Mientras el poder discute por ambiciones extremas

Más de un millón y medio de niñeces con hambre

Lo asegura un informe de la UCA. En un conurbano con una población de unos 8.200.000 pibes y pibas, 7 de cada diez son pobres y el 16,3%, indigentes: no comen, viven en la calle o en un asentamiento y su escolarización es escasa. El 15 % tiene hambre. Mientras tanto, el poder discute desde sus propias ambiciones.

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Por Silvana Melo

(APe).- El 31,4% de la niñez y la adolescencia come menos de lo que necesita. El 12,3 % sufre hambre. Los datos son del segundo semestre del 2022. Las corridas cambiarias, una inflación exacerbada por la volatilidad política, los colmillos del FMI sobre las yugulares populares y una campaña electoral que no habla de ellos habrá empeorado sensiblemente el ruiderío de las pancitas en las noches cuando no se come. Y cuando el frío comienza a consumirse las escasas calorías reinantes.

El Observatorio de la Deuda Social de la Infancia (Universidad Católica Argentina) ensayó un informe bajo el inquietante título “Retorno a la senda de privaciones que signan a la infancia argentina”. Un manojo de ocho millones y medio de pibas y pibes de entre 0 y 17 años que nunca tuvieron la vida fácil en un país atormentado por dictaduras, por policías bravas, por democracias alternadas en la derecha y la supuesta progresía que hicieron de sus modestos bienestares un loco trazado de electrocardiograma. Donde poco más, poco menos, siempre la mitad de los niños eran pobres. Encerrados en el coto de las metrópolis nacionales, diseminados de a decenas de miles en los suburbios del AMBA, viviendo apenas entre contaminación, hacinamiento, cableríos como cielos, comida carísima a la que apenas acceden cuando el estado los alimenta a través de tarjetas o comedores escolares. O cuando las organizaciones sociales descuellan sus ollas en las esquinas barriales. Y montan mesas en las calles donde la vida deja de ser íntima para ser miseria pública y vergonzante para los 200 tipos que pelean con desesperación ese poder. Sin pensar nunca en los casi seis millones de pibes que no comen lo que necesitan sino en cómo tejerán su propio vasallaje ante el imperio.

La pre-pandemia alzó y profundizó la pesada mochila de hambre que dejaba el gobierno saliente. El endeudamiento internacional, lejos de ser abominado por el entrante, fue honrado en la medida en que se deshonró la necesidad de las infancias, fervorosamente afectadas por cada poder de turno. Fuera de la mayor parte de las agendas, hoy nadie discute sobre el presente del 32,4 %  de infancias y adolescencias que no alcanzan a comer lo necesario para nutrirse (4.144.800)  ni de los que tienen hambre (1.623.600). Son 5.768.400 chicos y chicas sin acceso a una alimentación imprescindible para la vida, para el crecimiento sano, para que no se vaya perdiendo ya una talla en los nuevos niños de la década que fue. Para que los dientes afloren fuertes y enteros, los huesos absorban el calcio, la sangre el hierro, los ojos la belleza del sol y las flores, los músculos la proteína del alimento saludable y soberano.

En un conurbano con una población de unos 8.200.000 pibes y pibas, 7 de cada diez son pobres y el 16,3%, indigentes: comen poco, viven en la calle o en un asentamiento y su escolarización es escasa. El 15 % tiene hambre.

En tres años se aumentó la cobertura pública alimentaria a la niñez en un 20 por ciento. En 2019 se contemplaba a un 40% de niños, niñas y adolescentes. En 2022 la asistencia llegó al 60%. La migración de los niños y las niñas de la escolarización privada a la pública está también íntimamente ligada a la alimentación: los comedores escolares explotaron de un 33,2 % a un 62,4%. En una estructura de país que intenta cubrir el hambre pero no genera trabajo sin precariedad ni educación que califique. La pobreza de la niñez y adolescencia está en pie, desbarata su presente y compromete seriamente su futuro. Y el de todo un país que no fue pensado para ellos.

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Foto: Carlos Brigo

En un 2023 sombrío, desangelado, flagelado por una suba de precios que no permite la estabilidad mínima que necesitan los seres humanos para sostener una casa, para dar de comer a sus niños, para creer que amanece cada día, se pelea por ajenidades.

Por egos personales, por ambiciones extremas, por construcciones que jamás van a incluir a las mayorías empobrecidas. Constituidas especialmente por las niñeces y las adolescencias.

Por tejidos que, más temprano que tarde, intentarán un shock de exterminio de las poblaciones sobrantes, en lugar del goteo de estos tiempos.

Por tramas dramáticas que, en el sobre del quesevayantodos, reemplazarán la feta de salame por la boleta más siniestra.

Ojalá que esos ocho millones y pico de niños, niñas y adolescentes con las esperanzas desmembradas se rebelen en su exilio, se coloquen ellos mismos una estrella en el sitio del hambre y brillen desde los rincones de esta tierra devastada.

Ojalá.


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