Por Alfredo Grande

   (APe).- El segundo libro que publiqué editado por la Fundación Pelota de Trapo, El crimen de la paz, tiene un título que gracias a una observación de Diana Maffia, se llama inter textualidad. Referencia al Crimen de la guerra, de Alberdi. Nada menos. O sea: no es posible pensar el título de mi libro sin asociar directamente con el título del libro del autor de Bases y Punto de Partida.

Pensar a la paz como otro crimen, es el intento de modificar el paradigma desde el cual pensamos la política. El Estado de Derecho, no por derecho es más justo. La ley puede ser injusta, arbitraria, mal parida, represora, elitista. Que la Justicia se expida es una artimaña para que los estudios de los abogados mejor pagos encuentren la mejor forma de hacer trampas a la ley. Porque “hecha la ley, hecha la trampa” y también, y cada vez más, “la trampa es la ley”. 

Pax Romana

Por eso la búsqueda de la paz es la estrategia de todo victimario. Pax Romana, para que el asediado no tuviera ninguna oportunidad de rebelarse. La paz como bien absoluto permite que florezca el absoluto mal. Paz y Justicia se acerca más a un ideal libertario. Nuestro Nobel de la Paz es testimonio combatiente y militante de ese ideal.

  ...  “No matarás…para que no puedas defenderte; no invocarás el nombre de tu dios en vano, para que no puedas liberarte” (aforismo implicado)
   

Me permito en el profundo respeto que tengo por Adolfo Perez Esquivel, introducir una modificación: Justicia y Paz. Invertir la racionalidad es una forma de abrir nuevos conceptos. Por ejemplo: 2 + 2 es 4. Afirmación contundente, inapelable y por lo tanto, reaccionaria. Pero no hay salida a menos que…podamos invertir esa racionalidad. Y afirmar que 4 es 2 + 2. Pero también es 5 – 1, y 1004 – 1000, y así hasta un infinito y solo de los números naturales.
La cultura represora cierra los sentidos por eso prohíbe invocar el nombre de dios en vano. Solamente es posible invocarlo desde la lógica que dios determina. La teología de la liberación invirtió esa lógica y la iglesia es el pueblo de dios. Y entonces dios está en la lluvia, como dice el protagonista de V de Venganza. Y en el viento, y en la tierra, y en nosotros. Para llegar a dios no hay que rezar arrodillado mirando para arriba. Hay que estar de pie, hablar fuerte y mirar a los ojos. Por eso prefiero Justicia sin Paz, que Paz sin Justicia. Como dice el refranero K, “en la vida hay que saber elegir”. 

Racionalidad perversa

Si elegimos la racionalidad por mandato, entonces reproduciremos en forma suave, progre, o en forma brutal, fascista, lo políticamente correcto, posible, esperable, demostrable, querible, amable. Confundiremos marxismo y keynesianismo, por ejemplo. Y será de izquierda todo aquel que no sea fascista, conservador y reaccionario. Incluso será de izquierda aunque sea fascista, conservador y reaccionario, mientras no se le note demasiado. La racionalidad perversa del 2 +2 es 4 lo absorbe todo. Lo paraliza todo. Lo derrumba todo. Conformismo, resignación, depresión, inercia, es lo que hay, peor es nada, así es la vida. Ni los molinos son de viento, ni hay tantos Quijotes dispuestos a enfrentarlos. Y la paz de los cementerios, de los mataderos, de las diferentes formas de exterminio, sigue siendo la coartada de los mercaderes de la democracia. Familiares y amigos de Luciano Arruga que acampan para que el tiempo no sea olvido, para que el olvido no sea impunidad. Pero hemos aprendido que la impunidad no es la ausencia de castigo para un delito. Hay delito justamente porque hay impunidad. La impunidad política, cultural, jurídica, es la premisa desde la cual todo delito, desde el excarcelable hasta el más atroz y aberrante, quedará sin sanción, sin mención, sin castigo. Incluso podrá ser premiado, con el goce de las prebendas y los títulos de nobleza que la democracia fetiche permite. Los fueron especiales, herencia de los privilegios de la nobleza. Es evidente que hay privilegiados y que no son los niños. 

