Por Alfredo Grande

(APe).- Finalmente, los extremos se tocan. Para qué se tocan, qué sienten cuando se tocan, es otro tema. Pero que se tocan, se tocan. La final de la copa Libertadores de América, ahora es Toyota Libertadores. Sin eufemismos. El fútbol, la pasión de multitudes, es una trasnacional con nombre y apellido. El fútbol, la dinámica de lo impensado, al decir del periodista Dante Panzeri, es una forma de lavar la tragedia social. Lavarla, enjuagarla y secarla. Incluso almidonarla, para que esté blanca y radiante.

Toda la energía, toda la fuerza, toda la pasión de las masas, queda en gran parte esterilizada cuando es teledirigida, cual dron humano, al embudo de un estadio de fútbol. Quizá sea necesario aclarar que me apasiona el fútbol, he ido a la cancha a ver tercera, reserva y primera, y que hubo Boca Juniors antes de Macri, como hubo vínculos sociales antes de Facebook. Los hinchas y los radio aficionados teníamos las mismas necesidades y los mismos deseos que hoy tienen los abonados al pack del cable y los adictos a instagram. El mismo amor, la misma lluvia, aunque los formatos y plataformas digitales hayan clonado la realidad material en realidad virtual.

Los extremos “bosteros” y “millonarios” por primera vez en la historia, y por última, se enfrentarán para ser campeón de la “libertadores”. La lucha de clases ha sido nuevamente invitada a las plateas preferenciales, claro que en el formato más digerible para el poder. El deportivo, que es también político, pero de eso mucho no se habla. Más allá del tráfico de influencias del presidente de Boca, denunciado desde las mismas entrañas del monstruo. La cultura represora tiene como horizonte necesario, y lamentablemente cercano, cristalizar y neutralizar la lucha de clases. Para eso cualquier intento es bueno, desde los planes sociales hasta la Gendarmería. No es lo mismo, pero en el fundante termina siendo igual. Los planes sociales terminan anestesiando y haciendo insensibles a las masas, fumigadas por el opio del asistencialismo.

Una parte de ese gran fumadero de opio es el fútbol, que también es una de las religiones de la posmodernidad. Además de los evangelistas. De la mano de dios a los pies del diablo, la liturgia que antes era dominguera, invade cual metástasis todos los días de la semana en varios horarios. Y ese opio es consumido en escala planetaria, gracias a las multinacionales de la televisión. Por eso los dos extremos se tocan. En la recontra súper final y en el G20. Boca River y Países Desarrollados con Países Saqueados. Con la diferencia que para la súper final el Presidente solicita que pueda ir la hinchada visitante. En cambio, para el G20 la hinchada local está excluida. A lo sumo puede optar por amucharse en las cercanías del estadio, para ser gaseada y apaleada por los bullrichs boys. Una final con visitantes, la deportiva, y otra final sin locales, la política. Así están las cosas…

En la Libertadores de Norteamérica, o sea, la G20, seremos extranjeros en nuestra tierra. ¿Nuestra tierra? Lamento, sufro de reminiscencias. Mientras gritamos por el club de nuestros amores, no sentimos y no pensamos que la tierra, el aire, el agua, ya no son nuestros. Somos refugiados sedentarios, sin haber emprendido aún la huida hacia otras tierras que, obviamente, tampoco están prometidas. Para entender a Donald Trump, basta con su decisión de enfrentar una muchedumbre famélica de 7000 desesperados, con 15.000 exterminadores. Y para entender al Macri Mauricio, basta con su pedido de autorizar la entrada al público visitante. Sin entender las profundas razones de por qué se llegó incluso a jugar partidos sin público, ni local ni visitante. Pronto habrá partidos sin jugadores, porque el juego sucio, roñoso, cada vez está más diseminado. Bilardismo al palo. Y lo peor de entre mucho malo, es que el pedido es a la ministra de seguridad, experta en adiestrar provocadores e infiltrados profesionales.

Supongo que es posible que los custodios del desorden planificado también tengan su corazoncito bostero o millonario. Con lo cual cada hinchada podrá ser reprimida por los represores del otro cuadro. Una maravilla. Y nunca faltan encontrones cuando un pobre se divierte. Yo al menos, seguiré las dos “libertadores” desde mi lugar subjetivo y objetivo en la lucha de clases. La procesión y la revolución también van por dentro. Quiera el buen dios que más temprano que tarde, vayan por afuera.

Edición: 3741

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