Por Oscar Taffetani

(APe).- En las distopías y oscuras visiones que cada tanto nos regalan los mejores escritores, suele darse la paradoja de que algunos organismos públicos cumplan con una misión opuesta a aquella para la que fueron creados.

 

Los bomberos de Farenheit 451 -por ejemplo- lejos de apagar incendios, los provocan. Y particularmente disfrutan quemando libros. El Ministerio de la Verdad de la novela 1984 era el lugar en donde se amasaban las mentiras que día tras día consumía la población. Los centros de salud de los regímenes estalinistas, tantas veces reflejados en autobiografías y novelas, eran campos de concentración de disidentes, en donde se los terminaba de enfermar y de neutralizar.

En la Argentina, sin remontarnos demasiado en el tiempo, podríamos hablar de las ambulancias del Ministerio de Bienestar Social durante el sangriento reinado de José López Rega. Aquellos vehículos, identificados con una cruz en sus vidrios y haciendo sonar las sirenas, transportaban hacia la muerte a centenares de jóvenes rebeldes. También por aquellos años -según reveló el ex comisario Rodolfo Peregrino Fernández ante la CIDH de la OEA- la Brigada Antiexplosivos se ocupaba... de colocar explosivos.

Esta digresión viene a cuento del panorama que presentan dos fuerzas públicas de seguridad del Estado: la Gendarmería Nacional y la Prefectura Naval Argentina.

La Gendarmería, cuya misión, según la ley 12.367, es “contribuir decididamente a mantener la identidad nacional en áreas limítrofes y a preservar el territorio nacional y la intangibilidad del límite internacional”, ha sido equipada en los últimos años para la represión urbana.

Actualmente, esa fuerza patrulla fronteras que ya no son las fronteras nacionales, sino fronteras de clase, semejantes a las trazadas en tiempos de la nefasta doctrina de la seguridad interior “made in Washington” .

Un extravío parecido lo vive la Prefectura. Leemos en la página oficial de Internet de esa fuerza: “Prefectura es la Autoridad Marítima Argentina por antonomasia (...) su tradición histórica y funcional, inalterable a través del tiempo, la identifica como el órgano a través del cual el Estado ejerce la policía de seguridad de la navegación y de la seguridad y el orden público en las aguas de jurisdicción nacional y en los puertos...”

Sin embargo, un importante distrito urbano como es Puerto Madero, que ya no funciona como puerto y que ya ha quedado muy lejos de la costa del río de la Plata, sigue teniendo a la Prefectura como fuerza principal de seguridad, ordenando el tránsito y custodiando las propiedades de ese pudiente vecindario. También se ocupa, esa Prefectura seca, de controlar en tierra a los huelguistas de un Casino Flotante, como hemos visto por estos días.

Efectivos de Gendarmería -una policía de frontera- patrullan las villas del gran Buenos Aires, el gran Rosario y otras colmenas de la Argentina más pobre y dolorosa. Efectivos de la Prefectura -lejos del agua- controlan la circulación de calles que ya no son portuarias, en Puerto Madero.

Mientras tanto, en las fronteras argentinas del Noroeste, por donde se escapa sin control la riqueza minera del país, allí no hay efectivos de Gendarmería ni aduanas que funcionen. Y en el vasto mar continental argentino (debido, según dicen, a la falta de medios) también la riqueza ictícola y mineral del país se fuga jornada tras jornada, sin dejar rastros ni divisas.

La doctrina de la seguridad interior, luego traducida eufemísticamente como doctrina de la seguridad nacional, representaba ni más ni menos que eso: fronteras externas lábiles para llevarse las riquezas de un país, fronteras interiores duras e infranqueables para los pobres y los que se rebelan contra ese estado de las cosas.

Y la paradoja entre paradojas -ya no literaria, sino política- es que ya no haya sido necesario un golpe militar ni la abolición de las instituciones “democráticas” para lograrlo. Lo que se dice, una distopía perfecta.

 

Edición: 1175

 

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