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A 50 AÑOS DEL GOLPE
Por Claudia Rafael
(APe).- Niñas y niños que hoy rozan los 50 años. Mujeres y hombres cuya historia quedó marcada en los almanaques que les cinceló el horror y con ese tatuaje, largados a la vida para crecer. Mujeres y hombres con una memoria traumática del miedo que apareció en sueños, como define Angela Urondo Raboy. A quien antes de conocerla racionalmente, su historia se le develó, con la urgencia de lo oculto, mientras dormía. Niñas y niños que todavía hoy buscan denodadamente rearmar el rompecabezas roto. Con un terror que está puesto en la médula misma de la historia y de sus cuerpos.
Niños violentados al momento mismo del secuestro de sus padres. Llevados como botín para obtener datos sobre sus militancias. Algunos volvieron. Otros crecieron apropiados. Algunos llevados con sus padres a la desaparición y al destino final. Unos cuantos que nunca supieron esa parte sustancial de su vida.
“Señoras, sobre mi cadáver van a obtener la tenencia de esos niños”, repetían las Abuelas de Plaza de Mayo que les advertía, la jueza Marta Delia Pons, con una sistematicidad cruel. “Personalmente estoy convencida de que sus hijos eran terroristas. Para mí, terrorista es sinónimo de asesino. Y a los asesinos no pienso devolverles los hijos. Porque no sería justo hacerlo. Porque no sabrían criarlos y porque no tienen derecho tampoco a criarlos”.

No fue casual, entonces, que tras el homicidio de su mamá y el presidio de su papá, ordenara institucionalizar a los hermanitos María Ester, Carlos Alberto y Mariano Alejandro Ramírez en el Hogar Casa de Belén de Banfield. Donde se los humilló, se los torturó, se los abusó. Y recién tres años atrás la Justicia Federal N°1 de La Plata impuso siete penas a prisión perpetua para un ex ministro bonaerense (Jaime Smart) y para seis ex policías por homicidios agravados y 5 años de prisión a una ex funcionaria judicial por el ocultamiento y la alteración de la identidad. La jueza Pons ya había muerto.
En este presente en el que se cumple exactamente medio siglo desde el inicio de aquel horror no hay una negación de la historia. No se trata de negacionismo sino de reivindicación. Desde quienes, como la jueza Pons, de Lomas de Zamora, se ensañaron y se mostraron convencidos de que todo fue necesario. Tanto, que si había que cambiar identidades, torturar, masacrar, arrojar a las aguas más profundas, arrancar de una vida planeada desde el amor y la avidez de transformación, se haría.

Hay apenas 140 de esos niños y niñas nacidos en cautiverio o robados directamente al momento del secuestro de sus padres que conocieron su verdadera identidad, recuperaron algo de toda aquella memoria congelada y perdida o, como muchas veces sostuvo Ignacio Montoya Carlotto, nieto 114 recuperado hace 12 años, “no siento que haya recuperado mi identidad sino que se me completó el cuadro identitario. Porque antes de aparecer como el nieto de Estela (Carlotto) tenía una vida de 36 años”. Hay todavía alrededor de 300 que nunca supieron, sospecharon o pudieron acercarse a su verdad.

Hay otros chicos cuya historia pudo conocerse en su completud gracias a la pertinacia de las olas marítimas que arrojaron a las arenas de la costa uruguaya siete cuerpos de desaparecidos. Allí estaba el de Floreal “el Negrito” Avellaneda que apareció allí el mismo día en que cumplía sus 15 años. Lo habían secuestrado junto a su mamá un mes antes, el 15 de abril de 1976, en Villa Martelli. El militaba en la Federación Juvenil Comunista –sus padres en el PC- y se encargaba usualmente de imprimir los volantes del partido en un mimeógrafo artesanal. Su cuerpo reveló las torturas inenarrables a las que fue sometido durante el cautiverio.

