violencia", afirmó el representante de Unicef en Nigeria, Mohamed Fall, en un comunicado. La milicia CJTF, creada en 2013 para proteger a las comunidades de ataques, contaba entre sus miembros con cientos de niños, hasta que en 2017 se comprometió a no reclutar a más menores y a liberar a los restantes. Desde entonces, el número de niños liberados asciende a 1.727, según Unicef, después de que en octubre de 2018 las CJTF pusieran en libertad a otros 833. Los menores liberados serán inscritos en un programa de reintegración con educación y capacitación para ayudarles a regresar a la vida civil. En el conflicto en curso en el noreste de Nigeria, más de 3.500 niños han sido reclutados y utilizados por grupos armados no estatales entre 2013 y 2017. Boko Haram, que desde 2009 lucha por imponer un Estado de corte islámico en el país, ha causado la muerte de al menos 20.000 personas desde entonces en Nigeria, un país con una población enorme de casi 180 millones de habitantes, el séptimo más numeroso de esta enloquecida cápsula espacial llamada planeta Tierra. Ojalá que la vida de esas niñas y esos niños soldados pueda encontrar el presente que augura la leyenda del birimbau, que sus almas asomen a la belleza de la música que todavía existe en este mundo a pesar de sus dueños y perversiones varias. Fuentes: “Mitologías y leyendas africanas”, de Frances Cardona, Editorial Olimpo, 1998; diario “La Razón” y agencia “Telam”, 10 de mayo de 2019. Edición: 3873  

Extirpar las escuelas, arrancar a los niños
Publicado: Miércoles, 22 Mayo 2019 13:13
Extirpar las escuelas, arrancar a los niños

Por Silvana Melo  (APe).- La reacción pública del poder rural ante la decisión del Tribunal Supremo de Entre Ríos ubica en el centro de la hostilidad a la infancia campesina. Aquella que no tiene otra herramienta para acceder a la educación que la escuelita establecida en el medio de la nada, con tres alumnos y maestra todo terreno, rodeada de sembrados de aquí al horizonte. Y agredida por los nubarrones de venenos con los que el modelo productivo cultiva alimentos modificados en su génesis y con un aderezo tóxico que más temprano que tarde impactará en los cuerpos. En los de ellos y en los de vecinos y en aquellos sobre los que llueva, irrumpa como verduras o caiga como toallitas y algodones en la intimidad. A los chicos que fatigan las escuelitas día tras día no los llevan desde el pueblo las maestras que no quieren perder el trabajo: viven en esas parcelitas de tierra, en la vecindad de la escuela, donde no hay horario para fumigar, donde la lluvia tóxica cae sobre los animales, los niños y la ropa tendida a la siesta. Pero esos chicos son hijos de los peones de los ruralistas que hoy los quieren talar. Que hoy los quieren arrancar como al yuyo que persigue el glifosato. Cuando el vicepresidente de la Federación Agraria –cada vez más lejos de las rebeldías del Grito de Alcorta- pidió que se extirpara a las escuelas rurales –y a todos sus niños- para no tener que acotarse a la ley y evitar fumigar a tres mil metros de una escuela rural por aire y a mil por tierra, puso blanco sobre negro y definió al enemigo. Las fuerzas a vencer por los ruralistas son una justicia que empieza a asomar, concejos deliberantes salpicados por el país que deciden empezar a rebelarse, una práctica agraria que es una cosmovisión diversa a la del capitalismo que no tiene límite ni en la mismísima vida. Y los niños. Fundamentalmente los niños como esa infantería insolente que hay que disciplinar desde un principio. Que hay que erradicar como a los tréboles que nitrogenan el suelo, pero acotan el espacio de la rentabilidad. Eso es la infancia para el poder establecido, para el absolutismo económico: un trébol que nitrogena las esperanzas pero cortajea el rendimiento. “Es mucho más fácil cambiar la escuela de lugar que vender el campo, que cambiar de producción”, dio el vicepresidente de Federación Agraria. El primer entrerriano en ese cargo. “Para reubicar a tres alumnos que vienen del pueblo, que encima los trae y los lleva la maestra para mantener su trabajo”, dice en una cadena de falacias. No es necesario vender el campo. Sí cambiar de producción. Y colocar la rentabilidad en un escaloncito más abajo que la salud de las poblaciones. Y no al revés. No se trata de reubicar a tres alumnos. Lo que buscan es cambiarles brutalmente la vida, extraerlos de sus familias, expulsarlos de sus trabajos, eyectarlos hacia las periferias de las grandes ciudades para que sean carne de villa y asentamiento, quitarles su ámbito, su cielo, su horizonte. Que ya le envenenaron y ahora no queda más que barrerle las raíces muertas. “Me parece que la discusión puede ser muy grande y muy larga –dijo Elvio Guía, que así se llama-; yo lo que sí sé qué está primero, el huevo o la gallina. Concretamente la escuela no estuvo primero que el campo. ¿No es cierto?” La noción de preexistencia de Guía puede ser bellamente arrasada, con una topadora de sentido común y una apuesta encendida por el futuro: antes del alimento para los cerdos chinos, antes de la locura de los desmontes y el cultivo único estuvo la tierra. La vida en estado puro, la pacha como soberana, la semilla emperatriz y los pájaros y las abejas polinizando el mañana. Mientras hoy el ruralismo unido se planta frente al poder judicial entrerriano para intentar voltear el fallo que favorece a los niños y les recorta los dividendos. “Un tiro en el pie”, dijo el Ministro de Agronegocios de la Nación. Una flor silvestre en el ojal del porvenir. Edición: 3880  

