Por Carlos del Frade (*)

(APe).- Jaramillo, un pueblo de ciento veinte habitantes y un solo teléfono, fue feliz el 10 de octubre de 1998 por un trabajo periodístico. En medio de la estepa patagónica, decenas de hombres a caballo y mujeres curtidas

, asistieron a la inauguración de una placa que recordaba a los huelguistas del año 21, en especial, a uno de ellos, el entrerriano José Font, “Facón Grande”.

Rodeados por un cielo que se desborda en 360 grados, los pibes y los viejos fueron felices porque el nombre del pueblo tiene una historia que conocieron a través de cuatro libros y una película.

A pesar del viento, del frío y de las necesidades, durante aquel día, el pueblo de Jaramillo mostró su alegría de tener una historia que lo distingue del resto del mundo.

-Gracias escritor -le dijeron mientras le tendían sus manos callosas y huesudas al periodista e historiador Osvaldo Bayer.

El mismo que durante seis años viajó a la Patagonia para completar su descubrimiento.

Un relato oculto.

Un sentido histórico robado.

Los fusilamientos que terminaron con las huelgas de los peones de las estancias de Santa Cruz.

Cuando Bayer finalizó su trabajo, apenas pudo publicar un tomo de los cuatro que componían “Los Vengadores de la Patagonia Trágica”.

Ya estaba amenazado por la Triple A (1). A pesar de ello se hizo una película, “La Patagonia Rebelde” y el nombre de Jaramillo se conoció en el país.

La dictadura, centenares de noches carnívoras y catorce años después, recién entonces, aparecieron los cuatro volúmenes del trabajo periodístico.

Para conocer la verdad oculta, los pobladores de Jaramillo demoraron más de cuarenta y cinco años.

Para palpar el trabajo del descubridor hicieron falta casi setenta.

Hechos proscriptos de la historia oficial y el relato de los hechos fueron cubiertos, demorados, atascados, imposibilitados de encontrarse con la conciencia de la gente.

Divorcio, desvínculos construidos que multiplicaron la ignorancia y el sinsentido.

Una concepción de la crónica social que anonada el pasado y declara huérfano al presente.

Lo hace minusválido en proyectos colectivos y luchas.

Le secuestra la pertenencia a una serie de hechos y relatos anteriores.

Lo convierte en un presente más, en un lugar más, le anula su distinción, le borra su particularidad.

Pero cuando el descubrimiento irrumpe en la realidad momificada, quiebra el presente y el pasado.

Surge lo que diferencia al lugar y a los hombres y mujeres que protagonizaron los hechos del lugar.

Se fortalece el ayer y también el presente.

Nace un conocimiento nuevo, diferente y propio.

Ya no hay una sola historia, un solo relato, una única dirección para construir la conciencia de lo que se es.

Hay felicidad porque se reconoce lo propio, lo que diferencia la vida propia de la ajena.

Identidad.

Resultado de un trabajo de descubrimiento y conocimiento de hechos ocultos, condenados al olvido o escamoteados del presente, y que producen un sentido, para el pasado y para el futuro.

Identidad.

Una conciencia de pertenencia. Una serie de imágenes vinculadas desaparecidas que son exhumadas a fuerza de preguntar y buscar los por qué, correr los velos impuestos y enhebrar los actores e intereses de ciertas tramas históricas.

Investigar.

Descubrir aquello que está oculto. Tapado. Secuestrado de la percepción colectiva. Desaparecido de lo mostrado como evidente.

Investigar.
Abrir senderos entre los discursos dominantes y supuestamente clausurados. Evidenciar las contradicciones. Mostrar las lógicas y relaciones económicas, políticas y culturales.

Noticia.

Palabra que comenzó a utilizarse entre los años 1220 y 1250. (2)

Significaba, en su primera acepción, conocimiento.

Es decir que antes de las noticias el conocimiento estaba reservado para algunos. Era un conocimiento de pocos.

Noticia.

Una urdimbre de vínculos entre actores sociales, lugares, tiempos, intenciones, maneras y acontecimientos de la dinámica social. Un conocimiento que no se tiene sobre esa trama, ese ecosistema de relaciones.

En aquella jornada patagónica, un pueblo perdido que ni siquiera figura en los mapas nacionales, vivió una fiesta porque una investigación periodística convertida en noticia, le devolvió un sentido robado y le descubrió una particularidad histórica que lo muestra único sobre el planeta.

Bayer no hizo más que sumarse a la historia profunda del periodismo argentino.

La construcción de un conocimiento vedado para las mayorías a fin de mantener privilegios más o menos coyunturales.

Verdades que guardan en sus pliegos íntimos, elementos de conciencia política y social, proyectos colectivos y planes de impunidad que conforman el difuso horizonte de la identidad nacional.

De Belgrano a Verbitsky, de Moreno a Pasquini Durán, de Pasos Silva a Neustadt, de Fray Mocho a Dolina, del fraile Castañeda a Roberto Arlt, de Monteagudo a Grondona, de Sarmiento a Jauretche, de Hernández a López Echagüe; las lógicas de construcción de noticias y sentidos de la realidad argentina devienen en posiciones frente al poder y su discurso.

Trazan una identidad y reavivan o quiebran mitos dominantes.

Y entre esas lógicas, Walsh, Bayer y los periodistas regionales que descubren las historias de amor, muerte y poder en sus provincias y las convierten en conocimiento popular. Como Gastón Gori, en Santa Fe, con “La Forestal. La tragedia del quebracho colorado”; Raúl Dargoltz, en Santiago del Estero, con su “Hacha y quebracho”; o Eduardo Rozsenvaig con “El sexo del azúcar”, en Tucumán.

Periodismo, verdad y poder en la historia argentina.

Noticias en contra de lo inmutable, del orden establecido.

Conciencia de lo que fue y sigue siendo.

Función social y política de cierto periodismo argentino.

Identidad nacional o regional como resultado de las denuncias y de las investigaciones periodísticas.

Obra de “los gauchos malos de la prensa”, como diría Sarmiento.

De ellos hablan estas líneas.

 

Belgrano y Moreno

Denuncia, periodismo y conciencia.

 

El 23 de octubre de 1779 quedó marcado el camino de la construcción del presente a través del discurso del poder.

Un bando censuraba las hojas volantes, aquellas impresiones anónimas que criticaban el monopolio español y exigían la apertura del comercio.

Lo oficial, como una pauta de comportamiento de la historia del periodismo mundial, se pensaba como orden establecido e inmutable.

Las voces disidentes, las que expresaban otras ideas, debían censurarse.

De esas rebeldías, de aquellas letras anónimas surgieron las ideas de un país nuevo. Y un código que se repetiría en las distintas etapas de censura: la ironía.

El periodismo como una herramienta de construcción política beligerante.

Periodismo y política, difusa frontera que sería transitada existencialmente, encarnada por tres hombres desesperados que creían en la fuerza de la palabra como cimiento de una nueva conciencia política y social.

Belgrano y Moreno.

Los que arrancan el jugo a la patria.

El primero de abril de 1801 surgió “El Telégrafo Mercantil, Rural, Político Económico e Historiográfico del Río de la Plata”. Su editor era un español, Cabello y Mesa, y allí trabajó el primer periodista argentino. Manuel Belgrano, abogado y secretario del consulado de Buenos Aires. (3)

De las 30 mil almas que vivía en la ciudad, solamente el diez por ciento sabía leer y escribir. (4)
En ese reducido universo, Belgrano utilizaría los periódicos como medios de difusión de hechos e ideas contrarios al orden político y económico. Inauguraría la denuncia como un género de análisis e información contra las minorías amparadas desde los distintos nichos de corrupción del poder virreynal.

Artículos que demenuzan el sentido común y exhiben el presente desde una perspectiva política, asumiendo un lugar político a favor de los que son más.

Escribir para Belgrano es una de las tantas maneras de construir una sociedad distinta.

Y cuando ya no alcancen las palabras, hará política con su cuerpo en los campos de batalla.
Para cambiar la realidad puso su existencia al servicio de las palabras en las que creía.

