El malmenorismo no se juega en la calle. Elige a uno u otro lado de la grieta. Y se convence de que nada se puede transformar. De nada sirve luchar, encontrarse, organizarse y parir alternativas superadoras. Y los mismos argumentos de siempre: no cuestionar para no allanar el camino a males mayores. Una extorsión que posterga los debates imprescindibles. Lo urgente. La verdadera derrota cultural.
