Desalojo de un merendero en Misiones

Golpe artero a la gurisada del Patotí

En uno de los vecindarios históricos de Posadas, el Patotí, un juez ordenó el desalojo de un merendero comunitario donde todos los días acudían 30 niños y niñas. Pese a tratarse de un espacio certificado por el RENABAP, la policía lo desarticuló en beneficio de un particular y dejó a más de 30 pibes sin contención.

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Por Sergio Alvez

(APe).- El barrio Patotí es uno de los vecindarios tradicionales de la ciudad de Posadas. Situado en el noroeste de la capital misionera, su nombre obedece a una ligera deformación del idioma guaraní, que viene a significar “pato blanco”. Cuenta la historia que este lugar distante a menos de un kilómetro del río Paraná, antes de que se construyeran los primeros ranchos que dieron origen a su condición de suburbio, estaba atravesado por bañados y montes, donde proliferaba la presencia, justamente, de patos de color blanco. Un mito del barrio asegura que hacia finales del siglo XX, el lugar tenía un único y temido poblador, que había sido “degollador” de los ejércitos del General Urquiza, y entonces, atribulado y paranoico, vivía oculto entre la espesura de esa geografía, desnudo, alimentándose de nísperos y mangos, y siempre apegado a su cuchillo de hoja grande.

Con los años,  llegarían los primeros vecinos e incluso, los primeros corsos y celebraciones paganas populares, inmortalizadas lienzos del artista español radicado en Posadas, Juan Mariano Areu Crespo.

Así, el Patotí fue creciendo al son de un colorido y constante movimiento de personajes que sobrevivían aferrados a los oficios típicos de la época: pescadores, lavanderas, changarines portuarios, ladrilleros, entre otros. El asfaltado de sus avenidas circundantes, atrajo a una incipiente clase media, que encontraron en el barrio, el valor de la cercanía al centro de la ciudad, y la facilidad para adquirir o hacerse de terrenos antes la absoluta informalidad en la tenencia jurídica de la tierra de los antiguos habitantes.

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Y en los últimos años, con la expansión de la coqueta y turística costanera de Posadas, al igual que todos los vecindarios adyacentes, el Patotí se convirtió directamente en un codiciado centro para los negocios inmobiliarios y el arribo de familias de ingresos bastante mayores a los de aquellas pioneras.

En el corazón del barrio, donde todavía confluyen algunos de los vecinos y vecinas históricos – o sus descendientes- desde hace algunos años, funciona el Merendero y Vivero Patotí. Se trata de un proyecto que creció al fragor de la lucha que este grupo de familias viene sosteniendo en pos de evitar ser desalojadas del lugar, ante las artimañas de un sujeto muy bien relacionado a la policía y ciertos funcionarios judiciales, que se adjudica la propiedad del lote: Oscar Jara.

Unos cincuenta niños y niñas acuden regularmente al merendero. Incluso, vienen pibes de otros barrios cercanos. Y el vivero, donde cuidan y venden especies florales de la zona, sirve como una fuente de ingresos para sostener el merendero.

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Noche amarga

El pasado viernes 23 de diciembre, vísperas de Nochebuena y con el pueblo aún embotado de alegría por la consagración de la Selección Argentina como campeona mundial, la Infantería, junto a policías de la comisaría 16º, un agrimensor, el supuesto dueño, llegaron al lugar con una orden librada por el juez del Juzgado de Instrucción Nº3, Fernando Verón. Los uniformados procedieron a desarmar el vivero y el merendero, alegando una decisión judicial a favor de Jara. El detalle para nada menor, es que tanto las viviendas de los vecinos de este sector del Patotí, como la zona donde se encuentra el merendero y el vivero, están incluidas dentro del Registro Nacional de Barrios Populares (RENABAP), por lo que de ninguna manera deberían ser desalojados.

Incluso, en octubre de este año, el Senado aprobó la prórroga de la suspensión de los desalojos por 10 años como garantía de implementación de la ley  que creó el RENABAP - y del derecho a la vivienda.