El periodista que denuncia a los factores de poder desde el “Correo de Comercio”, inmerso en las entrañas mismas de las estructuras del poder virreynal: “otro mal imponderable para el labrador y los pueblos, es el de los usureros, enemigos de todo viviente, a estos se debe exterminar, a estos que tragan la sustancia del pobre y aniquilan al ciudadano, se les debe considerar por una de las causas principales de la infelicidad del labrador, y como mal tan grande, no hay voces con qué exagerarlo”. (5)

Siendo secretario del consulado español en el Virreynato, cuando se perdía el siglo XVIII, Belgrano describe y descubre, pone en evidencia aquello que no se trata y de lo que no se habla y en sus letras asoma un programa político.

“He visto con dolor sin salir de esta capital una infinidad de hombres ociosos en quienes no se ve otra cosa que la miseria y desnudez; una infinidad de familias que sólo deben su subsistencia a la feracidad del país, que está por todas partes denotando la riqueza que encierra, esto es, la abundancia; y apenas se encuentra alguna familia que esté destinada a un oficio útil, que ejerza un arte o que se emplee de modo que tenga alguna comodidad más en su vida. Esos miserables panchos donde ve uno la multitud de criaturas que llegan a la edad de pubertad sin haber ejercido otra cosa que la ociosidad, deben ser atendidos hasta el último punto”.(6)

Y propone que “uno de los principales medios que se deben adoptar a este fin son las escuelas gratuitas adonde pudiesen los infelices mandar a sus hijos sin tener que pagar cosa alguna por su instrucción; allí se les podían dictar buenas máximas e inspirarles amor al trabajo, pues en un pueblo donde no reine éste, decae el comercio y toma su lugar la miseria”.

Por ello sostiene un principio político que llega hasta el tercer milenio. Observación y análisis, presente y profecía de lo que vendrá. “Desengañémonos: jamás han podido existir los estados, luego que la corrupción ha llegado a pisar las leyes y faltar a todos los respectos. En tal situación todo es ruina y desolación, y si eso sucede a las grandes naciones, ¿qué no sucederá a cualquier ramo de los que contribuyen a su existencia?. Si los mismos comerciantes entran en el desorden y se agolpan al contrabando, ¿qué ha de resultar al comercio?: que se me diga, ¿qué es lo que hoy sucede al negociante que procede arreglado a la ley?. Arruinarse, porque no puede entrar en concurrencia en las ventas con aquellos que han sabido burlarse de ella”.

Lo escribió el 16 de junio de 1809, se llamaba “Males del contrabando”.(7)

Fue también en ese artículo en donde Belgrano prologa el escenario de las luchas futuras. “Si es cierto, como la aseguran todos los economistas, que la repartición de la riqueza real y verdadera de una país, de un estado entero, elevándolo al mayor grado de felicidad, mal podrá haberla en nuestras provincias, cuando existiendo el contrabando y con él el infernal monopolio, se reducirán las riquezas a unas cuantas manos que arrancan el jugo de la patria y la reducen a la miseria”.

Riquezas reducidas “a unas cuantas manos” y que reducen la “patria” a la “miseria”.

El eje de la lucha política, social, económica y cultural de la historia argentina.

Belgrano lo describió, lo vivió y sus palabras reflejaban el compromiso de su existencia en pos de una realidad diferente.

Lo acusaron de desobediente cuando inventó la bandera, fue juzgado en tres oportunidades y murió en la miseria.

La institucionalización de la mentira política, la historia oficial, hizo de Belgrano un padre de la patria.

La derrota de sus ideales, anunciados y difundidos a través de sus escritos, peleados en los campos de batalla de las guerras social y de la independencia, lo condenaron a ese epílogo.

Los dueños de la Argentina no le permitieron semejante claridad conceptual y tamaña valentía existencial.

La falsificación histórica lo convirtió en un abogado abnegado pero vacío de proyectos políticos y económicos.

Sus escritos, sin embargo, parecen hablar del presente porque descubren las realidades ocultas.

Son comentarios de la actualidad porque la lógica de la construcción del poder sigue invicta a principios del siglo XXI.

Belgrano periodista, denuncia, descubrimiento, enfrentamiento contra el discurso y lenguaje del poder, y sueño colectivo inconcluso. Parte de la identidad nacional.

 

Moreno y la función social del periodismo

 

Envenenado y sumergido en las aguas del Atlántico, el cuerpo de Mariano Moreno anticipó el final de miles de argentinos en los tiempos del terrorismo de estado.

Periodismo como herramienta política contra la cultura dominante y los factores de poder de las primeras dos décadas del siglo XIX.

Moreno descubre una de las claves de la historia nacional, la construcción de la impunidad desde el discurso de los factores de poder.

“El pueblo tiene derecho a saber la conducta de sus representantes, y el honor de estos se interesa en que todos conozcan la execración con que miran aquellas reservas y misterios inventados por el poder para cubrir los delitos”, escribió el periodista Mariano Moreno en 1810 en “La Gaceta de Buenos Ayres”.(8)

Identifica dos primeros objetivos del periodismo.

Descubrir la “excecración” de los supuestos representantes del pueblo. Y señalar los “misterios inventados por el poder para cubrir los delitos”.

Desentrañar la impunidad. Develar esos “misterios inventados” para “cubrir los delitos”.

Un periodismo que cuestione al poder.

Función social y política del trabajador de prensa.

No ser solamente propagandista de lo dado.

La matriz que guía su pluma y su acción es el problema político irresuelto de la historia nacional. La felicidad de unos pocos o de los que son más. “Tres millones de habitantes han sido manejados y subyugados sin más fuerza que la del rigor y caprichos de unos pocos hombres” (9), escribe el entonces ex representante de los hacendados de Buenos Aires. “Se pondrá la máquina del estado en un orden de industrias que facilitará la subsistencia de miles de individuos”, aseguran las palabras que escribe el secretario de la primera junta de gobierno.

Para Moreno la información y la opinión deben servir para la revolución, para un estado nuevo de conciencia y de realidad.

En Moreno el periodismo argentino adquiere el tono crítico que luego desaparecerá al consolidarse un estado al servicio de pocos.

A Moreno no le importa informar, le interesa opinar para conformar nuevos pisos de sentido común.

Con sus escritos aparece la función política del periodista en directa relación con la conciencia social del que escribe.

 

Sarmiento, Alberdi y Hernández

Exilios y desexilios, el tango de la historia argentina

 

La historia del periodismo argentino es también la crónica social de las ideas políticas de los diferentes sectores en pugna por el poder del estado a lo largo de los últimos dos siglos.
Y los principales hombres que escribieron durante esas etapas utilizaron la denuncia, el descubrimiento informativo como herramienta para la construcción de una nueva realidad. O por lo menos como horizonte cultural sobre el cual proyectar otro modelo de país.

La derrota de las ideas de Moreno, Belgrano, San Martín, Güemes y Artigas tuvieron una directa consecuencia en los periódicos y revistas que aparecieron entre los años veinte y cincuenta del siglo XIX.

Desde el poder se falsificó la historia. Por ejemplo Feliciano Cavia, contratado por Pueyrredón, generó una campaña comunicacional contra la figura de José Artigas -“el nuevo azote de Dios”, el “gran bandido”- y esa visión, difundida entre 1815 y 1817, fue tomada y multiplicada por Bartolomé Mitre, el “inventor” de la historia argentina -como lo calificaron Nicholas Sumway y Arturo Jauretche-, otro periodista y político. Mitre, uno de los principales constructores de las ideas fuerzas que moldearon un conjunto de símbolos que se llamó identidad nacional.(10)

“Argentina es un país joven”, “es una nación europea y católica”, “nunca hubo guerras internas”, “el ejército surgió con la patria”, “se conquistó el desierto”, “no hay racismo”, “es una tierra rica” y “todos los padres de la patria hicieron el bien, salvo los bandidos como Artigas, Peñaloza y otros”. Ficciones orientadoras, zonceras, o microfascismo argentino, como denominó a este conjunto de frases el filósofo Tomás Abraham (11).

Ideas que se “popularizaron” a través de los diarios, desde finales de la década del sesenta del siglo pasado, y por medio de la escuela.

El famoso “ser nacional” que ocultó el permanente privilegio de unos pocos y los crímenes contra los que cuestionaron desde la política y los que molestaban por su presencia como las naciones indias, los negros y los gauchos rebeldes.

