Crónica de las nuevas familiaridades (Capítulo V)

Por Alfredo Grande

   (APe).- En los viejos tiempos era muy habitual escuchar a modo de justificativo, excusa, coartada que no es lo mismo pero que es igual: “pasa en las mejores familias”. A partir de cierto momento, cuando escuchaba esa frase del sentido común, agregaba: “ni qué hablar de las peores”. Décadas después me propongo pensar cuáles son los criterios para validar a las mejores y peores familias.

Como digo con cierta frecuencia: hablamos con palabras, pero pensamos con conceptos. Cuando un concepto se usa sin explicitar su sentido fundante, entonces es funcional a la cultura represora. Las palabras ocupan el lugar de las cosas. Dicho de otra manera: se toma la palabra como si fuera la cosa. Freud señaló que este era el mecanismo de la psicosis. En mi intento de ampliación conceptual, lo denomino alucinatorio político social.

La palabra “familia” ocupa el lugar de la “cosa familia”. La palabra “padre” toma el lugar de la “cosa padre”. Ilustro: si el padre viola a un hijo o hija, ya no es padre. Es tan sólo una palabra totalmente vacía de contenido que se mantiene por usos y costumbres. Una familia donde la ternura es desalojada por la crueldad, deja de ser familiar. Pero la palabra familia queda. Entonces las mejores familias son aquellas donde la capacidad de encubrimiento de lo siniestro se mantiene. Las que pueden sostener que “de eso no se habla”.

Los secretos que todos conocen, pero de los que nadie habla, van modelando una subjetividad sometida. La palabra “familia” no es solamente una forma de referirse a las estructuras elementales de parentesco, sino que ha sido ritualizada como un valor. Un restaurante publicita: “ambiente familiar”. Nunca se me ocurrió entrar porque me consta que hay familias con ambientes inmundos. Otros que pretenden seducir: “coma como en su casa”. Obviamente, para comer como en mi casa no se me ocurriría ir a un restaurante.

Todo esto parece grotesco por la sencilla razón de que lo es. “Pasa en las mejores familias” es la coartada perfecta. “Papá te pegó porque está muy nervioso” “El abuelo te violó porque se siente solo”. La familia siempre es absuelta. Por la sencilla y terrible razón de que es fundante del orden patriarcal, de la sacralidad del matrimonio, y de la eternidad de un deseo anestesiado.

Lo único que la familia ha tolerado es ser adjetivada. O sea: se incorpora a una cultura represora con máscara de progresismo portando varias denominaciones. Familia monoparental, ensamblada, con hijos e hijas de distintas madres y padres, sin hijos, madre y padre que no están determinados por el sexo, matrimonios entre personas del mismo género, en una lista que se amplía en forma continua. Sin embargo, como la cultura represora se especializa en construir caballos y yeguas de Troya, seguir usando la palabra familia tiene sus riesgos. O sea: que lo nuevo sea rápidamente neutralizado por lo anterior.

Familia, aun con sus nuevas cualidades y calidades, tiene un fundamento de la propiedad privada de los bienes y las personas. ¿Cuántas veces hemos escuchado: “Mi Ex”? “Ex” es discutible, pero el pronombre posesivo “Mi” está totalmente desfasado. Si es Ex es muchas cosas, pero no es Mi. La propiedad privada que sostiene la familia en todas sus versiones es la propiedad privada de los cuerpos. Por lazos de sangre, pero no solamente. Aunque no sean de sangre, hay lazos. O sea, mandatos. Obligaciones. Subordinaciones. Sometimientos.

Hace ya tiempo que la palabra “familia” la reservo sólo para los vínculos que sostienen alguna forma de tradición y alguna forma de propiedad. Como en una especie de álgebra política, reemplazo donde dice “familia” por “familiaridad”. Si familia es una “cosa”, la familiaridad es una “situación”. Que sólo habilita la ternura, alegría, placer, deseos no anestesiados, creatividad, confianza, diferentes formas del amor.

Desde ya, en la familia puede haber familiaridad. Donde no es necesario ningún tipo de encubrimiento como recurrir al remanido dicho: “pasa en las mejores familias”. Pero el momento de decisión es cuando tenemos que sacrificar la familiaridad para sostener la familia. En ese momento, la “familia pantano” se traga todo. En una época eso se denominaba “pseudo exogamia”. Pero hace mucho que me he alejado de la familia psicoanalítica para acercarme a la familiaridad de los colectivos militantes.

La cultura represora ha construido otra trampa. Sostiene la familia en su caricatura más grotesca: el familiarismo. Donde lo que circula es el mandato de ser amable, muy amable, personalizado, muy personalizado. Se abandona el uso del apellido y sólo queda el nombre de pila. Eso genera una alucinación de cercanía que desmiente la distancia que marcaba el arcaico “usted”. El tuteo precoz marca una cercanía alucinatoria de lo que pudo haber sido y de lo que nunca será.

Confundir “familiarismo” con “familiaridad” es potencialmente letal. Es una especie de atajo que intenta pasar de la familia patriarcal al “amiguismo vincular”.

En una realidad pendular y encubridora donde la nostalgia por las “mejores familias” se sigue cultivando. Y obviamente, donde nadie quiere hablar de las peores.

Pinturas: Luis Soares (Familia) – Jan Steen (La familia alegre)
Edición: 4060

 

Descargá el libro gratis