¿Por qué no lloras por mí Argentina?

No hay pobres. Solamente hay empobrecidos. De varias generaciones. Y empobrecedores, que ostentan la dudosa legitimidad de considerarse ricos y famosos. El afirmacionismo democrático representativo no registra esta masacre de niñas, niños y jóvenes.

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Por Alfredo Grande

(APe).- En Argentina 6 de cada 10 niños y adolescentes de hasta 17 años son pobres y no consiguen acceder por completo a los alimentos, educación y salud necesarios. El número estadístico, que parece frío, representa en la realidad a unos 8,2 millones de chicos de todo el país.

Y se suma otro síntoma, reflejo de la crisis de la última década potenciada por la pandemia: el aumento de personas de sectores medios que caen en situación de pobreza, por el deterioro de la calidad de vida en términos económicos.  (Informe Unicef citado por Ambito.com)

Lo sabido, no por sabido, es bien sabido. O sea: machacar con cifras es necesario, pero insuficiente.  Apela a nuestra racionalidad sabida. Pero nuestra racionalidad sentida (según la acertada discriminación que propuso el filósofo León Rozitchner) no necesariamente se conmueve. Incluso se banaliza, se convierte en contexto, cuando es, en realidad, texto desgarrador. Pero cierto también es que nadie puede vivir ni sobrevivir desgarrado. Y menos el que esto escribe.

Ante cada herida narcisista, pronto vienen los mecanismos de sutura. Los entretenimientos varios, las parodias y grotescos de la vida institucional, las comedietas donde actores y actrices se disputan el óscar de barro, aseguran que una vez más la sangre no llegue al río de nuestra cotidiana área de confort.

El pensamiento crítico es necesario. Pero también el sentimiento crítico puede ser útil. ¿Por qué pensamos lo que pensamos? ¿Por qué sentimos lo que sentimos? Yo escucho a muchos y muchas compañeros y compañeras peronistas y me emociono. Lo menciono porque no soy peronista, al menos eso creo. Intento una crítica de mis sentimientos, pero casi nunca lo consigo. Mi pensamiento crítico pone luz amarilla y me advierte de desviacionismos de clase. Es posible. Aunque no crea que sea probable. Quizá por eso las estadísticas me alertan, pero no me conmueven. Un niño mirando para que lo miren es suficiente para conmoverme. Manoteo un billete que, pensamiento crítico mediante, atempera mi culpa pequeño burguesa. Y mi sentimiento crítico dice que todos podrían ser mis hijos, que todos podrían ser mis nietos. Pero no lo son. Y para ese desgarro no encontré aun sutura. Tampoco la busco y quizá por eso escriba para esta Agencia.

Tardé décadas en darme cuenta que no hay pobres. Solamente hay empobrecidos. De varias generaciones. Y empobrecedores, que ostentan la dudosa legitimidad de considerarse ricos y famosos. El afirmacionismo democrático representativo no registra esta masacre de niñas, niños y jóvenes. El afirmacionismo está demasiado ocupado en pensar la edad de punibilidad y los problemas de la denominada inseguridad. La falta de vivienda, salud, educación, alimentación, no es un tema de seguridad. Los empobrecidos e inseguros de seguir viviendo de la manera que se pueda, son herejes. Porque tienen la cara de la necesidad. De todas las hambres que podamos imaginar.

El afirmacionismo de la democracia representativa es el reverso del negacionismo del terrorismo de estado. Quizá el consumo de drogas usadas para no sentir dolores ni terrores, impidan pensar la gravedad de cerrar el Conicet o el ministerio de la mujer. No culpemos a los empobrecidos. Miremos y acusemos a los empobrecedores, que también se empobrece la mente cuando sólo está ocupada en sostener una tabla de la balsa que se hunde.

Los beneficiados por la suspensión del impuesto a las ganancias, no tienen tiempo de pensar en la suspensión del impuesto a las pérdidas.  Ese que llaman IVA y que se paga según el igualitarismo miserable del afirmacionismo.

Entonces la pregunta lacera: ¿por qué no lloras por mí, Argentina?


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