La justificación cultural de la nueva geografía del poder en la Argentina.

El poder en manos de las burguesías porteñas aliadas al capital inglés derivó en una prensa que congeló mayo de 1810 a una estampita de colores que sigue vigente hasta el presente.

El periodismo político de sentido social, el que descubre “los misterios del poder”, al decir de Moreno, se refugió entonces en las páginas de las hojas volantes o en los versos satíricos e irónicos del padre Francisco de Paula Castañedas.

Al llegar el rosismo, la expresión política de los saladeros de la provincia de Buenos Aires, el país vivió su primera política estatal comunicacional. De doble carril. Por un lado, censura a los opositores, y por otro, una representación externa del país como consecuencia del bloqueo anglofrancés.

Y entonces, como prólogo del siglo XX, el exilio político y la prensa del exilio.

Tres nombres poderosos.

Sarmiento, Alberdi y Hernández.

Periodistas.

 

Los límites de la palabra

 

“¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo!. Tu posees el secreto, ¡revélanoslo!. Diez años aún, después de su trágica muerte, el hombre de las ciudades y el gaucho de los llanos argentinos, al tomar diversos senderos en el desierto, decían: “¡No!, ¡no ha muerto!.¡Vive aún!.¡El vendrá”- ¡Cierto!.

Facundo no ha muerto; está vivo en las tradiciones populares, en la política y revoluciones argentinas; en Rosas, su heredero, su complemento: su alma ha pasado a este otro molde más acabado, más perfecto; y lo que en él era solo instinto, iniciación, tendencia, convirtióse en Rosas en sistema, efecto y fin”.

Así comienza “Facundo o Civilización y Barbarie”, el descubrimiento del periodista de 34 años, Domingo Faustino Sarmiento. Exiliado por ideas políticas y desmesurado en casi todo. (12)

Escribe para denunciar, revelar, anunciar, descubrir y mutilar.

Por eso, en el comienzo de “Recuerdos de Provincia”, confesó su impotencia existencial: “La palabra impresa tiene sus límites”.

Utiliza las palabras para generar política y conciencia.

Su “civilización y barbarie” recorrerá la historia social argentina como un signo de discriminación clasista cada vez que las mayorías encontraran un canal de expresión política, primero el radicalismo yrigoyenista y después el peronismo.

Sería un sello de otro conjunto de valores siempre vivos que refuerzan la idea de la “argentinidad”, de una identidad construida a favor de los privilegios, las minorías y la desmovilización de la gente.

Pero Sarmiento escribe una obra que supera el panfleto político contra Rosas y se inscribe como uno de los primeros registros sociológicos profundos de la dinámica contradictoria de la realidad nacional.

Por eso “Facundo” es ensayo, crónica, investigación y también novela. La mejor, según una encuesta realizada entre cien escritores a fines de los años ochenta, según publicó la revista “Humor”.

Dice el periodista sanjuanino que “Facundo Quiroga, empero, es el tipo más ingenuo del carácter de la guerra civil de la República Argentina; es la figura más americana que revolución presenta”.

Los caudillos como expresión y síntesis de un sector que pelea por su supervivencia.

Un análisis moderno, dinámico. Desde la descripción de los hechos, a través de las crónicas llega a conformar un estudio de profundidad histórica y sociológica.

“...un caudillo que encabeza un gran movimiento social, no es más que el espejo en que se reflejan, en dimensiones colosales, las creencias, las necesidades, preocupaciones y hábitos de una nación en una época dada de su historia”, dice Sarmiento.

Esta definición del protagonismo histórico no parece surgir de un meduloso tratado epistemológico, si no de una observación periodística. Rápida, certera, lúcida.

El cronista que apunta políticamente a desentrañar las perversidades del sistema rosista, no deja de revisar las vivencias cotidianas.

El impacto que los proyectos económicos y políticos tienen en la historias de vida.

Amor, muerte y poder, detrás de cada existencia resumen las idas y vueltas de la suerte nacional.

“Esta inseguridad de la vida, que es habitual y permanente en las campañas, imprime, a mi parecer, en el carácter argentino, cierta resignación estoica para la muerte violenta, que hace de ella uno de los percances inseparables de la vida, una manera de morir como cualquier otra, y puede, quizás, explicar en parte, la indiferencia con que dan y reciben la muerte, sin dejar en los que sobreviven impresiones profundas y duraderas”.

La muerte naturalizada es también uno de los signos de la historia política del país.

Es una visión costumbrista pero también profundamente sociológica.

Desde allí, desde lo particular, sube a lo general. Método inductivo, propio del comentario periodístico.

“...el hombre de la ciudad viste el traje europeo, vive de la vida civilizada, tal como la conocemos en todas partes: allí están las leyes, las ideas de progreso, los medios de instrucción, alguna organización municipal, el gobierno regular. Saliendo del recinto de la ciudad, todo cambia de aspecto: el hombre de campo lleva otro traje, que llamaré americano, por ser común a todos los pueblos”.

Lo americano como contrario a sus proyectos.

Lo desborda. Quiere condenarlo, pero no deja de describirlo con pasión y detalle.

“Existe, pues, un fondo de poesía que nace de los accidentes naturales del país y de las costumbres excepcionales que engendra...de aquí resulta que el pueblo argentino es poeta por carácter, por naturaleza”.

Es difícil encontrar en estas aguafuertes una mácula de desprecio por lo popular.

Tal vez haya dos o más Sarmiento en el texto de “Facundo”.

Para él, los gauchos tienen “la peculiaridad de revelar las costumbres nacionales, sin lo cual es imposible comprender a nuestros personajes políticos, ni el carácter primordial y americano de la sangrienta lucha que desplaza a la República Argentina”.

Vuelve a marcar diferencias entre las formas de matar de acuerdo al lugar social y a las naciones.

“El hombre de la plebe de los demás países toma el cuchillo para matar, y mata; el gaucho argentino lo desenvaina para pelear, y hiere solamente”.

Una reivindicación del coraje. Casi un prólogo del Borges contador de los arrabales.

Pero el “Facundo” es una formidable construcción política.

“No es posible mantener la tranquilidad de espíritu necesaria para investigar la verdad histórica, cuando se tropieza, a cada paso, con la idea de que ha podido engañarse a la América y a la Europa tanto tiempo, con un sistema de asesinatos y crueldades... Combatimos para volver a las ciudades”, justifica el sanjuanino.

Remarca entonces el objetivo político del libro y del proyecto que encarna: “los argentinos saben la guerra obstinada que Facundo y Rosas han hecho al frac y a la moda”.

Sarmiento hace un registro periodístico.

Sabe que la política, el poder, mejor dicho, se manifiesta en lo cultural, en lo simbólico y en lo cotidiano.

Ningún recurso del periodismo de resistencia deja de ser utilizado por Sarmiento.

“¡Rosas!, ¡Rosas!, ¡Rosas!, ¡me posterno y humillo ante tu poderosa inteligencia!. ¡Sois grande como el Plata, como los Andes!.¡Sólo tu has comprendido cuán despreciable es la especie humana, sus libertades, su ciencia y su orgullo”.

Ironía, caricatura, costumbrismo y humor, códigos del periodismo hecho desde el llano.
Desde la expresión inorgánica de un proyecto político superador que aún no ha llegado a conformarse.

Una lógica de resistencia cultural con tradición en la historia política argentina.

Pero Sarmiento es un apasionado que también se desboca, se desborda porque entiende que con palabras no puede modificar la realidad.

“En Montevideo, pues, se asociaron la Francia y la República Argentina europea, para derrocar al monstruo del americanismo hijo de la Pampa”.

También profetiza que “día vendrá que el nombre de Rosas sea un medio de hacer callar al niño que llora, de hacer temblar al viajero en la oscuridad de la noche”.

Pero este libro, contradictorio, desmesurado, panfletario y vigoroso, es una crónica política, un viaje a la Argentina profunda a través de las observaciones periodísticas, un texto que comprende la dinámica de la historia social y por lo tanto, revela lo nacional, la identidad de las mayorías y también de las minorías.

Por eso Sarmiento será útil para la derecha y la izquierda, para liberales y marxistas argentinos.

