Los únicos privilegiados no son los niños

En la actualidad de la cultura represora, los únicos privilegiados no son los niños. Apenas son un puñado de adultos que detentan más poder que el Estado Empobrecido. Así paga el diablo a sus cómplices más serviles. Ya no se trata de restaurarles privilegios. Pero sí se trata de no seguir arrancándoles sus derechos.

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Por Alfredo Grande

(APe).- La cultura represora necesita siempre ocultar su lógica represora.  Lo consigue de distintas maneras. La represión, la distorsión, el desplazamiento al detalle, tomar la parte por el todo, la disociación extrema, la escisión, el eufemismo abstracto, el festival de máscaras y caretas, el cultivo a la falsedad que es la etapa superadora de la mentira.

Todo es parte del arsenal que termina construyendo lo que denomino el alucinatorio político social. Alucinaciones (percepción sin objeto) y delirios (ideas erróneas no pasibles de crítica que condicionan la conducta del sujeto) desplazan todo intento de pensamiento crítico. La denominada grieta es la identidad autopercibida del canibalismo de las luchas inter -burguesas. Parecería ser que la burguesía unida tampoco será vencida. Y desunida tampoco.

La tragedia es que se pretende combatir a la cultura represora con cultura represora maquillada. O sea: derecha populista. O retroprogresismo. Concepto acuñado en trabajos escritos por mí y publicados por esta Agencia. El progresismo retro que empuja para atrás. No le hacen el juego a la derecha porque son la derecha.

El peronismo y sus diversas denominaciones, colectoras, sucursales, etc., de los 40 años de democracia post dictadura, dispuso del gobierno, incluso de una importante alícuota parte del poder, durante 26 años. Quizá 20 años no es nada, como cantaba Gardel, pero creo que 26 es algo.

Si la profecía de Alfonsín de que con la democracia se comía, se educaba y se curaba fracasó, la profecía peronista de que “los únicos privilegiados son los niños”, también fracasó.

Carlos del Frade, el gladiador rosarino, lo escribe y describe con precisión: “En medio de un panorama atravesado por tensiones muy fuertes en la vida cotidiana de las grandes mayorías, el almanaque señala que es el mes de las infancias en el país que alguna vez creyó que los únicos privilegiados eran los niños, que las únicas privilegiadas eran las niñas”.

Como enseñara Freud, la ilusión es una creencia basada en un deseo. El país creyó que los únicos privilegiados eran los niños porque deseó creerlo. Sin embargo, eran niños (en esa época no se decía niñas, y menos niñes) pero en abstracto. O sea: lo que se denomina el momento de lo universal. De la totalidad. A ver si aclaro, tratando de que no oscurezca. Ese niño/niña con privilegios no estaba atravesado por la lucha de clases. La materialidad concreta de las condiciones de existencia no lo atravesaba. Por ser niño ya era privilegiado.

Ahora bien, o mejor dicho, ahora mal. Lo fundante, la esencia de una situación cualquiera, solo se evidencia en su devenir. En lo que podríamos denominar el movimiento real de la lucha de clases. El que décadas después lo sintetizó, con el cinismo que lo caracterizaba, fue Menem. La comadreja de los llanos, como lo bautizó Pino Solanas. “Los niños pobres que tienen hambre, los niños ricos que tienen tristeza”.

La derecha siempre tiene razón, pero es una razón represora. El hambre y la tristeza corresponden a lógicas diferentes. El hambre a la lógica de la necesidad, la tristeza a la lógica de los sentimientos. El cinismo consistió en ponerlos en lógicas equivalentes. Una falsedad.

Cuando Duhalde sentenció: el mercado para los ricos, el Estado para los pobres, quizá anticipó que entre los pobres (mejor dicho, empobrecidos) estaría el propio Estado. Del Estado de Bienestar ni las propinas quedan. Hoy es un Estado Gestor para los nuevos privilegiados. Los que ya están dolarizados hace décadas, y los que disfrutan de la ciudadanía planetaria. Familias empobrecidas siguen teniendo hambre y familias enriquecidas ya no tienen tristeza. Hoy se combate a la cultura del odio, pero se fomenta la cultura del espanto. Ni los políticos ni la política enamoran. Y pasamos de la tragedia al grotesco mágico. Si de lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso, ese paso ya se dio. Y no solamente en las PASO, aunque también.

Pero el grotesco mágico es de magia negra. Nefasta. Siniestra. Cruel. Insensible. Donde las víctimas son condenadas y los victimarios eternamente indultados.

En la actualidad de la cultura represora, los únicos privilegiados no son los niños. Apenas son un puñado de adultos que detentan más poder que el Estado Empobrecido. Así paga el diablo a sus cómplices más serviles.

Ya no se trata de restaurarles privilegios, que, como las oscuras golondrinas, ya no volverán. Pero sí se trata de no seguir arrancándoles sus derechos.

Porque las niñas y los niños pobres también tienen tristeza.

Foto de apertura: Ronaldo Schemidt


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