Por Carlos Del Frade

(APe).- Paraná, capital de Entre Ríos, la ciudad que alguna vez fue pensada como el centro de un país proyectado desde adentro hacia afuera, con justicia, igualdad y desarrollo. Los fundamentos de la Confederación, liderada por Justo José de Urquiza quien fuera asesinado por ex amigos luego de su retirada en Pavón, cuando le dio la espalda a aquel proyecto y dejó que el mitrismo construyera la Argentina dependiente del extranjero, donde la felicidad sería para pocos, muy pocos. Allí, en Paraná, un camión municipal arrolló a un pibe que dormía entre la basura.

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(APe).- Parir un libro en papel en estos tiempos es casi un acto revolucionario. En este caso, coincide, además, con el contenido. “La batalla cultural, como afirmación, me pareció siempre verdadera, pero insuficiente”, afirma Alfredo Grande en su nuevo libro “La cultura represora y la revolución”. “Primero porque no es batalla, sino una guerra. La masacre permanente a todas las formas de subjetividad deseante, desarrollada y perfeccionada en siglos, es incorporada y naturalizada o es resistida y atacada. La declaración de guerra contra todas las formas de cultura represora es necesaria. El anatema de la guerra, de toda guerra, es otro de los trucos de la cultura represora”. Allí, a lo largo de 480 páginas analiza estos tiempos de “parálisis motora y de indiferencia afectiva”. Tiempos de lo que deben devenir –aunque no siempre ocurre- “actos justos”.Se conjugan textos ya publicados en APe con otros artículos inéditos.

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Por Alfredo Grande

(APe).- Dicen, y es cierto lo que dicen, que Chicha Mariani buscó a su nieta Clara sin encontrarla. Es cierto lo que dicen porque eso es lo que pasó. Eso es lo que le pasó a Chicha. Buscó a su propio unicornio azul y nunca lo encontró. Una versión trágica y actual del mito de Sísifo, condenado a subir una roca sabiendo que luego volvería a caer. Pero podemos suponer, que por breves segundos, cuando Sísifo llegaba a lo alto de la montaña, podía mirar la amplitud del valle y en esos tiempos de la escasez, quizá era feliz. Deseo creer que Chicha pudo tener algunos momentos de alegría, aunque la felicidad no es para el gozo de los mortales.

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Por Bernardo Penoucos

(APe).- El cuaderno húmedo en el que escribe un pibe encerrado en el Instituto y en el que cuenta amores a su madre y penas y torturas a sus días. El cuaderno roído en el que el cartonero hace cuentas de leches y panes y suma y suma pero da resta y noche e invierno. El cuaderno en el que la piba anotó el miedo de salir a la calle, el miedo al acoso y el miedo al hombre colonizado por el patriarcado.

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Por Claudia Rafael

(APe).- Tenía 52 años entonces. En aquel 1976 en que los crueles le extirparon a su familia. Diez más de los que Clara Anahí tiene hoy. Y los días y las noches fueron derramándose uno tras otro sobre su cuerpo hasta estos 94 en que le levantó la muerte el vuelo, como escribió el poeta, sin volver a acunarla. Sin volver a abrazarla y a regalarle esa cajita de ternuras cobijadas entre los dedos ajados por los años, a cantarle el arroró –a pesar de las más de cuatro décadas- “tan desafinada como siempre”, como le contó por carta a los cuatro años y nueve meses de ausencia. A buscarle parecidos y diferencias. A secretear y reirse juntas. O a empezar muy despacito, con los relojes a contramarcha, a curar las heridas y decir cuánto te busqué y cuánto te soñé y cuánto, cuánto te abracé en las noches cuando nadie nos veía y sólo podía imaginar tu cuerpo y tu voz. Yo no tengo tiempo pero sigo esperando.

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