El mismo que terminó aplaudiendo el asesinato del Chacho Peñaloza justamente por su forma y será también el que condene para la eternidad a la oligarquía con olor a bosta.

Su texto, quizás la mejor novela de la historia argentina, tiene una matriz periodística que revela la profunda relación de la crónica política con la identidad nacional.

 

La historia como política

 

Juan Bautista Alberdi vivió hasta los setenta y tres años.

Cuarenta y tres fueron en el exilio.

“¿Cuándo volveré a la patria?. ¿Seré yo de esos proscriptos que acaban sus días entre los extraños?...Yo haré que así no sea, yo no seré proscripto eternamente” (13), escribió el tucumano en 1843.

Quiere entender su historia personal y también la del país.

Por eso no parará de escribir.

Y descubrirá en las polémicas con Sarmiento y en la crítica a la simbología de la historia oficial, una formidable herramienta política a través de una prosa periodística moderna, una estética que se anticipa a la del siglo XX.

Desde sus apuntes y crónicas buscó una identidad filosófica que incluyera los momentos ocultos de la historia social del país.

“Tenemos ya una voluntad propia; nos falta un inteligencia propia”.

En el “Fragmento preliminar al estudio del derecho”, en 1837, escribió que “para los pueblos de Sudamérica modelada sobre lo que hemos empezado nosotros, cuyo doble carácter es: la abdicación de lo exótico por lo nacional; del plagio por la espontaneidad; de lo extemporáneo por lo oportuno; del entusiasmo por la reflexión; y después, el triunfo de la mayoría sobre la minoría popular”(14).

Para Alberdi es necesario encontrar lo nacional.

“Es pues, ya tiempo de comenzar la conquista de una conciencia nacional, por la aplicación de nuestra razón naciente, a todas las fases de nuestra vida nacional...es preciso conquistar una filosofía para llegar a una nacionalidad. Pero tener una filosofía es tener una razón fuerte y libre: ensanchar la razón nacional es crear la filosofía nacional y, por lo tanto, la emancipación nacional”(15).

Alberdi sabe que lo nuevo para el país tendrá que respetar las necesidades de su gente, de su pueblo, de su historia.

No hay fórmulas importadas.

Lo estructural proviene del seno de las sociedades.

“Los gobiernos y los estadistas de Sud América, que creen dar a sus necesidades como de un golpe una organización del tipo más alto y perfecto, con sólo copiar y sancionar nominalmente los códigos civiles que reasumen la organización de las sociedades llegadas a su más alto progreso y desarrollo en el espacio de siglos, usan de un charlatanismo sin conciencia, sin ciencia, sin probidad, para hacerse atribuir la instrucción y saber que no tienen”.

Y para pensar un país mejor, Alberdi produce periodismo político desde el análisis histórico.

Desde una profunda revisión de la historia reciente.

Porque entiende que se reciclan los intereses bajo otras máscaras pero que la lógica del poder y de los privilegios permanece.

“Con Rosas cayó el tirano pero no la tiranía, que vive constituida y organizada en el estado tradicional de los intereses económicos de que producto el mismo Rosas. Todos los que le sucedan en el gobierno serán tiranos a su vez mientras dure la tiranía que vive constituida en el orden de cosas geográfico, económico y social de los países del Plata. La tiranía, como la libertad, viven en el medio de que es producto el tirano y el libertador”.

Es un texto profundo. Una observación política que intenta debatir el por qué del presente.

“Las cosas en que reside y consiste la fuerza que todo lo arrastra y gobierna en el orden social son las cosas económicas, es decir, los intereses, que satisfacen las necesidades de la vida, y son, en primer lugar, la vida misma del hombre, la seguridad de su persona y enseguida el alimento, el vestido, la habitación, cuyos bienes constituyen en conjunto la propiedad o la riqueza”.

Busca a través del periodismo descubrir los mecanismos íntimos de la estructura social argentina.

“Ese orden o distribución y condición material de los intereses económicos, es decir, de los intereses que hacen vivir al país, al pueblo, al individuo, son los que producen, determinan y constituyen el gobierno del país y la política o conducta de ese gobierno”.

Desde esa comprensión de la estructura social, Alberdi revisará la historia nacional.

En sus artículos periodísticos, al descubrir los intereses que existieron detrás de determinada concepción del pasado, produce un sentido de lectura político del presente y del futuro.

Mientras tanto se define a si mismo como “un ausente que no ha salido de su país”.

Casi como un prólogo de lo que vendría, el tucumano nacido en el año de la revolución, reflexiona sobre su propia existencia.

“Toda mi vida se ha pasado en esa provincia flotante de la República Argentina que se ha llamado emigración política. La sola República Argentina se ha devorado, en el espacio de setenta años, a más de cincuenta mil de sus propios hijos”.

Entonces enfrenta la política que justifica el presente a través de la falsificación histórica.

El mismo mecanismo que luego reduciría al propio Alberdi a ser el autor de las bases de la Constitución Nacional y ocultar su permanente producción periodística, política, sociológica.

“En nombre de la libertad y con pretensiones de servirla, nuestros liberales, Mitre y Sarmiento y compañía han establecido un despotismo turco en la historia, en la política abstracta, en la leyenda, en la biografía de los argentinos. Sobre la revolución de mayo, sobre la guerra de la independencia, sobre sus batallas, sobre sus guerras, ellos tienen un Alcorán que es de ley aceptar, creer, profesar, so pena de excomunión por el crimen de barbarie o caudillaje”, denuncia Alberdi.

“Belgrano no es el Belgrano que Dios hizo, el verdadero y auténtico Belgrano es el Belgrano hecho y compuesto por Mitre. El San Martín de Sarmiento es el auténtico, el genuino y verdadero San Martín, no el que resulta de sus propios hechos registrados en la historia. Historia no es un patrimonio de todo el mundo. No todos tienen el derecho de contarla o escribirla, al menos que no sea conforme a los tipos históricos grabados por los liberales oficiales. Sus textos son un código de verdad histórica, refutarlos es violar la ley, y el disidente un profano, un criminal. De la historia, de su lectura, han deducido una política que es su fabricación”.

Combate contra la invención de la historia argentina, arremete contra los falsos valores que devienen de esa construcción antojadiza del pasado y produce textos apasionados sobre política y sociedad.

“Plebe. Nuestas viejas reliquias aristocráticas han conservado esta palabra injuriosa para designar la clase más numerosa y más pobre de nuestras sociedades. Sería bueno recordar todos los días que no se hizo la revolución de 1810 sino para que esta clase más numerosa y más pobre que se insulta con el nombre de plebe dejase de pertenecer a la condición inferior y degradada en que la injusticia de los tiempos la había consignado y se levantase como la porción más privilegiada de la especie, a los rangos de la dignidad y del poder a que ha sido destinada por Dios que no la ha desheredado de ninguna prerrogativa humana. Desde entonces la palabra plebe no tiene sentido entre nosotros. O todo el mundo es plebe, o nadie es plebe en este país” (16), remarcó el periodista en un texto periodístico.

Denuncia, descubrimiento, función política y generación de conciencia sobre el pasado y el presente.

Alberdi constructor de ideas fuerzas y productor de identidad nacional.

“El poder real y efectivo de la naturaleza general quedó existiendo en Buenos Aires, ciudad - capital - puerto - aduana - tesoro - tesorería - crédito - banco fiscal - mercado exterior de toda la nación”.

Alberdi, exiliado durante el rosismo luego de haber fracasado un encuentro con el caudillo; expulsado después de Pavón a pesar de haber soñado un país mejor desde y a través de Urquiza y la Confederación; sabe que su cuerpo es uno más de los miles de cuerpos argentinos afectados por los proyectos políticos y económicos de unos pocos que se impusieron en contra de los deseos inconclusos de mayo y las gestas populares de Artigas y San Martín.

Al estallar la guerra de las burguesías de Buenos Aires, Montevideo y Brasil contra el estado paraguayo, impulsada por los intereses ingleses, Alberdi vuelve a producir artículos contrarios al poder dominante.

Vuelve a atacar a Sarmiento y Mitre: “podrán escribir volúmenes para probar que han tenido razón en hacer perecer 300 mil hombres y gastar mil millones de francos en la guerra del Paraguay” pero “tal guerra ha sido el crimen más grande de que presente ejemplo el suelo clásico de las guerras sin motivo”.

