Por Sandra Russo

(APE).- Que en muchos casos no inscriben a los niños guaraníes en los registros civiles hasta que tengan un año, para que no quede registrado el altísimo nivel de mortalidad infantil: lo deslizó a principios de septiembre Hebe de Bonafini, en un reportaje que le hizo en Radio Nacional a Alberto Morlachetti. Los datos encastran en una lamentable perfección con los dichos de Bonafini. La etnia mbya guaraní de Misiones es en sí misma un nicho de esos que se le escapan a la antropología y deberían ser objetos de estudio y preocupación también de la sociología y la economía, hasta llegar a las ciencias políticas.

En dos meses murieron 15 niños de ese pueblo, sobre una población aborigen total de unas 4000 personas. Cada cuatro días muere uno. Por desnutrición, problemas respiratorios, complicaciones de la pobreza. Son datos provenientes de la Dirección de Asuntos Guaraníes de Misiones. El propio Ministerio de Salud de Nación advirtió que la cifra de muertes podría ser incluso mayor, ya que faltan casos denunciados.

Julián Acuña, Hilara Sosa, Camila Duarte, David Benítez, Hugo Ocampo, Mariela Vázquez. Estos nombres y apellidos alguna vez evangelizados eran los de seis de los niños de entre 3 meses y 8 años que murieron recientemente. Las actas de defunción indican causas de muertes que a todas luces son evitables. Esos niños no nacieron signados: hallaron su destino después de nacer y por el lugar y el origen que les tocó en suerte. Nacer indio implica vivir poco.

“Se están produciendo muertes totalmente evitables con atención primaria de la salud. Esto revela fallas del Estado”, admitió Amulfo Verón, director de Asuntos Guaraníes de Misiones, haciendo mención al Estado que él mismo representa y al que la ciudadanía, esta semana, le dijo basta.

Los portavoces de los mbya guaraníes tienen su explicación. Hilario Moreira, de la Organización de Comunidades Mbya Guaraníes, dijo que “es una tragedia cotidiana que está íntimamente ligada a la pérdida de tierras”. Y se extendió: acorralados en 30 hectáreas después de que sus tierras originarias quedaran en manos de papeleras y empresas forestales, los mbya ya no pueden vivir de acuerdo a sus costumbres ancestrales ni a su propia medicina. El ecosistema en el que vivieron cientos de años ha sido alterado y ellos fueron empujados a un sobrante territorial. Es en esas condiciones donde están siendo víctimas de la pobreza: ahora, ya no viven como aborígenes sino como simples pobres, y cae sobre ellos la peor peste de la pobreza. La de perder a los niños.

 

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