Soledad, consumos, silencios: conjuros contra la vida

Son vidas que, demasiadas veces, se sienten quebradas. Y si bien las estadísticas de suicidios no cuentan dolores, sí dan cuenta de la magnitud de esas historias que se repiten en números inquietantes. Entre abril de 2023 y octubre de 2025 hubo, según el registro oficial, 22.249 intentos de suicidio de los cuales el 5% tuvo un resultado mortal. A pesar de eso, la salud mental no se debate.
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Por Claudia Rafael

(APe).- A los 17 años, la vida puede sentirse fragmentada, rota y un pibe puede llevar un arma a la escuela para intentar, sencillamente, dejar de vivir. Así pasó en una escuela técnica de Misiones. Ante seis compañeros que tampoco, como el chico de 17 años, olvidarán ese primer día de clases del ciclo 2026. La suya se asemeja a la historia de tantos chicos y chicas que en la adolescencia, simplemente, no soportan la vida. ¿Qué lo condujo a ese instante? ¿Qué padecimientos psíquicos le hicieron sentir deseos de no vivir más? Seguramente deberá trabajar denodadamente en torno de esas emociones, como también sus seis compañeros y el resto de estudiantes, docentes, familias.

Las estadísticas no cuentan dolores. No desentrañan el sufrimiento interior de un ser que un día necesita decir basta. Pero sí dan cuenta de la magnitud de esas historias que se repiten en números inquietantes sobre los que, en verdad, no se debate.

Entre abril de 2023 y octubre de 2025 un informe oficial del Ministerio de Salud da cuenta de 22.249 intentos de suicidio de los cuales el 5% tuvo un resultado mortal. El grueso de esos intentos -61%- corresponde a mujeres. Pero la letalidad fue cinco veces más alta en varones. En modo global las tasas más elevadas se encuentran en la franja que va de 15 a 24 años pero el mayor número de mujeres está entre los 15 y los 19.

Como en la escuela de Posadas, hay un 0,5 por ciento del total de los casos que ocurren dentro de un establecimiento educativo contra la absoluta mayoría –el 85,7%-, que transcurrió en la propia vivienda.

Entre varones y mujeres cambian las exigencias, las emociones, las angustias. Cambian los modos de sentirse rotos o rotas. Y cambian también las más íntimas necesidades de dejar de padecer y las mecánicas que se utilizan. No es azaroso que el 46 % de las mujeres opte por una sobreingesta de medicamentos y la mayor parte de los varones por métodos con una letalidad más extendida.

Cuando los números y los porcentuales se desgranan aparece algo de todo eso. Por empezar, de los 1.218 casos con resultado mortal, hay 284 mujeres y 934 varones (5 veces más) y entre los 20.928 intentos sin resultado mortal, 13.200 son mujeres y 7.728 son varones.

Sin embargo, a pesar de la magnitud de estas historias quebradas por angustias hondas son temas a los que se sigue sin ponerle palabras. La sociedad y los medios periodísticos se siguen amparando en la creencia de que hablar de suicidio implica fogonear el contagio. Cuando, en verdad, la imposibilidad de abordar profundamente la temática implica, ni más ni menos, tapar ojos y oídos a una problemática creciente.

Hay una serie de números que, a pesar de tener algunos años, resulta absolutamente reveladora de esos silencios abonados. En el tiempo en el que los asesinatos en Rosario ocupaban las tapas de los diarios y largos informes en radios y canales, en el mismo territorio se produjeron casi el 160% más de suicidios e intentos de suicidio. Durante 2022, hubo 288 homicidios en el Gran Rosario y 460 suicidios. Un informe de Tiempo Argentino da cuenta –a partir de datos del Ministerio Público de la Acusación- de 232 suicidios en 2020, 314 en 2021 y 460 en 2022.

Nada de todo esto es exclusivo de Rosario, de Posadas (con el intento de suicidio en la escuela) o de cualquier otra ciudad de una u otra provincia argentina. A pesar de que referentes en salud mental de diferentes regiones del país sientan que la problemática en su territorio es muy superior a la de la media nacional. Más bien es una materia transversal a las diversas geografías. Se lee en “La generación ansiosa”, del estadounidense Jonathan Haidt que la tasa de autolesiones de chicas de 10 a 14 años en su país casi se triplicó entre 2010 y 2020 mientras que la de las chicas de 15 a 19 se duplicó en el mismo período.

Y si bien habla de múltiples factores que contribuyen al deterioro de la salud mental plantea que “el insólito aumento de sus niveles producido entre 2010 y 2015 no se puede explicar ni por la crisis financiera mundial ni por ningún conjunto de sucesos acaecidos en Estados Unidos o en cualquier otro país concreto”. Entonces entra en el análisis otra cuestión para la que se hace esta pregunta: “¿Cómo interfiere, exactamente, una infancia basada en el teléfono con el desarrollo infantil y produce o agrava las enfermedades mentales?”.

Hay, en la incidencia del malestar, un problema derivado de los modos de producción y relaciones propios del modelo capitalista. En donde cada territorio le aportará problemas y mecánicas peculiares. Sumado a ese fenómeno planetario que fue la pandemia. Que zambulló a los seres humanos en la soledad y a pibes y pibas en particular en un mundo mediado por la tecnología del que ya no pudieron tomar distancia.

Un conocedor profundo y minucioso de la realidad santafesina como Carlos del Frade escribió en esta agencia hace apenas un manojo de meses que “desde hace años, en distintos lugares de la provincia de Santa Fe, los suicidios comienzan a aparecer vinculados a las deudas varias que contraen las pibas y los pibes con prestamistas o vendedores barriales de drogas de mala calidad”.

Drogas, deudas, préstamos, juegos, apuestas, vínculos ajenos y lejanos al cara a cara afectuoso, profundamente intrínseco e imprescindible a la vida.

El psiquiatra Federico Pavlovsky analiza que “de pronto, tenés a un chico de 15 años con una deuda de dos millones y un usurero llamando a su casa para amenazarlo. Detrás de las pantallas hay un mundo adulto, con consecuencias adultas y con personajes adultos”.

A más de 12.000 kilómetros y mucho océano de distancia, un estudio sueco advierte que las personas con ludopatía tienen 15 veces más posibilidades de intentar el suicidio que el resto de la población.

Una vez más: cada provincia, cada ciudad, cada país aporta prácticas intrínsecas a su realidad ligadas íntimamente al modelo del dios capital. Que habrá que desandar. Para recuperar una sociabilidad perdida. Que fue quedando muy atrás en el tiempo y cuyas consecuencias van mellando día a día los costados más íntegros y dignos de la condición humana.


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