Sigue, entonces, discutiendo los lugares comunes.

No quiere las definiciones que vacían las palabras del contenido histórico social. Que proscribe las luchas, los sueños, las pesadillas y, fundamentalmente, las experiencias populares.

“Patria. Esta palabra grande y mágica nos representa una de esas infinitas ideas que es más fácil sentir que analizar. Ni los espíritus más apáticos, ni los corazones más fríos dejan de inflamarse a la voz de la patria. Pera el poeta joven, la patria es una musa. Para el joven guerrero, la patria es una querida. Para el extranjero, para el proscripto, para el peregrino, la patria es un sueño, su quimera, su poesía. Cuando en presencia de una bella música, de un cielo hermoso, cuando a sus ojos el amigo acaricia al amigo, el hermano a su hermano, el padre a su hijo, la idea de la patria se viene a la memoria y sus ojos humedecen de lágrimas”.

Para Alberdi, “en Sud América, como en Europa, la revolución tuvo por objeto y miras, como condiciones esenciales de civilización: la libertad del hombre a la faz del gobierno: política, civil, religiosa, comercial. La del país a la faz del extranjero: independencia nacional. El derecho de la nación a gobernarse por si misma: soberanía nacional o del pueblo, democracia. La justicia para todos por igual: igualdad ante la ley. La integridad y la conservación del territorio nacional o patrio. El libre trato con todas las naciones. El bienestar, el progreso, la civilización, la riqueza, el aumento de población...Atentar contra la independencia americana es huir de frente a la civilización de esta época en uno de sus primeros intereses. Ya la América no podrá ser empleada como un peso de balanza para dar ascendiente a un poder trasatlántico en el equilibrio de la Europa”.

El tucumano entiende que la suerte de la revolución se define por la igualdad de los pueblos, ya no solamente de la Argentina, si no de Sud América.

Necesita explicar y descubrir las tramas del pasado para alumbrar nuevos caminos hacia otro futuro.

“El caudillo supone la democracia, es decir, no hay caudillo popular sino donde el pueblo es soberano, mientras que el militar es de todos los gobiernos y, especialmente, del despótico y monárquico. El caudillaje que apareció en América con la democracia, no puede ser denigrado por los que se dicen partidarios de la democracia, sin el más torpe contrasentido. Baste decir que son los españoles realistas los primeros que dieron este título a los Bolívar, Carrera, Güemes, Aráoz. Según los españoles, el caudillaje americano era el patriotismo, el americanismo, la revolución de la independencia”.

Anticipándose a un discurso de Homero Manzi, cuando era militante de Forja, Alberdi hace una separación política en la concepción histórica de la democracia en América.

“A esto responde que hay dos democracias en América, la democracia bárbara, es decir, la popular y la democracia inteligente, la antipopular, la democracia militar, la democracia de línea, en una palabra, el ejército, antítesis del pueblo, expresión de la indisciplina y la insubordinación que es barbarie para Mitre”.

El texto tiene la fuerza de una revelación.

Por un lado critica el valor de “barbarie” asignado por Sarmiento a la construcción política y cultural de los sectores populares; y por otro, denuncia y descubre la trampa de Mitre al relacionar ejército con democracia inteligente y orden social.

En ese párrafo, Alberdi demuestra la utilidad de la falsificación histórica como justificación del mantenimiento del orden a favor de las minorías. Y si no allí estarán los militares para consolidar los privilegios.

Y formula una reivindicación de las expresiones políticas de los sectores mayoritarios.

“Artigas, López, Güemes, Quiroga, Rosas, Peñaloza, son jefes, como cabezas y autoridades son obra del pueblo, su personificación más espontánea y genuina. Sin más título que ese, sin finanzas, sin recursos, ellos han arrastrado o guiado al pueblo con más poder que los gobiernos...son los jefes elegidos por la voluntad del pueblo, sustituidos a los jefes elegidos por la voluntad de los reyes”.

Voluntad popular, nacionalización de la aduana, reconocimiento de las formas culturales de los pueblos del interior, son algunos de los puntos del proyecto político alberdiano.

“Buenos Aires aborrece a los caudillos, porque ellos significan en la historia argentina, a la vez que el desconocimiento de la autoridad de España en las provincias, el desconocimiento de la autoridad soberana y suprema, que el pueblo de Buenos Aires quiso asumir sobre los otros pueblos de la Nación Argentina”, escribió el tucumano en 1872.

«Si el general Mitre tuviese una noción recta y verdadera de la libertad, no buscaría su aclimatación e implantación en el suelo de su país por el camino de la guerra; no haría de la guerra su sistema favorito de gobierno liberal, porque comprendería que la guerra es la antítesis, la negación, el polo opuesto de la libertad. libertad de todo país consiste en el derecho de gobernarse a si mismo y en el ejercicio activo y continuo de ese derecho. Tiene dos grandes y principales modos de ser considerada; y según ellos, se divide en externa e interna, como el gobierno mismo del país. La libertad exterior es la independencia y consiste en el derecho de un país a no ser gobernado por otro país extranjero. La libertad interior es el gobierno del país por si mismo y no por un hombre o un círculo de su seno, que se pretende dueño del poder público, o su depositario exclusivo y único. Cada uno de estos dos grandes modos de ser de la libertad de un país tiene su instrumento y su modo peculiar de adquisición. La espada puede ser un instrumento propio para crear la libertad exterior, jamás podrá producir la libertad interna… Conquistada la independencia o la libertad exterior, la espada no servirá sino para matar la libertad interior».
Si esta producción intelectual, política y periodística de Alberdi no hubiera sido delibebadamente ignorada por los factores de formación del pensamiento oficial de la Nación, es posible que las tragedias que siguieron a los golpes de estado no se hayan producido con el consenso que gozaron en sus primeros momentos.


Del Chacho a los hijos y entenados

José Hernández es el símbolo de un periodismo de denuncia y prólogo del género de la investigación pues descubre la trama íntima de la impunidad en torno a un crimen político que conmovió a la sociedad argentina a principios de la década del sesenta del siglo diecinueve.

El asesinato del Chacho Peñaloza fue presentado por los periódicos de la época, especialmente por los de Buenos Aires, como el “lógico final de un bandolero”.

Sarmiento y Mitre justificarán el método en nombre del progreso y la civilización.

Era la necesaria construcción del sentido del presente, tendiente a conformar una visión que justifica la eliminación de las resistencias del interior ante el proyecto económico y político de la burguesía porteña en la alianza con los ganaderos de la Mesopotamia, el periodista José Hernández, militante político del proyecto de la Confederación, descubriría otra historia.

Y lo haría a través de una serie de artículos que publicó en el periódico entrerriano “El Argentino”, de Paraná.

La primera nota se titulaba “Asesinato atroz” (17) y comenzaba con una cabeza escrita según los conceptos actuales de la estética del periodismo informativo.

“El general de la Nación, Don Angel Vicente Peñaloza ha sido cosido a puñaladas en su lecho, degollado y llevada su cabeza de regalo al asesino de Benavídez, de los Virasoro, Aies, Rolin, Giménez y demás mártires en Olta, la noche del 12 del actual”, en referencia a noviembre de 1863.

“El general Peñaloza contaba 70 años de edad encanecido en la carrera militar, jamás tiñó sus manos en sangre y la mitad del partido unitario no tendrá que acusarle un solo acto que venga a empañar el valor de sus hèroes, la magnanimidad de sus rasgos, la grandeza de su Alma, la generosidad de sus sentimientos y la abnegación da sus sacrificios”
Hernández describe y utiliza los adjetivos como vehículos de información
.
“El asesinato del general Peñaloza es la obra de los salvajes unitarios; es la prosecución de los crímenes que van señalando sus pasos desde Dorrego hasta hoy”.

Luego vendrá un segundo artículo, “La política del puñal” en la que advierte desde la lucidez del analista político: “Tiemble ya el general Urquiza que el puñal de los asesinos se prepara para descargarlo sobre su cuello; allí, en San José, en medio de los halagos de su familia, su sangre ha de enrojecer los salones tan frecuentados por el partido Unitario”.

La tercera nota es la presentación del género de la investigación periodística en la Argentina.

