Los tres bolivianitos y el hombre araña

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Por Silvana Melo

(APe).- Pastoreando ovejas en Chayanta. Los tres bolivianitos no alcanzan con sus ojos las inmensidades rurales de Potosí. Pero sueñan con poner patas arriba un mundo que siempre los condena al abajo. Y tan abajo y tan chiquitos son que el mundo se les resiste. Entonces el sueño incluye poderes, superheroicidades, caminar por paredes y techos, volar si fuera posible. Spiderman –así, en ese inglés tan ajeno- puede hacerlo. Entonces había que buscar una araña compañera que los picara para criar pies adherentes y disparar telarañas cuando el enemigo aceche. Y la encontraron entre las piedras.

Era una viuda negra. Cuerpito azabache y manchas rojas. Tranquila viviendo su tiempo de araña. Pero ellos, los tres, la vieron y la soñaron araña radioactiva, picadura insurgente, dueña de la transformación en el invulnerable Spiderman, ídolo de los millones de niños que pastorean, que trabajan en las vendimias y en las zafras, que ranchan en las esquinas de la 9 de Julio, que se hambrean en la favelas, que se envenenan fumigados en las escuelitas rurales, para los que el futuro es la ausencia de un plato caliente esta noche.

Ellos, los tres niños bolivianos que soñaban con ser Spiderman, le pusieron el brazo y ella, nada. Entonces empezaron a molestarla con un palo. La viuda negra, tranquila en su piedra, tejiendo sus redes, fastidiada, los picó.

Y ellos, a sus 12, 10 y 8 años, sintieron que por fin podrían dar vuelta el mundo como una media. Caminarle las paredes y los techos, rodearlo de telaraña, hacerlo una pelota y jugar con él como se juega con ellos todo el tiempo, diminutas fichas en un teg perverso donde siempre pierden los frágiles, los morenos, los apilados en los vertederos globales. Quién no sueña con ser Spiderman. Quién no quiere armar otra vida con bloquis o con legos desquiciados, que no respeten en lo más mínimo las instrucciones sistémicas. Un mundo donde los niños, de una vez por todas, pongan las cosas en su lugar.

Sin embargo no pasaron más de diez minutos para comprobar que, lejos de crecerles las piernas y los brazos y de adquirir un botón en la muñeca que disparara tela, comenzaron a sentirse mareados y descompuestos. La viuda negra cortó de cuajo, con cuchillo filoso, la chance de la magia. La sala y luego el hospital recobraron la salud. Pero habrá que recuperar los sueños picados por arañas que no entienden nada, la necesidad de poner patas arriba un mundo de hostilidad extrema, la sabiduría niña de ser héroes pequeños sin capa, para transformar la vida de a pasitos.

Porque volar, se vuela con todos. Se vuela de a muchos. Y para cambiar el mundo hacen falta todos los niños confinados a las periferias del mundo. Que son multitudes. Y el día que se vengan todos, juntos, el mismísimo Spiderman temblará.

Edición: 4022

 


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