Por Oscar Taffetani

Sole, muchacha en llamas,
que te merecías otro mundo

(APe).- Antes de que termine de escurrirse el Bicentenario, con sus discursos y espectáculos, con sus muertos y resucitados, permítasenos poner sobre la mesa una cuestión de principios. Se trata de la libertad. Y de la dignidad de la persona humana. Y del derecho de los pueblos.

Los ideólogos y motores de la Revolución de Mayo (Moreno, Belgrano, Castelli, Monteagudo) tuvieron gran coincidencia en un punto: era una revolución criolla y americana, llamada o romper con el yugo español y con la opresión de siglos; llamada a hermanar a los pueblos sin distinción de razas ni origen.

 

Ya en junio del año 10 la Junta despachó su primera expedición al Desierto, con un mensaje de paz, de convivencia y de intercambio comercial hacia los dueños originarios de las Salinas Grandes. Para el año 13, la Asamblea abolió los instrumentos de tortura y decretó la libertad de vientres. En el 16, tras el Congreso de Tucumán, la declaración de la Independencia fue transcripta al quechua y el aymara. Tres hechos simples y significativos, que no necesitan interpretación.

El Preámbulo de la Constitución Nacional, redactada, sancionada y promulgada en 1853, habla de “asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”. Tampoco necesita interpretación.

Al debatirse la reforma de nuestra carta magna, en 1994, observando la necesidad de enunciar los derechos especiales que asisten a las comunidades originarias, fue redactado el artículo 75, que manda “reconocer la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos (…) garantizar el derecho a su identidad y el derecho a una educación bilingüe e intercultural (…) y reconocer la personería jurídica de sus comunidades y la posesión y propiedad comunitaria de las tierras que tradicionalmente ocupan”. Este artículo sí necesita interpretación, ya que de cumplirse a rajatabla mandaría a desalojar a los ocupantes “blancos” de la mayor parte del territorio nacional.

Ironías aparte, queda claro que en el plano de los principios (es decir, de las ideas que sustentan la nacionalidad argentina) hay una continuidad y una coherencia de las que deberíamos sentirnos orgullosos.

Soldati, un espejo del país

Un extraño foco de malestar social y subdesarrollo humano se ha creado en Villa Soldati, barrio pobre y castigado del sur de la ciudad de Buenos Aires. A la sorpresiva ocupación del Parque Indoamericano por un grupo de familias sin techo le siguió una brutal represión policial que causó tres muertes, produciéndose luego una parálisis de gobierno (por tironeos entre la Ciudad y la Nación) que posibilitó el masivo acampe de más de 13 mil personas, hasta que una task-force de gendarmes, socorristas y empleados consiguió desalojar el predio, que fue vuelto a cercar con rejas y que hoy es custodiado por una guardia permanente.

El foco del Indoamericano no se extinguió allí, ya que un grupo de familias sin techo de Villa Lugano comenzó a establecerse en los terrenos del Club Albariño, muy cerca del Parque, y hasta estas horas resistían el cerco pòlicial y el hostigamiento de los vecinos.

Tras los incidentes en el Albariño cobró notoriedad la situación de un predio de nueve hectáreas del Complejo Futbolístico Diego Armando Maradona, del club Argentinos Juniors, también en Villa Soldati, cuyo muro perimetral fue anillado con toldos y viviendas precarias, hasta el punto de ya ser imposible el ingreso de los deportistas al predio.

Curiosamente, muchos de los vecinos que apedrean y hostigan a los ilegales pertenecen al barrio Ramón Carrillo, que fue creado en 1990 para trasladar a 646 familias desalojadas del ruinoso Albergue Warnes antes de su demolición. Esas familias habían ocupado los monobloques del Warnes en 1961, cuando fueron desalojadas de otra villa miseria que había en la ciudad.

Buenos Aires prácticamente no ha variado su población a lo largo de 50 años. Y en este medio siglo las administraciones municipales, a pesar de contar con el tercer presupuesto del país, aún no han sido capaces de cubrir el déficit de vivienda. La gran cantidad de inmuebles alquilados ayudó a disimular la carencia, pero al dispararse los precios generales en los últimos meses, se hizo imposible para miles de familias alimentar a sus hijos y a la vez pagar el alquiler. Mientras tanto, el presupuesto de la Ciudad para el rubro Vivienda no fue ejecutado ni en una cuarta parte. Y el gobierno nacional, que se ufana de haber construido medio millón de casas en distintas provincias, ha desatendido sólo por recelos y pujas políticas sus deberes para con los habitantes de la Capital Federal.

Ahora, la indigencia y la precariedad que golpea a ocho millones de argentinos estalla en la cara de los funcionarios y compromete a una dirigencia que sólo ha sabido especular y sacar mezquino partido del hambre y la necesidad de los humildes.


Squatters, aquí y allá

En los ’80, cuando arreciaba el neoliberalismo en Europa y muchos barrios industriales quedaban abandonados o despoblados, grupos de jóvenes comenzaron a ocupar provisionalmente los galpones, los talleres y las casas, convirtiéndolas en viviendas, pero también liberándolas para la poesía, el arte y la denuncia política y social. En Inglaterra se los llamó squatters (genéricamente “ilegales”).

Más tarde, cuando la ola se extendió a España, Italia, Alemania y los Países Bajos, apareció la palabra okupa. Esa letra ka –muy importante- marcaba el espíritu de resistencia. Aquellos jóvenes no sólo estaban ocupando una casa porque no tenían donde dormir. La ocupaban porque sostenían el principio (anarquista) de que toda propiedad, si no tiene un sentido comunitario, es un robo a la sociedad. Y estaban denunciando, de ese modo, los olvidos e incumplimientos del Estado.

El neoliberalismo produjo en Europa su versión del Estado ausente. Creó el vacío de Estado. Y los okupas llenaron ese vacío con la solidaridad y la resistencia del grupo, de la banda, de la pequeña organización política y cultural.

Una bella y joven muchacha del Barrio Norte porteño, licenciada en Turismo y con un futuro asegurado por su origen de clase, eligió a los veinte años enamorarse de un joven anarquista y dedicarse a la acción directa contra la depredación ambiental, en el norte de Italia. Se llamaba María Soledad Rosas, la Sole Rosas, y entre los okupas y squatters del mundo es ya una leyenda de lucha y rebeldía.

Acusada -aunque no se pudo probar- de ecoterrorismo y subversión (sic), fue encarcelada con su compañero Edoardo Massari y luego separada de él y trasladada. En marzo de 1998, tras el dudoso suicidio de Massari en prisión, el Partido Verde le sugirió a Sole que aquella muerte “serviría para sensibilizar a los jueces”. Ella contestó con una carta ejemplar, llorando la muerte de Edo y maldiciendo al juez que necesitaba una muerte para dictaminar sobre un derecho. En julio de ese mismo año, en la casa donde cumplía con el arresto domiciliario, se quitó la vida.

La de Sole Rosas es una historia triste y sabrán disculparnos los lectores por traerla a cuento en este diciembre de 2010, cuando se acerca la Navidad y también, para muchos, las vacaciones. Pero sólo pensemos por un momento en esas muertes absurdas, evitables, que se produjeron en el Parque Indoamericano, hace pocas semanas, sólo porque ciertos funcionarios y ciertos dirigentes argentinos necesitan que el pueblo derrame sangre para entender la necesidad impostergable del agua, del pan y la vivienda digna.

Edición: 1921

Recién editado

Libros de APE