Venenos para los niños de Basavilbaso

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Por Silvana Melo
(APe).- Ni el niño de apenas tres años, fulminado por una leucemia drástica en Entre Ríos, pudo romper el cerco informativo del modelo productivo que envenena y mata para producir alimentos. Una mecánica que presiona y silencia en una provincia con una triste celebridad: ser la más fumigada del mundo. Apenas pudo trascender esa muralla Fabián Tomasi, ese Quijote de la Mesopotamia que se convirtió en un ícono del estrago de los agrotóxicos en un ser vivo. Que no pudo más y murió cuando Santi tenía apenas dos años y medio y la vida entera para caminarla saltando baldosas.

El domingo  a la tarde murió. En el hospital pediátrico de Paraná, con el mayor de los silencios médicos, donde la leucemia es leucemia y no tiene más causas que el delirio de ciertas células que se vuelven cancerosas y se infiltran en la médula. Aunque nadie puede negar que una de las causas más fuertes dela enfermedad están en el ambiente. En los químicos. Más precisamente, en los agroquímicos. Es la leucemia el cáncer más común diagnosticado entre los niños de 0 a 14 años que llegan al Garrahan y al Italiano desde Entre Ríos.

No está de más recordar que investigadores del Conicet revelaron hace un año y medio que Entre Ríos muestra los niveles más altos de acumulación de glifosato del mundo. El estudio se publicó en la revista Environmental Pollution. Urdinarrain gana el primer premio: es el pueblo más fumigado del planeta. De esa deriva nació el Grupo Solidario “Por amor a vos” que tiene las caritas de Ulises, Juanchi y Ailén, muertos por cánceres bajo la nube agroquímica de Urdinarrain.

Es decir que el modelo productivo extractivista de la Argentina es uno de los más crueles, con una lista de víctimas infantiles que va adelgazando el futuro cotidianamente.

Gustavo Hein, el intendente de Basavilbaso, es también presidente del Pro. Y será el vice de la fórmula que encabeza el diputado Atilio Benedetti, en las próximas elecciones de abril y junio. El intendente fumigador (así lo llaman en el pueblo) y el rey de la soja (así lo llaman en Entre Ríos). Un combo perfecto para la provincia que, dicen, buscan “transformar”.

El niño no vivía en la zona rural, sino en la misma ciudad. “Las derivas son incontrolables”, dice a APe Elio Kohan, amigo de Fabián Tomasi e integrante de colectivos como Basta es Basta. “La primera, según las mentirosas buenas prácticas, puede tener alguna amortiguación; pero eso es imposible. Estamos rodeados de campos dedicados a una agricultura basada en los agrotóxicos. Y en Basavilbaso están los silos, que es otra forma de estar expuesto”.

Los médicos suponen que en el niño el daño era genético. Pero no son muchos los que se atreven a decirlo.

En 2015 investigadores de la Universidad de Río Cuarto encontraron daño genético en niños de la ciudad de Marcos Juárez expuestos a plaguicidas. El estudio compara datos de más de 70 chicos que viven en el área urbana de la ciudad pero a pocos metros de campos fumigados, con otros que habitan en zonas urbanas de Río Cuarto a 10 kilómetros de la aplicación de agroquímicos. “Los niveles de daño genético encontrados en los grupos de niños de Marcos Juárez están muy por arriba de los valores de referencia de los de Río Cuarto”, determinaron.

Eso es lo que notó una joven médica, hija de una maestra rural de Paraná. “Mami, eso es daño genético”. Toda una vida familiar absorbiendo veneno. Elio Kohan sabe que “la mayoría de los doctores no se animan. El caso de Antonella en 2017 fue clarísimo: cuenta la mamá, Natalia Bazán, que empezó con una alergia, fallas en las glándulas y desembocó en una leucemia”. Y dice Natalia: "todos los chicos con leucemia primero enfermaron en el pecho, en los bronquios. A muchos les diagnosticaron una alergia y cuando llegaron al verdadero diagnóstico ya era demasiado tarde". Antonella es un símbolo del martirio infantil en Gualeguaychú.

El periodista Fabián Magnotta ha remado en cemento para poder juntar de la nada estadísticas sobre cáncer infantil en la ciudad de las fiestas de febrero. Pero -dice a esta Agencia- “no hay registros centralizados, y menos aún sobre cáncer infantil y juvenil”. Sin dudas “el plan incluye no hacer estadísticas”. Si el estado no lo hace, el registro depende de la voluntad de un periodista solitario que es consciente de que no contabilizar el cáncer –y disfrazarlo en las actas de defunción- es parte del modelo. No sólo es un esfuerzo triple por no contar con estructura, sino que las presiones caen desde todos los sectores que se sienten perjudicados cuando se ventilan los números y las razones del cáncer en Gualeguaychú. Desde el ámbito rural hasta el turístico. Tal vez por ahí llegan las razones por las que desde el municipio le retacean los números.

“Este modelo de producción nos está matando”, vuelve a repetir y no se cansará de hacerlo Mariela Leiva, desde su escuelita rural de Basavilbaso donde le ganó un juicio al veneno. Y, mientras deshoja como margarita la amarga suerte del niño se pregunta en diálogo con APe “por qué no se dieron a conocer las ´sugerencias´sobre el estudio ambiental que realizaron Damián Marino y EMISA después del campamento sanitario de Basavilbaso?” y “¿qué resultados arrojará el estudio de genotoxicidad hecho con niños de las escuelas rurales” y de la zona urbana?.

Ella sabe que lo que enfrenta es muy duro. Es un bloque colosal que tiene con qué presionar y todas las herramientas para formatear a gran parte de la población. Dirigentes políticos, profesionales, vecinos de las víctimas, integrantes de la patria sojera y extractiva. Propietarios de una mecánica productiva que necesita de los venenos para producir los alimentos con los que luego enfermará. Y que convence de que no hay alternativas (una espectacular falacia), de que no habrá trabajo sin agroquímicos y de que no habrá producción si se insiste con la pésima costumbre de sostener escuelitas rurales con alumnos incluidos.

Alicia Schvartzman integra el Basta es Basta y vive en el campo. Con su experiencia agroecológica, sabe que está construyendo vida y sentido, rodeada de venenos y derivas. Y comparte su angustia con esta Agencia: “Tengo un nieto de un año y medio y a veces dudo de invitarlo a visitarme al campo. Pero vive en Gualeguaychú, donde el problema también existe…”

El niño, como tantos otros niños, tendrá sellada su causa de muerte en un papel que dirá la verdad a medias. Probablemente no aparezca la palabra “leucemia”. Porque el modelo incluye no permitir estadísticas fieles. Como Nico Arévalo, que tenía –según la autopsia- el cuerpito plagado de endosulfán pero no hubo condena para nadie en las tomateras de Lavalle.

Los chicos se secan como la mala hierba en un país que castiga. A la tierra, a la infancia. Al futuro flaquito que va quedando.

Edición: 3824


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