Por Claudia Rafael

(APe).- “Retirá la denuncia. Si no, sos boleta”. La voz de los encapuchados es eco terco en Fabián Gallardo. Tiene 16 años. Y esos ecos lo trasladan en un viaje feroz al sexto mes de hace un año. Junio me arde rojo aquí en la espalda, canta Fandermole pensando en Maxi y Darío. Pero también, quien sabe, en Fabián. Y por eso sigue: En este invierno atroz no hay escenario más duro que esta calle de llovizna.

 

 “Retirá la denuncia. Si no, sos boleta”, dice todavía la voz que le quedó tan grabada y no sabe qué hacer. Tiene miedo. Tiene miedo Elizabeth Morrison, su mamá, que dice que tal vez lo mejor sea sacarlo de esa ciudad insolentemente contradictoria. Tienen miedo la Pastoral Social y la APDH y la gente que sabe, que recuerda, que estuvo ahí cuando los nombres de Nico, Diego y Sergio se transformaron abruptamente en pancarta eterna en aquel junio. Y por eso –piensa Víctor Bravo, de la Pastoral y lo cuenta por teléfono a APe- “hay que hacerlo saber. Contabilizamos 106 hechos de mala praxis policial en la provincia desde asesinatos, apremios ilegales, malos tratos, robos, tentativas de violación. En algunos la Justicia se expidió. Otros quedaron ocultos. Pero entre esos casos hay 16 asesinatos de jóvenes diseminados entre Bariloche, General Roca, Viedma, El Bolsón y otros lugares”.

 Fabián Gallardo fue el amigo de Diego Bonefoi, asesinado a los 15, en junio de 2010 por el cabo Colombil. Dicen que se reían juntos. Que andaban por la vida en esa Bariloche antagónica y corrosiva. Y que a veces, descendían como maldiciones oscuras que recuerdan que hay otra vida allá en lo alto donde las heridas sangran desde las vísceras y ante la que es necesario vendar los ojos para no ver. Por eso las corridas, los operativos tenaza, el grito estentóreo de no pertenencia. “Retirá la denuncia. Si no, sos boleta”, escuchó desde más allá de la capucha con un revólver sobre su rostro en una galería oscura del barrio Levalle. Exactamente dos días después de que identificara desde una Cámara Gesell a los policías que había denunciado tiempo antes por apremios ilegales. Exactamente dos días después de que se atreviera a señalar a los profetas de la destrucción.

 Amigo entrañable de Diego, fue en la puerta de su casa que asesinaron a Nicolás Carrasco, de apenas 17. Fabián es, a la vez, testigo y víctima.

 Son la pústula de una Bariloche que abre sus brazos al poder y aplaude fosas ardeatinas y de las otras, que recibe ostentosa el turismo de 20.000 dólares cada dos días y ahoga el grito de sus gentes en las alturas. Allí donde las casitas aflojan sus bases endebles con el viento testarudo del Pacífico o ven abrirse como flores amargas los nylon que recubren ventanas y puertas en un invierno devorador. Donde no hay gas, ni agua potable y menos aún cloacas. Donde el baño dentro de la casa es una quimera. Ellos son la pústula de ese cuerpo que rechaza semejanzas. Y que mira al otro pero no lo quiere ver. Donde el invierno de 15 grados bajo cero y un par de leñitos no abrazan. Donde los bebés pueden morirse de frío como en julio de 2010, en el barrio Nahuel Hue, cerquita nomás del arroyo Ñireco. Morirse dos días después de que el Municipio relevara que la casita no tenía techo siquiera pero que era imprescindible “esperar el informe técnico”, dijeron. Y el niño con sus alas quebrantadas de tanto bajo cero no pudo esperar y simplemente murió.

 Esa es la Bariloche real, de fotografía completa. A la que llegan los migrantes en busca del oro que no hallarán. Desde el otro lado de la cordillera, desde más allá de las montañas del norte del país, desde Mencue, Los Menucos, Maquinchao, Ingeniero Jacobacci o Pilcaniyeu.

 Una Bariloche en la que muchos viven de planes sociales de 250 pesos al mes y en donde un empleado público con larga antigüedad no llega a los 2000 pesos. Pero en la que una casucha flaca sin dignidades que calmen la sed y el hambre cuesta 1500 al mes. Una Bariloche quebrada en dos de un hachazo en la que muchos chicos del Alto no conocen siquiera el Nahuel Huapi aunque demasiadas veces puedan ser devorados por criaturas monstruosas que simplemente abren sus fauces para ellos.

 Víctor Bravo, de la Pastoral Social de la Diócesis de Bariloche dijo a APe: “no queremos que a Fabián Gallardo le ocurra lo que ya pasó con Diego Bonefoi, con Nicolás Carrasco o con Sergio Cárdenas. No queremos que pase lo que pasó con chicos en otras partes de la provincia”. Y hablaba de Guillermo Trafiñanco, que con sus 16 estrenados fue asesinado de un balazo policial en la espalda en Viedma en octubre de 2010. Y hablaba de Guillermo “Coco” Garrido, que murió en enero en la Comisaría 12, de El Bolsón. Lo encontraron colgado de los barrotes de la ventana de su celda y –no hay modo, no lo hay- de creer en el suicidio: lo habían convocado para un trabajo en un supermercado y simplemente había sido demorado tras un accidente de tránsito.

 Garrido, Trafiñanco, Carrasco, Bonefoi, Cárdenas. Con ninguno de ellos se llegó a tiempo. Como tampoco con el bebé del barrio Nahuel Hue. Nada bastó para retenerlos. Son la fotografía recortada. El sobrante. El excedente. Son los niños y jóvenes del otro lado. Los de la Vuriloche india y ancestral, como se llamaba la etnía que dio nombre al lugar. Los que no pudieron saborear la sal de la vida ni la belleza de los paraísos. Son los portadores del derecho rapiñado. Los estandartes de la negación. Los confinados en la crónica roja y absurda que no sabrá jamás de las bondades de la fiesta. Son los que el Estado determinó que eran dignos del plomo en la piel o que debían esperar hasta más allá de la muerte por un trozo de chapa que cubriese el cuerpo tenue y vulnerable. Son los que perturban con su risotada cuando descienden al edén y que con su sola presencia maldicen desde el alto cielo. El corazón del hombre es una senda más áspera que la piedra desnuda, mi extenso corazón es una ofrenda que pierde sangre en esta calle cruda, siguió Fandermole. Fabián no debe ser ofrenda.

 

Edición: 2121

 

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