“Peñaloza no ha sido perseguido. Ni hecho prisionero. Ni fusilado. Ni su muerte ha acaecido el 12 de noviembre. Lo vamos a probar evidentemente, y con los documentos de ellos mismos. Todo eso es un tejido de infamias y mentiras, que cae por tierra al más ligerísimo examen de los documentos oficiales que han publicado sus asesinos”, aseguró el periodista.

Agregó que “ha sido cosido a puñaladas en su propio lecho, y mientras dormía, por un asesino que se introdujo a su campo en el silencio de la noche; fue enseguida degollado, y el asesino huyó llevándose la cabeza. A la mañana siguiente no había en su lecho ensangrentado sino un cadáver mutilado y cubierto de heridas. Esa es la verdad, pero todo esto ha ocurrido antes del 12 de que hablan las notas oficiales. Los partes y documentos confabulados mucho después del asesinato con el solo objeto de extraviar la opinión del país, incurren en contradicciones estúpidas”.

En esas líneas se descubre el sentido y el objetivo de las palabras de Rodolfo Walsh en “Operación Masacre”, luego de los fusilamientos de José León Suárez.

“Examinemos ligeramente esos documentos. El primer parte que aparece dando cuenta de la muerte del general Peñaloza, es el siguiente” y transcribe el texto de Pablo Yrrazábal y Ramón Castañeda fechado en Olta, el 12 de noviembre de 1863.

Allí se pone de manifiesto que Yrrazábal sorprendió al “bandido Peñaloza, el cual fue inmediatamente pasado por las armas” y aseguraba que también tenía “prisionera a la mujer y un hijo adoptivo”.

Hernández destacó a los lectores el hecho de que el operativo se produjo en la madrugada del 12 y que no había más prisioneros que la familia de Peñaloza.

A continuación, Hernández publicó una carta de Sarmiento, como gobernador de San Juan, al inspector general de Armas de la República, general Wenceslao Paunero.

En ella el sanjuanino le adjudicó la detención del Chacho a Vera y no en la madrugada del 12, si no a las nueve de la mañana.

El tercer documento es la carta que Yrrazábal dirigió al coronel José Arredondo el mítico 12 de noviembre de 1863.

“Pongo en conocimiento de VE el buen éxito de nuestra jornada que ha dado el triunfo sobre el vandalaje”, comenzaba el escrito.

Luego mencionó al “valiente comandante Ricardo Vera”, la fecha 11 de noviembre, la toma de 18 prisioneros y la partida hacia Olta en la madrugada del 12. Habla de otro grupo de 18 nuevos prisioneros, seis muertos y el secuestro de la mujer del Chacho y un hijo adoptivo.

Entonces Hernández pone en evidencia las contradicciones entre los documentos oficiales.
“O miente uno o miente el otro. La verdad es que mienten los dos”, escribe en tono contundente.

Publica una nueva carta, del 13 de noviembre, enviada por Pedro Echegaray al coronel y jefe de las fuerzas movilizadas, coronel Cesáreo Domínguez. Lo hace desde Los Pocitos, provincia de Córdoba. Allí se cuenta que se llegó a La Rioja en la noche del 12 de noviembre y que “muy pronto quedará restablecido el orden porque el primer caudillo, que era Peñaloza, concluyó su carrera en Olta, que fue muerto por una comisión del coronel Arredondo al mando del comandante Ricardo Vera”.

De allí que Hernández desmenuce el sentido profundo de los signos que ofrecen las cartas.

“En esta nota, fechada un día después de aquel en que se da como acaecida la muerte de Peñaloza, y a una inmensa distancia del lugar del suceso, Echegaray habla del hecho como de un suceso viejo, habla de los resultados producidos, de la marcha de Puebla, de los avisos mandados por él a las autoridades de San Luis, de la ocupación de La Rioja por Arredondo, de los individuos que se han presentado, y por fin de que se ha retirado de aquella provincia por creer ya innecesaria su presencia allí. No hay magia para hacer tantas cosas en unas cuantas horas, sino la de los salvajes unitarios. Pero Echegaray no mentía, sino que Peñaloza ha sido asesinado mucho antes de lo que dicen esas notas falsificadas”, remarcó José Hernández.

Y añadió una última carta de Yrrazábal a Echegaray, desde Ulape, el 8 de noviembre de 1863. “Según noticias, creo que US no está seguro de que Peñaloza fue tomado e inmediatamente pasado por las armas”, testimonia el documento.

A partir de esa demostración, Hernández confirmó que “aquí está descubierto el crimen. Esa nota es de fecha 8 de noviembre e Yrrazábal le asegura a Echegaray que Peñaloza había sido muerto” y más adelante enfatizó que “el asesinato que se pretende encubrir está revelado”.

Después analiza la construcción de la historia oficial a través del diario “El Imparcial” de Córdoba y “La Nación Argentina”, de Mitre.

Terminó escribiendo que “el criminal se agazapa, se esconde, pero siempre deja la cola afuera, que es por donde lo toma la justicia. Los salvajes unitarios han dejado también la cola afuera”.

Es una pena que este texto de investigación, análisis, precisión informativa y moderna estética en la redacción, no se estudie en las facultades de comunicación social y en las escuelas de periodismo como antecedente de los escritos de Walsh, Bayer y Verbitsky.

Pero también constituye un flagrante delito de falsificación histórica el tratar de reducir a José Hernández como el autor del “Martín Fierro”.

Hernández demuestra, a través de su notable ejercicio de la construcción de las noticias y de su compromiso político que lo llevó hasta los campos de batalla, una voluntad de convertir en masivo lo oculto por los sectores dominantes.

Su trabajo de descubrimiento a favor de las mayorías constituye un valioso aporte para la formación de la conciencia social.

Esa que se nutre del mandato cultural y político que viene desde 1810 de formar una Argentina con igualdad y solidaridad, proyecto histórico que resume la identidad nacional.

 

De los grandes diarios a la televisión

 

Cinco décadas de luchas sociales separan la revolución de mayo de la batalla de Pavón. (18)

Cincuenta años que van desde “La Gaceta de Buenos Ayres” a los grandes diarios, como “La Capital”, “La Nación”, “Los Andes” y “La Prensa”.(19)

En épocas de ebullición política, en medio de un proceso de conformación del estado como resultado de la lucha de los intereses de los diferentes sectores sociales, el periodismo se resumió en un solo género, la opinión.

Cuando se logró expresar un proyecto político que consolidara el bloque dominante generado por la alianza de intereses entre las burguesías de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y la Mesopotamia, y los ganaderos de la región, surgió un estado funcional a esos sectores y amaneció una constitución acorde a ese modelo de nación.(20)

Ya no debía discutirse el orden. Era necesario informar para difundir, desde diferentes lugares, las ideas dominantes. Surgieron los grandes diarios y el género, entonces, fue la noticia como síntesis histórica del final de los grandes debates de ideas e intereses.

La noticia y los grandes diarios no aparecen porque si, si no que son la consecuencia del triunfo del proyecto político y económico del bloque de poder emergente de las luchas sociales de medio siglo.

Frente a este nuevo escenario, la resistencia política y social quedó en los grupos intelectuales que generaron modos de comunicación similares a los ya experimentados luego de la derrota del proyecto de Moreno, Artigas y San Martín.(21)

Surgió la ironía de las revistas como “El Mosquito” o “El gorro de dormir”. Código que repetiría la resistencia de las hojas volantes y periódicos de corta duración que impulsara en medio del ciclo rivadaviano el fraile franciscano Francisco de Paula Castañeda.

Apareció el costumbrismo como lugar de encuentro de los lectores con autores que contaban vivencias cotidianas y se alejaban de las noticias y de las políticas únicamente oficiales. Los cuentos de Fray Mocho, en este sentido, fueron el antecedente de las aguafuertes porteñas de Roberto Artl, en medio de la década infame, los comentarios radiales de Wimpi y los programas radiales y artículos de Alejandro Dolina en el presente. En esa misma lógica comunicacional hay que ubicar al radioteatro de los años treinta como generador de un vínculo entre la gente y los medios que dejaba de lado las noticias para sumarse a un proyecto que hablara de lo propio y cercano. Era la respuesta cultural, masiva, popular, ante la proscripción del partido mayoritario en aquellos años, como era el radicalismo yrigoyenista.

