Crónica de las nuevas familiaridades (segundo capítulo)

Por Alfredo Grande

   (APe).- Como ya he señalado, el denominado “sentido común” es una cosmovisión conservadora y reaccionaria de la realidad. A contrario de lo que se ha dicho muchas veces, es el más común de los sentidos. La clásica expresión “así es la vida” de tan remanida fue título de una obra de teatro y posteriormente una película. Lo curioso es que se utiliza frente a esperados o inesperados infortunios o desgracias. Por lo tanto, la vida es eso: una sucesión de esperados o inesperados infortunios.

Nunca faltan encontrones cuando un pobre se divierte, recordaba el Martin Fierro. Frente a esta ética de la noble resignación, la cultura represora es una fábrica de apósitos, de taparrabos, de todo tipo de palabras y conceptos que abrevan en la bibliografía de la colección “así es la vida”.

El mandato de la familia sacramental y patriarcal, que no es lo mismo, pero es igual, exige sin apelación posible que haya madre (mamá) padre (papá) y dos hijas, o dos hijos, o dos hijes, aunque esto es más problemático y está en los límites del sacramento. Familia tipo. Familia del sentido común. Incluso en su versión tras generacional. Abuelos, Abuelas, Madres, Padres, Primos, Tíos. Cuñados, en una versión tribal de la familia.

Muy especialmente en el contexto de la cultura patriarcal (y recordemos que el contexto es texto) el padre no es negociable. En el nombre del padre…sigue siendo mandato fundacional del orden vincular, grupal y social represor.

En el trabajo anterior señalamos la diferencia fundante entre padre y función paterna. Para la cultura represora es fundamental que la función paterna la ejerza el padre varón. Porque de esa manera garantiza que no haya oposición alguna entre “función paterna” y género. Todos en la paz del Señor.

El tema es cuando no hay padre, o lo hay en condiciones deficitarias, o lo hay pero sería mejor que no lo hubiera- Para esa frecuente situación, la cultura represora acuñó una falsedad: “padre ausente”. El padre no es un espermatozoide, y lamento el reduccionismo. El padre está presente y es justamente en su presencia que se construye como tal. El padre no es origen, el padre es destino. Por eso pensar que pueda haber “padre ausente” es un taparrabos miserable. Si está ausente, no es padre. Si es padre, tiene que haber presencia. La forma de superar esta paradoja de la cultura represora es sostener que más importante que la madre y el padre y más allá de las perspectivas de género de esas maternidades y paternidades, es que la función paterna y materna siempre se sostienen sobre la potencia creativa del deseo. Desde ya, a la cultura represora nada le importa el deseo y mucho menos el placer.

Así es la vida: mandato y sufrimiento.

Para todos los que pensamos que otro mundo es posible, nuestra brújula es “Así no es la Vida”.

Edición: 4050

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