Suicidio: otro hecho maldito del país burgués

Suicidarse no es un objetivo sino una estrategia. Y esto lo considero importante para evaluar políticas de prevención del suicidio, dice Alfredo Grande. El suicidio es un mal. Pero no es un absoluto mal. El absoluto mal es todo aquello que lleva a considerar el suicidio como una estrategia.
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Por Alfredo Grande

(APe).- En nuestra sociedad, en nuestra cultura, el suicidio es considerado un disvalor. O sea: algo que está mal. Algo que no debería suceder. Como la violencia, como el juego compulsivo, como no pagar impuestos. Como la ira, como la furia, como la venganza.

La cultura represora tiene muy en claro cuál es la tabla de disvalores que más le conviene. Debo decir que en la denominada “guerra cognitiva” vamos perdiendo.  La derecha que se hace llamar ultraderecha para habilitar la derecha de centro somete además de por los medios convencionales de la guerra, por la permanente puesta en valor del sentido reaccionario de la vida. Algunos llaman a esto consumismo, economía de mercado y otras denominaciones del formidable marketing libertario.

Desde el punto de vista médico, psiquiátrico y   psicoanalítico el suicidio implica dos variantes principales: el suicidio paranoico y el suicidio melancólico.

En el paranoico el peligro está afuera y en el melancólico el peligro está adentro. Pero la esencia del suicido es terminar con la insoportable sensación de peligro inminente. Pienso que suicidarse no es un objetivo sino una estrategia. Y esto lo considero importante para evaluar políticas de prevención del suicidio.

Acuerdo en que el suicidio es un mal. Pero, al menos para mí, no es un absoluto mal. El absoluto mal es todo aquello que lleva a considerar el suicidio como una estrategia. La única que queda, siempre que el tiro del final pueda salir.

O sea que, si para nosotros el suicidio es un problema, para el suicida es una solución. La única que queda. O sea: una estrategia. A escala individual. A escala colectiva es la conocida historia de Masada. En los compases finales de la primera guerra judeo romana (también conocida como la Gran Revuelta Judía), cuando el asedio de la fortaleza por parte de las tropas del Imperio Romano condujo finalmente a sus defensores a realizar un suicidio colectivo al advertir que la derrota era inminente.Los defensores de Masada tenían claro al enemigo exterior: el Imperio. Practicaron hace siglos lo que la “gorda Lester” escribió en las mazmorras de la cárcel de Trelew: LOMJE. “Libres o muertos jamás esclavos”.

Pero la concepción individual de la vida (lo que me permite decir que el sufragio individual secreto y obligatorio es reaccionario) también llegó al suicidio. Digo con temor a equivocarme que el suicidio es una estrategia política de resistencia. De resistencia a un represor que no se sabe bien quién es.  Un Imperio que siempre contra ataca, pero que no siempre contra ataca de la misma manera. Si como dice Silvio Rodríguez “yo me muero como viví”, el suicida también muere como vivió.  En absoluta soledad, inclusive la peor soledad, que es la soledad de estar mal acompañado.

Los gladiadores en el Imperio Romano antes del combate moral le decían al Cesar  “Morituri te salutant”, los que van a morir te saludan. Los gladiadores actuales quizá no estén en el circo romano, sino en las motos de Rappi. Quizá ya no saludan, pero de algún modo u otro, morirán.

Alguna vez nos daremos cuenta de que la falta de ira, de bronca, de violencia, de lucha, es una forma de suicidio. A largo y mediano plazo.

Pero suicidio, porque el tiro del final finalmente va a salir.


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