Otro código siempre vivo cuando desaparecen los horizontes políticos que contengan los deseos populares, fue el humor, la caricatura. Desde los primeros dibujos hasta las historietas, desde Caras y Caretas a CQC, el humor apunta sobre el orden imperante. Y la revista por definición de la resistencia cultural contra la dictadura del 76, se llamaría, justamente, “Humor”.

Pero también, de la mano de la inmigración, aparecería la prensa clasista, aquella que nació de los primeros partidos de izquierda y de las organizaciones anarquistas y sindicalistas.

Ellas denunciarían las represiones silenciadas por la gran prensa. Como los hechos del Grito de Alcorta, la “semana trágica”, las huelgas de Santa Cruz, los acontecimientos de La Forestal y los presos de Bragado, entre otros fenómenos históricos que aún hoy se estudian gracias a periodistas que, con una clara definición ideológica, construyeron una conciencia social de las partes deliberadamente ocultadas de la historia argentina.

Una prensa capaz de denunciar la dependencia de los intereses ingleses a través de cuadernos sin ninguna publicidad en los grandes medios de los años treinta, como ocurrió con “Política británica en el Río de La Plata”, de Raúl Scalabrini Ortiz, publicado en los cuadernos de la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina. (22)

Y hasta cuando se produjo una nueva política comunicacional desde el estado, a través del peronismo, la prensa de la resistencia encontró métodos de contar lo silenciado e ignorado.(23)

En 1955, cuando se produjo el golpe que derrocó al segundo gobierno peronista y la Argentina ingresó al Fondo Monetario Internacional, los medios, hasta entonces estatales, pasaron a formar parte de los grupos económicos amigos de la dictadura. En menos de diez años, las compañías norteamericanas, como en el resto de América latina, montaron tres canales de televisión al servicio de la colocación de los artefactos de la industria estadounidense.(24)

Inmersas las mayorías en un proceso cultural e informativo tendiente a aceptar el orden económico de concentración de riquezas en pocas manos y sometidas a diferentes formas de represión política; también surgieron voces que denunciaron la realidad de la impunidad y describieron la vida cotidiana como expresión de un proyecto histórico que avanzara hacia un futuro mejor.

Fue el turno de la práctica política, estética, ética y existencial de Rodolfo Walsh.

 

Historias de vida

Revisionismo histórico e investigación

periodística como herramientas políticas

 

El prólogo de “Operación Masacre”, la investigación publicada en un semanario de casi nula trascendencia que reveló los fusilamientos de militantes peronistas el 9 de junio de 1956 antes de dictarse la “ley marcial” y el estado de sitio, resumió la transformación de un hombre de clase media con aspiraciones de escritor de cuentos policiales en un comprometido luchador político a través de la acción y del periodismo.

En los últimos años abundan los trabajos sobre Walsh.

La intención de estas líneas es pensar que la construcción de la verdad histórica como elemento de una conciencia política no solamente está en sus monumentales trabajos (“Operación Masacre”, “¿Quién mató a Rosendo?”, “El caso Satanowsky”, “La secta de la picana”) si no también en las notas que publicó en las revistas “Panorama” y “Georama”, entre los años 1966 y 1972.

En la descripción de los lugares, contados desde las experiencias vitales del amor, la muerte y el poder, Walsh construye y descubre una dimensión política de la vida cotidiana.

En marzo de 1969, en “Georama”, publicó una de estas crónicas.

“Las ciudades fantasmas”, síntesis existencial del proceso económico y cultural que se vivió y se sufrió a tavés de La Forestal en el norte santafesino. (25)

Uno de los subtítulos es “el último tren”.

“Veinticinco años de laureles en la gorra. Personal jerarquizado, supervisor y auxiliar. Jefe de estación, telegrafista, cambista y encargado de limpieza. Cuatro oficios distintos y una persona verdadera. Con la gorra laureada en una mano y la regadera en la otra”, dice sonriendo casi con ferocidad mientras clava en la pizarra el letrero de “Aviso al público” con el que la empresa avisa que, en lo futuro, va a prescindir de público, de letreros, de avisos y gorra laureada”, es el inicio de la nota.

Estética, precisión, economía de palabras y descripción de una situación social y humana.

Información y presentación de un lugar.

Puro descubrimiento a través de las palabras.

Dice más adelante:

“-La administración es la que funde al ferrocarril, y después le echa la culpa al usuario.
El telégrafo crepita por última vez en las estaciones, que ahora sólo quedan unidas por caminos de tierra, intransitables cuando llueve.

-¿Qué haremos si alguien se enferma?.
Medio siglo circula al revés en la despedida de los andenes, la culminación insensata de una guerra librada contra el hombre.

Ahora todo es monte, paisaje calcinado, un nenito solo en un banco, esteros con flores violetas, caras de viejos sufridos, mientras la locomotora 4.269 pasa por Cerro Redondo, atraviesa El Tajamar, desengancha para siempre en Inti Yaco”.

Testimonio, impacto de decisiones políticas y económicas lejanas en un paisaje, natural y humano, lejanos.

Descubrimiento de las víctimas a través del relato periodístico.

Revelación del origen de la tristeza en los intereses de pocos.

Historias de vida y lugares contados desde la gente.

Amor, muerte y poder.

Consecuencia de un proyecto contrario al mandato político que arrastra el proceso de avances y retrocesos de lo popular y que genéricamente se denomina identidad nacional.

Walsh necesitó, durante casi seis años, escribir este tipo de notas.

Antropología periodística, arqueología de las huellas del poder económico en distintos lugares de la geografía humana y física de la Argentina.

Y detrás de la estética literaria, una permanente visión política.

Un lugar de compromiso político.

Cuando la muerte estaba desbocada a favor del control social para volver a consolidar el país de las minorías, Walsh, militante revolucionario, decidió crear la Agencia de Noticias
Clandestinas y la Cadena Informativa.

Denuncia para informar lo que no se dice en ningún medio.

Y también cree necesario para ofrecer respuestas a un presente mutilado de vidas y de pasado, publicar un ensayo sobre San Martín.

Un retrato político, diferente al memorizado en la escuela primaria y reforzado por centenares de plazas, avenidas y calles en todo el país.

La historia, una vez más, como herramienta política para alumbrar un piso de conciencia popular.

Escribió Walsh que “la mayoría de los próceres de 1810 eran hacendados, comerciantes o barranqueros asociados con alguna casa de comercio británica, “los intereses particulares” que Castlereagh quería fomentar. A los tres días de instalada, la primera junta levantó la prohibición al comercio con extranjeros; a los quince días redujo los impuestos a la exportación de cueros y sebo, del 50 al 7,5 por ciento; a los 45 días autorizó la exportación de metálico; a los 60 días suprimió el impuesto especial del 54 por ciento que gravaba a los artículos de algodón del comercio inglés. El interior que antes del nacimiento de San Martín era más poblado y rico que Buenos Aires, se arruinó”.(26)

Remarcó que “el mito que oculta su personalidad fue creado mucho después de su muerte, cuando políticos inmorales necesitaron que los militares cumplieran disciplinadamente las directivas antinacionales y antipopulares que les impartían. Para el Libertador, la disciplina castrense, el cumplimiento de las órdenes, se subordinó siempre a la soberanía popular”.

Agregó que “San Martín sentó en Cuyo las bases de una economía independiente, aunque no cerrada y si la Argentina hubiera sido gobernada con el criterio que él usó para crear su Ejército de los Andes, otro hubiera sido el destino nacional”.(26)

En la resistencia cultural durante los períodos en los cuales abundan informaciones que no explican la realidad cotidiana para los sectores mayoritarios, Walsh elegía también el terreno de la confrontación contra los valores de la historia oficial como método de desmenuzar las ficciones del presente.

Y por último, la Carta Abierta de un escritor a la Junta Militar del 24 de marzo de 1977.