Mordiscón
Publicado: Viernes, 17 Mayo 2019 17:58
Mordiscón

Por Alfredo Grande     (APe).- Edmundo de Amicis escribió en 1886 el libro Corazón. Uno de sus cuentos es “El pequeño vigía lombardo”. Resalta el valor de un muchacho que en la guerra por el rescate de Lombardía se ofrece para brindar información a las tropas italianas subido a un árbol. Muere por una bala enemiga que lo hiere en el pecho. Lo reconocen como soldado y le brindan los honores correspondientes. No eran tiempos de drones, pero el valor en batalla atraviesa los tiempos. Las guerras siempre fueron sucias, pero el valor de un guerrero en el campo de batalla siempre fue reconocido. Freud señala que aún el enemigo herido en combate era tabú y era obligatorio cuidarlo. Obviamente, las guerras, que en la actualidad de la cultura represora se han ensuciado más y más, han devenido masacres. En las masacres es obligatorio el asesinato a granel sin mirar a quién. Hubiera podido resistir, pero no quise hacerlo, a parafrasear el nombre del cuento del libro Corazón. En una parábola del tiempo y el espacio, me encuentro con Enrique Santos Discépolo cuando al crear a Mordisquito, le da entidad al “medio pelo gorila”. En la actualidad, me propongo crear a Mordiscón, porque con la cobertura de anti peronismo, se ha cristalizado la dureza extrema del nazi capitalismo y el fascismo de mercado. Mordiscón, al igual que el pequeño vigía, es pequeño, mas no por su juventud. Lo es por exceso de mediocridad, análoga a la del burgués pequeño, pequeño, al que diera vida Alberto Sordi en una necesaria película. Y Mordiscón, lejos de ser vigía, organiza el sub mundo en el cual no hay guerreros, ni combates, ni batallas, ni honor, ni valor, ni dignidad. Apenas buchones, soplones, denigradores seriales, lame extremos, superficialidad ignorante y grosera. Como es notorio: no me canso de elogiarlo. Por esas cosas del destino, condensadas en mi aforismo “dios no existe pero a veces se asoma”, escuché a Mordiscón escandalizado, horrorizado, casi haciendo pucheritos, porque un niño en una villa ante dos policías fingía dispararles con una rama. Y además, y esto fue insoportable, insufrible, inmundo para Mordiscón, les tiró algunas piedras. “Cuando sea grande –sentenció- “será un asesino de policías”. Y sacó una de sus opacas conclusiones: “cuánto mal le ha hecho el kirchnerismo a este país”. No soy especialista en neurociencias, mas he comenzado a pensar que un mapeo cerebral debería ser un estudio de rutina para Mordiscón. Este pequeño y gran mediocre, ni siquiera advierte que hay muchos niños que también juegan a matar a niños villeros, o negritos, o feítos, o malitos. Son los que al ser más grandes y más peligrosos, ejercerán todas las formas del gatillo fácil. Supongo que Mordiscón, que cuanto más grande se vuelve inexorablemente más sonso”, desconoce la Marcha Nacional contra el Gatillo Fácil, las causas armadas por la policía y las fiscalías, los asesinatos en comisarías, como ha sucedido en Pergamino. Para Mordiscón, el despliegue cruel de la cultura represora y su masacre permanente, es el único juego tolerable. Quizá podría argumentar que durante la década ganada, también fue sistemático el uso de la violencia estatal para disciplinar a los barrios. Porque ser pobre es peligroso, como nos enseñó la Cantata Santa María de Iquique. Pero más peligroso es ser pobre, tener hambre, una familia desmantelada, niñas y niños con enfermedades que nunca serán curadas. La desnutrición de comida y la desnutrición de amor, sin ir más cerca. No creo que Mordiscón, dude entre amar a Berni o a la Piba (en retiro efectivo) o sea la Patricia “Pato” Bulrich. Que no es la del patio, sino la de los asesinatos en tierra mapuche. Mordiscón, el horrorizado, el indignado, con seguridad decora su hábitat con varios afiches del ejército israelí llevando presos a niños palestinos. Obviamente, si el término “gorila” no fuera sido utilizado por los mismos que lo sufrieron, bien podría decir que Mordiscón es, lisa y llanamente, gorilón. Pero no lo digo porque aún me acuerdo de cuando Hebe de Bonafini le dijo a Osvaldo Bayer que era gorila. Con lo cual demostró en una escala menor, pero de todos modos demostrativa, que las víctimas del holocausto nazi no tienen el beneficio de ninguna impunidad para organizar sus propios holocaustos. Lo que me lleva a pensar no sólo en la impunidad de muchos victimarios, sino también en la impunidad de algunas de las víctimas. Mordiscón, si la tortilla se vuelve, rápidamente buscará victimizarse con frasecitas del tipo “libertad de expresión”, “garantías democráticas” y otras emblemáticas del Kapelusz de la política. Sin embargo, espero que no olvidemos que Mordiscón, el espía chiquitito, botoneó y acusó a un niño que jugaba. Con una sentencia a futuro para determinar su destino de asesino. El pequeño espía del bardo no será indultado, al menos por mí. De lo contrario, que Edmundo de Amicis y Enrique Santos Discèpolo me lo demanden. Edición: 3877  

