Por Néstor Sappietro

(APe).- La celebración de las fiestas ocupan un lugar preponderante en la galería de los grandes miedos de mi infancia. Los traumas de la posguerra en Europa dejaron en la cocina de la abuela una necesidad de excesos de comida que salían del horno como una revancha al hambre de aquellos días.

Pero el miedo para mis ojos de pibe llegaba después, después de esos excesos, después del muestrario de turrones y pan dulce, después de que el alcohol desparramara los rencores del año sobre la mesa. Era el instante preciso en que el tío Raúl se levantaba y caminaba despacio hacia la calle para buscar en la guantera de su auto un viejo revólver que dejó el abuelo como toda herencia. El tío Raúl era un tipo sombrío, hosco, triste. Nunca supe por qué. Para cuando volvía al patio yo ya estaba encerrado en el baño, aterrorizado, detrás de la cortina de la ducha. Desde allí lo intuía subiendo lentamente a la terraza para disimular la borrachera. Después, se escuchaban tres disparos que se perdían en la oscuridad del cielo. Desde mi refugio yo podía reconocer el sonido de los balazos en medio de toda la pirotecnia que sonaba en esos quince minutos que parecían eternos. Entonces, salía del baño, tío Raúl ya había guardado el revólver, se sentaba y no volvía a hablar en toda la noche, como si se hubiera desahogado, como si todo el año hubiera esperado ese momento... Un 31, todo parecía suceder como siempre, sólo que desde mi escondite, detrás de la cortina del baño, escuché un solo disparo. Quizás cansado de errarle a las estrellas, el tío Raúl ese día eligió su sien como destino de la bala.

Nunca extrañé al tío Raúl, pero el recuerdo de esa historia me aparece cada vez que atravesamos la frontera de un nuevo año. Cuando ese rito brutal de andar disparando al cielo se mete en las crónicas para dar cuenta de víctimas que, en general, son pibes. Tal vez porque detrás de la locura de esa salvaje manera de festejar se esconda una forma de asesinar al futuro.
Esta vez dos hechos sucedidos en Buenos Aires dan cuenta de balas perdidas que terminaron incrustadas en cuerpitos indefensos. Balas que otra vez asesinan al futuro.

Una nena de 11 años estaba jugando en su casa de Villa Fiorito, en Lomas de Zamora cuando sintió un dolor en el pecho. El relato de su padre encuentra en la palabra milagro la explicación a lo sucedido. El proyectil quedó alojado a milímetros del corazón de la criatura. Nadie podía comprender lo que había pasado: "Estaba por tirar una cañita voladora y mi hija se encontraba detrás, como a un metro, cuando me empezó a decir que le dolía el pecho. En ese momento, mi hermano la agarró y vimos que tenía sangre y un agujero”. Según las primeras estimaciones, la bala perdida rebotó primero en el techo de la casa y luego impactó en el pecho de la nena que fue llevada a una sala de primeros auxilios de Villa Caraza. Está internada pero estable.

El otro hecho tuvo lugar en Bernal, partido de Quilmes. Allí Julián, un chico de 3 años, estaba jugando en la pileta del jardín de la vivienda mientras su familia se encontraba reunida para festejar el comienzo del 2008. Una bala perdida impactó en su cabeza. Los familiares trasladaron al chico a la Clínica del Niño de Bernal, donde ingresó en grave estado y murió poco después a raíz de la herida. Se estima que el proyectil tomó bastante altura porque alrededor de la pileta donde jugaba Julián hay un muro perimetral de por lo menos dos metros de alto. Todavía nada se sabe del autor del disparo.

Algo ha dejado de funcionar en la cabeza de quien dispara con una pistola al aire. No es divertido, ni siquiera emocionante. Es un acto bestial que nada tiene que ver con un festejo. Las crónicas bañadas en sangre de cada comienzo de año harían escarmentar a cualquier hombre cuerdo y, sin embargo, cada 1 de enero la historia se repite.
Balas perdidas... Balas que encuentran a los pibes... Balas que hieren de una tristeza eterna a los padres que buscan a los culpables y no quieren oír hablar de jugarretas del destino.


Fuentes de datos: Diarios La Razón / El Territorio - Misiones 03-01-08 y Clarín 04-01-08

 

Edición: 1178

 

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