–Llegaron a las siete de la mañana, con un operativo espectacular, como si fuéramos delincuentes. Leyeron esa orden, y entraron a desarmar todo. Fuimos al juzgado con nuestra abogada y no nos atendieron. Reventaron todo. Hasta el arbolito de Navidad que habíamos armado para celebrar esa noche con los chicos del merendero. No te puedo explicar el miedo y la tristeza de la gurisada–, cuenta Mirian, una de las vecinas del barrio y encargada del merendero.

–Es un abuso de autoridad total. Hay una connivencia tan fuerte, que logran reventar un merendero del RENABAP.  O sea, pasan por alto una ley nacional, algo que nuestros diputados y senadores votaron. La impunidad es terrible.

 En la mañana del desalojo del merendero, el termómetro en la ciudad rozaba los cuarenta grados centígrados. El operativo incluyó el corte de la avenida Urquiza, por donde pasan varias líneas de colectivos que tuvieron que desviar su recorrido, generando cierto caos en la zona. Decenas de vecinos de acercaron a ver qué pasaba. Los móviles radiales no demoraron en llegar.

Jorge Ramón Franco es un vecino con 52 años de residencia en el terreno sobre el que está asentada su vivienda de madera, el mismo sobre el cuál funciona el merendero.

–Es una tristeza enorme. Acá todos me conocen. A mí y a mis vecinos. Este hombre (por Jara), hace mucho tiempo que quiere nuestros terrenos. Están todos arreglados con el juez y la policía parece. Lo que más me duele son los chicos, que venían acá a tomar un mate cocido, una galleta; que tenían acá su Día del Niño y esta misma noche el festejo de Navidad.

El operativo duró un par de horas. Cuando los uniformados se retiraron, delineando el lugar desalojado a pedido del supuesto “dueño”, las vecinas y vecinos procuraron rearmar en un rincón, el merendero y el vivero desarticulados.

–A pesar del shock, decidimos ahí mismo que no íbamos a suspender el festejo de Navidad de los chicos. Vinieron igual esa tarde, y les explicamos lo que pasó. Quedamos arrinconados, en un pedacito de tierra, pero festejamos la Navidad igual-, contó la vecina Mirian.

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El arbolito se volvió a erguir, esta vez en la vereda, bajo la sombra del añejo árbol de mango, uno de los tantos que crecieron aquí en los tiempos que don Jorge y otros tantos eran apenas gurices, como los que en la tarde de ese triste día celebraron igual. 

Otra vecina, Noemí Benítez, recordó que “nosotros contamos con el certificado de Vivienda Familiar expedido en el marco del Registro Nacional de Barrios Populares (ReNaBaP), política pública del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación; el merendero y el vivero poseen certificados especiales. Acá hubo un atropello tremendo a la ley, al RENABAP, esto sienta un precedente grave para que en cualquier barrio de la Argentina, en cualquier comedor comunitario, cualquier amigo del juez y la policía pueda venir a desalojar cuando se le ocurra”.

Conciencia de la injusticia

Desde el programa RENABAP aseguran que  “el Certificado de Vivienda Familiar sirve para acreditar domicilio legal o fiscal ante cualquier autoridad pública nacional, provincial, municipal o empresa privada que lo solicite. Las viviendas comprendidas en el RENABAP no pueden ser desalojadas”. Sin embargo, este caso expuso una fragilidad extrema por parte de la herramienta que, se suponía, debía brindar seguridad a las familias relevadas.

Con el merendero desarmado, y el clima enrarecido por la violenta irrupción policial, la gurisada del Patotí se refugia en otros rincones del barrio. Otros patios de tierra, otros pastizales, de los pocos que van quedando. Sin la certeza del mate cocido con galleta, con la incertidumbre de la chocolatada y los juegos.

Con absoluta y temprana conciencia de la injusticia. 


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