Por Silvana Melo

(APe).- Rodó por las paredes de su arte. Y pintó grafittis con su sangre. El vecino creyó que era un ladrón. Era un vecino. No un brazo armado del estado. Era un hombre común, con un arma bajo la cama. Arrogándose ley, vida y muerte. El vecino creyó. Como una fe contundente. Sin fisuras. Creyó sin duda posible. Creyó que era un ladrón. El, que tenía apenas 17 y en la madrugada del lunes se apuraba para pintar la última redondez  de la última letra en la última pared para irse a dormir y después levantarse al lunes, frío y acechante lunes de  cara lavada y trabajo en la barbería.

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Por Claudia Rafael

(APe).- Son los pibes y las pibas que terminan en un lugar o en otro. De éste o de aquel lado de la frontera. Que buscan sobrevivir y que terminan vistiendo el uniforme. Con 25 años, Lourdes Espíndola recibió un balazo y murió como se muere en las calles. Con la violencia de la tragedia de este país que la podría haber ubicado vestida de guardapolvos blanco, de uniforme azul o sobreviviente como se sobrevive contra viento y marea. De un lado o del otro. Generaciones con destino marcado. Podría haber disparado en cualquier circunstancias de ésas tan repetidas en estos días donde el chaleco antibalas, la 9 milímetros o un escudo antimotines mueven a los robocops del sistema a usurpar vidas, dejando hilachas de heridos o amedrentando en una protesta porque trabajo no hay y no hay construcción de futuro. Y los desarrapados, que supieron de derechos, se empoderan y lanzan su grito de rebelión. O asoman desde las cárceles a cielo abierto que con milimétrica paciencia el estado construyó a través de las décadas.

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Por Carlos Del Frade (*)

(APe).- -Por primera vez estoy asustado – me dice uno de los más conocidos sacerdotes rosarinos en la lucha contra el narcotráfico. -Veo chicos de doce años que ya están armados. Eso, por primera vez, me mete miedo – termina la idea. Otro sacerdote, también de la zona sur de la provincia de Santa Fe, confiesa que suele bendecir los búnker porque son la única fuente de trabajo en la ciudad atravesada por la desocupación.

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Por Alfredo Grande

   (APe).- Aunque nadie lo crea, y yo también dudo, puedo decir que odio citarme a mí mismo. Tengo claro que nadie es profeta en su tierra. En mi caso, la tierra es apenas una maceta. Mis anhelos de jugar al basquetbol fueron tempranamente frustrados. Otros anhelos también. Quizá tuve más de tres esperanzas en mi vida. Pero parafraseando a Enrique Santos Discépolo, no todas me engañaron. Aunque varias murieron.

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Por Bernardo Penoucos

(APe).- Evita trajo el mundo en sus ojos.

Las orillas en las manos y la ilegitimidad de la sangre.

El cuerpo de mujer y el cuerpo del dolor.

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