Chiara tenía diez años. Junto a su mamá, se la llevó el agua furiosa del arroyo Las Viejas, cerquita de Paraná. Ellos habían alzado la casita en la orilla. Allá donde no expulsa el agronegocio ni la voracidad inmobiliaria. Pero donde de vez en cuando el arroyo se vuelve río y se lo lleva todo. No quedó más que el cimiento de la casita. Y el papá con tres de los chicos. Para reconstruir una vida rota.
