Moneditas

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Por Sandra Russo

(APE).- Son moneditas difíciles de contar. Se le pegan a uno en la mano. Si nos las dan de vuelto, las tiramos por ahí, en el bolsillo o en la cartera. Se usan para redondear las propinas a los mozos o a los taxistas. Si el viaje salió tres con ochenta, uno dice “cobre cuatro”, porque es un poco miserable quedarse con la puerta del taxi abierta esperando a que lleguen los veinte centavos. Y si el café costó dos con sesenta, uno dice “cobre tres”.

O imagínense la cara que pondría el acomodador de un cine si cuando nos da el programa depositáramos en su mano una o dos de éstas: pondría cara de francés, cara de oler camembert. ¿Y el chico del delivery? Ese que nos trae las empanadas. ¿No se iría maldiciéndonos si a cambio de entregarnos el paquete caliente le diéramos diez centavos? Si diez centavos no es nada, es casi mugre.

Bueno, con nada, con mugre, con diez centavos es que dice Gladis Cabrera Penayo, directora de la Escuela N° 8 de Clorinda, Formosa, que debe arreglárselas cada día para alimentar a sus alumnos. Los padres se han quejado formalmente: sus chicos tienen hambre. Y explica, la directora Cabrera Penayo, que no puede estirar los diez centavos, que no sabe cómo hacerlo. ¿Alguien sabría? La Escuela N° 8 recibe mensualmente 2.406 pesos para alimentar a sus 970 alumnos. Hecha la cuenta, sí, son diez centavos por día y per cápita para mantenerlos con la panza llena. No se llena la panza. Con diez centavos, no. Alcanza para una copa de leche para los de la mañana, pero para los 451 chicos del turno intermedio, los que entran a las 11 y pasan allí el mediodía, ¿qué se puede inventar? Un pan con algo adentro, algo finito, translúcido, salado, algo que engañe el estómago. Engañar el estómago, qué estrategia desolada es ésa para tantos. Engañar el propio estómago o el estómago ajeno, el de los hijos, el de los alumnos, hacer como que se come o como que se da de comer.

En nuestras vidas urbanas, diez centavos no son nada. Los diez centavos están afuera de las cuentas. Diez centavos son los restos. Migas de dinero, pelusas contables, sobras insignificantes. Con esa monedita dorada que se pega en los dedos es que los chicos de la Escuela N° 8 de Clorinda, Formosa, deben alimentarse. Qué vergüenza.

Fuente de datos: Diario La Mañana - Formosa 14-10-04


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