Por Carlos del Frade

      (APe).- En abril de 1974, la Selección Rosarina de Fútbol le dio un baile de novela al combinado Nacional que viajaría al Mundial de Alemania. En las tribunas las banderas de Central y Ñuls convivían. Y tanto adentro como afuera de la cancha no era inusual que hinchas de Ñuls jugaran a la pelota o practicaran algún deporte con la camiseta rojinegra en el club de Arroyito y viceversa, hinchas de Central, con la auriazul, se divertían en las instalaciones del club del Parque.

La ciudad era obrera, portuaria, ferroviaria, industrial y capital nacional del fútbol, gracias a las dos mayores identidades populares. No se trataba de una época de ángeles, por otro lado, sino que era el plexo de los años setenta, con organizaciones armadas y luchas sociales y políticas muy radicalizadas en la cancha grande de la realidad. Pero las camisetas de Central y Ñuls, las dos juntas, también mostraban un orgullo extra en cada uno de los hinchas de entonces. El fútbol rosarino daba un sentido de alegría muy particular a los que vivían en la ciudad, no tenía que ver con la muerte.
Cuatro décadas después el panorama es otro. Muy diferente.
El 15 de diciembre pasado, después del partido entre Ñuls y Lanús, Leonardo Boladian, de 34 años, y Walter Palacios, de 39 años, fueron asesinados por un par de muchachos que desde una moto en contramano los fusilaron, simplemente, porque los identificaron con los colores rojineros. Uno de los que disparó llevaba la auriazul de Central.
-Este ataque tiene que ver con la violencia que hay en la calle y con una forma de dirimir los conflictos. El que disparó contra la combi demoró menos de cinco minutos en ir a buscar a un arma para tomar venganza – dice una fuente consultada por el diario “La Capital”.
El sábado 21 de diciembre, José Antonio “Coco” G. fue detenido en su casa de Doctor Rivas al 2100 porque se le imputa formar parte de los que terminaron la con existencia de Boladian y Palacios.
Las crónicas periodísticas sostienen que “al momento de ser detenido llevaba puesta una casaca alternativa del Barcelona y con el apellido “Messi” y la 10 en su espalda. De su casa se llevaron varias camisetas de Central (tres clásicas a bastones y una trucha color azul), dos cargadores calibre 9 milímetros de 25 proyectiles cada uno, un CPU, una notebook, celulares y dos motos marca Motomel CX 150 Skua roja y negra con una calco en su tanque que reza “Jesús te ama”, y es similar a la descripta por los testigos como la usada en el atentado. La pistola utilizada en el ataque no fue encontrada”, terminan diciendo las notas que aparecieron los distintos diarios rosarinos.
La policía llevó como potenciales pruebas “tres camisetas de Central”.
Parece mentira pero no lo es: los colores del clásico rosarino hoy sirven para probar o verificar asesinatos.
De aquella convivencia de 1974 a esta realidad hay mucho más que casi cuarenta años.
Hay una serie de valores ausentes en forma paralela a la desarticulación material de concretar futuros para las pibas y los pibes de la ex ciudad obrera.
Y entonces se impone el perverso principio de partida doble del capitalismo: el que vive sin sentido, mata o es matado sin sentido.
También cuentan los informes periodísticos que “Coco” se había salvado de casualidad de dos balazos que le perforaron el tórax el pasado 5 de noviembre en cercanías de Garibaldi y Rodríguz, en barrio Itatí, en cercanías de un bunker de venta de drogas.
Las viejas camisetas de Ñuls y Central que antes daban identidad y alegría a las grandes mayorías, hoy parecen ser los símbolos que identifican ciertos difusos y desesperados ejércitos que luchan en tinieblas porque sus soldados no tienen claro qué significa vivir y qué es eso del futuro. Hoy los hermosos colores de los clubes de fútbol de Rosario parecen tener más que ver con la muerte que con la vida. Dramática postal de las consecuencias de varios saqueos que sufrió la Cuna de la Bandera.

Fuentes: Diario “La Capital”, domingo 22 de diciembre de 2013; “La ciudad goleada”, tomo 2, del autor de esta nota.

Edición: 2596

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