Por Claudia Rafael

(APe).- El muchachito extiende la red en el agua y se sienta a esperar. Es cuestión de paciencia, dice. Una paciencia que tuvo que descubrir día a día; él, que se comería el mundo entero de un solo bocado si pudiera. Si lo dejaran. A unos cuantos metros está la casucha endeble que le cobija los días, aunque cuando llueve caigan por entre las paredes de chapa pequeños ríos de agua empeñada en irrumpir como dueña y señora en su territorio. Aunque el frío no sepa que no es bienvenido y les colonice cada recoveco del chaperío y el calor, en días como estos los apesadumbre y multiplique las diarreas y las pestes.

Ellos no conocen de números y presupuestos. Sólo saben que no hay fin de mes porque, después de todo, tampoco hay principio y se vive como se puede o como les conceden en los arrabales de la vida. Peleándole un picadito a la muerte a cada rato porque es un fantasma que acecha todo el tiempo y a toda hora.

No saben tampoco -¿para qué, después de todo?- que doña Cristina está empeñada en pagar deudas viejas. Esa terca desesperación por cancelar una deuda parida en medio de charcos de sangre y furia. No puede saberlo el muchachito porque es una idea inasible para su propia estructura de pensamiento la de cumplir con los accionistas del mundo mientras los purretes corretean entre el barro del caserío y el abandono.
Se termina otro año y para qué, se preguntará el muchachito si del otro lado del almanaque habrá días iguales, con paciencias semejantes y hambres conocidas.

El presupuesto que no se aprobó y que el Ejecutivo enviara al Congreso para el año 2011, destina 150.000 millones de pesos para pagar deuda externa. 150.000 millones que nunca terminan de saldar una deuda que ya se pagó tres veces durante la democracia. Una deuda nacida a golpes de muerte y desapariciones. Del crimen masivo para imponer la economía al servicio del poder económico y encender la exclusión más brutal. Bajo el gesto siniestro de José Alfredo Martínez de Hoz.

Sus discípulos en democracia la asumirían como deuda del pueblo y la irán pagando con la muerte lenta de las millones de vida sin techos, ni abrigos, ni pan, ni miel sobre la mesa, ni un cuento de hadas para soñar. Lo que en verdad debe Argentina a sus niños y viejos es muchísimo mas. Tal vez no se entienda que no se trata de una tremenda fatalidad, de un destino diseñado por los dioses que nos lleva, una y mil veces, diría Galeano a implorar limosnas, a los codazos en la cola de los suplicantes. Sin comprender, después de todo, ¿qué poder tendría la soga si no encontrara pescuezo?

Edición: 1918

Recién editado

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