Por Silvana Melo

(APe).- Murtaza tiene siete años y lleva más de la mitad de su vida corrido por las bombas y los destierros sistemáticos. Afganistán para él dejó de ser una patria, una tierra, un mosaico donde crecer con cierta previsibilidad. Los propietarios del mundo se la arrancaron a pedazos y le limaron el futuro hasta dejarle apenas el amanecer siguiente. Murtaza se hizo famoso hace casi tres años cuando se puso una bolsita camiseta con rayas blancas y celestes, como las que se llenan con berenjenas y zanahorias en las verdulerías. Pero antes le escribió con birome Messi – 10. En el campo de refugiados donde correteaba entre el barro y el terror, soñaba con jugar en una cancha grande, donde su gol fuera ovacionado por millones de sobrevivientes en un planeta atravesado por la crueldad.

El video que filmó su hermano mayor se hizo viral. Y el mismo mundo que lo condenó sin fisuras lo propagó por las sobremesas de los elegidos y los parques de los países que no miran al cielo esperando el misil. Lo conocieron un rato. Y hasta el mismísimo Messi le firmó una pelota y le regaló dos camisetas. La foto y el sueño se acoplaron 30 segundos y ese instante debía alcanzarle de combustible para el resto de una vida feroz.

Sin embargo Murtaza fue escondido por sus padres porque sus vecinos creían que Messi “nos había dado un montón de dinero” y pretendían robárselo. El instante de privilegio del niño fue una afrenta para su pueblo sometido. Que exigía compartir esa bonanza inédita y ocasional.

La vida fue la misma después. Tuvieron que irse a Kabul en plena noche, perseguidos por los talibanes. Y por las bombas de los dueños de las fronteras, de los suelos y de los subsuelos, que buscan reafirmarse en su dominio saqueando a los países más frágiles. Jugando en la cancha global como los dueños de la pelota, los que se la llevan después del partido donde los foules y las planchas las sufren los débiles. Donde los árbitros tienen un solo ojo que mira a los poderosos. Donde los tribunales de disciplina condenan a los famélicos, a los que comen galletas de harina negra con gorgojos, a los que muestran la panza inflada de olvido, a los que se pinchan el futuro con las costillas al aire.

No hay cancha para ellos. Como no la hay para los africanos que cruzan en las pateras a las playas europeas para ser Mbappé o Drogbá o Eto’o. Mientras 1.400 compatriotas murieron sin identidad ni exequias, en el fondo del mar en sólo seis meses. Por la xenofobia europea que manda a la mayoría de los polizones y los traficados a dormir debajo de los puentes. La mayor parte jamás llega a ser Yaya Touré.

No hay cancha para ellos porque a la tarjeta roja la tienen los dueños. Los presidentes del mundo y los que lo gobiernan desde atrás. Los que arman su circo global en un país remoto, al que no conocen ni respetan. Y del que no ven más que el museo privado para las primeras damas y la ciudad detonada de su gente para que esté a la vista sólo lo presentable. El resto es un mundo de refugiados. Que huye de los talibanes a los que armaron los propios dueños planetarios para después convertirlos en objetivos a destruir.

Todos ellos acorralaron el porvenir de Murtaza y de millones de niños no viralizados. A los que, como a Murtaza, le niegan el asilo en Estados Unidos. Y en Europa y en todos los rincones de la tierra devastada que los arrincona a la espera de una muerte que será alivio para el poder que aplica podas sistemáticas a la humanidad.

Cuando Murtaza lo vio a Messi le pidió “llévame contigo, aquí no puedo jugar al fútbol, aquí solo hay 'daz-dooz'". Y con los brazos y los cachetes imitaba el ruido de las bombas. Dice que le dijo “cuando seas un poco mayor voy a arreglar las cosas para vos”. Murtaza perdió la pelota y las camisetas en su huida de casa. Dejó el sueño, las hilachas de una vida, la promesa como un papelito doblado en cuatro y gran parte de su inocencia en la casa de Jaghori.

Ya no cree, como otros millones de niños, que su pueblo pueda tejer un futuro entre todos y para todos. Y sólo se sueña entrando en alfombra roja a los palacios de un capitalismo que hoy lo acorrala en los suburbios del mundo. Es la paradoja de esta tragedia.

Edición: 3767

 

 

Recién editado

Libros de APE