Nieto 133 y la vida que insiste 47 años después

Cuarenta y siete años costó recuperar al hijo de Cristina Navajas y Julio Santucho. Es el nieto 133. Su historia se disparó en estas horas, cuando Abuelas de Plaza de Mayo lo encontró. Buscadísimo desesperadamente, durante décadas. Su madre repetía en los centros clandestinos: Soy Cristina Navajas y estoy embarazada.

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Por Silvana Melo

(APe).- Cuarenta y siete años tiene el nieto 133. Su historia se disparó en estas horas, cuando Abuelas lo encontró. Buscadísimo desesperadamente, durante décadas. Porque Cristina Navajas fue secuestrada y tenía un flamante embarazo. Tan incipiente que ni Julio, su compañero, lo sabía. Por eso lo enunció en voz firme y alta, como una consigna, cada vez que los torturadores la obligaban a decir su nombre. Soy Cristina Navajas y estoy embarazada.

Cuarenta y siete años costó recuperarlo después de que la hicieron parir en el infierno y le quitaron el bebé para siempre. Su para siempre fue una desaparición que la sostiene en el altar feroz de las ausencias. De ésas inapelablemente presentes.

Hoy apareció su hijo. Aquel que ya se le habían llevado cuando llegó Adriana Calvo con Teresa en brazos, nacida en un patrullero, sin cortar el cordón umbilical. Medio desnuda la dejó Bergez, le cortó el cordón y la puso a limpiar el piso. Y la bebé, recién llegada a un mundo impensable, apoyada en las mesadas heladas del Pozo de Banfield. Las secuestradas las cuidaron. Le dieron de comer a la bebé con su propio alimento. Y fue Cristina la que no le dijo a Adriana –para que ella no sintiera que el destino sería el mismo- que a su bebé ya se lo habían llevado. Y le cantó a Tere una canción que ella reconoció diez, quince años después por ese hechizo que tiene esta historia. Por ese conjuro fatal que une a las víctimas, por ese adn libre que vincula sin genética, con destino.

Cuarenta y siete años y está ahí, ahora siendo otro, abandonando una historia que no era la suya para recibir un pasado alucinante. Otro a los cuarenta y siete. Un volcán en este día frío de julio cuando la esperanza, maltratada y sola, asoma apenitas del magma. Y sonríe.


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