“La censura de prensa, la persecución a intelectuales, el allanamiento de mi casa, el asesinato de amigos queridos y la pérdida de una hija que murió combatiéndolos, son algunos de los hechos que me obligan a esta forma expresión clandestina después de haber opinado libremente como escritor y periodista durante casi treinta años”. (27)

“...han restaurado ustedes la corriente de ideas e intereses de minorías derrotadas que traban el desarrollo de las fuerzas productivas, explotan al pueblo y disgregan la Nación. Una política semejante sólo puede imponerse transitoriamente prohibiendo los partidos, interviniendo los sindicatos, amordazando la prensa e implantando el terror más profundo que ha conocido la sociedad argentina”.

El texto fue presentado en seis capítulos en los que informa con precisión y contundencia los crímenes políticos, sociales y económicos de la dictadura.

El segundo de los capítulos señala que “mediante sucesivas concesiones al supuesto de que el fin de exterminar la guerrilla justifica los medios que usan han llegado ustedes a la tortura absoluta, intemporal, metafísica, en la medida en que el fin original de extraer información se extravía en las mentes perturbadoras que la administran para ceder al impulso de machacar la sustancia humana hasta quebrarla y hacerle perder la dignidad que perdió el verdugo, que ustedes mismos han perdido”.

Luego pasa a enumerar algunos casos de secuestros con fechas y lugares, demostrando una información seria y precisa.

Al final de la cuarta parte de la carta, señaló que “este cuadro de exterminio no excluye siquiera el arreglo personal como el asesinato del capitán Horacio Gándara, quien, desde hace una década investigaba los negociados de altos jefes de la Marina, o del periodista de “Prensa Libre”, Horacio Novillo, apuñalado y calcinado después que ese diario denunció las conexiones del ministro Martínez de Hoz con monopolios internacionales”.

En el apartado quinto desmenuza el verdadero objetivo del bloque de poder que generó el terrorismo de estado.

“En un año han reducido ustedes el salario real a los trabajadores al 40 por ciento, disminuido su participación en el ingreso nacional al 30 por ciento, elevado de 6 a 18 horas la jornada de labor que necesita un obrero para ganar la canasta familiar, resucitando así formas de trabajo forzado que no persisten ni en los últimos reductos coloniales. Congelando salarios a culatazos mientras los precios suben en las puntas de las bayonetas, aboliendo toda forma de reclamación colectiva, prohibiendo asambleas y comisiones internas, alargando horarios, elevando la desocupación al record del 9 por ciento y prometiendo aumentarla con 300 mil nuevos despidos, han retrotraído las relaciones de producción a los comienzos de la era industrial y cuando los trabajadores han querido protestar los han calificado de subversivos, secuestrando cuerpos enteros de delegados, que en algunos casos aparecieron muertos y en otros no aparecieron”.

Y terminaba diciendo que “desnacionalizando bancos se pone el ahorro y el crédito nacional en manos de la banca extranjera, indemnizando a la ITT y a la Siemens se premia a empresas que estafaron al estado, devolviendo las bocas de expendio se aumentan las ganancias de la Shell y de la Esso, rebajando los aranceles aduaneros se crean empleos en Hong Kong o Singapur y desocupación en la Argentina”

Walsh concluía que “aun si mataran al último guerrillero, no haría más que empezar bajo nuevas formas, porque las causas que hace más de 20 años mueven la resistencia del pueblo argentino no estarían desaparecidas sino agravadas por el recuerdo del estrago causado y la revelación de las atrocidades cometidas. Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace tiempo de dar testimonio en momentos difíciles”.

Síntesis y germen de un periodismo que a través de la información y del conocimiento del drama del hombre argentino asume un lugar político y desde su búsqueda se enfrenta a los sectores de poder en el trabajo cotidiano de revelar las noticias, el conocimiento ausente del pueblo.

Hoy, décadas después de la desaparición y asesinato de Walsh, miles de muchachos descubren su ejemplo, estudian su obra y creen en el periodismo como una herramienta que servirá para lograr el mandato del proyecto de la identidad argentina: la felicidad de los que son más.

 

Ideas de cierre

 

El periodismo de denuncia e investigación que produce hechos políticos y culturales contrarios a las versiones oficiales del sistema, expresa la voluntad de un proyecto colectivo inconcluso.

Por eso la particularidad de la historia argentina se manifiesta en los escritos de Moreno, Belgrano, Sarmiento, Alberdi, Hernández,Walsh, Bayer y los nuevos trabajadores de prensa que descubren las relaciones ocultas entre los factores de poder que intentan mantener el estatus quo.

La conciencia política que generan las noticias derivadas de la denuncia y de la investigación periodística, surgen de los quiebres de los discursos de esos factores de poder.

La investigación periodística, como diría el poeta Juan Gelman, le pone pañales al horizonte. Descubre el sendero de los siempre renovados ideales populares postergados.

El cuestionamiento desde el lenguaje periodístico es la síntesis de la rebeldía política que se niega a desaparecer y que rechaza el mandato que ordena resignación y sepultar el pasado.

La identidad, como proceso de conciencia política, social, cultural e individual, es dinámico y se transmite de generación en generación como valores que limitan o impulsan el protagonismo histórico de las mayorías.

Rebeldías colectivas y descubrimientos de conocimientos ocultos, forman parte de la lucha histórica por la generación de la sociedad argentina que viene siendo soñada desde mayo de 1810 como deseo colectivo aún por realizarse.

Detrás de cada investigación queda un registro de lectura para diferentes sectores sociales que vuelven a comprender que el poder no es invencible ni eterno.

De Belgrano a Walsh, de Moreno a Bayer, la identidad nacional recupera su impulso inicial: ser consciente que la realidad argentina se puede y se debe modificar.

La historia del periodismo de denuncia e investigación expresa la vitalidad del deseo colectivo, nervio de la identidad histórica del pueblo argentino.

Conocimiento oculto puesto al descubierto alumbra experiencias. Lugares desde donde empezar o seguir. La gran diferencia está en que no se empieza desde la nada, y eso quiebra la inercia del consenso de la imposibilidad del cambio.

La existencia de “los gauchos malos de la prensa” confirma la renovada esperanza de realizar, alguna vez, el proyecto de un país con igualdad, humano y solidario.

 

(*) Denuncia, investigación periodística e identidad nacional.
Una forma de historia política del periodismo argentino.

 


Citas a lo largo del ensayo.

1. Entrevista personal a Osvaldo Bayer, Jaramillo, octubre de 1998.
2. Joan Corominas, “Breve diccionario etimológico de la lengua castellana”.
3. Armando Alonso Piñeiro, “Manuel Belgrano, periodista”, Editorial Plus Ultra.
4. José Carlos Chiaramonte, “Historia económica del Río de la Plata”.
5. Piñeiro, obra ya citada.
6. Manuel Belgrano, “Memorias del consulado”, Editora 12.
7. Obra anteriormente citada.
8. Mariano Moreno, “Escritos políticos y económicos”.
9. Mariano Moreno, “Plan de Operaciones”.
10. Nicholas Shunway, “La invención de la Argentina”, Editorial Plus Ultra.
11. Tomás Abraham, “Historias de la Argentina deseada”, Editorial Sudamericana.
12. Domingo Sarmiento, “Facundo o Civilización y Barbarie”.
13. Oscar Terán, “Alberdi Póstumo”, Punto Sur Editores.
14. José Feinmann, “Filosofía y Nación”, Legasa.
15. José Feinmann, obra citada.
16. Oscar Terán, obra ya citada.
17. José Hernández, “Prosas y oratoria parlamentaria”, Editorial Biblioteca Vigil.
18. José Feinmann, “La sangre derramada”.
19. Víctor García Costa, “El periodismo político”, Centro Editor de América Latina.
20. Arturo Jauretche, “Política y revisionismo histórico”, Peña Lilo Editor.
21. Norberto Galasso, “La larga lucha del pueblo argentino”, Centro Rosarino de Estudios Argentinos.
22. Raúl Scalabrini Ortiz, “Política británica en el Río de la Plata”, Editorial Plus Ultra.
23. Pablo Sirvén, “El peronismo y los medios de comunicación”, Centro Editor de América Latina.
24. Heriberto Muraro, “Invasión cultural, medios y política”.
25. Rodolfo Walsh, “El violento oficio de escribir”, Planeta.
26. Rodolfo Walsh, “Rodolfo Walsh y la prensa clandestina”, Horacio Verbitsjy, Ediciones La Urraca.
27. Rodolfo Walsh, “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”, Revista Humor.