Por Ignacio Pizzo
Fotos: Pandemia Fotográfica Sudaca

(APe).- El aislamiento social, preventivo y obligatorio puertas adentro de un país cuyo voto es secreto universal y también obligatorio, ha sido en términos numéricos, y hasta el momento, una medida que contribuyó a disminuir la tendencia a la exponencialidad, en cuanto a contagios se refiere, por el virus SARS-CoV-2 causante de la enfermedad COVID-19. Sin duda que hasta la fecha la catástrofe se administra al filo de lo posible. Los números, como testigos estáticos del presente, se plasman en pantallas que son la imagen que nos devuelve un espejismo que será de variadas pulgadas según el caso: celular, televisión, monitor o tableta digital, al parecer para congraciarnos con nuestra conducta social. Hemos hecho una metamorfosis hasta reconvertirnos en pequeñas o medianas islas, potencialmente virulentas, y nuestra subjetividad se resignifica, de manera que se confunde si acaso somos islas de cooperación, de vigilancia, de sumisión o de miedo.

El desconocimiento, el odio y la indiferencia hacia la otredad, trabajo sistémico que llevó años construir antes de un virus coronado de gloria, da sus frutos cada día. La cosecha se exhibe en emisiones de frases como: “en el país hay un aplanamiento de la curva de contagio, pero en las villas ha crecido el contagio de manera exponencial”. No es noticia que para los detentadores del llamado cuarto poder, las villas no sean consideradas parte del país. Tampoco merece especial mención quien haya sido el autor de esa frase. El punto está en la gravedad de esta degradación de la palabra con disminución de su valor hasta dejarla en negativo.

Lugares como cárceles, geriátricos, villas, barrios populares, por mencionar algunos, parecen haberse convertido en un imaginario compartimiento estanco, a partir del cual, nuevamente la amenaza de lo diferente penetra en las islas del medio pelo, puras, occidentales y cristianas para inocularnos un virus que primero viajó en avión o en crucero, hecho que fue al parecer olvidado. Por cierto, el SARS-CoV-2, impresiona ser menos virulento que la indiferencia y la cultura del visitante interno o externo peligroso.

El ocupante de la isla virulenta, llámese anciano, loco, recluso, villero o en fin persona, navegante solitario del naufragio sistémico, es la caricatura que precisamos dibujar para estrujarnos en nuestros triunfos y materiales de consumo, becerros de oro a los que nos aferramos y hemos creído merecer por la lógica del esfuerzo individual. Convertidos ahora, cada uno en islas cañoneras, abrimos fuego, y la solidaridad no es más que una caridad por estatuto. Mientras la bala del cañón mata en masa, derramamos mendrugos para los sobrevivientes. Nuestro cuerpo social enfermo de idolatría al consumo, se encontró indefenso frente a un microorganismo que ni siquiera es un ser vivo. Ante la aerosolización de partículas virales tuvimos como única respuesta posible un aislamiento sobre otro aislamiento previamente existente, el cultural individualista, triunfante en la era post-moderna.

Claro está que estas palabras no menoscaban la cuarentena como medida en sí misma. No obstante, nuestro sistema mundo. Con la Pandemia preexistente del Hambre con sus sucursales, entre las cuales se encuentra Argentina cuyos números de pobreza por ingresos cercana al 40% y llega a tocar 60% en la franja etaria de la niñez y la adolescencia, no resulta inexperto ni mucho menos innovador en lo que al aislamiento se refiere. Hemos sido eficaces al implementar aislamientos de nuestros excedentes demográficos, pobres, locos, leprosos, tuberculosos, ancianos. Supimos, a lo largo de la historia armar rígidos apartheid urbanos, para cuidar la sacrosanta propiedad de los que se consideran portadores de ciudadanía. Marginalidad cuyo margen se ensancha.

Historia de aislamientos

Antecedentes históricos sobran: 1888, fue el año en el cual la Isla de Pascua fue anexada a la República de Chile. Según señala un informe del médico de la corbeta General Baquedano, los isleños tenían una alimentación y viviendas deficientes. Se presentaban casos de tuberculosis entre los jóvenes. Desde Tahití, en 1889 llegaron los primeros padecientes de lepra, lo que determinó la prohibición de que los isleños abandonaran la isla. No existía en aquel entonces ningún tipo de tratamiento, ni vacuna, ni medida de prevención. La enfermedad se extendió con celeridad, presentándose muchos nuevos casos en los años sucesivos. Se dictó la ley 3.220 por la cual se autorizaba la construcción de un leprosario y una escuela. Finalmente, a finales de la década de los setenta, se construyó un sanatorio, que reemplazó al antiguo leprosario. (1)

“Una casa de alienados es un instrumento de curación; entre las manos de un médico hábil es el agente más potente contra las enfermedades mentales”. Así lo afirmaba el doctor Jean–Étienne–Dominique Esquirol (1772–1840), médico francés artífice de la ley de 1838 que obligó al Estado Francés a dar tratamiento a los “insensatos”, ya fuera a través de una red pública de asilos o bien apoyándose en los de carácter privado. Al amanecer del siglo XIX médicos como Esquirol, creyeron y alentaron la construcción de manicomios. Para la sociedad de entonces, ante la pérdida del juicio y la incapacidad de valerse por sí mismo, era "natural" auxiliar a los desvalidos, como se hacía con el resto de los enfermos, inválidos, tullidos o ciegos a quienes se daba abrigo y sustento.

