Por Claudia Rafael

     (APe).- Ellos no figuran en la historia universal, dice Galeano. Apenas (continúa, aunque no siempre se cumpla el precepto) en la crónica roja de la prensa local. Ellos son el paradigma de los nadies. Son el símbolo estrepitoso y contundente de la ausencia más rotunda. Irrumpen en el mundo sin que suenen orquestas ni se arrojen serpentinas multicolores y suelen dejar la vida violentamente, con estruendos de 9 milímetros o de 11.25 pero sin que los diarios destinen algún centímetro cuadrado o –menos aún- un titular, a la historia de sus vidas. Son los innominados de estos tiempos. Los medios, en ese entramado, hacen lo suyo. Bosquejan la historia a su medida.

Dan a cada uno el destino que –creen, convencidos- la historia les calza como collar inalienable. Les asestan nombres o los ignoran. Los estereotipan, los ensalzan, los fustigan, los elogian o los destruyen. Una palabra a veces (supo decir alguna vez José Pablo Feinmann en La sangre derramada) vale más que mil imágenes. Y si es necesario serán tres, diez, quince las palabras.

“En la cotidianidad institucional se materializan los procesos que determinarán destinos sociales, recorridos pre-asignados al éxito o al fracaso, actualizados en cuerpos y praxis provocadas por la institución”, escribió Valeria Llobet. Pero con un detalle sustancial que surge también de palabras de Llobet: “las instituciones tienen como función `fabricar` los tipos de individuos que son capaces de reproducir la sociedad en que nacen”.

Los medios entendieron ese análisis a la perfección y lo tomaron como lema y bandera. Y en esto no hay que creerse ciertos discursos de estos tiempos y ubicar la mira para disparar toda la artillería sobre (diría VH) el lado magnetto de la vida. Esa función fabril de la que hacía mención Llobet se ubica también a la perfección en los medios que detentan el lado K de la vida.

La gran pregunta, el interrogante más categórico, es ¿en qué lugar se paran unos y otros para pasar las diversas infancias por el tamiz de la palabra mediada? ¿cómo dibujan y bosquejan cada una de las múltiples infancias?

En esto Sandra Carli hace un aporte a tener en cuenta. “La infancia devino un verdadero laboratorio social” advierte. Y lo explica: “porque los niños nacidos en la Argentina durante los años ochenta, y más aún en los noventa, crecieron en un escenario en profunda mutación, y se convirtieron en testigos y en muchos casos en víctimas de la desaparición de formas de vida, pautas de socialización, políticas de crianza”.

Ese laboratorio social del que hablaba Carli o esa producción fabril que definía Llobet son, en definitiva, procesos pergeñados por decisión institucional. Que se construye a lo largo de la historia. No se trata de una orquestación de efectos inmediatos sino que se va amasando a través de ciclos de largo aliento en los que la mercantilización es un elemento medular.

¿Cómo tratan o mal-tratan los diversos medios a las múltiples infancias? ¿Qué espacios les destinan? ¿Cómo los nombran y cómo nombran puntualmente a esa infancia innominada que espeja usualmente aquellos a quienes Galeano bautizó los nadies?

La triste crónica multiplicada por los medios periodísticos de la fatídica tormenta del 4 de abril de 2012 cerró el recuento en 17 muertes. La decisión ubicó ahí el cierre de datos que no referían a recuento de votos en las urnas o de ganado que va entrando al camión jaula. Eran niños, hombres, mujeres demolidos por la fatalidad. Con un pequeño detalle imperceptible para las grandes mayorías. Hubo –según referentes de la Villa 21-24- cinco muertos en el olvidado villorio. Pero la crónica oficial replicada mencionó sólo dos. ¿Cómo se hacen las cuentas con la diferencia? La respuesta es muy simple. La muerte se invisibiliza cuando las fronteras de la vida cotidiana oscurecen los días. Cuando se pierde el nombre y la historia en una esquina de paco y mala muerte. Cuando no hay DNI que registre un lugar en el que se nació, un día, un pedacito de patria. Cuando no hay un amor de padre, madre, hijo, hermano, pareja que grite la ausencia y golpee las puertas de un juzgado, de un municipio, de un gobierno cualquiera.

Enzo, Jorjito (como escriben las pancartas), Ivonne, Kevin, Brian, Mauricio, Franco, Daniel, Iván, Julián, Otoño, Micaela, Sofía, Lila, Juana… se van perdiendo entre los vericuetos oscuros de ese destierro sistémico al que constriñen a los nadies. Los expatria la sociedad, que pone sobre ellos un velo sombrío para no ver. Los expatrian los medios que eligen cuándo servirán a sus intereses según los gobiernos de turno en el pedacito de geografía en que los nadies caigan olvidados. Hay una visibilización a conveniencia que obscenamente dejará al desnudo sólo aquello que sirva a los intereses del mercader de turno. Y que luego, cuando sea estrictamente conveniente, los dejará arrinconados al olvido.

Porque ellos, que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número… siguen siendo los nadies en las estadísticas gélidas del desamparo. Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.

Edición: 2566

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