Por Miguel A. Semán
I


(APe).- Una de las últimas estadísticas del gobierno de la provincia de Buenos Aires dice que de enero a mayo de 2008 fueron detenidos 5351 menores y que de ellos, 4634 fueron liberados por la justicia y 717 fueron internados en institutos. Estos datos le dieron pie al jefe de la policía bonaerense para lamentarse de que el 90% de los menores detenidos hayan sido entregados a sus padres en menos de 12 horas, y concluye que los chicos liberados tan rápidamente se creen impunes y por ese motivo vuelven a delinquir.

Lo que no registra la estadística y se le escapa al funcionario es que un poco antes de considerarse impunes, al menos unos 5000 chicos, por alguna razón, deben haberse sentido expulsados de la vida y esa sensación, poco tiene que ver con la impunidad.
II


Encuestas y estadísticas sólo sirven para contar los peces que quedan atrapados en las redes. El problema comienza cuando los encuestadores, los censistas y quienes los contratan, al ver el resultado de la pesca, creen estar ante un muestrario de la vida en las profundidades del mar. Ningún gobernante de nuestro tiempo resiste la tentación de medir y de medirse, y de creer, después, que ha compendiado el océano en un vaso de agua.

Mientras los gobiernos cuentan y recuentan los delitos que le sobran y los presos que le faltan la realidad navega en otras aguas. Los excluidos, tal vez por un miedo atávico y justificado a los encuestadores, hacen todo lo posible por fugarse de las estadísticas, dejan de mirarse para que no los vean, se visten de su propio olvido y se vuelven parte del paisaje de intemperie y cartón que siempre va con ellos.
III


Hace pocos días una madre con sus cinco hijos, después de ser exhibidos en televisión como ejemplares de una fauna exótica y autóctona, se aparecieron en la municipalidad de Moreno para pedir ayuda. Los funcionarios de minoridad reconocieron, sin culpas, que hasta ese momento, no se habían enterado de su existencia.

Ni los pibes que hoy piden monedas en la calle, ni sus madres, pisaron jamás escuela alguna, no forman parte siquiera del ejército de desertores, porque nunca pudieron entrar en ningún lado. Sólo son consumidores de droga y alcohol y nadie daría dos centavos por conocer los tristes datos de sus vidas. No leen, no escriben, no pesan, no cuentan y no miden. Sólo vamos a saber de ellos cuando sean parte de una cifra que los comprenda y sepulte, cuando entren, vivos o muertos, en el censo del delito.
IV


Ni el gobernador ni los intendentes desconocen que casi en ningún partido de la provincia funcionan los servicios locales y zonales de promoción y protección de los derechos del niño, sin embargo, lejos de sentirse responsables de sus omisiones, se muestran indignados, se aferran a los números y exigen que se baje la edad de imputabilidad de unos chicos que ellos ni siquiera saben que existen.

Las mismas autoridades que hoy censuran la rapidez con que los menores detenidos vuelven a sus casas, son responsables de una policía que no ignora en qué esquinas de cada una de las ciudades y pueblos de la provincia de Buenos Aires hay un tipo vendiéndole paco a los chicos que mañana o esta noche van a salir a robar para volver a comprarlo.

Los pibes no se sienten impunes. La impunidad suele ser un privilegio de los inquilinos del poder. Los pibes se sienten como están: desnudos y perdidos, sin saber a dónde ir en un país que ha dinamitado los puentes mucho antes de que ellos llegaran.

 

Edición: 1352

 

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