Por Carlos del Frade

(APe).- “De Arequito al mundo”, es una de las frases de la cantante Soledad Pastorutti que en el año 2016 celebró dos décadas con la música desde el Ferroclub de esa localidad santafesina junto a veinte mil personas.

Arequito es también la llamada capital nacional de la soja y el lugar donde las tropas de San Martín decidieron no reprimir a las montoneras federales a principios de 1820.

Allí en Arequito, con una población estable menor a los siete mil habitantes, hay otras soledades y otros negocios paralelos a los que generan la soja.

Eusebio Rodríguez tiene 61 años y nació en Tucumán. Llegó hace más de cuatro décadas con el orgulloso mote de ser domador de caballos. Hoy sobrevive como albañil y trabajador rural para distintas tareas en tiempos de cosecha. Levantó su casa, sobre calle España, con sus propias manos y no quería saber nada con los medios de comunicación. Sin embargo, el presente de Débora, de veintisiete años, una de sus hijas, lo expuso y lo llevó a cuestionar muchas cosas de ese pedacito de la geografía santafesina.

En noviembre de 2017, Débora estaba en su casa de calle Perón al 900, allí en Arequito, cuando de pronto dos tipos se le metieron en la casa, le pegaron, la tiraron al suelo como también a una de sus hijas y le quemaron sillas y parte de la casa. Desde entonces no pudo volver a su domicilio. Va de una casa a otra y recién ahora la comuna le ofrece pagar una pieza para que esté bien. En realidad, Débora, para estar bien necesita volver a su casa.

Los que le pegaron a Débora y su hija son dos muchachos vinculados con un tal González, un vendedor de drogas de Arequito. Le exigen una deuda de catorce mil pesos, una cifra que surge de la mercadería que le entregaron para que la vendiera pero, como muchos y muchas, Débora la terminó consumiendo.

Fue entonces que Eusebio decidió hablar en “Radio Casilda” y hacer público el drama de su hija y nietas. Recién entonces fue atendido por la policía del lugar. Los mismos habitantes de la comisaría del pueblo de la Sole que, en su momento, lo saludaron junto a otro de los narcos caracterizados de la pequeña localidad del sur provincial. “Lo que vine a hacer, ya lo vi”, le dijo a los policías en aquella oportunidad.

El “Tucumano”, como también se lo conoce, pidió muchas veces ayuda para su hija, para sacarla de la adicción y lograr un presente sin tantas amarguras. No pudieron. Ahora es una de las pocas voces que denuncian al “Perro Verde”, otro narco de la localidad que exhibe un envidiable desarrollo patrimonial en pocos años.

Varias veces le sugirieron que no se meta con esa gente porque es muy pesada, pero Eusebio defiende a su hija, a sus nietas y sus ganas de vivir tranquilos. Habrá que ver qué hacen desde el poder judicial y el poder político.

Si Débora puede volver a su casa y si los vendedores de estupefacientes no la tienen tan sencilla.

El caso de Débora es la síntesis de la expansión del negocio narco en la provincia de Santa Fe, en particular, y la Argentina, en general.

Por más pequeñas que sean las localidades, forman parte de la geografía del flujo de dinero.

Ya no son necesarias las grandes bandas, alcanza con la proliferación de vendedores custodiados por integrantes de las fuerzas de seguridad, nacionales y provinciales.

Ante el fenomenal ciclo económico multinacional y paraestatal del narcotráfico, las voces desesperadas de gente como Eusebio parecen ser las únicas resistencias.

Allí en Arequito, la tierra de Soledad Pastorutti, capital nacional de la soja y emblema del federalismo, hay otras soledades consecuencia de negocios impunes.

Fuente: Entrevista con Eusebio Rivero realizada por el autor de esta nota.

Edición: 3552

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