Por Silvana Melo

     (APe).- Fuera de todo contrato social (para cuya firma nunca fueron consultados), incluidos en los guettos que el Estado ha pergeñado para el residual, colgados en el rincón de la declaración de los derechos humanos que habla de la “vivienda adecuada” -y enumera una serie de eufemismos ilusorios-, dos millones y medio de personas respiran, viven, desviven y mueren en más de 1800 villas y asentamientos urbanos en el país.
Dos millones y medio no figuran en los mapas, no tienen calles con nombres sino números escritos con brea, no los registran los GPS ni los centros de documentación rápida, no tienen luz sino cables colgados, no tienen gas sino garrafas cuando se puede, no tienen colectivos ni cloacas ni aire que entre por las ventanas ni ventanas ni obra social ni dentista que no arranque las muelas ni mamógrafo ni red para no envenenarse con el aire que respiran y el agua que toman.

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Por Alfredo Grande

    (Ape).- Un ministro del imposible, del mismo linaje de los que Mario Benedetti interpelaba con su pregunta: “¿de que se ríe?”, sentenció para su eterna desgracia que a la izquierda del kirchnerismo estaba la pared. La nada sutil segregación de los que piensan y actúan no sólo en forma diferente, sino también en forma incompatible con los poderes de turno. Del turno capitalista, se entiende.

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Por Claudia Rafael

    (APe).- Walter Bulacio tenía 17 años en 1991. Como Sergio Durán, en el 92 o Jorge Reyna, en 2013. Julián Antillanca tenía 20 en el 2010. Rodrigo Corzo tenía 27, en el 2003 y Marcelo Bogado, 20 en 2004 . Ellos son apenas algunos. Un manojo diminuto de historias truncas que tuvieron como disparo feroz del sistema, el mismo y siniestro final: una comisaría, una bala policial, una zancadilla implacable de alguna de las fuerzas de seguridad. María del Carmen Verdú, abogada de la Correpi, habla con APe de esas violencias, las pone bajo la lupa y las desmenuza. Les asesta nombre y apellido a los responsables. Y define: es la herramienta clave “para garantizar el control social en una sociedad dividida en clases”. Pero a la vez advierte, ante esos riesgos tan habituales para muchos: “No son casos. Son pibes. Son caras. Son nombres. Son mamás que todavía tienen el cepillo de dientes en el baño o que le cambian las sábanas una vez por semana y mantienen el cuarto como si el pibe estuviera por volver”.

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Por Carlos Del Frade

    (APe).- “La sociedad vive con dolor y preocupación el crecimiento del narcotráfico en nuestro país. Son muchos los que nos acercan su angustia ante este flagelo”, acaba de sostener en un documento la Conferencia Episcopal Argentina. Pero no se trata de un flagelo como fue el castigo de Jehová sobre Sodoma y Gomorra, sino de una etapa del desarrollo del capitalismo y el imperialismo que necesita generar un flujo de dinero fresco, por un lado, y miles de pibas y pibes que vivan sin sentido para que luego sean matados sin sentido y jamás repitan la década del setenta ni pronuncien o sientan como necesidad la palabra revolución.

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Por Claudia Rafael

(APe).- Una vez más, el Estado vistió los ropajes de la perversidad. Vulneró la historia, desoyó la vida, no buscó donde debía buscar. Como antes, tantas veces, llegó demasiado tarde. Sofía Milagros Viale estuvo –con sus 12 años tenues- sesenta y seis días desaparecida desde aquel 30 de agosto a las cuatro y media de la tarde en que salió a vender panes, roscas y masitas que cocinaba su mamá. Empujando su carrito, como siempre. Ya tres horas más tarde no respondió al llamado materno al celular. Otras tres horas después, presentaron la denuncia ante la policía. Fue encontrada –irreconocible, quebrantada, destruida- sesenta y seis días después, bajo una parrilla, en el patio de la casa de un hombre que ya cargaba con una condena por abuso sexual a escasos 100 metros de donde ella vivía.

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