Por Claudia Rafael

(APe).- “Cuando se aburra de joder ya va a volver. No se preocupe”, le dijeron a Graciela Alderete 14 años atrás cuando fue a denunciar a la comisaría segunda de Olavarría la desaparición de su hijo de 17 años. Hay quienes logran interponer una denuncia, quienes son espantados virulentamente con frases como ésa, quienes encuentran a su hijo o a su hija con vida y quienes algún día se topan con unos huesitos en una caja de jabón de lavar la ropa, como le pasó a Graciela. Melany Aguiar fue encontrada. Melina Romero también. Melany con vida. Melina estragada, como Natalia Melmann, como María Soledad Morales, como Lola Chomnalez, como Angeles Rawson, como Magalí Giangreco, como Lucía Pérez, como Cristian Medina y tantas otras y otros.

Hace 14 años Graciela intentaba denodadamente denunciar la desaparición de su hijo. Catorce años más tarde reivindica su identidad sexual y porta una pancarta con el nombre con que lo parió, Germán Esteban Navarro, pero –aclara- era Mara en verdad. Mara que se sentía y sabía mujer más allá de sus genitales. Y por eso, la policía se reía y le insistía “cuando se aburra de joder ya va a volver”. Por eso, porque era pobre, travesti, adolescente, marginal, vendía su sexo, ni los policías, ni el fiscal, ni el poder político ni los medios, ni los ministros promesantes eran capaces de mirarla a los ojos y actuar.

Porque demasiadas veces las víctimas son víctimas pero lo son, a ojos de instituciones y de la sociedad bien, a medias. En definitiva, “se la buscan”. O son víctimas hasta que aparecen vivas. O hasta que aparecen muertas. Melany Aguiar apareció con vida. Pero los macarras de la moral, ahora que apareció viva, se regodean advirtiendo que quién sabe qué hizo y con quién durante los días en que se la buscó.

Hay extraños mecanismos perversos instalados en la sociedad que caracterizan y catalogan en distintos estantes. Acá las víctimas inocentes. Acá las víctimas que se la buscaron. Acá las víctimas que, por pertenencia de clase, son víctimas víctimas. Y más allá, las víctimas que, por pertenencia de clase, son semi-víctimas. O, perdieron esa categoría en el camino para nunca más volver a portarla. Porque los discursos sociales justificatorios necesitarán establecer un parámetro que indique que hay quien merece compasión (en el sentido etimológico más hondo, aquel que habla de padecer junto al otro) y quien no. Porque hay quien –a ojos de la cultura represora, de la que tanto habla Alfredo Grande- intenta usurpar el lugar de la víctima sin serlo.

Entonces, si Melany Aguiar fue hallada con vida, deberá cargar sobre su espalda con la insoportable cruz de la supervivencia. Y habrá que justificar esa aparición con los imprescindibles castigos. Aquellos que expulsan, no ya del paraíso que no existe, sino del prolijo, pulcro, virginal e inmaculado estante de las víctimas. Y aunque las separe el hilo de la vida y la muerte, quedará ubicada para ese modelo y sus voceros sistemáticos, en el mismo anaquel en que se la arrojó e hizo arder en las llamas de la brutal inquisición a Melina Romero, aquella “fanática de los boliches que abandonó la secundaria”, como supo estigmatizar Clarín.

Edición: 3653

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