Por Julián Axat (*)

Fotos: Adriana Lestido

  (APe).- “La piba”, le decían. Pero se llamaba Tatiana Ailén. Tenía 17 años y estaba embarazada de seis meses. Día y noche la encontraban en la parada de taxis del cine San Martín, de calle 7 y 50. Abría y cerraba la puerta de los taxis. En realidad se adelantaba a la manija, cada vez que llegaba un pasajero, y recibía unas monedas a cambio. Tenía un acuerdo de no molestar a los choferes de taxis, que la dejaban hacer porque les daba lástima, siempre y cuando no armara peleas o se pusiera borracha. Fue así como una tarde de 2009, la trajeron detenida y esposada a mi oficina. En una discusión acalorada con un taxista, le había clavado un cuchillo en plena calle, y el hombre estaba internado con neumotórax a punto de morir. Le imputaban tentativa de homicidio y temblaba como una hoja.

Recuerdo que le pedí que se calme. Venía agitada de discutir con la policía y eso no le hacía nada bien a ella ni al bebé. Tragó aire y agua, y como si se desinflara de a poco fue largando su historia, hasta encontrar la confianza; un hablar más pausado, por momentos le entraba la angustia y lloraba.

Se había criado en un barrio de las afueras de Ensenada, su mamá la había abandonado con los abuelos, y ella se la pasaba prácticamente en la calle.

En algún momento sus abuelos se cansaron de buscarla, tuvo varias parejas, vivió con ellos. El último (a quien le atribuía ser el padre del bebé) la golpeaba mucho, así que decidió venirse a La Plata sin contarle nada a nadie. Primero a la estación de trenes, más tarde se fue acercando por la diagonal 80, al centro. Dormía en donde pintaba, a veces en un parador, otras en la plaza donde solía haber más pibes.

Desde que se ganaba unas monedas en la parada de taxis la policía se la llevaba a la comisaría primera varias veces a la semana, le pedía que se volviera a Ensenada. La chicaneaban, insultaban, la trataban todo el tiempo de puta y chorra. Después la largaban.

Decía que un policía todo el tiempo se le acercaba y le murmuraba piropos y se la quería levantar, que le ofrecía ser el padre de su hijo, pero después le decía malas palabras también, por momentos insultos y por otros le ofrecía cosas; según el día y según los policías que estuvieran allí al lado.

Que la discusión con el taxista comenzó porque ella le dijo a un pasajero que le diera algo, y esta le dijo que era un “ortiva” porque no le daba nada. Con ese taxista la cosa venía mal desde hace rato, confiesa. Ya eran varias discusiones, entonces el tipo se bajó del auto y la empujó a los gritos diciéndole que se fuera, y ella tendió a sacar el tramontina que a veces lleva en el bolsillo y se lo clavó en el costado del cuerpo.

Estaba desesperada, y todo el mundo se puso a gritar en ese momento. Los taxistas la rodearon y la querían linchar: “Piba hija de puta, te vamos a matar”, pero una mujer justo se interpuso y varias personas la agarraron fuerte protegiéndola hasta que vino la policía y se la llevó presa.

Siempre en una comisaría. Esta era la primera vez que la llevaban al Palacio de Justicia.

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El sistema penal para niños y adolescentes menores de 18 años está prácticamente hecho para los varones de los barrios pobres. Pocas veces son mujeres las que quedan judicializadas e ingresan-atraviesan los Centros e Institutos de encierro.

Así, según un Informe de UNICEF (2015), de un total de 5701 jóvenes presos en todo el país, solo 329 eran mujeres. Es decir, un 5,8%. Estos valores se repiten año a año, y se reflejan en la estadística de la provincia de Buenos Aires: actualmente existe un total de 498 personas menores de edad institucionalizadas por motivos penales, de las cuales sólo 5 son mujeres. Esos casos son correspondientes a delitos muy graves (dato obtenido de la Agencia de Minoridad de la Provincia).

Ahora bien, esos datos no representan necesariamente idéntica incidencia de los varones en la participación de los conflictos penales. O dicho de otro modo, no significan que las mujeres menores de edad tengan nula fricción con el sistema penal.

El sistema policial capta y tensiona todo el tiempo sobre población femenina en los territorios, y lo hace conforme a la reproducción de todo tipo de violencia (verbal y física) basada en estereotipos machistas y patriarcales.

La captura o detención se convierten en un resultado muy posterior (si es que ocurre un delito grave, flagrante o situación que lo amerite), donde previamente hay todo un hostigamiento que se transforma en cadenas violentas de circulación machistas, extorsiones y acosos, que preparan esos cuerpos para un posterior accionar judicial.

