Por Carlos Del Frade

(APe).- Muchos años antes que Rosario fuera noticia a nivel nacional por homicidios vinculados al narcotráfico, una maestra de escuelas primarias de la zona sudoeste advirtió que las chicas ya no querían ser botineras, si no, narqueras. Todavía no era el tiempo de la revolución de las hijas ni la extraordinaria irrupción del feminismo y muchas chicas, entonces, pensaban que no tenía sentido ser novias de futbolistas si no de narcos barriales.

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Por Alfredo Grande

(APe).- Es necesario siempre hacer el diagnóstico diferencial entre crisis y catástrofe. La crisis es una pérdida de la autonomía. Por ejemplo en estos momentos estoy sin internet por lo tanto deberé buscar un sistema auxiliar que suplante la caída del wifi. Cuando lo logre, las cosas volverán a ser como antes y se logrará un nuevo equilibro en el sistema. Si en cambio colapsa la computadora, se destruye el disco duro, es una catástrofe. Habrá que formatear, pero ya nada volverá a ser como antes. De las crisis uno puede salir fortalecido. De allí el mantra de la cultura represora de que crisis siempre implica peligro y oportunidad. Ocultando que cada vez son más los peligros y menos las oportunidades.

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Por Claudia Rafael
(APe).- Aturden los medios con su cantinela imparable en esa carrera feroz por la multiplicación de videos. En la soledad de la habitación, lejos de la adrenalina de la sangre que vende, ella huele una remera, quizás un pantalón. Probablemente se aferre a esa ropa en un abrazo demasiado flaco, que no tiene devolución. Un abrazo que duele. Pero no como esos abrazos que duelen porque estrujan, porque son de ida y vuelta, porque entrelazan cuerpos cálidos o sudados. Su abrazo duele porque es el abrazo de la soledad. Porque es el abrazo vacío. Graciela Sosa, la mamá de Fernando, contó que esta semana le entregaron la valija de su hijo. “Yo la había cargado con tanto amor, que me devuelvan a mi hijo en un cajón y me traen el bolso. No es fácil sacar cada ropa porque había ropa sin lavarse. Lo olía, la ponía para oler y me tiraba arriba. ¿Por qué le hicieron esto a mi hijo?”.

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Por Silvana Melo
(APe).- Ya se han muerto ocho, nueve, diez, quién sabe cuántos. Quién cuenta a los niños que se mueren en la profundidad del chaco salteño. Y se seguirán muriendo sin preguntar dónde fue a parar el presupuesto millonario que los gobiernos provincial y nacional condescendieron para CONIN, la fundación contra la desnutrición que preside el opus dei Abel Albino, luchador contra todo derecho tangible. Se seguirán muriendo mientras se discute cómo se paga una deuda que a ellos siempre les costará la vida. Se seguirán muriendo mientras que de las canillas de un pueblo de Santa Fe sale agua con veneno. Se seguirán muriendo mientras el Ministro de Ambiente se reúne orgullosamente con José Luis Gioja, socio del cianuro para generaciones de niños de Jáchal. Se seguirán muriendo ahí donde el país se cae y nadie ve a los originarios y a los pobres que se quedan desnudos y sin bosque cuando pasa la tala y desmonta 1.200.000 hectáreas en 10 años y asesina a cientos de hambre, de sed, de olvido y de desprecio.

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Por Sibila Camps

(APe).- Hace exactamente 36 años murieron por desnutrición dos niños wichí en la comunidad La Puntana, en el Chaco salteño (cerca de Santa Victoria Este y del límite tripartito), y debieron evacuar a varios más, como también a personas adultas, por la misma causa. Nadie aseveraría que eran las primeras muertes por desnutrición, pero hacía apenas dos meses que habíamos recuperado la democracia y fueron las primeras en ese período. Salta estaba gobernada por el peronista Roberto Romero, los fondos nacionales iban hacia las provincias radicales, y el secretario de Salud Pública de Salta –entonces no era Ministerio–, el doctor Enrique Tanoni, tuvo en cuenta aquello de que "el que no llora, no mama", y salió a batir el parche con la intención de conseguir ayuda económica.

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