Por Carlos del Frade

(APe).- -No es fácil que la calle te acepte – dice uno de los muchachos que desde hace años viene trabajando como acompañante personalizado en la ciudad de Rosario. Durante seis horas, de lunes a viernes, tiene que estar con pibas o pibes deambulando por las calles de la ex geografía obrera para que no mueran consecuencia de los negocios mafiosos que necesitan tragarse la vida de los estragados.

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(APe).- El era quien llevaba la barba del liderazgo en aquella banda de jóvenes que entró a la mayor de las Antillas para cambiar la vida 57 años atrás. Fueron los niños los que alzaron los ojos para mirarlos, desde los cordones de las veredas y desde la altura de los tacos de sus botas. Eran 600 mil niños sin escuela. 600 mil con el hambre de toda la historia. Analfabetos por la prepotencia del poder. Enfermos sin cama ni vacuna ni vaquitas de San Antonio que les caminaran todos los dedos hasta inventarles un mañana con pan y auroras.

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Por Alfredo Grande


  (APe).- La democracia no vinculante consiste en que muy pocos afortunados, bendecidos por diversas formas de la fortuna, deciden sobre los ingresos de los cientos de miles de desafortunados. Con ingresos de cinco ceros y varios ceos, discuten como si supieras sobre el bono de fin de año. O sea: el abono para que la miseria se note menos, porque ya es imposible que no se note. Lo que no se nota es la riqueza, que escondida en los pliegues delictivos de las diferentes rutas del dinero, los off shore, los on shore, la obra pública y el afano privado, reina y ahora también gobierna.

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(APe).- Es uno de esos incomprendidos de la tierra. Cómo entender, se habrá preguntado el mundo, a quien es capaz de volar como una mariposa, de aletear como barrilete que salta por todos los cielos y toca la luna con dedos truncos mientras abraza a los desalojados de la historia. Él, que hizo que la vida –a pesar de las marginaciones y los rompecabezas de infancia destrozada por la muerte- fuese poesía necesaria como el pan de cada día, como escribiría Celaya. Aún en medio del fango más atroz la utopía se vistió de su cuerpo cansado porque sabía que era capaz de salpicar de ternura a cuanto niño se cruzase con su historia.

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Por MIguel Angel Semán

(APe).- Nuestro Código Civil no preveía la figura de la adopción. Para Vélez Sarsfield la idea de implantar un extraño ahí donde la naturaleza no lo había hecho era poco menos que aberrante. Esta concepción moral y sanitaria de la familia argentina salvó de ser adoptados a muchos pibes pobres del siglo XIX, pero no los libró de la caridad de las Damas de Beneficencia ni del Patronato de Menores. Como tampoco alcanzó para arrebatar de la esclavitud doméstica a los “indiecitos y chinitas” que el general Roca, después de exterminar a sus padres, repartió entre las familias porteñas.

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