Las pibas reciben, como los pibes, la violencia machista en forma de hostigamiento policial permanente. Que luego ello se traduzca en encarcelamiento efectivo, es saco de otro costal.

El sistema policial es, sistemática y cuantitativamente, mucho más hostil con las mujeres que el sistema judicial, que es cualitativamente igual de hostil, pero sopesa con mayor rigor el tipo (cantidad) de hostilidad a la luz de las pruebas en el expediente.
Para el sistema policial, mejor dejar las cosas a nivel comisaría (verdugueo, averiguación de identidad, falta contravencional, etc.). Llevar las cosas al palacio de justicia exigirá otros rigores. Porque pondrá a prueba su olfato.

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La detención judicial de una mujer menor de edad, siempre dependerá de factores tales como: cantidad de prueba, la gravedad del hecho, el impacto público del hecho en juego, del tipo de víctima, del estado de vulnerabilidad de la mujer imputada, etc.

De allí que sea posible conjeturar que el género sea una variable relevante para jueces o fiscales en el momento de decidir una prisión. Por lo que la proporción mucho más alta de encierro de los varones que las mujeres, es también un mecanismo de construcción y mantenimiento del estereotipo del cliente habitual del sistema penal juvenil patriarcal: varón, joven morocho de las periferias, mal vestido, mal hablado, rudo, rústico en los modos. Me refiero a las características de toda población juvenil presa en nuestras cárceles.

Aunque de vez en cuando ocurra la detención de una piba y –de repente– el estereotipo patriarcal masculino se readecue a toda velocidad exportando todos sus adjetivos negativos al otro género: mujer, morocha, villera, chorra, mala, de las periferias (se le agrega: “puta”): mujer, menor, piba delincuente presa.

Y cuando eso ocurre, claro que no se la pasa nada bien. Como no la pasó nada bien Tatiana Ailén, “la piba”, que estuvo encerrada varios meses y lloraba todo el día con su bebé en la panza.

“A las chicas malas, siempre les pasa algo…”

– ¡Adelante, que pase la joven!– dijo la señora jueza vestida con un tailleur color beige a la última moda, con un reciente corte de pelo, rodete perfecto y la tintura rubia que le había tapado unas pequeñas canas que vi asomarse en la última audiencia.

– ¿Dígame su nombre, por favor? –y el rostro de “la piba” cambió de pronto, venía arrastrando las piernas por el pasillo, dolorido después del forcejeo con la policía.

– Me llamo Tatiana Ailén Ochoa, y tengo 17 años, vivo en la calle…–apenas dijo como en un susurro... Pero la señora jueza lo dio por pronunciado, mientras la escrutaba científicamente; entonces pude advertir, por su mirada y por el clima imperante en la sala, algo muy distinto a la sororidad.

– ¿Qué tiempo tiene de embarazo, señorita? –Y entonces, ante esta pregunta, “la piba” algo intuyó, y se agarró la panza como para protegerla de lo que podía venir.

Durante la audiencia, Tatiana Ailén contó su historia a la jueza. Explicó cómo habían sucedido las cosas, que ella en ningún momento había querido matar a nadie, que sólo se defendió del ataque del taxista, que creyó que iba a golpear su panza y ella se defendió con ese cuchillo que llevaba “solo para defender a mi bebé”.

Hablaron las asistentes sociales y la psicóloga del Cuerpo Técnico que expresaron su preocupación por el bebé en gestación. Por mi parte, solicité el cambio de carátula a lesiones graves y la excarcelación, pero me fue denegado por prematuro, en el entendimiento que el estado del taxista era delicado, y el caso podía pasar a homicidio de la noche a la mañana.

La ausencia de su familia, la situación de calle, vulnerabilidad social, el estado del embarazo, y el grave estado de salud en el que se encontraba la víctima, fueron todos elementos determinantes a la hora de dictar la prisión preventiva de “La piba” Tatiana Ailén, quien fue inmediatamente trasladada por orden de la jueza de garantías del joven, a un Centro Cerrado, en el que ya había alojadas cuatro mujeres, con historias muy similares.

¿Buenas madres de familia?

El lugar de la mujer en el sistema penal juvenil, es también el de las llamadas “buenas madres de familia”. Las llamadas damas de hierro, que por bondad de casta, esposas ejemplares y benefactoras (damas de la caridad), les ha sido otorgado el cargo de juezas, y componen históricamente el funcionariado de la justicia de menores de nuestro país.

