Por Santiago Bahl (*)

(APe).- El niño percibe un aire, casi como un llanto, que corre paralelo, oblicuo, perpendicular al espacio rectangular, amoroso y cerrado, con paredes del color de la luna. Está en una pista donde las personas se sacan chispas, se perdonan algún roce o ni siquiera eso, sin reparar en la transformación que el fervor produce en sus cuerpos. Una pista de baile con un aire denso en la que predomina la furia del alma.

La mano del padre lo arrastra con emoción hacia el centro de ella, se agarra de él como una garrapata, hundiendo la cabeza entre las costillas, tratando de crear el tic-tac de los latidos del corazón de su padre, que ya van a llegar desde el verdadero corazón a sus oídos, sólo para tranquilizarlo o para sentir que su padre puede estar vivo así como lo está. Más se apretuja contra él, más son los giros que dan juntos; más homogénea es la ronda de personas que los vivan, más pesados siente el niño los latidos, aun escuchando los cantos que les prodigan. "Gloria a este hijo de Dios gloria". Y el padre abre los ojos, próximo a tropezar por los giros sobre su eje, y el niño lo encuentra fortalecido y desarmado, es decir, de nuevo lo ve medio moribundo pero feliz.

Entonces sobreviene el aplauso unánime de todos los presentes. El niño es el último en adherirse a ellos porque el corazón de su padre aún le preocupa. Pero ya no. Ahora no. Resuelve salirse de los brazos de él y toca el piso. De inmediato le pide conocer dónde vive y saber dónde está el tío.

- ¿Dónde está el tío papá?- pregunta

-Vení que te voy a mostrar mi casa- le contesta- llevándolo a la celda en la que vive. El niño entra a regañadientes. Ve camas de fierro, una mesa de cemento áspera con dos banquitos igual de ásperos, una ventanita al fondo con rejas, un baño que consiste en un precipitado agujero en el piso bien disimulado por una puerta-cortina de color fuxia estampada con ratones mickeys. Va a decirle a su padre que quiere hacer pis. Va a decírselo para molestarlo porque no le contestó sobre el tío. Mientras piensa esto, escucha los ronquidos de un hombre viejo acostado en una de las camas cuchetas. Es un ronquido que nunca antes escuchó, que empieza con un maullido horrible y se desencadena como una guerra de motos de su barrio.

-Está descansando. Vení Jorgito- y es agarrado de su mano por el padre, que lo saca de ahí, y lo lleva hacia una puerta de rejas bien grande donde un hombre vestido con uniforme los espera. Jorgito ve que su padre le da un teléfono celular al hombre y que le dice "gracias por dejar que mi hijo conozca mi casa".

Luego es zambullido ligero por un pasillo de rejas que en breve será de cemento hasta que llegan a la puerta de chapa verde sin picaporte que indica el nacimiento del SUM de visitas. De allí se habían ido para que él pudiera conocer más sobre el padre. Y ahora regresan. Jorgito busca con la mirada a su mamá y la ve tomando mate con una señora muy vieja. Después busca a sus primos. Ahí están Benja y Nahiara jugando a la mancha venenosa entre las risotadas generales de la gente que sacan tappers enormes y convidan comida. Jorgito se integra rápidamente a la tropa y va a buscar a Nahiara, quiere agarrarla del pelo y soltarla.

Comienza a correr a Nahiara, quien se hace cargo de que le toca escaparse de su primo sabiendo que la tiene difícil y que su pelo es la debilidad de él. A todo esto, Benja no entiende nada, está muy abrumado y es bastante más chico que su primo. Corre Jorgito a su prima y casi que no mide nada. El niño ya armó el mapa del terreno, ya lo incubó con fiebre, ya lo intuye como un quiebre en su vida y, ahora que su papá le mostró su casa, está saliendo a gastar ese mapa.

¿Y Nahiara, a la que no puede agarrar?

Piensa mientras corre, y Nahiara arranca a grandes zancadas una última recta limpia a toda velocidad de manera impresionante, con las manos detrás de la nuca, aprisionando el pelo desde el cuero cabelludo totalmente expresiva y diosa buscando al tío plantificado con los brazos abiertos para pena de Jorgito. El tío la acolchona con el pecho, Jorgito ve como abruptamente se normaliza la larga cabellera que perseguía. Respirando agitado, observa el abrazo de su prima, además advierte que ella ya se olvidó de la propia cabellera y que llora muy angustiada tratando de acallar el llanto. Y que sigue llorando aferrada al pecho de su tío.
Increíblemente no lo suelta. No lo suelta. Benja mira lo que está ocurriendo, la mamá de Jorgito también mira, la vieja que chupa mate con ella hace lo mismo. Cuando de golpe Nahiara se desprende de los brazos de su tío y se da media vuelta para tener perfectamente a Jorgito frente a sí, le pregunta: -¿Dónde está mi papá? Jorgito no puede captar en ese espejo que es su prima el despertar de sí mismo. Ella llora y hasta se olvidó de los brazos que la sujetan.

-El tío se fue a otra cárcel porque acá se portó mal. Ojalá llame por teléfono- afirma el niño creyendo en lo que dice, porque en definitiva si hay algo que aprendió, es que en ese lugar siempre va a ser mejor estar creyendo que reventando.

(*) Esta crónica recibió el segundo premio en el segundo Concurso de Crónicas de Infancia "Alberto Morlachetti".

Edición: 3344

 

 

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