Ya era tarde

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Por Sandra Russo

(APE).- Tenía dos años y estaba desnutrida. Pesaba apenas cinco kilos. Fue internada en el hospital público de Puerto Iguazú, hasta adonde habían llegado sus padres, que vivían junto con ella en la aldea Fortín Mbororé. Ya era tarde, y es necesario detenerse en estas tres palabras: ya era tarde. Ya era tarde para alguien de sólo dos de vida. Ya era tarde para que el sistema público de atención de la salud pudiera hacer algo por ella. El director del hospital Marta Schwartz, doctor Carlos Velásquez, confirmó su muerte el martes.

 

Velásquez se trasladó a la aldea por la mañana, en compañía del subsecretario de Salud provincial, para “interiorizarse” de la situación de la que emergió una niña aborigen de dos años en un estado tan grave que no se pudo hacer nada. En la aldea Fortín Mbororé se conocieron otros casos de niños desnutridos hace una semana. Esta niña no era ninguno de ellos. Un caso nuevo, como nueva era su vida, y fatal. “Nunca antes había estado internada, apareció ahora y lamentablemente cuando la encontramos estaba con ese peso y en esa situación. Cuando la trajimos al hospital estaba con una infección muy severa, según informaron los pediatras que la atendieron”, explicó el responsable del hospital. Y ahora también es necesario detenerse en dos palabras: “apareció ahora”. ¿Una niña aborigen de dos años perteneciente a una etnia castigada y a una aldea sellada con la desnutrición infantil “aparece”? ¿Dónde aparece? ¿Ante los ojos de quien aparece? Lo que implican estas dos palabras es la invisibilidad de los dramas crónicos y naturalizados. La niña tenía a sus padres, tenía su lugar de pertenencia, tenía su identidad, era una niña de carne y hueso, real, concreta, que sin embargo “apareció” de pronto, cuando “ya era tarde”. Este juego de palabras que se imbrican denuncian un sistema que no ve, oídos que no escuchan, mecanismos que ya se sabe que fallan, pero se siguen aceitando como si no fallaran.

Hay agentes sanitarios que están trabajando con la comunidad de Fortín Mbororé desde hace seis meses. El sistema trata de estirar sus brazos, de alargar su mirada para que capte más que lo que tiene delante. Pero llega tarde, cuando ya no se puede hacer nada. Esta situación delata un olvido arcaico, un lento y apaciguado abandono a una fatalidad que no es tal: los agentes sanitarios tratan de trabajar mancomunados con los chamanes y los ancianos aborígenes que son los que tienen palabra de peso entre su gente. Estamos en el año 2005 y sin embargo, en esas zonas remotas el hombre blanco sigue siendo resistido. ¿Por qué será? ¿Podría suponerse que una costumbre atávica de los chamanes es hambrear a sus niños? ¿No sería más realista pensar que en esos pueblos todos, hombres, mujeres, niños, chamanes, ancianos, han sido condenados a arreglarse solos, y a entregar a otras manos sus fuentes de alimentación y producción originales?

La niña tenía dos años y cuando la quisieron asistir ya era tarde. ¿No es ridículo?

Fuente de datos: Diario Territorio Digital - Misiones 28-04-05

 


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