Por Carlos del Frade

(APe).- -Aspiramos poxi para que nos duelan menos los golpes de la policía. Para que no tengamos tanta hambre ni tanto frío…por eso aspiramos poxi – nos dijeron cinco pibitos que no superaban los quince años y que en 1984, para los medios de comunicación del centro rosarino eran la síntesis del mal. “La bandita de la plaza Sarmiento” o “los chicos del poxi” habían sido marcados por la hipocresía dominante. La democracia estaba dando sus primeros pasos y ellos vivían en la calle, a metros de la escuela Normal número 1, fundada por Nicolás Avellaneda, porque en sus casas la convivencia era más feroz que afuera.

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Por Silvana Melo

(APe).- Cuando supo que sus dolores de panza eran un otro que germinaba en su interior se miró el ombligo. Pensó en su padrastro y ese secreto que él le impuso. Esas sesiones de tortura, como las llama Mariana Carbajal, a las que la sometió tanto. Ese dolor y esa sangre. Tiene diez años, le tocó nacer en Salta y no logra entender cómo es que se le hinchará la panza y le saldrá un muñeco con piel y llanto de verdad y será una vida que no quiso, que no comprende y que la transformará en madre cuando a los diez se es hija y esponja para los mimos y tan pequeñita y tan frágil.

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Por Silvana Melo

(APe).- Juzgada y condenada, la Plaza de Mayo verá pasar la historia detrás de sus flamantes rejas permanentes. Verá los tiempos sombríos que fatalmente la instalan, apretada, a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. Y muy lejos de la gente. Mayo se debate entre la lluvia y el sol. Y es el desacuerdo espasmódico entre la lucha y la resignación. Entre lo viejo que no acaba de morir y lo nuevo que no acaba de nacer. Entre los trabajadores apaleados bajo la tierra y los sindicatos que especulan. Entre los que discuten la reapertura de la paritaria impuesta al 15 cuando la inflación será del 30. Entre aquellos a quienes no se les concede caprichosamente la legalidad pero avanzan impulsados por una representatividad que los legitima.

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Por Claudia Rafael

(APe).- Jugaba a la ronda, a las escondidas o a hacer pocitos en la tierra. Tiene 4 años y vive en Villa 31, ahí donde los pasillos y las sombras del caserío confrontan con la contradicción que abruma de los edificios brillosos y palaciegos de los alrededores, en Retiro. Un cuatriciclo policial la atropelló y sólo el azar fue responsable de que siga con vida a pesar de las lesiones.

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Por Claudia Rafael

(APe).- Los 25 años de condena que ayer cayeron sobre la cabeza del cura que irónicamente se llama Justo Ilarraz por abusar de niños que tenía a su cuidado desnudan una radiografía del poder. En este caso es la iglesia católica. Podría haber sido el cura que fue, un pastor, un rabino, un director técnico de fútbol, un ministro de la corte o del gobierno provincial o nacional, un profesor de la escuela x, un psicólogo. Cualquiera entre tantos que ocupan un puesto de poder, que están dos, cinco o diez escalones más arriba en la línea de decisión de quienes son sus víctimas. Freud dijo que el ser humano es capaz de cometer casi cualquier delito si sabe que puede hacerlo sin castigo alguno. Y el cura Ilarraz no hizo ni más ni menos que aprovechar de esa enorme cuota de poder en sus manos de ser el lobo que tenía a su cuidado noche tras noche a cuarenta ovejitas. Y ¿quién iba a desconfiar de la suma del poder moral que constituye un hombre que habla la palabra de dios, sea cual sea el dios, si lo que transmite es el deber de hacer lo correcto, de hacer creer que cada movimiento de sus manos, cada gesto de afecto, cada convocatoria a un instante de soledad en las sombras con él era algo así como ser “el elegido”? Y, en definitiva, la certeza de encarar el camino a lo sagrado.

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