Por Alfredo Grande

(APe).- Votar en defensa propia. Consigna ingeniosa pero insuficiente. Si el voto es defensivo, queda claro que es una tibia y pobre defensa. Demasiado esporádica, demasiado rápida, demasiado secreta, demasiado obligatoria. La defensa propia es un concepto mucho más inclusivo y tiene más que ver con una cultura emancipatoria que con un ritual dominguero. Ante todo, para defender adecuadamente lo propio, es necesario también saber atacar lo ajeno. Y a los ajenos que nos roban lo propio. Recuperar la praxis de una soberanía, o sea, de un espacio, un territorio, desde donde pueda ejercer un poder. No sólo un poder delegado en quien alucino que va a representarme. Un poder efectiva y completamente ejercido sobre mis deseos, mi cuerpo, mi tierra, mi agua, mi cielo.

Pero ese poder es ejercido de forma muy diferente de acuerdo a la clase social y política por la cual estoy atravesado.

El poder pensado y ejercido como acto privado donde pocos tienen mucho y muchos tienen poco y otros muchos no tienen nada, es un poder exterminador. Destructor cuyo emblema es la guerra de conquista. Antes cuando la Unión Soviética era expresión de un socialismo real, se consolidó la denominada “guerra fría”. Equilibrio inestable, en crisis permanente y con amenaza de catástrofe planetaria durante décadas.

Pero el colapso de la experiencia comunista no decretó el fin de la historia. Fue el final de esa historia, pero aparecieron otras. Ya la guerra no fue una cuestión de Estados contra Estados, sino que en defensa propia muchas poblaciones pasaron al ataque. O sea: multiplicidad de guerras calientes. Algunos llaman a esto terrorismo. Toda forma de terrorismo, incluso el terrorismo de los Estados, es la forma más caliente de intentar resolver las contradicciones más brutales del modo capitalista de producción. Desde ya, todos deploran las consecuencias, pero pocos señalan las causas. Por la razón, no demasiado sencilla, de que los mismos que deploran las consecuencias son los que organizaron las causas.

Allá lejos y hace un tiempo, María Elena Walsh cantaba: “primero fabrican pobres y enfermos, luego regalan el hospital”.

A lo máximo que llega las guerras calientes de los terrorismos de Estado, es a protocolos de reducción de daños. Los daños colaterales y frontales no pueden ser evitados. Hambre cero y riqueza ceo. La cultura represora construyó el culto a la meritocracia, una forma de inocular culpa en los perdedores del bingo laboral. Como sentenció nuestro filósofo de consulta, “nadie hizo la plata trabajando”. Habría que agregar que además, la hizo estafando, robando, explotando fuerza de trabajo, corrompiendo, incluso asesinando.

Documentos cuidadosamente clasificados dan cuenta de la multiplicidad de los crímenes de la paz. Las guerras calientes interrumpen el paraíso fecal de las democracias capitalistas. Por eso en las escuelas está prohibido hablar de Santiago Maldonado. La (re)volución libertadora prohibió hablar de Perón. Había que decir, “el tirano prófugo”. Los genocidas eliminaron la palabra “guerrillero”, y solo podía decirse terrorista subversivo.

La cultura represora, y la escuela es uno de los espacios donde se la enseña y se la venera, tiene que ocultar el fundante de guerra caliente que tiene la amable y afable democracia. Donde el poder del soberano deviene del voto popular. Poder de un Soberano que lo ejerce expropiando soberanía de sus gobernados. Voto popular y artificial, donde las ideologías han sido reemplazadas por una mercadotecnia del consumo. Por eso el financiamiento de los partidos políticos es uno de los puntos más tenebrosos, y eso que hay demasiados puntos tenebrosos.

El alucinatorio político social donde el sujeto piensa, siente y hace que vota, es tan potente que luego algunos aclaran: yo no lo voté. O legitiman ciertas políticas exterminadoras porque “fue votado”. El voto secreto, universal y obligatorio es una formidable coartada para delincuentes varios. Los tres Poderes del Estado conspiran contra todos los poderes de los ciudadanos, de los trabajadores, de las niñas y niños. Se llama “bien común” a no cuestionar el mal de los pobres y a santificar el recontrabien de los ricos.

Nuestra opción para una política de emancipación, es sostener una opción por los ricos. Para destruirlos. Porque la cacareada distribución de la riqueza, imposible en este orden de las democracias/guerras calientes, implica que la clase de los ricos desaparezca. Y detener el saqueo, el robo sistemático, la estafa sostenida, sobre los recursos a los cuales soóo el pueblo puede y debe tener absoluta soberanía. El Lago Argentino será lago, pero no es argentino. Es el emblema de la soberanía robada. Hay que robarles a los ladrones, y no pidamos cien años de perdón. De tal palo, tal semilla. Si no volvemos al palo de la lucha clasista y libertaria, las semillas serán de frutos podridos y tóxicos. Esos árboles deberán estar prohibidos para tener tierra para plantar otras semillas. Ya no es suficiente separar la paja del trigo. Ahora hay que separar el alimento de los venenos.

Seguir insistiendo con el voto como única herramienta para que se exprese la voluntad popular, es usar como destornillador a un cuchillo tramontina. Todos lo hemos hecho, pero apenas sirve para mellar el cuchillo.

“Todos los medios, incluso los legales” escribió Lenin. Agregaría que muchos de los medios legales hoy se han convertido en armas de destrucción masiva de la vida de millones de personas. Por más votado que sea el genocidio, no es razón para dejar de combatirlo.

Edición: 3477

 

Libros de APE