Por Silvana Melo

  (APe).- La sirena serpentea por las calles atravesando el alba como un puñal. Parece que va y viene, suena en degradé, como los colores del amanecer en La Boca. Suenan las sirenas y se mezclan y parece que se alejan pero vuelven y están ahí abajo, como si el fuego fuera la expiación diaria de quién sabe qué pecado. Porque cuando las sirenas aparecen es que otra vez sucedió. Otra vez la táctica del desalojo salvaje. Otra vez sin palos, sin balas de goma, sin gendarmes ni federales. Con fuego. Sólo con fuego. Que no quede nada para ocupar. Ni un techito de chapa para meterse debajo. Ni la sombra del conventillo que arde a cinco cuadras de Caminito.

A las siete de la mañana del domingo era la madrugada. Pitu y Pola dormían cuando el fuego empezó a alzarse feroz, con lenguas dispuestas a devorarse lo poco, lo nada, la riqueza insustancial de los pobres. Tenían 9 y 11 años y todavía se agarraban la panza para reírse del gallinerío que siempre se muere de miedo cuando aparece Riquelme.

Héctor y Víctor vivían con sus hermanos y sus padres en un conventillo de calle Melo. Aun a pocos centenares de metros, apenas, ellos no formaban parte del paisaje exclusivo de Caminito. No hay pinturas que los dibujen ni esculturas de hierro que los hagan eternos ni tangueros aburridos de la vida que les canten.

Los turistas mantienen lustrado un camino previsto que se detiene en La Boca profunda, en los lateríos sin gardeles que asoman por las ventanas ni colores radiantes. Allí donde el brillo se apaga. Donde se vende droga y se disputan los territorios. A fuego y sangre. Donde se vive y se muere con la misma indolencia. Donde los especuladores inmobiliarios hacen incendiar los conventillos para quedarse con un terreno vacío. Donde las familias en brutal desnudez deben ir a buscar un techo a la pieza hacinada que le cobran como un palacio o debajo de la autopista. Convencidos desde el vamos que en pocas horas caerá la metropolitana y habrá que echarse a la espalda la historia y volver otra vez a la calle.


No late. Tiembla

El domingo murieron el Pitu y el Pola. Once familias acamparon en la calle porque de la ceniza nada resurge. Y el gobierno porteño les ofrece un subsidio famélico con la condición de que se vayan. Ya tenían la promesa del desalojo en dos meses.
El fuego fue la herramienta más eficaz: no dejó nada. Pero ellos sueñan con volver a alzar sus chapas en el mismo lugar. Sus dos pisos de vida conjunta y común, allí donde las delegaciones turísticas pegan la vuelta porque para el guía la Boca es Caminito y la cancha, pero sólo en su fauce fantástica porque en sus laterales la gente apila sillones heridos, colchones sin tripas y tira sus huesos contra los muros de la gloriosa Bombonera, reina de copas que no tiembla. Late.
El domingo cuando el sol empezaba a asomar entre la neblina del río, las columnas de humo dibujaban en el cielo el aliento fatal del infierno. No pocos vieron “a un tipo que tiró una molotov”. El fuego no fue azar. A la intención la ayudó generosamente la madera, las instalaciones eléctricas destruidas, la indefensión generalizada.
El lunes hubo un segundo incendio. Mientras la policía irrumpía como un relámpago buscando drogas a media cuadra.

En desalojo

El sábado habían protestado contra los desalojos. Treinta familias a punto de ser expulsadas. 5.500 en riesgo por vivir en casillas sin servicios mínimos.
Sólo en La Boca 5.500 familias viven la zozobra de la inseguridad. No tienen vivienda ni posibilidad más o menos cierta de acceder a un techo medianamente digno. 5.500 familias son cerca de 28.000 personas sosteniéndose apenas al borde del abismo.
En los últimos cuatro años doce niños murieron bajo el fuego.
No habrá paz, no habrá dignidad, no habrá seguridad para las clases privilegiadas mientras los sectores condenados al destierro no tengan dónde caerse muertos. Su propia inseguridad medular, brutal, es la inseguridad de los Otros. Los que se encierran en fortalezas mientras los otros, los nadies en minúscula, esperan una revancha que tal vez llegue cinco vidas después. Y ni ellos ni sus hijos puedan paladear una sola vez el sabor de entrar, de irrumpir, de instalarse y pertenecer.

Una brizna de dignidad

Pero no importa. Porque el Pola dejará una arenilla en los ojos de los estrategas de la molotov. Una muestra de dignidad humana prendida como un alfiler en la frente del gobierno de la Ciudad -que no gastó en totalidad el presupuesto previsto para vivienda en 2012, que recortó de 68 millones a 49 el programa Rehabilitación La Boca (perteneciente al IVC) en 2013, que apenas lleva usados 29 millones de los 263 presupuestados para Viviendas con Ahorro Previo, destinadas a gente de ingresos mínimos-, de los dueños de los conventillos que exigen alquileres como si fuera Las Cañitas, de los que quieren los terrenos donde ellos se hacinan diariamente para levantar sus torres, de la mano de obra despreciable que tiró la molotov. Porque el Pola había podido salir. Pero el Pitu no estaba. Se volvió a la casilla ardiente a buscarlo. Pero el techo se desbandó sobre los dos.
La Ciudad prometió “un subsidio de 1800 pesos por tres meses, a pagar en una vez”. Ellos quieren materiales. Porque sueñan con reconstruir la casita allí. Donde el fuego arrasó. “En un un asentamiento endeble de Olavarría y Gaboto, la habitación de tres por tres con baño compartido está a 1100 pesos”, dice Tiempo Infonews.
La sirena parece un rayo cuando cruza la noche. La noche profunda en La Boca es la postal que no se vende prendida a la sacralidad de la camiseta. En la noche no llegan los micros sin cabeza con la algarabía en portugués y la tilde sajona. En la noche la sirena atraviesa las ventanas sin vidrio y las puertas sin puerta y les avisa, ya tarde, que el fuego ha vuelto. Una y otra vez más. Sin aviso. Para saquearles su historia pequeña y engordar a los especuladores inmobiliarios. (El fuego llega y alisa los terrenos: los deja listos para vender). Para devorarles doce pibes en tres años.
De esos ladrones y esos asesinos, nunca se llenan las cárceles. Para estos crímenes nunca hay culpables.

 Edición: 2555

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