Sin embargo, la insensatez también instaba a la defensa contra cualquier sujeto que representara un peligro para sí mismo o para los demás. Pues así los sufrientes mentales podían ser segregados de la comunidad o sin ningún tipo de empacho eliminados, por ejemplo, entregándolos a los marineros para que se los llevaran lo más lejos posible, como en la enigmática Nave de los Locos. (Foucault, 1982:13–74; Tropé, 1997:141–143). (2).

Zonas de no derecho

Loïc Wacquant, profesor de Sociología de la Universidad de California, Berkeley, e investigador en el Centre de Sociologie, Européenne en París menciona que: “gueto en EEUU, banlieve en Francia, quartien periferici (o degradati) en Italia, Problemomrade en Suecia, favela en Brasil, villa miseria en Argentina, rancho en Venezuela” … “allí viven los parias urbanos del cambio de siglo” … “Se las conoce internamente y desde afuera como las zonas del no derecho”, “los sectores en problemas”, los barrios “prohibidos” o “salvajes de la ciudad”, como territorios de privación y abandono a los que se debe temer, de los que hay que huir y es necesario evitar pues constituyen focos de violencia, vicios y disolución social”. (3).

En nuestro corriente 2020, se nos presenta la COVID-19 como una enfermedad que no distingue a qué sujeto infecta. Pero en un mundo donde la salud es un objeto de consumo, como cualquier mercancía, pobres, inmigrantes discriminados, marginalizados, explotados, son más vulnerables a la infección. Ignacio Ramonet en su nota de Página 12 del 29 de abril del 2020 pone el ejemplo de Singapur. En ese país las autoridades consiguieron en una primera instancia, controlar el brote epidémico.

En esa ciudad-Estado sobreviven cientos de miles de migrantes venidos de países pobres, empleados en la construcción, el transporte, el empleo doméstico y los servicios. El país depende, para el funcionamiento de su aparato económico, de esos trabajadores. El aislamiento físico es prácticamente imposible en esos empleos. Muchos de esos inmigrantes tuvieron que continuar trabajando, aunque corrieran riesgo de infección. Una ley de ese país exige que los trabajadores extranjeros residan en "dormitorios", habitaciones para alojamiento de hasta una docena de hombres, con baño, cocina y ducha compartidos. A partir de esos núcleos, escribe Ramonet, el virus se volvió a dispersar, documentando que surgieron allí aproximadamente 500 nuevos casos de COVID 19. Un sólo "dormitorio" causó el 15% de todos los nuevos casos del país. (4).

En Argentina, en cuestión de días, se focalizó la cuarentena, con dos consignas bien claras, una “quedate en tu casa”, otra “quedate en tu barrio”. Hemos incorporado la desigualdad sucumbiendo ante ella como parte del paisaje. Así el diseño urbano se decodifica en confinamiento en hogares y confinamientos barriales, hemos quizá admitido que los No-hogares de las periferias de nuestras ciudades son los espacios del desencanto, y por lo tanto lo que allí dentro ocurra, será en tal caso una implosión, un designio donde el excedente demográfico tendrá sobre sí el impacto demoledor del desprecio por parte de un lobo Hobbesiano desaforado.

Un documento firmado por una cantidad importante de organizaciones y personalidades del campo social, artístico y organizaciones de derechos humanos, encabezado por Nora Cortiñas y Adolfo Pérez Esquivel pone de manifiesto que al 4 de mayo la curva de contagios en la Villa 31 creció un 1900% sólo en cuatro días. Los barrios populares saltaron a 182 confirmados en la Capital Federal, de los cuales 107 corresponden al territorio que dejaron sin agua, cuando sólo tenía 3 infectados. En la Villa 1-11-14, murió una mujer sumergida en la pobreza crónica y tampoco se tomaron las medidas del caso, para evitar la proliferación del virus que ya infectó a 67 vecinos más. (5).

Ni es ni será igual

Se repite en el éter a modo de estereotipia que nada volverá a ser igual. Pero antes de conocer la existencia de esta enfermedad a gran escala nada era igual. La igualdad era un horizonte lejano antes del coronavirus y Argentina no era la excepción. Nada volverá a ser igual, porque la igualdad, proclama de la revolución francesa, no se conoce, y menos aún en nuestro tiempo. ¿Será peor, será más desigual? Nada volverá a ser igual, o nueva normalidad, eufemismos, en cualquier caso: ¿será peor aquello que era desigual?

Las transformaciones sociales, no emergen de post-guerras o post-virus por generación espontánea. Existen en la historia ejemplos alcanzables de modificaciones que, aunque no persistieron a través del tiempo, podemos traer a nuestros días, para emprender una arremetida y arrolladora propuesta de subvertir la ordenada sociedad que mutila su propio futuro.

1-Fundación IO (One Health en Enfermedades Infecciosas, Medicina Tropical y del Viajero). 1 de abril del 2019.
2-Cuicuilco vol.16 no.45 México ene./abr. 2009. La locura se topa con el manicomio. Una historia por contar.
3-Wacquant, LoÏc. Los Condenados de la ciudad: Gueto, periferias y Estado 2da ed. Buenos Aires. (13-15).
4- Página 12, 29 de abril de 2020 Ignacio Ramonet. Coronavirus: La pandemia y el sistema-mundo.
5-Denunciaremos el crimen en la villa, frente a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos», lunes, 4 mayo, 2020. * Por Adolfo Pérez Esquivel y Nora Cortiñas, con el apoyo de todas y todos los abajo firmantes.

Edición: 4001

 

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