Por Carlos del Frade

(APe).- -Ya no se puede salir a la calle ni estar un rato afuera. No tenemos tranquilidad... El chico que falleció tenía muchos antecedentes. Tenía locos a todos los repartidores, que a veces pasan dos o tres veces por día y no pueden bajar a dejar la mercadería porque saben que los están esperando...Sé que es tremendo, pero cuando te roban treinta veces por día deseás que pase esto. Acá la convivencia no es normal.

Nadie respeta a nadie y llegás al punto de no saber si la muerte de un pibe te pone contento o triste - dijo una micro comerciante de la zona oeste de la ciudad de Rosario, en barrio Ludueña.

La duda de la mujer es profunda y feroz: ponerse triste o contenta por el asesinato de un pibe de diecisiete años.

Una duda que, en realidad, es consecuencia de una matriz de pensamiento que ordena eliminar al que está cerca, próximo, dejando impune, desconocido, ignorado, al que produce una dinámica social violenta, aquellos delincuentes de guante blanco que manejan la estructura de lo que se llama realidad. A mayor desinformación, mayor violencia. A mayor ocultamiento de los responsables del dolor, mayor ensañamiento contra el más cercano aunque se sepa que no es el malvado principal.

El barrio Ludueña en Rosario siempre se caracterizó por ser el lugar en donde la gente humilde se las rebuscaba con changas y empleos temporales en la construcción o el puerto casi mitológico de la ciudad.

Después de décadas de saqueos, privatización de los muelles y difusión masiva de diversas drogas, el trabajo dejó de ser el necesario y difícil puente para aspirar a una vida mejor y comenzó a instalarse por abajo lo que venía desde arriba: la violencia contra el vecino, contra el cercano, contra el próximo, contra el prójimo.

El muchacho asesinado por el policía de civil tenía diecisiete años, se llamaba Luciano Leiva y en el barrio se comentaba que tenía una gran cantidad de antecedentes delictivos y que siempre emboscaba a los repartidores que llegaban a los negocios del lugar. Así fue aquel mediodía. El custodio era un cabo de la comisaría novena que estaba cumpliendo un adicional cuidando al repartidor de helados cuando apareció el muchacho con un arma. Le exigió los veinte pesos que había recibido del comerciante.

Hasta que llegó el tiro que terminó con la vida de Luciano. No hubo tiroteo. Fue una ejecución. Tal como manda el sistema. Nadie del barrio reprobó lo hecho por el cabo, salvo los familiares del muchacho.

De allí la confesión de la duda feroz, aquella señora que decía no saber si ponerse contenta o triste por el final de la vida del pibe de diecisiete años.

Habrá que decir que ninguna vida puede ser arrancada por nadie, que cualquiera merece un juicio y que la venganza o el castigo por mano propia es una clara señal de una sociedad que atrasa casi dos siglos. Atraso directamente relacionado con una estructura económica, política y cultural injusta y que educa para que las mayorías se maten entre sí, de tal forma que los privilegiados sigan invictos y desconocidos.

En una ciudad que ya no es capital de los cereales ni rosa crispada siderúrgica y obrera, el sistema de las minorías sigue ganando su batalla, esa en donde pibes de diecisiete años no son sujetos de derechos, sino de condenas y discriminación, pibes asesinados que no despiertan tristeza ni curiosidad de saber por qué vivían como lo hacían sino que, muchas veces, impulsan perversas alegrías.

La alegría de los que manejan el sistema. La perversa alegría de los que gozan sabiendo que los pobres se matan entre sí.


Fuente de datos: Diario La Capital - Rosario 15-01-08

 

Edición: 1192

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