Por Silvana Melo

(APe).- A horas de la cumbre mundial del poder más impiadoso, apenas a unos kilómetros de la ciudad blindada, a día y medio de que la des-justicia del mismo sistema victimizara otra vez a Lucía Pérez, dos niños de diez años mataban o morían. Como una esquirla de esta guerra con coletazos en casa. Como daños colaterales de un poder que nace en el capital y se radica en la masculinidad más perversa. La del femicidio y el infanticidio por puro instinto de poder. Ancestral y estructural. Aprehendido desde el origen de los tiempos.

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Por Claudia Rafael

(APe).- Las nueve muertes de la comisaría de Esteban Echeverría son muertes por goteo. Carlos Corvera tenía 25 años y murió esta mañana. Su delito: robar una cortadora de pasto. El jueves 15 eran cuatro los muertos; al día siguiente, dos más y el domingo y el lunes se sumaron una víctima más cada día. Son esas muertes que no importan. Que no cuentan en la radiografía de la sociedad del bienestar. No se ven. Y si no se ven, no existen. Son “los que sobran”. Los nadies que van formando ejércitos de descartados. Los que no escandalizan y, si no escandalizan, no duelen. Pasan. Son trasladados desde la morgue al territorio impune del olvido.

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Por Claudia Rafael

(APe).- “A Lucía nadie la mató”, concluyó desolada Marta Montero, la mamá de la adolescente. Si nadie la asesinó, Lucía murió de muerte natural. Acaso se suicidó. Tal vez tuvo un accidente. Pero lo cierto es que en la mirada del Poder Judicial ninguno de los hombres juzgados por estragar la vida de esa chica marplatense de apenas 16 años fue culpable de hacerle daño alguno a Lucía Pérez. Ni Matías Farías, de 23; ni Juan Pablo Offidani, de 41. Menos aún Alejandro Maciel, de 61. Farías y Offidani fueron condenados por venta de droga agravada por hacerlo a menores de edad y en las cercanías de una escuela. Y Maciel, absuelto de toda acusación.

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Por Carlos del Frade

(APe).- Cuando terminaba la primera década del tercer milenio, una maestra, atenta y sensible a lo que decían, dibujaban y no decían sus chicas y chicos, tomó nota sobre algunas postales de las alumnas y los alumnos. Una de ellas exhibía un pibe que lloraba, estaba vestido con un pantalón corto y la pelota estaba tan sola como él.

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Por Silvana Melo
    (APe).- Un mes atrás la final de la Copa Libertadores en casa era un fogoneo de emociones. Y una herramienta oportunísima para que el Gobierno pudiera desviar el desconsuelo y la desesperanza hacia otros carriles. Donde se transformarían en meme y en ejercicio preparatorio de humillar al otro para sentirse ganador en algo. Hacerle un sombrerito al trabajo que no aparece, una gambeta a las cuentas que no se pueden pagar, una rabona a la vida, cuando viene tan falsaria, con ese gesto de impostura.

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