Por Oscar Taffetani

(APE).- Al celebrar el Día Internacional del Libro, el pasado 23 de abril, la Escuela de Escritores y la Scola di Escriptura de España lanzaron un insólito proyecto: apadrinar palabras en vías de extinción.

Adhiriendo a la propuesta, 13.833 internautas (entre ellos, el presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero) adoptaron 7.120 vocablos de la lengua, vocablos que son utilizados con un significado distinto al original o que han caído en desuso, para evitar así su desaparición.

Ninguno de los participantes del juego (a pesar de que había muchos argentinos) propuso que el término piquete se incorporara a la Reserva. Tampoco hubo padrinos para esquirol, una palabra ligada, lo mismo que la primera, a la historia de las luchas obreras.

Sin embargo, los conflictos causados por el deterioro constante del salario (pensemos en el caso argentino) no pierden actualidad. Como no pierden actualidad -especialmente en América latina, el África negra y gran parte del Asia- el desempleo, la desnutrición y las epidemias mortales.

Millones de hombres y mujeres y niños, sin tiempo ni capacidad ni fuerzas para participar en torneos de destreza lingüística, se desplazan hoy sobre la tierra, sin hallar quien los “apadrine”, sin oportunidades ni leyes ni palabras que los contengan.

A esa masa que crece en peso y en número (y también en invisibilidad) le habla, le sigue hablando, con absoluta vigencia, el Primero de Mayo.


Viejas palabras, nuevas consignas

En 1886, cientos de miles de obreros norteamericanos, en cuyas espaldas dobladas se apoyaban la bonanza y el despilfarro de la naciente raza capitalista, salieron a las calles de Chicago y Nueva York a pelear por una jornada laboral más humana.

“Ocho horas para el trabajo, ocho horas para el sueño y ocho horas para la casa”, era su consigna.

Las leyes de aquel tiempo consentían de un modo hipócrita el abuso: “Se prohíbe trabajar más de 18 horas al día... salvo en caso de necesidad”, decía una que sancionaron en Nueva York.

Pero bien, eso es parte del pasado, parte de la memoria de la clase trabajadora. Los Mártires de Chicago ya han confundido su sangre, en más de un siglo de luchas, con la de otros mártires obreros y populares. Hoy la nueva realidad pide nuevas palabras. Pide nuevas consignas, para la misma lucha.

“Ochocientos millones de personas sufren de inanición; doscientos millones de niños viven en infame hambruna; novecientos millones de adultos son analfabetos; ciento quince millones de niños no van a la escuela...”, dice un llamamiento de la Federación Mundial de Sindicatos, fechado en abril de 2007.

“Hay 180 millones de migrantes económicos y 17 millones de refugiados, que representan el 3% de la población mundial”, leemos en otro pasaje.

¿Qué palabra, vieja o nueva, deberían pronunciar hoy los trabajadores del mundo, para ser dignos de aquella memoria y aquella tradición de lucha iniciada en 1886?

“Yo propongo Solidaridad” , escribió a la Reserva Virtual de Palabras, en España, un joven internauta argentino.

“Sin ella -agregó- la humanidad está desapareciendo. O está mutando en algo terrible”.

A través de ese joven internauta nos habla a todos -y le habla al futuro- este Primero de Mayo.

 

 

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