Las juezas de familia y de menores, cumplieron desde el Patronato de la Infancia en el siglo XIX un rol fundamental en la estructuración cultural del sistema basado en la piedad y en la beneficencia. Por lo que en su génesis, los modelos de violencia de la justicia de menores es, como en muchos países, el instalado por un perfil de juzgador reproductor de valores patriarcales: la mujer instituida en rol de hombre, que reproduce –a su vez– valores machistas de los hombres.

Una mujer masculinizada que por el hecho de ser madre y juez, velando por la normalidad de la situación de los menores pobres, a quienes los padres –por esa condición de pobreza– no están en condición de criar. Y a los que hay que darles cauce a través de la Institucionalización; o bien, la entrega a otras familias –en guarda o adopción- familias que sí estarían en condiciones morales y materiales de hacerse cargo del niño.

Juezas mujeres, buenas madres de familia que depositan a los niños y niñas, menores objeto de protección cuasi maternal, y sustituyen el desvío de las madres verdaderas que no están en condiciones de criar a sus hijos. La institucionalización de la infancia pobre como otra forma de la violencia patriarcal.

Si bien hoy hay muchos hombres jueces, fiscales y defensores, como operadores del sistema judicial (los buenos padres de familia); eso no implica que la reproducción de este tipo de violencia patriarcal antes manipulado principalmente por mujeres, se siga reproduciendo.

Desde la creación del sistema penal juvenil en 2009, el hecho de dejar atrás el Patronato e ingresar a un sistema procesal acusatorio de tipo moderno, o un sistema de derecho civil y de familia moderno, no impidió que ese resabio tutelar del patronato siga siendo un imaginario enquistado en sus prácticas. Muy a pesar de la Convención de los Derechos del Niño.

Presas con ellos

Padecientes, obstinadas, incondicionales, llenas de amor.

Las mujeres verdaderas víctimas del sistema penal juvenil, son las madres de los pibes. Mujeres también presas.

La maternidad de los pibes presos o muertos por la policía, es también el sistema violento machista y patriarcal que las condena, como mujeres y madres, a sufrir un calvario por el destino trágico de sus hijos.

Como Antígonas, las “madres de los pibes” están, en cierta forma (así se sienten, lo he escuchado), presas con ellos. A pesar de todo, los siguen llevando en sus brazos. Y eso no se mide, esa cifra es invisible. Tampoco se ve.

Traté con esas madres todo el tiempo. De sus tristezas infinitas, de su dolor cotidiano, de esa abnegación, aprendí muchísimo. Más que en cualquier facultad de derecho.

Querer tener copia del expediente, leerlo, entenderlo, ser asesorada, cómo va la causa, cuando llega o falta para la condicional. Nunca las vi cansarse. Al pie del cañón. “Usted sabe doctor, mi hijo tarde o temprano va a salir, y yo voy a estar ahí”.

En esa abnegación de madre, pienso en todas las madres de todos los pibes a los que defendí.

Pienso en mis abuelas, las Madres de la Plaza. Pienso en la incansable Rosa Brú, en Raquel Wittis, en Sandra Cigarán, en Fernanda Nicora y en muchas otras a las que les han quitado el aliento y desgarrado el alma al arrancarles a sus hijos. Pero, a pesar de todo, siguen luchando.

En el caso de Tatiana Ailén, su mamá no estaba allí. Nunca estuvo. No había nadie más que ella. Ella, en realidad, su propia madre.

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Durante la detención tuvo a Franco, su bebé. Me dijo que le ponía así porque su abuelo se llamaba Franco. El parto fue normal, y por suerte todos estuvieron pendientes de ella, sin hacerla sentir más amenazada.

Tatiana Ailén recuperó su libertad seis meses después de su detención, y lo hizo junto a Franco. Cuando el taxista se recuperó de la lesión, el cambio de carátula de tentativa de homicidio a lesiones graves, le permitió encontrar la salida, pero también dar con un lugar para su bebé.

Siempre hay gente perdida dentro del sistema que, comprometida, colaboró con su situación. Lo hizo el municipio de Ensenada ingresándola al programa “Ellas Hacen” que le permitió acceder a un trabajo, y encontrar una solución habitacional.

Hoy Tatiana Ailén, “la piba”, debe rondar los 28 años. Franco debe tener 11. Hace poco me enteré que tuvo dos hijos más, que trabaja en una cooperativa y que vive con su actual pareja en un barrio de Berisso.

Si el taxista no se hubiera recuperado a tiempo, quizás la hubieran separado de Franco, o todavía estaría presa junto a su hijo, como muchas mujeres presas en cárceles de este país.

(*) Julián Axat es escritor y abogado. Fue Defensor del Fuero de Responsabilidad Penal Juvenil.

Nota publicada originalmente en El País Digital.

Edición: 4128

 

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