Rafita
Publicado: Miércoles, 15 Mayo 2019 15:30
Rafita

Por Claudia Rafael (APe).- “Homicidio agravado”, dijeron los camaristas y ordenaron detener a Francisco Pintos. Prefecto. El que por la espalda y con un fusil determinó el final de la vida de Rafael Nahuel, el pibe mapuche de 22 años. Mil excusas para decidir quién vive y quién no. Francisco Pintos, en nombre del estado, ése que se viste de lobo para salir a cazar, ahora deberá ser juzgado por homicidio agravado y no ya por exceso de legítima defensa como habían venido esquivando hasta ahora y desde hace un año y medio. Francisco Pintos, mano de obra, brazo armado de un pacto social creado para criminalizar a los que asoman la cabeza y se rebelan al orden establecido. “Homicidio agravado” y no ya el prefecto que se defiende disparando por la espalda. Con fuego que es real, contundente, asesino. Que estalla ante los que recuperan sus tierras, ante los que toman las calles, ante los que se asumen transformadores de la desmemoria y la usurpación. Hasta que los camaristas de General Roca estamparon su firma en el cambio de calificación legal, nadie había asesinado a Rafita. Tal vez, precisamente porque Rafa Nahuel era un nadie a los ojos del Estado. Como tantos nadies que deambulan por los márgenes de la historia y que, a la vez, hacen la Historia desde abajo. Nadies que son fusilados como dulces pájaros en vuelo por una civilización que devasta. Que escupe muerte. Que derrama terror. Y que establece desde los discursos del poder y desde la práctica cotidiana que hay quienes serán los dueños de la vida y portadores de los instrumentos de la crueldad, porque tienen permiso oficializado para matar. Homicidio agravado, dicen hoy los camaristas un año y medio después. Un prefecto. Un solo prefecto, ante la decisión entera de un Estado. Edición: 3876    

