Quijote de tinglado

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(APe).- Sucedió hace unos días, en Venado Tuerto, Santa Fe. Fue una lucha desigual para un pibe que perderlo todo, no significaba nada y un hombre que atesoraba bienes y los defendía con veleidades de verdugo. Maximiliano tenía dieciséis años y su adolescencia se aventuraba más allá de la pobreza. Era un niño que elegía soñar con una vida que estuviera arrimada al vaivén de los trigales.

 

La crónica no pone el apellido de Juan Carlos, el propietario de un galpón ubicado en Ruta 8 y Dimmer, de treinta y nueve años, que ahora está “acusado de homicidio por la instalación de una parrilla electrificada” que hundió a Maximiliano en el pozo frío de la muerte.

Dicen que el adolescente tenía colgado en su mirada algún prontuario. Quizás, sólo quería encontrar una promesa que nunca le habían hecho desde el primer recuerdo. Tal vez, un verbo que hiciera de su juventud, una entidad imprescindible. Sin embargo, la muerte se derrumbó en su cuerpo donde anidaban -como palomas breves- 16 años de olvido.

Según fuentes policiales, el pibe, para el que la muerte creció más rápido que el amor, se electrocutó en su intento de entrar al galpón para robar. Maximiliano fue un pequeño “Quijote de tinglado”, quizás imaginó que de eso se trataba el destino. Un mero llegar al borde y, un segundo antes del miedo, poder huir para siempre de ese lugar, donde la audacia de sus sueños, resultaba siempre una celada.

La exclusión -dice Alfredo Buxán- es una cueva donde llueve el silencio. Es por eso que la muerte no hizo más que reintegrar a Maximiliano a la misma oscuridad que inauguró su desamparo. Murió en la madrugada del sábado. Seguramente, al fondo de la noche, ladraban unos perros y en el país de la indiferencia, no había principio que precisara de ningún joven nacido en la pobreza.

Fuente de datos: Diario La Capital - Rosario 19-10-04


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