Impunidad for ever

Si en dictadura el poder asusta y aterroriza, en democracia enoja y aburre. Pasiones tristes, diría el filósofo. Muy tristes y muy crueles. Las reformas propuestas al código civil con su delirante propuesta de unirlo al comercial, sostienen una Impunidad de Estado alarmante ya que solo será posible accionar contra los directos ejecutores en caso de accidente, masacre, tragedia, negligencia. A paladar de Schiavi, Jaime y De Vido, mosqueteros bizarros del uno para todos y todo para ellos. Esto lo aclaró la diputada Liliana Parada, entrevistada en el programa radial Sueños Posibles. Sin Justicia ¿importa la paz? Y no habrá justicia y entonces, que tampoco haya paz.
Hace décadas, Konrad Lorenz escribió un libro importante: “Sobre la agresión, el pretendido mal”. Poco me acuerdo, pero me quedó grabado que la agresión es un mecanismo de defensa, nunca de ataque. Con la agresión anestesiada, el animal y el humano es bocadito fácil de los depredadores de colmillos y cuello blanco. Un reaseguro de la impunidad es garantizar que la víctima no invocará el nombre del victimario en vano. O sea: no lo señalará, no lo perseguirá, no lo castigará, no se vengará, ni siquiera buscará justicia por mano propia, y seguirá soportando la injusticia por mano ajena. Y este perverso mecanismo de impunidad for ever, es elogiado por los rufianes y sicarios de la república.

Amparados en un mandamiento mal traducido, prohíben matar…a ustedes. En realidad, el mandamiento es “no asesinarás”. Asesinar es lo opuesto a matar. Asesinar es planificar la muerte, es matar por conveniencia, par aumentar o conquistar espacios de poder. El exterminio es un asesinato en masa.

La misma cultura represora que prohíbe matar es la que facilita asesinar, con el sacramento del monopolio estatal de la fuerza pública. Licencias para asesinar, también llamadas gatillo fácil. Pero matar no solamente es un derecho, sino es un deber. Matar en defensa propia no es delito, ni siquiera para el código penal, el más reaccionario de todos los códigos. Levantarse en armas para defender la Constitución Nacional no es un derecho, es un deber. La Marsellesa, la Internacional, el Himno Nacional Argentino antes de ser amputado por el pedido de la corona española, son marchas de guerra. La cultura represora confunde, y no ingenuamente, guerra con exterminio. Las únicas guerras son las guerras de liberación. 

Designio feroz

No hubiera habido bicentenario sin las guerras contra los godos, esos que escupieron su pestífera hiel. El mandamiento encubre su designio feroz: “No (me) matarás”. “Dejarás que Yo te asesine”. Y siempre, no podía ser de otra manera, por algo será. Algo habrán hecho los masacrados de tantas historias. La bendita cruz y la maldita espada en un acople letal para asesinar, asesinar, asesinar con la sonrisa macabra de los ángeles del exterminio. Pero que nadie ose enfrentar a los poderosos caballeros, siempre acompañados por don dinero y doña corrupción. Seamos mansos, temerosos de dios, impávidos ante los designios inescrutables y repugnantes, humildes siervos de toda servidumbre, especialmente la libremente consentida, esclavos plenos de gratitud cuando el castigo con el knut, látigo de los zares, no se acompañaba de sal en las profundas heridas.
La democracia de la demos gracias por tanto subsidio derramado, por tanto empleo estatal multiplicado, por tantos celulares ofertados. Cuando el hambre, el abuso sexual, el maltrato sistemático, el frío de amor, el calor que hierve los cuerpos, se ensaña con niñas y niños, sentimos, yo siento, que se me pudre la esperanza y se me congela la tolerancia. 

Clavado en la memoria

Asesinan las empresas que riegan agrotóxicos con el guiño, la mueca, el saludo, de los gobiernos de turno y de los próximos turnos. Han contaminado tierra, aire, agua. Rutas que en décadas no han tenido mejoras, para luego culpar a la imprudencia de los conductores. Sindicato del padre contra sindicato del hijo. Paradoja letal de la cultura represora donde Hugo y Facundo, ambos Moyano, editan el parricidio y el filicidio, conflicto nuclear del Complejo de Edipo, en clave sindical. Por eso deseo que podamos declararle la guerra a los poderes que planifican nuestro exterminio. La Nación Qom no puede declararle la guerra a la Nación Argentina. Pero ojalá pudiera. Mujeres y hombres libres tendrían que combatir junto a los hermanos originarios. Como las brigadas internacionales, que intentaron defender a una República del exterminio de un ejército fascista.
Aunque todo no esté clavado en la memoria, todavía hay recuerdos que queman nuestras entrañas. Declaro la guerra a este sistema brutal, a esta cultura represora que, como el raid a las cucarachas, nos mata bien muertos. Nos mata el deseo y entonce puede dejarnos vivir como zombies. Declaro la guerra sin cuartel con todas las armas posibles. Como dijo Lenin: “Todos los medios, incluso los legales”. En mi caso, veterano combatiente, educador que pronto será jubilado, apenas podré guerrear con la pluma, con la risa y la palabra. Son mis armas, las únicas con las cuales aprendí a disparar. Buena puntería no me falta, aunque lamentablemente coraje no me sobra. Quizá no esté tan solo como pienso. Quizá algunas y algunos entiendan, sientan, piensen, tiemblen, lloren cuando sostengo este elogio de la guerra.

Edición: 2576

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