El fantasma del gas
Publicado: Martes, 14 Mayo 2019 14:44
El fantasma del gas

Por Silvana Melo (APe).- Hay olores que atraviesan la espalda cuando se sienten en un aula de Moreno. Hay olores asociados al miedo, a ausencias que son símbolos, que son imágenes en la pared. Hay olores que el piberío reconoce. El gas tiene un olor disfrazado, un olor prestado. El que le pusieron para que se reconozca, para que se sepa que ese olor no es normal, no forma parte de la vida cotidiana sino de las alertas de muerte. Ese olor se sintió otra vez en la Escuela 38 de Moreno. A nueve meses de que explotara la 49 y se llevara, como esquirlas, a Rubén Rodríguez y Sandra Calamano. Y por apenas minutos, perdonó a los chicos. Que estaban a quince de entrar. Después de las muertes, de varios meses sin clases en toda la ciudad, de mezquindades y falacias, de las miradas de reojo desde el estado, de obras y desobras, de conexiones y desconexiones, de acusaciones partidarias. Después de que la verdad más tajante fueran los cuerpos de Rubén y Sandra. Después de aquel agosto, se sintió olor a gas en la Escuela 38. Los inspectores de Gas Natural Fenosa llegaron, certificaron que había una pérdida, cortaron el suministro y dejaron todo en manos de quienes hicieron la instalación. El gas había sido habilitado apenas una semana atrás. El acta de la compañía es clara: “escape de gas interno. La instalación interna de gas no cumple con las normas aplicables en materia de seguridad”. Los niños estaban en clase. Rondaban, bostezaban y se reían por ahí. Mientras el gas escapaba, subrepticiamente. 250 chicos puestos en el patio. Para que no olieran. Como olían en agosto del año pasado, igualito que en la 49. Aunque ésta no explotó. En la 38 de Moreno también se olía gas en agosto de 2018. Por eso decidieron la instalación nueva. Que se terminó nueve meses después. Y se habilitó hace una semana. Para que el viernes se oliera otra vez. Y todos volvieran a estar en peligro. 250 niñas y niños y sus maestras y sus preceptores y sus cocineros, rehenes de ese olor que estalla en las manos. En el patio, atravesados por el miedo de aquel agosto. Aunque reglamentariamente exista la facultad de interrumpir las clases y mandarlos a casa. Hay un protocolo. Un articulado de seguridad para evitar lo que todos saben que puede pasar. Lo que todos tienen explotando en el corazón cada vez que huelen. No es sólo la 38 donde el gas vuelve a escapar. En una ciudad en la que hubo siete meses para reparar todas las conexiones. Ni la provincia ni el municipio asumieron las responsabilidades plenas, envueltos en riñas mezquinas y preelectorales. Hay miles de niños que van a comer a los mediodías de esas cocinas, de hornalla imprescindible. Y empieza a hacer frío y la piel se eriza y la panza vacante se anuda justo en la ventanita que escucha, que comprende, que aprehende. Ni la 38 ni tantas escuelas de Moreno ni tantas otras del conurbano, tienen salidas de emergencia que respeten las normas. Ni capacitaciones y ejercitaciones para eventuales evacuaciones. En Moreno, donde las clases terminaron en agosto en tantas aulas. En Moreno, donde hay una vicedirectora y un auxiliar muertos el día que explotó una escuela. Porque en la provincia se escapa el gas, como un prisionero con rejas de papel. Y huele impunemente y nadie lo ataja. Y las escuelas pueden explotar. Sandra y Rubén lo recuerdan desde una pared. Foto: Guadalupe García /Anccom Edición: 3874  

El engranaje de la AUH
Publicado: Martes, 07 Mayo 2019 14:01
El engranaje de la AUH

Por Silvana Melo     (APe).- Poco menos de cuatro millones de niños reciben la AUH. Son ocho millones los que el sistema de confinamiento social encerró en la pobreza. La asignación es por hijo pero no es universal. Son 2652 pesos por niño. Gracias a la extrema generosidad preelectoral de un gobierno que azota a las clases populares y, hasta octubre, les raciona el paracetamol. Una vez relegitimado en esas urnas donde no caben los sueños, desaparecerán los calmantes y se ensancharán las heridas. Dice Ismael Bermúdez en Clarín que más de la mitad de las madres y padres que cobran la AUH tiene un solo hijo. El 28%, dos. El 13 %, tres. El 5%, 4. Y sólo el 2% intenta darles de comer a cinco.

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Galería fotográfica

 

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Hechos en imágenes

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Vaca Muerta

Cristian Baeza (34) y Maximiliano Zappia (24) son dos operarios muertos en una pileta de Vaca Muerta. En 15 meses son 8 las víctimas fatales.


Táser

Fue aprobada la utilización de las táser, a las que definen como “armas electrónicas no letales”, por parte de las fuerzas policiales y de seguridad federales.


Bebé

Un cartonero encontró el cuerpo sin vida de un bebé en un basural en Rosario.


Nino Largueri

Cuatro policías son juzgados por la muerte de Sebastián “Nino” Largueri de 23 años, desaparecido en 2015 en Monte Caseros.


Gualeguaychú

Juzgan a un policía detenido en Gualeguaychú acusado de violar a sus hijas


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Libros de APE

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