Sebastián

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Por Carlos Del Frade

(APe).- A los diecisiete años, las chicas y los chicos en un país que supo llamarse la Argentina, terminaban la secundaria y podían elegir seguir estudiando o trabajar. Una especie de ruta existencial parida en la plena confianza en la educación pública y el mantenimiento del mercado interno. Una bitácora de la llamada clase media. Pero a partir de los años noventa, esos mapas comenzaron a quemarse. Ahora y de manera cada vez más recurrente, las pibas y los pibes no tienen ese destino anunciado.

Al contrario.

Sebastián tenía diecisiete años y su sangre apareció en las calles de un barrio rosarino. Es preciso señalar que la sangre joven derramada en los barrios es la contracara del dinero que se lava en el centro de la ex ciudad obrera.

Desde los años noventa Rosario vio germinar agujeros negros donde antes había trabajo en talleres metalúrgicos o textiles y ahora, entonces, es geografía vinculada a los negocios mafiosos del capitalismo como el narcotráfico y el contrabando de armas.

La desarticulación de aquella mítica ciudad obrera abrió el camino para las violencias urbanas. El problema, como suele suceder en las últimas décadas, es que la pibada paga el privilegio de los que concentran la riqueza en pocas manos.

Al cierre de la primera semana de agosto de 2021, las estadísticas policiales que publican los medios de comunicación rosarinos hablan de 129 homicidios. En 38 de esas vidas que ya no están, las edades son menores a los veinticinco años y en una docena de casos los documentos de identidad reflejaron que se trataban de pibas y pibes menores de dieciocho años.

La sangre joven derramada en los barrios…

Sebastián Vallejos tenía diecisiete años, vivía en Gorriti y Campbell, en el barrio Ludueña. Al anochecer del lunes 2 de agosto le avisó a su mamá que salía para ver un partido de fútbol que sus amigos iban a jugar en la canchita de French y Cullen. Un rato después, pasadas las 21, tres chicas golpearon la puerta de la casa de Sebastián para avisarle a sus familiares que el chico había sido baleado en la cabeza, herida por la que murió dos días más tarde. Los que tiraron eran cuatro personas a bordo de un auto.

-Mirás la realidad y pensás que mientras más jóvenes van matando, será muy difícil seguir adelante. Hoy se va otro más para arriba, es muy triste y doloroso ver cómo se matan entre los pibitos del barrio…Hay que preguntarse por qué el pibe cae en la joda, en tener un fierro…Los pibes del barrio no nacen ni chorros ni narcos. Eso depende de las posibilidades que el Estado les da…Uno de los grandes problemas que vemos entre las muertes de los pibes es el territorio. Hay pibes que son de barrio Triángulo y no pueden ir a Bella Vista, o son de Ludueña y no pueden ir a Empalme Graneros – dijo Federico López, militante barrial desde el centro comunitario “San Cayetano”.

Lo cierto es que Sebastián, con edad de terminar quinto año y comenzar a construir en realidad sus propios sueños, terminó sufriendo el negocio de las pesadillas impuestas.

Aseguran que en su página de Facebook lo vieron con armas en sus manos pero esa decisión de la fotografía parece ser más la consecuencia del irrefrenable negocio de la democratización de las pistolas y los fusiles que de las elecciones libres y pensadas de chicas y chicos de su edad.

Lo cierto es que Sebastián, con apenas diecisiete años, fue una víctima más de esos comercios tan internacionales como barriales.

Mientras su nombre ingresó a las páginas policiales de los diarios del sur de la provincia de Santa Fe, miles de millones de dólares se van con destino a geografías lejanas, muy lejanas del presente de familias como las que tenía Sebastián.

Edición: 4367


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