¿Siempre vale la pena?

50 años después la masacre tiene frac y corbata, escribe Alfredo Grande. En un análisis profundo y contundente se mete de lleno en ese medio siglo que retrata, a través de la historia argentina, la historia misma de las masacres. E introduce el concepto acerca de la soberbia de creer que se podía dormir y vivir con el enemigo.
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Por Alfredo Grande

(APe).- El título de este texto es una pregunta que extraigo de una afirmación. Juan Carlos Ferrrari era el seudónimo teatral de mi padre Enrique. Médico de profesión, fue un autor teatral destacadísimo. En 1959 escribió Siempre vale la pena. Afirmación contundente.  A 50 años del genocidio en la Argentina, esa afirmación retorna en mí como pregunta.

No sé si tengo el privilegio, pero sí la posibilidad de que mi memoria choque con mis recuerdos. Sabemos que una cosa es la memoria y otra cosa es el recuerdo. Pueden coincidir o no. Cuando no hay recuerdos, la memoria es necesaria. La memoria tiene que ver con historia. Los recuerdos con la subjetividad.

Tengo memoria y recuerdos de hace 50 años. Era mucho más joven. Ya tenía un hijo. Me enteraba más de los horrores en mi puesto de médico de guardia en la ciudad de Garín (provincia de Buenos Aires) que en la capital federal donde todo se camuflaba. Me sorprendía y me asqueaba cierta complicidad de las “honestas medianías” como años después leí que Freud había bautizado a lo que Jauretche llamó la zoncera de las clases medias. La plata dulce morigeraba los efectos del horror. La pretendida reorganización nacional no fue un proceso, Fue una masacre.  Y creo que la historia argentina es la historia de las masacres.

50 años después la masacre tiene frac y corbata. Y como no se puede ni se quiere enfrentar a los autores intelectuales, económicos, empresariales, clericales, dirigenciales, de la masacre, muchos y muchas disparan contra el verdugo en jefe. O sea, siguen disparando contra el pianista, no contra quien escribe las horrendas partituras. Además, disparan con pésima puntería y la mayoría de las balas son de fogueo.

50 años después el enfrentamiento entre la Patria Peronista y la Patria socialista ha sido silenciado. En un lenguaje un poco más sofisticado: el nivel fundante ha sido barrido por el nivel convencional encubridor. En ese barrido han sucumbido los partidos políticos, que apenas ensayan acuerdos frentistas de corta duración. Incluso algunos comentaidiotas legitiman la masacre con el resultado de las elecciones. Confunden una elección ganada con una licencia para masacrar. La complicidad tiene mil caras.  Algunas opositoras.

50 años después para mí demuestra que algo y mucho no hicimos bien. La soberbia de creer que se podía dormir y vivir con el enemigo fue una de ellas. Y la soberbia de creer que se podía convertir a todo enemigo en adversario y a todo adversario en amigo. La promesa de combatir al capital devino en no combatir a los capitalistas y menos al capitalismo. Las diversas formas de timbas financieras hoy tienen rango de estado y el topo es verdugo y es timbero.

50 años después sabemos, dolorosamente sabemos, que como enseñó el gran Tejada Gómez “el que no cambia todo, no cambia nada”. Alfredo Zitarrosa y su Triunfo Agrario será cantado nuevamente. Y parafraseando al gran Pablo Milanés, pisaremos las calles nuevamente de lo que fue Argentina masacrada. Y en una patria liberada, vamos a cantar con los ausentes.

No sé si siempre vale la pena. Pero sé que siempre vale la alegría. Siempre digo: la alegría es un deseo. La felicidad es un mandato.  El martes marcharé alegre porque festejaré la valentía, el coraje, el amor verdadero, de generaciones que siempre supieron por qué había que luchar.

Siempre vale la alegría.


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