La misma edad tenía Pablito Miguez. “Cuando lo conocí, Pablo tenía 14 años pero no representaba más de doce con su carita de pibe travieso, sus pecas junto a la nariz, sus ojos de chispazos, su cuerpo esmirriado. Era tan chico, tan vivaz, aparecía tan indefenso en ese mundo alucinante, que no pocos guardias se conmovían por su presencia”, escribió Lila Pastoriza, sobreviviente de la ESMA. “Se lo llevaron una tarde de fines de septiembre del 77. Yo venía del baño cuando en un instante vi que la puerta se cerraba tras él, que caminaba a ciegas, de la mano del jefe de guardia. Pensé que se trataba de algún trámite. Arriba, en "capuchita", los otros presos me dijeron que no, que se lo habían llevado y que Pablo pedía verme. Quise creer entonces que lo liberarían. ¿Quién podía enviar a la muerte a un chico de 14 años? El día antes del Juicio a las Juntas, en Tribunales, alguien me dio un volante con su foto. "Pablo Míguez, desaparecido", decía.
Entre los 30.000 –número ridículamente puesto en cuestión por los reivindicadores- hay un número impreciso de niños. Más del 7 por ciento del total de desaparecidos tenía entre 13 y 19 años. Como “el Negrito” o Pablo. Como la decena de adolescentes secuestrados durante la noche de los lápices, en aquel septiembre temible de 1976.
Algunos, nacieron en un patrullero, como Teresa Laborde mientras era conducida a un centro clandestino. Otros, como Cabandié, sentía sin saberlo, que se llamaba Juan, que era el nombre que su madre le había puesto al nacer, en cautiverio.
O como los 56 chicos por los que en estos días 15 militares fueron procesados por el Juzgado Federal Nº 1 de Mendoza. Entre ellos, varios que fueron secuestrados junto a sus padres, llevados a centros clandestinos y luego devueltos a las familias o institucionalizados. Como un bebé de 7 meses devuelto a sus abuelos y otro de 10, usado como “cebo” para secuestrar a su padre y en poder de un comisario durante 30 días. Niñas y niños de 4 y 6 años encintados tras la captura de sus padres o encontrados por vecinos llorando en una vereda. Como el niño de 3 al que le ponían un arma en la cabeza delante de su padre. Chicas y chicos estragados.
Largados a la vida, los que sobrevivieron, con el alma doblegada por el dolor. Con una mochila de angustia clavada en algún lugar de la memoria. Que en ocasiones apareció en sueños y tantas otras en vacíos inexplicables que quizás nunca pudieron llenar. O tal vez sí.
Muchos a quienes sus familiares intentaron con esfuerzo reconstruirles un pasado menos doloroso hasta que, crecidos, descubrían la verdad. Como cuenta María Toninetti –una de las autoras del libro “Infancias sobrevivientes”-: “Mi abuela nos dijo que nuestros padres estaban trabajando y que ya iban a volver, y por eso yo me imaginé que estaban construyendo un edificio enorme. Se necesita mucho tiempo para construir un edificio, pensé. Y bueno, pasó el tiempo y me fui dando cuenta de que tal edificio no existía”.

Hoy ya no son sinónimo de infancia. Rozan los 50 años. No son niños. Son sobrevivientes de aquella planificación cruel orquestada por quienes buscaron la construcción de un país a medida de sus intereses.
De aquellos que sobrevivieron, muchos lograron reinventarse. Pudieron darle un sentido profundo a la memoria, no ya como un cofre congelado de recuerdos sino como el brote de aquellas semillas que les quisieron aniquilar.
Y hoy muchos están con su niñez de medio siglo a cuestas en la plaza que alguna vez fue la de la Victoria. Con sus propios hijos. O con la imagen bordada de sus padres en la piel o en una pancarta.
Con sus propios fantasmas a cuestas. Pero en la calle.
Otros, quizás, nunca puedan ofrendarle luz a la verdad.
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