Por Claudia Rafael

(APe).- Cada camión cargado de ricoteros es la imagen de “la bestia” (*). Unos sobre otros, amarrados a manijas oxidadas y trepados como sea a la caja del camión de la basura como los migrantes atiborrados al tren de la muerte y de los sueños. Había que sacar el excedente. El sobrante. El retrato que denuesta. Vamos, vamos, arriba. Que el camión se va. Vamos, apuren. Es la fotografía del final político cuando la masacre expone la suciedad eterna. La que es moneda corriente pero que sólo asoma ante la tragedia, la muerte o la hilacha suelta que algún desprevenido tironeó.

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Por Alfredo Grande

(APe).- La columna vertebral era el movimiento obrero organizado. Organizado por el Estado. O sea: movimientos rigurosamente vigilados. Y financiados. Se movía, pero en un corralito político, económico e ideológico que ni se estiraba, ni se doblaba, ni se rompía. Cuando todo andaba bien, digamos primer plan quinquenal, todo andaba bien. Una columna ágil, de acciones armónicas, elegante, sincronizada. Permitía que el movimiento se expandiera, siempre en su medida y armoniosamente. Es cierto que hubo que arrasar sindicatos y organizaciones comunistas, anarquistas, socialistas. Nadie es perfecto, le dijo el buen dios al diablo. Pero cuando los tiempos cambian, o sea, empeoran, la columna vertebral soporta más peso, está más desgastada, la artrosis avanza, y si la inflamación no se cura, el dolor vuelve. El final de la marcha hacia el ministerio de la productividad pareció diseñada por el empresariado contrariado.

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Por Claudia Rafael

(APe).- Se mueven como perros rabiosos. Sedientos de sangre. Dispuestos a morder, a dejar jirones de historias que –juntas- van armando un rompecabezas cruento. Son el brazo obediente. Que corre. Rodea. Escupe. Estraga. Que deja el entero sistema al desnudo en un solo golpe. Esperaron hambrientos la oscuridad de la noche. Y en el momento exacto, barrieron con los colmillos afilados calles y plazas.

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Por Silvana Melo

(APe).- Que jueguen a lo que quieran. Que no acepten por nada del mundo que las llenen de muñecas y les veden los autitos y las pelotas. Que se sienten como quieran. Que no se callen si les dicen gordas. Que no guarden la angustia en la panza. Que se vistan como quieran. Que se pongan short, pollera larga, mini, jeans o túnica. Nada habilita a nadie a meterse con su cuerpo. Ni la mini ni la túnica.

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Por Claudia Rafael

(APe).- Los dispositivos de la memoria son múltiples e infinitos. Lo no dicho va abriendo grietas por las que, tarde o temprano, salta lo inesperado. Aquello que durante años funcionó bajo los mecanismos del “secreto” tiene –al decir de los psiquiatras Darío Lagos y Daniel Kersner- “efectos (des)estructurantes”.

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